Francesco Petrarca

Nació el 20 de julio de 1304 en Arezzo y murió en Arquá en las colinas Euganeas el 19 de julio de 1374. Es Petrarca uno de los máximos líricos italianos, el dictador indiscutible de la cultura literaria de su tiempo; un maestro de civilización, que influyó de modo decisivo sobre la de­terminación del gusto y de la vida en el Renacimiento. Antigua familia toscana la suya, con sólidas tradiciones culturales, pero reducida a menesterosas condiciones por el destierro de su padre «ser» Petraccolo, a quien los «negros» victoriosos expulsaron de Florencia el 20 de octubre de 1302. Petrarca estudió, juntamente con su hermano Gherardo, en Provenza, a donde se había tras­ladado su padre, pero fue a Bolonia a per­feccionarse, y allí continuó el estudio de las Leyes acatando la voluntad paterna. En 1326, abandonados definitivamente los estu­dios jurídicos, se dedicó a los literarios, y abrazó el estado eclesiástico, limitándose por otra parte a recibir las órdenes menores que le colocaron, mediante el disfrute de algunos beneficios eclesiásticos, al amparo de estrecheces económicas.

Pronto se dio a conocer por su talento, cultura y vida ele­gante y refinada, mereciendo la protección del cardenal Giovanni Colonna, junto al cual estuvo largo tiempo «no como un amo, sino más bien como bajo un padre y me­jor aún como un hermano cariñosísimo». Trabó entretanto las numerosas amistades que le permitieron convertirse en maestro de una vasta escuela de ingenios unidos por la comunidad de aficiones literarias. Este período provenzal fue decisivo para la definitiva formación de Petrarca, sobre todo por la experiencia amorosa: según su pro­pio relato, data del 6 de abril de 1327 su encuentro con Laura en la iglesia de Santa Clara de Aviñón. La honestidad de la mu­jer debilitó pronto el ardor de aquel amor que se apagó poco a poco; pero siempre mantuvo Petrarca muy vivo su recuerdo y el pe­sar por haberlo perdido, hasta el punto de convertirse en un completo reflejo de su vida espiritual, como nos demuestran las composiciones líricas del Cancionero (v.), casi todas de tema amoroso. En realidad, Petrarca expresa, bajo las palabras de la tristeza amorosa, aquella más vasta tristeza que constituye el secreto de su personalidad. Lo cual está perfectamente de acuerdo con la tradición literaria, especialmente de los cultivadores del «stil novo», que aconse­jaba concretar en el amor y en la mujer el significado de toda experiencia, visto que el análisis psicológico del espíritu de Petrarca constituye precisamente la materia del Can­cionero.

Petrarca admite haber cultivado las pa­siones terrenas; sin embargo, no estaba me­nos despierto en él el sentido moral, y comprendía de un modo vivo el problema del destino humano. Todo ello en plena correspondencia con su sincera fe religiosa y con su gusto por la meditación. Por lo tanto, lo que le place en la tierra adquiere a sus ojos el carácter de un vínculo peca­minoso y germinan de un modo espontá­neo las turbadoras demandas que se plan­tea, consciente de que el apego a las cosas terrenas es irreconciliable con una plena dedicación a Dios. En realidad, él no ama el bien, lo que sería preciso para resistir a la sugestión de lo que es pecaminoso. Sólo le quedaba postrarse ante Dios, implo­rar su ayuda y buscar la liberación de un modo tenaz, procurando desligarse uno a uno de los muchos lazos que le mantienen atado a la tierra. Esperaba, por lo tanto, una liberación total, pero puesto que ésta no se realizó, el Cancionero queda como testi­monio del conflicto entre lo humano y lo divino. Tal es el carácter esencial de la tra­gedia petrarquesca; pero la que nace de la discordia no avenida se mezcla y se com­plica con otras causas de tristeza. En efecfo, Petrarca no llegó a gozar en toda su plenitud de las cosas terrestres; por el contrario, es­tuvo muy lejos de encontrar cumplida sa­tisfacción.

