Arno Holz

Nació el 26 de abril de 1863 en Rasteneburg (Prusia oriental), y murió el 26 de octubre de 1929 en Berlín. Era hijo de un farmacéutico, y a los doce años se tras­ladó a esta última ciudad, en la cual rea­lizó los estudios de segunda enseñanza y universitarios. La poesía constituyó la prin­cipal de sus pasiones juveniles. A los die­ciocho años obtuvo un premio literario con su primer libro de versos Ecos del corazón [Klinginsherz]. En 1885 aproximóse al natu­ralismo, del que había de ser en Alemania uno de los promotores. Entabló amistad con el joven poeta Johannes Schlaf (1862-1941), y tal relación llegó a convertirse en una verdadera colaboración poética: en 1887-88 ambos se retiraron a Niederschönhausen y escribieron, juntos, dramas y cuentos. Al­gunos años después tal amistad quedó rota y los celos acabaron incluso por inducir a los dos antiguos amigos a desacreditarse mutuamente.

Holz continuó cultivando sin cansancio la poesía que de su simplicidad inicial pasó a formas complejas y sutiles. En algunos momentos parece vislumbrarse en él cierto parentesco con Joyce y los her­méticos; su Fantaso (v.) es un poema sin fin (su impresión no se halla todavía ter­minada) y contiene un poco de todo. En el carácter peculiar del H. lírico figura como elemento constitutivo, además de una viva sensibilidad musical, un cierto humorismo por el cual llega incluso a burlarse de sí mismo y también, amargamente, de todos sus contemporáneos. Junto con J. Schlaf escribió La familia Selicke (1890, v.), dra­ma naturalista, así como los textos en prosa de Papá Hamlet (1889, v.), que sirvieron de guía al naciente genio de Gerhart Hauptmann. H. fue el primer redactor jefe de la revista Freie Bühne [Escena libre]; pero, a pesar de su triunfo literario, no conoció el éxito financiero antes de la tragicomedia Traumulus (1904).

Vivió en medio de una pobreza extrema, y hasta los cincuenta y tres años ocupó una buhardilla; durante algún tiempo llegó incluso a idear juguetes infantiles para ganarse la vida. Pasó sus últimos años solo y casi olvidado, no obs­tante los reconocimientos de la crítica y aun de los medios académicos. En la actua­lidad, y tras un período de silencio en que el Tercer Reich pretendió envolver la obra de H., juzgado un decadente de la peor especie, se empieza a leer de nuevo con interés su producción. Son particularmente apreciadas algunas escenas de sus dramas. Sin embargo, por encima de las obras tea­trales y de las afirmaciones teóricas parece resultar siempre viva su poesía, debida­mente aislada de un montón de estorbos que amenazan ahogarla.

R. Paoli