Franz Tamayo

Escritor boliviano nació en La Paz en 1880 y murió en 1956. Se le ha con­siderado por muchos críticos «el poeta mayor de Bolivia». Romántico, parnasiano, mo­dernista… De todo tiene, pero con una per­sonalidad singular, de tendencias exóticas, orientadas hacia una profunda admiración por el mundo clásico antiguo. Acaudilló el Partido Radical; fomentó la rebeldía de las juventudes en busca de un nuevo perfil de su patria; dirigió los periódicos El Fígaro y El hombre libre; explicó en la Universidad, ocupó un escaño en el Parlamento, repre­sentó a su país en la Sociedad de las Nacio­nes, desempeñó la secretaría de Relaciones Exteriores y fue elegido presidente de la República (1935), aunque el militarismo no lo dejó tomar posesión de su cargo. Y se quedó aislado, en las alturas de los Andes, como predicador que pierde su público pero sigue predicando para el auditorio de la posteridad.

Verdaderos y trascendentes ensayos son algunas de sus obras, como La creación de la Pedagogía nacional, espléndido análisis crítico en el que se apuntan los defectos del autor, que no vacila muchas veces en descender de su altura para llegar a la vulgaridad en su afán polémico. Aun­que de menor interés, no dejan de tenerlo otros ensayos: Crítica del duelo (1911) y Horacio y el arte lírico (1915). Pero el poeta está representado por poemas lírico- dramáticos y composiciones líricas en las que cultiva la seguidilla con singular afán; sus títulos centrales son las tragedias líricas La Prometheida o Las Oceánides (1917) y Scopas (1939); pero nos muestra otros án­gulos de su poesía en sus Odas (1898); Pro­verbios (1905); Los: nuevos Rubayat; Nuevos Proverbios (1922); Scherzos (1932) y Epi­gramas griegos (1945).

De la altisonancia a la delicadeza lírica, el alma del poeta nos ofrece el bello espectáculo de su entusiasmo helénico, su temperamento romántico y su capacidad asimiladora del modernismo: mas por encima de todo ello, él sigue erguido sobre el corazón de Sudamérica, como sím­bolo de su país, cuyo aislamiento geográfico no le impide trazar, con sus palabras y sus obras, el perfil vigoroso de su personalidad.

J. Sapiña