Lo impide su sentido de la cadu­cidad de la vida. En todas sus obras se pueden captar alusiones al tiempo que huye, a nuestro vivir que constituye una mar­cha precipitada hacia la muerte, al mundo que camina igualmente hacia un fin ineluc­table. Las consecuencias de estos senti­mientos son profundas y diversas: ante todo, una turbación que entristece su vida entera y también una preocupación por utilizar de un modo intenso el poco tiempo conce­dido, y, por contraste, el temor de ver des­aparecer de pronto aquello que es querido y la propensión desesperada hacia algo que no sea caduco. Todo ello provoca un es­tado de ansiedad que fatiga a Petrarca de un modo terrible; estado de ansiedad al que se unen un afán de paz y de reposo. No se advierte diferencia alguna entre las composiciones líricas de la primera y de la segunda parte del Cancionero; el cual, por lo tanto, no puede ser considerado como historia de un episodio amoroso, sino como testimonio de que los deseos, las esperanzas, las angus­tias, las tristezas de Petrarca fueron siempre las mismas, a los treinta años como a los se­senta: nota importante, porque demuestra que el clima espiritual de Petrarca no experi­mentó ningún desarrollo, bien que la orde­nación de las composiciones en el Cancionero pretende mostrar un ascenso progre­sivo desde lo humano hasta lo divino; lo cual se encuentra confirmado en los Triun­fos (v.), que sin embargo parecen presentar como alcanzado aquel «reposado puerto», suprema ambición de Petrarca.

Importantes son también las experiencias culturales y artís­ticas de los años de residencia en Aviñón. Ensancharon su cultura propia con el infa­tigable estudio en los libros de que dispo­nía; y a esta cultura continuamente acrecen­tada y perfeccionada acompañó una acti­vidad literaria en lengua vulgar y en latín, mediante la cual conquistó poco a poco aquella madurez artística que puede consi­derarse lograda al cumplir los treinta años, como demuestran los escritos de la segunda mitad de su vida, los únicos, con pocas ex­cepciones que permitió que llegaran hasta nosotros. En este período el poeta realizó entre otros dos importantes, ambos de ins­trucción: el primero le lleva en 1333 a Pa­rís, Lieja y Colonia; el segundo, en 1337, a Roma, donde perfecciona Petrarca su amor por la antigüedad clásica. La aspiración a un mundo ideal, sustraído a la insuficiencia de la realidad concreta se encuentra en la base del humanismo petrarquesco, estudio de lo antiguo por odio al presente, y bús­queda de una perfección espiritual que Petrarca no ve en él ni en tomo a él.

El amor a lo antiguo es en él un amor vivo a una época que trata de comprender en su espíritu, restituyéndole, con el calor de su propio entusiasmo, plasticidad y sencillez, preci­sando sus detalles en una investigación que no es la del coleccionista o la del erudito, sino la de quien se esfuerza en volver a dar vida a un mundo perdido. Por ello, es visible en él el constante interés por llegar a poseer en toda su integridad aquel mun­do antiguo del cual está enamorado: su es­fuerzo en igualar su latín al de los modelos antiguos; su cuidado por someter a un con­trol crítico las noticias que reúne sobre el mundo clásico; la diligencia por descubrir testimonios perdidos. Su actividad filológica se condensa en tres direcciones: las tres que el humanismo perfeccionará. Pero mientras tanto, su método, la alegría de los descubrimientos, la pena por lo que se ha per­dido son en Petrarca los mismos de las genera­ciones que recogieron su herencia huma­nística. Y no trabaja solo, sino que busca en todas partes quien le secunde.

Su densa red de amistades le permite crear una es­cuela: él, el maestro; muchos y entusiastas discípulos, entre los cuales el más grande Boccaccio. La amistad de Petrarca con el de Certaldo constituye por ello algo fundamental para la historia de las letras italianas: en su trabajo se aprecia un gusto y una orien­tación que durante siglos constituirán el alma misma de la cultura literaria. Pero el humanismo de Petrarca descuella especialmente en el criterio riguroso con que selecciona sus propios libros. No le gustan a Petrarca la dia­léctica, los tratados escolásticos, la ciencia que olvida los problemas espirituales del hombre; se le hacen sospechosos los auto­res medievales que, privados de discerni­miento crítico, no saben distinguir lo ver­dadero de lo falso, y relatan noticias in­exactas o fantásticas; odia finalmente a los escritores que ofenden con la aspereza de su estilo su ideal de un latín purificado de la tosquedad medieval al que se llega me­diante el estudio de los modelos clásicos: Séneca y Cicerón especialmente. Por otra parte, no existe conflicto alguno entre su humanismo y su cristianismo.

