Nació en Sevilla el 26 de julio de 1875 y murió en Cotlliure (Cataluña francesa) el 8 de febrero de 1939. Su retrato y su infancia y juventud los conocemos a través de su propia obra. Vino al mundo en el palacio y calle de las Dueñas de Sevilla donde vivió hasta los ocho años, que sus padres se trasladaron a Madrid. Se educó en la Institución Libre de Enseñanza. Viajó por España y también por Francia. En 1900 fue nombrado vicecónsul de Guatemala en París. En 1907 ganó la cátedra de Francés del Instituto de Soria. En 1910 asistía en el Colegio de Francia a un curso de Bergson. En Soria se casó y quedó viudo («Allí murió mi mujer, cuyo recuerdo me acompaña siempre»). De su infancia recordó siempre el patio y el huerto con limoneros de Sevilla; pero los veinte años en Castilla fueron lo mejor de su juventud. Respecto a su historia sólo nos dice «algunos casos que recordar no quiero». Se nos presenta a sí mismo con «torpe aliño indumentario», con «gotas de sangre jacobina» y viviendo de su trabajo. «Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno», dice un verso de su Retrato.
Académico de la Española. Después de profesor en el Instituto de Soria, lo fue también en los de Baeza, Segovia y Madrid. Al terminar la guerra civil española en 1939 pasó la frontera y murió en Francia. Como escritor seguía la tradición familiar, pues su padre Antonio Machado Álvarez lo era también y fue un folklorista de prestigio, incluso fuera de España, como iniciador del folklore español y de la publicación de una biblioteca del andaluz. Su hermano Manuel también fue famoso como poeta y ambos tienen, en colaboración, varias obras teatrales. De su familia era también el crítico Agustín Durán, importante figura de los comienzos del romanticismo español. Antonio Machado escribió en prosa y en verso. Como poeta es considerado hoy el mejor de nuestro siglo. Su poesía, sobria y sencilla, lo presenta como un andaluz castellanizado, con un fondo de melancolía romántica. Sus primeros contactos y las primeras influencias que experimenta son las de Rubén Darío. En 1931 todavía pensaba, como los modernistas, que la poesía «es la palabra esencial en el tiempo».
Algunos poetas franceses, como Ronsard, también habían merecido su atención. Pero se consideraba en desacuerdo con los poetas del día, «no sólo por el desuso de los artificios del ritmo sino, sobre todo, por el empleo de las imágenes en función más conceptual que emotiva». No le agradaba oír hablar de una poesía del intelecto porque éste «no ha cantado jamás, no es su misión». Ya en su citado Retrato proclamaba su desamor por «los afeites de la actual cosmética» y por el «nuevo gay-trinar», y también su desdén por «las romanzas de los tenores huecos» y por el «coro de los grillos que cantan a la luna». No sabía si era clásico o romántico y era intimista («converso con el hombre que siempre va conmigo»). Dámaso Alonso lo ha comparado con fray Luis de León «en hondura, altura e intensidad de inspiración». Para Ramón de Zubiría es innovador y tradicionalista, innovador libre, no de escuela. Para Juan Ramón Jiménez su poesía representaba la unión mágica de Rubén Darío y Unamuno. Pero M. hablaba de su teoría poética diciendo: «Hemos de hablar modestamente de la poesía, sin pretender definirla, ni mucho menos obtenerla por vía experimental, químicamente pura».
La raíz de su poesía es el tiempo y por boca de Juan de Mairena — su seudónimo — se llamó a sí mismo «poeta del tiempo». El amor frustrado (la muerte de su joven esposa Leonor Izquierdo le hace conocer el dolor y convierte su poesía en un cancionero del amor y de la muerte) y el paisaje castellano son sus más intensas notas. Según propia declaración del poeta nace la poesía como «hija del gran fracaso del amor». Su poesía de 1899 a 1907 la reunió en Soledades, galerías y otros poemas. Ciertos tonos becquerianos en motivos y expresión se revisten siempre hacia una gran sencillez («El viajero», «En el entierro de un amigo», etc.). Ya comienza esa poesía de los paisajes castellanos en «Orillas del Duero», la ternura de la «tibia mañana» en «la pobre tierra», azotada por nevadas y ventiscas, con el Duero «terso y mudo», con sus chopos y álamos, con su seca belleza que hace exclamar al poeta: « ¡Hermosa tierra de España!». Para Luis Felipe Vivanco, en este poemario nos da el paisaje «a través del ensueño». Un gran poema expresivo es el que comienza «Yo voy soñando caminos de la tarde…». El «Preludio» a los poemas agrupados bajo el título «Del camino» nos recuerdan tonos rubendarianos y la obsesiva presencia del tiempo y del reloj («Daba el reloj las doce… y eran doce /golpes de azada en tierra…») y del peregrinar y de la idea del final, como en sus «Coplas elegiacas»: «iAy del noble peregrino / que se para a meditar, / después de largo camino, / en el horror de llegar!».
