Cayo Suetonio

Tranquilo. Nació, proba­blemente en Roma, durante los primeros años del reinado del emperador Vespasiano (69-79), y murió en fecha ignorada. Pertenecía a una familia ecuestre; su padre había sido «tribunus angusticlavius» de la legión XIII en el curso de la guerra octaviana. No habla de la educación recibida, acerca de la cual no poseemos tampoco noticias de otras pro­cedencias. Ya adulto, mantuvo relaciones de amistad con una de las personas más significativas del ambiente culto de la Roma contemporánea: Plinio el Joven (v.). Éste se refirió repetidamente a Suetonio en sus cartas, y le presentó siempre como persona de buen carácter, digna del mayor aprecio, e, incluso profesionalmente, próxima al tipo de hom­bres «quot… nihil aut sincerius aut simplicius aut melius» (Epístolas, II, 3, 5); ade­más, al hablar acerca de él al emperador Trajano, afirmó, con relación a sus dotes de erudito e investigador, que era «probissimus, honestissimus, eruditissimus» (Epís­tolas, X, 94, 1).

Hacia 101 el mismo Plinio le había obtenido el «tribunatus militaris», que, sin embargo, Suetonio cedió poco después a un pariente, Cesennio Silvano. En 112 reci­bió de Trajano, también gracias a la inter­cesión de su amigo, el «ius trium liberorum»; no tuvo hijos, y muy probablemen­te, no se casó. Abogado profesional (quizá también «grammaticus»), dedicóse muy pronto, empero, a los estudios histórico-biográficos. La suerte le deparó en 119 el acceso a los archivos imperiales, tras su nom­bramiento de secretario de gabinete («epistularum magister») de Adriano. Así lo narra Esparciano (Hadr., 11), la única fuente de las escasas noticias que poseemos acerca de Suetonio con referencia al período posterior a la muerte de Plinio. En tal ocasión el histo­riador debió de verse ayudado posiblemente por el destinatario de las Vidas de los doce Césares (v.), Septicio Claro, prefecto del pretorio. Pocos años después (121), empero, fue despedido, junto con Septicio y otros, acusado de infracción de la rígida etiqueta cortesana respecto de la emperatriz Sabina; en realidad, los fundamentos de este cam­bio parecen haber sido políticos.

No sabe­mos cuánto tiempo pudo vivir todavía Suetonio una vez retirado a la vida privada; sin duda, bastante si tenemos en cuenta el volumen de su producción y la cautela y lentitud extremadas del autor en la composición: los amigos decían de él, efectivamente, que era «in edendo haesitator», y expresaban a menudo impaciencia en espera de obras proyectadas en las cuales sabían que el autor trabajaba desde algunos años. El abun­dante elenco de sus textos transmitidos por la Suida menciona muchos, con frecuencia en varios libros, sobre los temas más dis­pares: los juegos griegos, los «ludi» y las fiestas de Roma, el año romano, los signos de la escritura taquigráfica, la obra ciceroniana De república, los vestidos, las malas palabras, etc. Sabemos que algunas de ta­les producciones fueron escritas en lengua griega. Otras fuentes atribuyen a Suetonio un texto sobre las hetairas, De vitiis corporalibus, De rebus variis y De institutione officiorun. Ausonio cita, ‘además, De regibus (en tres libros), en el que, probablemente, tuvieron amplia cabida las tradiciones legen­darias, y ello a pesar de que la obra en cuestión no carecía de intentos de crítica histórica.

No es posible, sin embargo, afir­mar si tales textos fueron independientes de Los prados (v.), extenso repertorio de informaciones sobre el mundo humano y el físico, ni en cuántos de ellos pudo darse esta condición. Suetonio, como Plinio el Viejo (v.>, se revela, por la multiplicidad de sus intereses, espíritu enciclopédico, siquiera particularmente inclinado a la anécdota y a las noticias minuciosas, ámbito de inves­tigaciones en el cual se mueven también las obras conservadas de nuestro autor: la principal, las Vidas de los doce Césares (v.) y las muy fragmentarias (aun cuando de gran importancia para nosotros) biografías De los hombres ilustres (v.).

M. Manfredi