Es verdad que los antiguos carecieron de la verdadera fe, pero no se encuentran en conflicto el antiguo y el nuevo mundo cuando se habla de virtud. El problema moral es por ello el campo en el que Petrarca tiene la sensación de poder hallar una continuidad entre clasi­cismo y cristianismo. El año 1337 fue de gran importancia porque además de su vi­sita a Roma, le nació su hijo natural Gio­vanni y residió por primera vez en la dulce soledad de Valclusa, su Helicón transalpino, donde empezó sus dos obras de más vasto empeño: África (v.) y De los hombres ilus­tres (v.), ambas destinadas, por otra parte, a quedar incompletas. En 1341 inauguró un tercer período en la vida de Petrarca: el de las residencias alternadas en Provenza y en Ita­lia hasta febrero de 1342 en Parma, hasta septiembre de 1343 en Valclusa, hasta octu­bre de 1345 en Italia de nuevo; después, otra vez en Provenza hasta noviembre de 1347; luego, casi cuatro años en Italia, hasta el verano de 1351; y, en fin, la última residen­cia en Valclusa. Dio ocasión a su primera permanencia en Italia, el viaje emprendido por Petrarca para recibir en Roma, en el Capitolio, la corona de laurel, merecida por su fama de poeta y de doctísimo literato (8 de abril de 1341).

De vuelta de Roma, aceptó durante casi un año la hospitalidad de Azzo da Coreggio, señor de Parma, y allí conoció y amó la apartada residencia de Selvapiana, su Helicón cesalpino. En rea­lidad, la concepción humanista de la vida se advierte en el gusto que tuvo Petrarca por el «otium» de los antiguos, y en muchas de sus páginas hizo el elogio de la soledad, mien­tras las largas estancias en lugares cam­pestres confirman en el terreno práctico lo que aquellas páginas dices: su tendencia a la vida solitaria, a la quietud de los campos, lejos de las ciudades atareadas y bullicio­sas; pero no es su actitud la del misán­tropo que odia a los hombres y huye de ellos, ni la del asceta que realiza en lugar solitario su ideal contemplativo. Él deseó su soledad consolada con estudios litera­rios, alegrada por la contemplación de la hermosa naturaleza, la humanizó con las frecuentes visitas de sus amigos. En resu­men, un ideal aristocrático que está de acuerdo singularmente con determinados as­pectos de la personalidad de Petrarca. Después de febrero de 1342 vivió en Provenza un bie­nio densísimo e importante; el nacimiento de Francesca, segunda hija natural, el ingreso en los cartujos de su hermano Gherardo, las muestras de una crisis espiritual que indujo a Petrarca a meditar sobre la vanidad de las pasiones a las que desde largos años estaba sometido.

De estos años son el Se­creto (v.) y los Salmi, aunque no pueda reconocerse en su vida una orientación nue­va. Volvió a pasar los Alpes en septiembre de 1343, como embajador del pontífice en la corte de Nápoles, y de nuevo residió largo tiempo en Parma, trabajando con ahínco en una nueva obra histórica, De las cosas memorables (v.). También ésta, sin embargo, condenada a quedar inacabada por la fuga dramática y peligrosa con la que Petrarca abandonó en febrero de 1345 Parma, sitiada por el ejército de los Visconti. Al finalizar este mismo año, volvió a su dilecta Valclusa, y allí permaneció tranquilo y laborioso durante casi dos años. En este período comenzó a componer el Carmen bucólico (v.) y terminó en su primera redacción De la vida solitaria (v.) y Del ocio de los religiosos (v.). En 1347 saludó con entusiasmo la noticia de que el pueblo ro­mano se había sublevado contra los nobles y había elegido como tribuno a Cola di Rienzo, y pronto aprovechó la ocasión de volver a Italia. En realidad, se había proclamado mu­chas veces con orgullo ciudadano romano y antepuso a todo aquella fe y aquel res­peto que le indujeron a venerar y a amar a Roma más que a ninguna ciudad, exal­tándola como «capital del mundo, reina de todas las ciudades, sede del Imperio, roca de la fe católica, manantial de todo memo­rable ejemplo». Sólo el dominio de Roma, convertida en señora del mundo con la ayuda de todas las fuerzas italianas, podía proveer, según Petrarca, al bienestar de los pueblos en la paz universal y en la prudencia de un gobierno justo.

Execrable era por ello, a sus ojos, todo lo que retrasara o impidiera la restauración del antiguo Im­perio: las discordias entre los ciudadanos de la misma Roma, las luchas entre las ciu­dades italianas, fruto de ambiciones localistas que no tenían en cuenta el interés general; el destierro de la Iglesia, mante­nida lejos de Roma por el deseo de preva­lecer que se la había apoderado del clero francés; la oposición de los «pueblos bár­baros» al augusto dominio romano, la indo­lencia y la somnolencia de los italianos. Laudabilísimo y digno de entusiasmo le pa­reció, por el contrario, toda tentativa de restituir a Roma y a Italia su dignidad y su poder. Ante la noticia de la tentativa de Cola di Rienzo, que había renovado la anti­gua República romana, exaltó su empresa; y se dolió de su fracaso hasta los últimos días de su vida. Pero de Roma le llegaban noticias que describían a Cola de un modo muy distinto a lo que él había esperado. Marchó entonces a Parma donde poseía un beneficio, al que desde 1348 se añadió el cargo de archidiácono, pero viajó a menudo: a Verona, a Mantua, a Roma, a Padua, don­de obtuvo una canonjía. En 1348 recibió en Parma la noticia de la muerte de Laura (ocurrida con misteriosamente significativa coincidencia el 6 de abril); nueva invita­ción a meditar sobre la vanidad de las co­sas mundanas.

