Dimitri Sergevich Merejkovski

Nació el 2 de agosto de 1865 en Petersburgo, murió en Paris en 1941. Durante los estudios de ense­ñanza media se entusiasmó con Molière y formó un círculo estudiantil molieresco. Pero pronto el entusiasmo por el teatro fue sustituido por el de la lírica y la narrativa y, especialmente, por un excepcional interés hacia las nuevas corrientes, sobre todo las filosóficas de carácter positivista; mientras por un lado le atraía Dostoievski, a quien conoció personalmente casi en vísperas de su muerte, sentía por otro la atracción de Spencer, Comte, Mili, Darwin y la influen­cia del crítico ruso de tendencia «populista» Mijaijlovski. Con rápido salto pasó después a Baudelaire y a Edgar Poe, y su camino quedó señalado. En 1893 aparecían una se­rie de artículos suyos Sobre las causas de la decadencia y sobre las nuevas corrientes de la literatura rusa, en el primero de los cuales, como dijo él mismo más tarde, in­tentaba explicar el simbolismo no tanto desde el punto de vista estético como desde el religioso. Para dar consistencia a sus ideas, estudió Merejkovski atentamente las literatu­ras europeas, viajando mucho y poniéndose en contacto con países nuevos y con nuevas formas de vida.

En este período de expe­riencias nacieron los ensayos de Los com­pañeros eternos. Entretanto se había casado Merejkovski con Z. N. Gippius (Hippius), que pronto se mostró excelente poetisa y fue su colabo­radora. En el mismo año de los primeros ensayos críticos, había iniciado Merejkovski, con Juliano el Apóstata (v.), la trilogía Cristo y Anticristo, cuya composición duró doce años. La segunda parte, Leonardo da Vinci o La resurrección de los dioses (v.) dispuso a la crítica de un modo algo más favorable al escritor, que hasta entonces no había conocido el éxito. Pero antes de terminar la trilogía con Pedro y Alejo (v.), prefirió Merejkovski volver a la crítica con una obra de amplio alcance, Tolstoi y Dostoievski, publi­cada en 1899 en la revista El mundo del arte. El estudio de los dos grandes novelistas impulsó cada vez más a Merejkovski hacia los pro­blemas religiosos, haciéndole aceptar la idea, sugerida por su esposa, de organizar reuniones religioso-filosóficas, a las que dotó de un órgano con la revista La nueva vida. Pero estas reuniones pronto fueron prohi­bidas. Mientras tanto, había aumentado la fama de Merejkovski, más como novelista que como crítico. Con todo, nuestro autor continuó dentro del campo de la crítica, incluso des­pués de la revolución de 1905, que fue, como él mismo dice, una gran experiencia, porque le reveló el vínculo de la ortodoxia con el antiguo orden ruso, convenciéndolo de que era preciso reformar el cristianismo.

Sobre este tema publicó en francés en co­laboración con su esposa y D. V. Filosofov, un volumen de ensayos que apareció en París, adonde Merejkovski había marchado después de la revolución. Ya en París escribió el drama Pablo 1 (v.), en torno al cual se desarrolló una apasionada polémica cuando, apenas publicado en Rusia, fue recogido por ofensas a la Casa reinante. Ello no obstante, el escritor prosiguió la trilogía, de la que el drama constituía la primera parte: la segunda y la tercera fueron las novelas Alejandro I y los decembristas (v.) y El 14 de diciembre (v.). Continuaba tam­bién en este período desenvolviéndose la actividad de Merejkovski en el campo de la crítica literaria y del pensamiento religioso, en medio a veces de confusiones: los diversos ensayos de aquel tiempo fueron reunidos en los volúmenes El advenimiento de Cam (1906, v.), No paz, sino espada (1908), La Rusia enferma (1910), etc.

La revolución de febrero de 1917 dejó a Merejkovski en estado de expectativa; la de octubre lo tuvo como decidido adversario. Emigrado a Francia, reanudó sus actividades con biografías de grandes personalidades (Napoleón, Jesús desconocido, Dante (v.), Lutero, San Agus­tín, etc.) y semifantásticas reconstruccio­nes de tiempos lejanos (las novelas El secreto de los tres. El nacimiento de los dioses, El Mesías, v.) o míticos (las divaga­ciones seudohistóricas y seudocientíficas sobre la Atlántida). La vida fue difícil en los últimos años de Merejkovski: sólo lo serenó un viaje por Italia.

E. Lo Gatto