Prosper Mérimée

Nació en París el 27 de septiembre de 1803, murió en Cannes el 23 de septiembre de 1870. Estudió en el Liceo Henri IV, que abandonó a la edad de diecio­cho años. Deseaba dedicarse a la pintura, pero su padre lo disuadió y lo orientó a la jurisprudencia. Cuando todavía seguía los cursos universitarios, sintióse atraído por la literatura y trabó amistad con Stendhal, veinte años mayor que él, y con Ampère. Sus amigos lo presentaron en sociedad y frecuentó asiduamente el salón Stapfer, donde encontró a Violet-le-Duc, Delécluze, Victor Cousin, Sainte-Beuve y Girardin. Ya abogado, entró en el Ministerio de Comer­cio. En aquella época leyó su primera obra en un círculo de amigos. Se dio a conocer con la publicación, en 1825, del Teatro de Clara Gazul (v.), que se fingía escrito por una actriz española, y el autor, en un pró­logo firmado por Joseph L’Estrange, se presentaba como editor y simple traductor. Aunque se vendió poco, la obra tuvo un gran éxito, y Mérimée fue invitado de honor en todos los salones más en boga; especialmente en los de Mme. Récamier y de Ju­dith Pasta.

En 1827 repitió la mixtificación publicando La Guzla (anagrama de Gazul). Engañó una vez más a todo el mundo haciéndose pasar por un refugiado italiano que después de una estancia en Iliria traía de aquel país una colección de canciones populares. En realidad, había compuesto la recopilación en quince días, ayudándose con dos o tres libros y con alguna palabra lírica destinada a proporcionar el color local. El éxito de aquellas baladas fue inmenso; fue­ron traducidas al alemán y el mismo Pushkin, encantado de su originalidad, tradujo algunas al ruso. En 1828 apareció La Jecquerie (v.), formada por treinta y seis escenas dramáticas que evocaban la revuelta de los campesinos del Beauvaisis; después La fa­mille de Carvajal, romántica historia de un incesto en América del Sur: dos obras que echadas a perder por la facilidad y por las concesiones a la moda de la época ofrecen un interés puramente anecdótico. La Cró­nica del reinado de Carlos IX (1829, v.), el más ambicioso de los primeros libros de Mérimée, hizo todavía más famoso el nombre de su autor y fue varias veces reeditada. Todavía hoy se lee con gusto, aunque no puede co­locársele entre las obras maestras: perte­nece a aquellas «lecturas amenas» que, des­de Alejandro Dumas hasta Mauricio Druon, sedujeron a un público numeroso, atraído por las pasiones y las intrigas de la historia. Del mismo 1829 es La toma del reducto (v.).

Y a partir de este 1829 empezó Mérimée a publi­car aquellos breves relatos en los que se impone la concisión, la sobriedad y, a veces, la violencia. Los primeros aparecieron en la Revue de Paris (v.) y en la Revue française: Mateo Falcone (1829, v.), El vaso etrusco (1830, v.), Tamango y La perle de Tolède; aparecieron también dos pequeñas come­dias: L’occasion (1830) y Le carrosse du Saint-Sacrament (1830). En esta época mar­chó Mérimée a España, y en Granada conoció a la condesa de Montijo y a su hijita Eugenia, futura emperatriz de los franceses. A su regreso, gracias a la protección de la familia De Broglie, llegó a ser jefe del gabinete del conde de Argout en el Ministerio de Marina, después en el de Comercio y final­mente en el del Interior. En 1833 fue nom­brado inspector general de los monumentos históricos. Publicó en este período : El doble error (1833, v.), La partie de tric-trac (1833), Las ánimas del Purgatorio (1834, v), La Ve­nus de lile (1840, v.) y otros cinco cuentos, y Colomba (1840, v.), considerada general­mente como su obra maestra. A partir de 1835 se consagró a sus funciones cada vez con mayor empeño, y realizó frecuentes viajes a través de Francia. Gracias a las numerosas visitas de estudio y a su com­petencia en arqueología y en arquitectura, logró salvar de la destrucción muchos mo­numentos que representan buena parte del patrimonio francés del arte románico y gó­tico (Notes de voyage, 1835, 1836, 1838, 1840), de 1840 es también Arsène Guillot. De 1840 a 1842 viajó por España y Turquía.

A su regreso publicó Études sur l’histoire romaine y Monuments hélleniques. En 1843 fue recibido en la Académie des Inscrip­tions et Belles Lettres, y sucedió, en 1844, a Charles Nodier en la Académie française. Carmen (v.) apareció en 1845, seguida de Histoire de don Pédre, roi de Castille (1848), Episode de l’histoire de Russie: le faux Démetrius (1852) y Les deux héritages (1853). Mérimée se puso en aquel tiempo a estudiar el ruso y emprendió la traducción de Pushkin y de Gogol. A él, por lo tanto, corresponde el ho­nor de haber introducido en Francia la literatura rusa. Desde 1853 hasta su muerte, pareció abandonar la literatura para consa­grarse a sus estudios y traducciones. Entre­tanto, Eugenia se había convertido en em­peratriz, y él fue entonces uno de los ínti­mos de Napoleón III. En ese período, aparte sus informes de inspección y sus traduc­ciones, sólo publicó Jules César, Les cosa­ques d’autrefois, La chambre bleue (1866) y Lokis (1868). Se ha reprochado a Mérimée ser trivial, limitado y carente de imaginación; en realidad su obra, como reacción contra el romanticismo, buscó en la sobriedad y en la concisión un rigor que rechaza las seducciones fáciles. La publicación póstuma de sus Lettres à une inconnue (1873), esca­lonadas a lo largo de una treintena de años, nos ha revelado su verdadera fisionomía. Desconfiando del sentimiento, Mérimée quiso ser desdeñoso e impersonal, a fin de disimu­lar su propia tristeza y soledad; no dramatizó su escepticismo para adorno de su obra. En 1876 aparecieron sus Études sur les arts au Moyen âge; recordemos, además, las Lettres.

B. Noël