En 1351 quiso volver a ver Valclusa, a la que lo ligaban los más dul­ces recuerdos, pero no permaneció allí lar­go tiempo. En 1353, abandonada definitiva­mente Provenza, aceptó la invitación del arzobispo Giovanni Visconti y se estableció en Milán, primero en una casita cerca de San Ambrosio, luego en el monasterio de San Simpliciano, fuera de los muros. Recibió de Giovanni, y luego de Bernabò y de Ga­leazzo, muchos encargos como secretario y como orador: trató con Génova, con Venecia, con los de Novara, con el emperador Carlos IV, con el rebelde Jacopo Bussolari, con el rey de Francia; pero nunca quiso aceptar un cargo concreto, celoso como es­taba de su libertad. En Milán permaneció Petrarca unos nueve años, muy atareado: perte­necen a este período la Invectiva contra quendam magni status hominem, el Itine­rario siriaco (v.), la edición de las Invec­tivas contra un médico (v.), de Sine no­mine, la revisión de muchas de las obras ya compuestas, especialmente del Cancio­nero y del «corpus» de Familiares (v. Epís­tolas). Abandonó Milán en 1361, huyendo de una peste, y se refugió en Padua, donde aceptó la invitación de Francesco de Car­rara: allí recibió inmediatamente la noti­cia de la muerte de su hijo Giovanni.

La propagación de la epidemia le obligó a tras­ladarse inmediatamente a Venecia, donde permaneció cinco años, honrado por el go­bierno de la República, consolado por la presencia de su hija Francesca, esposa de Francescuolo de Brossano, y por la amistad de hombres de elevado ingenio, especial­mente Boccaccio, que lo visitó en el verano de 1363. También en este período fue muy intensa su actividad literaria: completó la colección de las Epístolas métricas, volvió a trabajar en el Bucolicum Carmen, comen­zó la sistematización definitiva del Cancio­nero, publicó las Familiares y De los reme­dios de una y otra fortuna (v.) que ofrece para cualquier situación de la vida un con­sejo avalado por el ejemplo de un gran per­sonaje, y muestra como literatura y vida acabaron por fundirse en Petrarca en una síntesis típica del movimiento humanista. Tras bre­ves meses de residencia en Pavía y Padua, escogió como morada para sus últimos años una pequeña villa en Arquá, en las colinas euganeas. También allí, como antes en Valclusa y en Selvapiana, pudo vivir como prefería: «plenamente tranquilo de ánimo, lejos de los tumultos, del bullicio, de los cuidados, leyendo y escribiendo continua­mente». Trabajó en los Triunfos, recopiló las cartas Senili, publicó sus últimas obras polémicas: De la propia y ajena ignorancia (v.) y la Invectiva contra eum qui maledixit Italiae, esta última sugerida por el pro­pósito de contribuir al regreso de la Igle­sia a Roma.

Petrarca pensaba que el primer paso para la restauración del antiguo Imperio, indispensable para la ordenada convivencia de los hombres, era el apaciguamiento de las discordias en la misma Roma: y que a la ciudad, clásica y cristiana, le debía res­tituir dignidad y poder la presencia de la Iglesia no menos que la del Imperio. Vol­viendo a Roma, el pontífice habría resti­tuido «a sí mismo Roma, a Roma la paz, a Italia y al mundo el decoro y el final de las aventuras». Por ello suplicó a Bene­dicto XII, después a Clemente VI y final­mente a Urbano V, uniendo su voz a las de Santa Catalina y Santa Brígida, en la invocación que imploraba el regreso del pontífice al lugar donde había muerto Pe­dro, a la ciudad santificada por la sangre de tantos mártires. La plácida residencia de Arquá no contribuía mucho a la salud, ya muy delicada, de Petrarca: en 1369 las fiebres tercianas, y en 1370 un síncope gravísimo, del cual no pudo reponerse del todo. Los familiares lo encontraron muerto en la ma­ñana del 19 de julio de 1374.

P. G. Ricci