Domenico Scarlatti

Nació en Nápoles el 26 de octubre de 1685 y murió en Madrid el 23 de julio de 1757. Hijo de Alessandro (v.), fue enviado por su padre a Roma, donde permaneció algún tiempo; luego marchó a Venecia, y en esta ciudad prosiguió el estu­dio del cémbalo con Gasparini, discípulo de Corelli y Pasquini. Vuelto a Roma, ingresó al servicio de María Casimira, reina de Po­lonia, para cuyo teatro privado compuso algunas óperas, entre ellas La Silvia (1710), Tolomeo e Alessandro overo, La corona disprezzata (1711), Ifigenia in Tauride (1713) e Ifigenia in Aulide (1714). En 1721, tras un probable viaje a Londres, empezó su defini­tiva permanencia en el extranjero, inte­rrumpida sólo por una estancia en Italia durante el período 1725-28. En la corte de Lisboa asumió el título de cembalista y maestro de las princesas, y mereció la pro­tección y el afecto de Bárbara de Braganza, que estudió el cémbalo con él.

El transcurso de cuatro años consolidó estos vínculos es­pirituales entre Scarlatti y la real discípula; y, así, una vez casada ésta con el príncipe de Asturias, llamóle a Madrid (1729). Mientras tanto, el músico había constituido una fami­lia; en 1728 contrajo matrimonio en Roma con Maria Caterina Gentili, que le dio cinco hijos. Fallecida la esposa, celebró segundas nupcias en España, entre 1740 y 1742, con Anastasia Ximenes, unión de la que tuvo cuatro hijos. Vivió largos años en la corte de Madrid, y desarrolló aquí una actividad de profesor, compositor y concertista. Scarlatti es una figura fundamental en el ámbito de la música para clavicémbalo. Fue, en efecto, el primero que estableció una técnica defi­nitivamente adecuada a la naturaleza del instrumento en cuestión, anteriormente sometido a las exigencias propias del órgano.

Su estilo brillante da paso ya, hasta cierto punto, al vasto imperio del futuro piano. En sus Sonatas para clavicémbalo (v.) sigue la feliz inspiración de su fantasía, lo cual, em­pero, no impide la aparición de ciertos ma­tices más profundos y melancólicos. Incon­fundible resulta el ritmo propio de Scarlatti, que se manifiesta a través de un conjunto de más de quinientas Sonatas; no menos inte­resante es la armonía, con frecuencia esta­blecida sobre audaces combinaciones de acordes, cuyas disonancias confirman el ge­nio revolucionario del compositor.

C. Valabrega