Edmond Jaloux

Nació en Marsella en 1878 y murió en Lausana el 15 de agosto de 1949. Ingresado en la Academia en 1936, mantuvo el contacto con el gran público más bien a través de sus artículos y de su propia actuación personal que mediante sus nove­las, unas treinta en conjunto. Las más cono­cidas pertenecen a su juventud: Le reste est silence, L’incertaine, Fumées dans la campagne, Au-dessus de la ville, La fin d’un beau jour. Por la descripción de las costum­bres y la psicología cabría situarle más bien junto a los novelistas ingleses, a quienes, antes de inclinarse hacia los románticos ale­manes, profesaba un verdadero culto. Sus historias, mantenidas siempre en un am­biente de ociosos y atletas, no tienden en absoluto al realismo.

Poco a poco nuestro autor fue evolucionando, sino hacia el surealismo, sí, por lo menos, en dirección al «irrealismo» total, cuyas teorías expuso en las revistas suizas. Pasó, efectivamente, los últimos diez años de su vida junto al lago Leman. La documentación de su ex­tremado liberalismo artístico puede hallarse en su famoso «feuilleton» de las Nouvelles littéraires, de 1923 a 1940, y en diversos tomos de crítica, uno de ellos titulado pre­cisamente D’Eschyle à Giraudoux. Ningún intento de vanguardia hallóle hostil o indi­ferente. A causa de ello mereció la consi­deración de sus colegas más jóvenes, y com­partió con Albert Thibaudet el favor de los lectores de la Nouvelle Revue Française.

De espíritu inquieto y corazón tierno y me­lancólico, este frío provenzal apareció como hombre entregado exclusivamente al arte y enlazó la generación de su maestro Henri de Régnier con las de la segunda guerra. Su libro póstumo de pensamientos y máxi­mas, Essences (1954), revela a un moralista sutil y un fino psicólogo, y permite conside­rarle escritor muy original.

A. Thérive