Los poemas agrupados bajo el título «Humorismos, fantasías, apuntes» nos recuerdan lo que Machado tiene de poeta del 98 como cantor de los motivos más humildes y vulgares no exentos de notas patéticas («La noria», «El cadalso», «Las moscas», etcétera) y de un irreprimible hastío como en «Elegía de un madrigal» con el siguiente serventesio: «¡ Oh mundo sin encanto, sentimental inopia / que borra el misterioso azogue del cristal! / ¡ Oh el alma sin amores que el universo copia / con un irremediable bostezo universal!». En los poemas incluidos en «Galerías» nos habla de sus «bien amados versos» y de las «galerías sin fondo» donde el poeta labora con «las doradas abejas de los sueños». Poemas de melancolía y de sencillo soñar como «Desde el umbral de un sueño me llamaron» o «Es una tarde cenicienta y mustia». Pero el gran libro de poesía de Machado es Campos de Castilla (1912, v.). El paisaje castellano, la gran coincidencia estética de la generación del 98, con la presencia del tiempo y de la muerte, del sueño y del recuerdo, de las cosas vulgares y del crimen de la raza y esos campos sorianos que, con su pobreza, conmueven al poeta («me habéis llegado al alma o acaso estabais en el fondo de ella»).
El andaluz queda herido de ternura por cuanto le rodea. Y por las tierras tristes recuerda los pasos de los guerreros. El Duero — dice el poeta — «cruza el corazón de roble de Iberia y de Castilla» («Castilla miserable, ayer dominadora / envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora») y por el «pedregal desierto», a mediados de julio, nos angustia el pesimismo que se hace más intenso en «Por tierras de España», con la errante sombra de Caín, los pobres que huyen de sus lares y los «ojos turbios de envidia y de tristeza»; los rostros pálidos del hospicio, la interrogación al dios hispano, la primavera soriana, con su agria melancolía y sus sombrías soledades, los encinares y los robles, los estepa- res y los agrios cerrijones, las historias tétricas como la del seminarista que cometió un «crimen atroz», la «carne de horca», la • monjita que viaja en tren «con esperanza infinita» y esa moderna gesta sombría de «La tierra de Alvargonzález», tragedia doméstica con el problema de las herencias entre la gente labriega que «no goza de lo que tiene/por ansia de lo que espera», el desespero de los hijos, las nueras que meten cizaña, el sueño en que reluce un hacha de hierro, la tarde en que el padre es apuñalado, junto a la fuente, por sus hijos que arrojan su cuerpo, amarrado a una piedra, a la Laguna Negra, para ser los propietarios de todo; pero sufren miedos y el castigo de la sequía hasta no tener «leña ni sueño…» y el hermano menor vuelve indiano y la tierra que labran sus hermanos no produce… Tierras sombrías: « ¡Oh, tierras de Alvargonzález / en el corazón de España, / tierras pobres, tierras tristes / tan tristes que tienen alma!».
A los asesinos cuando se les teñía de sangre la azada que hundían en la tierra y marchan Duero arriba y «cien ojos fieros ardían / en la selva a sus espaldas» y, cuando llegaron a la laguna, gritaron «¡Padre!» y cayeron en ella… La avaricia, el crimen y la muerte; el lobo, la noche y el miedo, componen este romance de la Castilla sombría, de la paramera lúgubre. En «Campos de Soria» se da lo más expresivo de este poemario. Tras la estampa de un sobrio patetismo (la espalda del Moncayo, picos donde habita el águila, bueyes, negras testas doblegadas, nieve, mesón, Soria «la muerta ciudad», etc.) cierto optimismo final: «Gentes del alto llano numantino / que a Dios guardáis como cristianas viejas, /que el sol de España os llene /de alegría, de luz y de riqueza!». El libro, a partir del poema CXIX («Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería»), y algunos siguientes trata el tema de su amor infeliz por la muerte de su esposa niña que evoca («¡Ay, lo que la muerte ha roto /era un hilo entre los dos!»). Después, desde Baeza, evoca el alto Duero, su pobreza de profesor de un Instituto rural, y los olivos y compone esos poemas ligeros de expresión y hondos de intención como «Llanto de las virtudes y coplas por la muerte de don Guido». Son de gran valor sus parábolas («Era un niño que soñaba un caballo de cartón») y sus proverbios y cantares: «Ayer soñé que veía / a Dios y que a Dios hablaba; / y soñé que Dios me oía… / Después soñé que soñaba». A este libro siguieron Nuevas canciones (1920), el Cancionero apócrifo (1926), etc.
A partir de 1917 publicó sus Poesías completas, aumentándolas sucesivamente. En 1931 fue nombrado para un Instituto de Madrid y comenzó a publicar en el periódico «El Sol» una serie de artículos en los que expresó su pensar valiéndose de dos personajes: Abel Martín y Juan de Mairena, un filósofo y un poeta. Ambos personajes habían aparecido ya en su Cancionero apócrifo, en el que se publicaron el «Arte Poético» con una curiosa caracterización del barroco literario español, y la «Metafísica», ambas de Mairena, así como «Las últimas lamentaciones de Abel Martín». También aparecían las «Canciones a Guiomar» (este personaje femenino era real según probó Concha Espina). Toda la ironía y la gracia caricaturesca caen en las razonadas prosas filosóficas que están impregnadas de la hondura de su poesía. Son como ensayos que continuó en publicaciones de Valencia y Barcelona durante la guerra (en «Hora de España»), después de aparecer su prosa en el libro Juan de Mairena (1937, v.). La poesía de Antonio Machado se coloca en la línea de la mejor tradición poética española; y como el poeta advirtió, está «dentro de la ideología y de la sentimentalidad de una época». También contribuyó Machado al teatro poético español en colaboración con su hermano Manuel («Julianillo Valcárcel», «Las adelfas», «La Lola se va a los puertos» y otras). Fruto de esta colaboración fue también la comedia en prosa «El hombre que murió en la guerra». Rubén Darío nos lo presentó en romance como «misterioso y silencioso», «luminoso y profundo», con un dejo de timidez y altivez y siempre «hombre de buena fe».
A. del Saz

