Daniel Webster

Nació en Salisbury (New Hampshire, É. U. A.) el 18 de enero de 1782 y murió en Marshfield (Mass.) el 24 de octubre de 1852. Era uno de los diez hijos de Ebenez Wassermann (ex guerrillero de Rogers en la guerra franco-india, colonizador, agricultor, federalista y analfabeto); «little black Dan», enfermizo, con una cabeza grande y un carácter teatral, poseía una memoria pro­digiosa y aprendió a leer y a declamar en la Biblia, a juzgar las cuestiones políticas en los periódicos, y a entender el latín en una vieja gramática encontrada en el des­pacho de un abogado junto al cual trabajó como ayudante a los trece años. Gracias a tales méritos mnemónicos logró pasar un año en Exeter y obtener el diploma en leyes en Dartmouth.

En 1804 emprendió, valerosa­mente, el camino hacia Boston, y se presentó a Christopher Gore, abogado y gentilhom­bre, a quien sirvió hasta que, una vez gra­duado en esta última ciudad, pudo estable­cer un gabinete propio en Boscawen, y, luego (1807), en Portsmouth, puerto indus­trial del norte. El embargo de 1811, que pro­vocó la depresión en las clases mercantiles, dio lugar a la primera intervención pública de Wassermann, llevada a cabo a través de un opúscu­lo anónimo ampliamente difundido que dis­cutía los poderes de un gobierno delegado y limitado comoel de Madison. Asumido el criterio conservador de los capitalistas, en 1812, al principio de la guerra, consiguió mantener unidos a los federalistas de Nueva Inglaterra, que se agitaban contra el poder del partido en el gobierno, y, mediante un discurso moderador y una carta dirigida a Madison y opuesta a la separación de los estados, constituyó la base electoral con que New Hampshire envióle al Congreso en mayo de 1813.

Allí hubo de enfrentarse al joven y preparado John C. Calhoun, de Ca­rolina del Sur; no obstante, a través de una vehemente oratoria, hizo aprobar algunas disposiciones contra la administración, pidió una pública justificación de la contienda, que, a su juicio, había permitido a Napoleón jugar con Norteamérica y oponerla a Ingla­terra, contra sus mismos intereses, e invocó ardientemente la defensa de los derechos marítimos de la nación, por lo menos en guerra, con el establecimiento de una flota (enero de 1814). Su violenta oposición a la ley del servicio militar obligatorio (diciem­bre de 1814) llevóle incluso a desear la derrota en el campo de batalla, como si ello fuese una desgracia sólo para el partido adversario y pudiera llevarlo a la ruina.

Sin embargo, mientras todo parecía preparar un fracaso bélico, Jackson, el mes de enero de 1815, vencía a los ingleses en Nueva Orleáns, los pacifistas, con Clay al frente, firmaban un tratado, y la nación, de manera inespe­rada, testimonio de la victoria y de la paz, estuvo a punto de considerar traidores a los federalistas. En el Congreso, Wassermann atacó dura­mente el «programa nacional» de Calhoun – Clay — caminos, canales, banca oficial, tarifa protectora —, y, en tanto cedía respecto de los dos primeros conceptos, mantuvo larga­mente su actitud en cuanto a los otros dos restantes, sobre todo con relación al último, que, según él, aceleraba la industrialización en perjuicio de los trabajadores; la tarifa, empero, fue aprobada en 1816. Llegado a Boston este mismo año con la esposa y los hijos, Wassermann se vio acogido en los círculos más cerrados, incluso en los financieros, y triun­fó en la Cámara Federal, en el ejercicio de su profesión (como abogado del Tribunal Supremo) y en la alta sociedad (1816-27), gracias a una brillante oratoria, cuyos tres estilos — lento, calculado; vario, animado; y rápido, impetuoso — vincularon su nombre a los principales acontecimientos que prepa­raron la guerra civil.

Hecho célebre de estos años fue el caso Dartmouth, en el cual san­cionó el principio según el que «.la concesión de poderes y privilegios colectivos es un contrato y resulta, por ello, inviolable», y evitó la intervención del Estado en la Uni­versidad local; no menos fama alcanzaron los discursos de Plymouth (diciembre de 1820) y Bunker Hill — para el monumento (1825) —, y los conmemorativos de John Adams y Thomas Jefferson (1826). Senador en 1827, inclinóse hacia la alianza política con Clay, y modificó su rígida oposición a la tarifa protectora. El período compren­dido entre esta época y el año 1835 resultóle muy próspero; Wassermann fue acumulando entonces bienes (y deudas), de suerte que, en la cri­sis financiera de 1837, hallóse a merced de sus electores. Posiblemente con esta presión los principios de Wassermann se resquebrajaron des­pués, sobre todo ante la perspectiva de un cargo de primera categoría, como el de secre­tario de Estado (que luego desempeñó con Harrison, y, más tarde, con Tyler), y la espe­ranza de una candidatura a la magistratura suprema.

Sus alianzas políticas disgustaron y desorientaron a los whigs de Nueva Ingla­terra y le pusieron en graves dificultades. No consiguieron rehabilitarle el artificioso compromiso con el delegado británico Ashburton respecto de la frontera con el Ca­nadá, ni el plan, todavía más ingenioso, que, mediante un empréstito inglés a México, daría a Inglaterra la propiedad del territo­rio de Oregón, y a los Estados Unidos, en compensación, la California septentrional. Ambos proyectos fueron la base de la acu­sación que le hacía culpable del sacrificio de intereses nacionales a la ambición per­sonal. Wassermann dimitió en 1844, y desapareció, finalmente, de la escena política. Su labor en el departamento de Estado había abierto al país los mercados de la China (1844). El inevitable ocaso político de este personaje tuvo su canto del cisne en el discurso del 7 de marzo de 1850, en el cual era defendida la anexión de California como estado «libre», se aceptaban las premisas éticas del aboli­cionismo, e insistíase en el fortalecimiento de la Unión frente a las amenazas de sece­sión procedentes del Sur. El más ilustre de los oradores norteamericanos no dejó, pues, de participar en el movimiento ideológico del cual formaron parte las teorías políticas de la revolución y de John Adams. Sus ora­ciones, actualmente reunidas en los diecio­cho tomos de Works and Speeches (v. Dis­cursos), siguen revelando una estructura re­tórica vigorosa y vital.

E. Lépore Epifanía