Fernâo Mendes-Pinto

Nació en Monte- mor-o-Novo (Portugal) hacia 1510, murió en Pragal, junto a Almada, el 8 de agosto de 1583. En 1521 fue llevado a Lisboa y puesto a servir en casa de una señora de donde huyó para embarcarse en una carabela en ruta para Setúbal. Pero la nave fue abor­dada por piratas, los cuales, camino de Ma­rruecos, encontraron otra nave con un rico cargamento y se deshicieron de los prisio­neros abandonándolos en las costas de Por­tugal. Desempeñando diversos oficios, per­maneció Mendes-Pinto en su patria hasta 1537, año en que, impulsado por el espíritu de aventura que llevaba en la sangre, se embarcó para la India, y durante veinte años vagó por tierras de Oriente, entregado a las más variadas actividades, sin excluir la pira­tería, afrontando naufragios y miserias, tre­ce veces prisionero y dieciséis veces ven­dido como esclavo.

En 1554, bajo la influen­cia de San Francisco Javier, el apóstol de las Indias, entró como novicio en la Com­pañía de Jesús; distribuyó sus bienes entre los pobres y los miembros de la Compañía. Pero a continuación, no sabemos si por vo­luntad propia o ajena, pidió que se le dis­pensara de los votos pronunciados. Mendes-Pinto no formó parte de la expedición de tres portugueses que en 1542 desembarcaron por primera vez en el Japón; pero con segu­ridad siguió de cerca los acontecimientos que se relacionaron con el descubrimiento. Pobre y perseguido, en 1558 volvió a Portugal, donde Felipe II le concedió una pen­sión de dos fanegas de grano. Y allí, en la hacienda de Pradal, escribió el volumen de las Peregrinaciones (v.), aparecido póstumo en 1614, pintoresca y dramática rela­ción de sus increíbles aventuras que, en cierto modo, por la violencia con que se denuncian los vicios de los portugueses, corrompidos por la avidez de ganancias, constituye la contrapartida de las Lusiadas (v.).

Considerado como «un precursor del exotismo en el siglo XVI» de un exotismo que llamaríamos psicológico por las imáge­nes y el vocabulario, Mendes-Pinto noveló los he­chos que le habían ocurrido. La crítica, al negar todo valor documental a la obra, ha exagerado sin duda. En las páginas de su obra se revela gran parte de Asia (Birma­nia, Insulindia, Siam, Indochina, China, Japón) como podía verla y entenderla un viajero europeo del siglo XVI.

J. Prado Coelho