Ernesto Buonaiuti

Nació en Roma el 24 de junio de 1881, murió en la misma capitai el 20 de abril de 1946. Consagrado sacerdote después de estudiar en el seminario romano, profesor en 1905 (pronto exonerado) de historia eclesiástica en el mismo seminario, fue en aquellos años, antes y después de la encíclica Pascendi (1907), la más seña­lada expresión del modernismo italiano, a través de una actividad múltiple, anónima (suyos son Programma dei modemisti, 1907, y las Lettere di un prete modernista, 1908) o publicada con seudónimo; pero también a través de la tentativa realizada por él so­bre todo en la Rivista storico-critica delle scienze teologiche (con aprobación eclesiás­tica, 1905-10) de difundir en el ambiente del clero italiano los resultados de la crítica histórico-filológica moderna aplicada al he­cho cristiano y al hecho religioso en gene­ral.

En 1915 obtuvo, por concurso, la cátedra de historia del Cristianismo en la Univer­sidad de Roma y se inclinó al ambiente de la cultura laica, logrando suscitar en ésta un vivo y férvido interés por los estudios religiosos: hecho éste de notabilísima im­portancia en la cultura italiana. Afectado, después de muchas censuras, por la exco­munión mayor (25 de enero de 1925), fue expulsado de la enseñanza por el gobier­no fascista, el cual lo destituyó en 1931 por no haber prestado juramento de fidelidad al régimen.

En 1944 fue readmitido en el esca­lafón (pero no en el ejercicio efectivo de la enseñanza, como muestra de lealtad al Con­cordato). En los años comprendidos entre 1925 y 1944 hizo numerosos cursos libres en Italia y en el extranjero, especialmente en la Universidad de Lausana. Es fácil de reconocer en su pensamiento las sucesivas influencias ejercidas sobre él por algunos de los pensadores más significativos del catolicismo y del protestantismo modernos (M. Blondel, J. H. Newman, G. Tyrrell, R. Otto, F. Heiler); pero sobre todas ellas do­mina de un modo totalmente coherente la singularísima personalidad de B., una de las más complejas y originales de Italia en esta primera mitad del siglo. Como estudioso no existe momento o personaje de la historia cristiana que no haya sido objeto de su interés; una síntesis feliz está constituida por su Historia del cristianismo (3 vols., 1942-43, v.).

Pero es digna de recuerdo la gran función que asignó, en el desarrollo de la catolicidad, a la Iglesia del África romana (H cristianesimo nell’Africa roma­na, 1928); su decidida aversión al carácter laico, individualista, racional de la subleva­ción luterana (Lutero e la riforma religiosa in Germania, 1926) en cuanto factor de regresión en la ecumenicidad cristiana en la que^ identificaba B. la grandeza del Medievo católico; la exaltación de la reforma, de genuina inspiración latina y católica, pre­tendida por Gioacchino da Fiore y por San Francisco; la tentativa de trazar las líneas de una tradición mediterránea de pensa­miento — desde Pitágoras hasta G. B. Vico, pasando por Platón, Cicerón, San Agustín y Santo Tomás — contrapuesta a la tradi­ción laica e individualista del idealismo ale­mán.

Veía en estos postulados, así como en su constante y sincera adhesión al sistema sacramental y litúrgico de la Iglesia cató­lica, la mejor defensa que de ella se pu­diera hacer en el mundo moderno, que tan ásperamente la reprochaba el abandono de ciertas posiciones; y se consideró sincera­mente sacerdote católico, aun habiendo re­chazado a punto de morir la comunión con la Iglesia a cambio de una retractación to­tal. Documento conmovedor de sus expe­riencias es el autobiográfico II pellegrino di Roma (1945).

M. Niccoli