Antonio Cánovas del Castillo

Po­lítico y escritor español. Nació en Málaga el 8 de febrero de 1828, murió asesinado en el bal­neario de Santa Águeda (Guipúzcoa) el 8 de agosto de 1897.

Su padre era maestro de escuela y su abuelo materno murió en 1810 luchando contra los franceses. Mien­tras cursaba el bachillerato en su ciudad natal, fundó, con un grupo de compañeros, el semanario La joven Málaga. Muerto su padre, marchó a Madrid, donde, protegido por su tío, el orientalista Estébanez Calde­rón, siguió la carrera de leyes y obtuvo un empleo en los ferrocarriles.

En 1849 se dio a conocer como periodista en las páginas de La Patria. En 1852 publicó la novela histórica La campana de Huesca y poco después la Historia de la decadencia de España des­de el advenimiento de Felipe III al trono hasta la muerte de Carlos II (v.). Al triun­far la revolución, obtuvo un empleo en el Ministerio de Estado; en 1864 desempeñaba esta cartera, en 1865 la de Ultramar y en 1866 la de Hacienda.

En las Cortes de 1869 defendió sus principios conservadores con­tra los liberales y demócratas proclamados por la revolución, y votó en blanco en la elección de Amadeo I. En Francia consiguió que la reina Isabel abdicara en favor del futuro Alfonso XII, y dirigió la educación del joven príncipe. En el momento de la restauración borbónica (1874), C. asumió la presidencia del Ministerio-Regencia. Promo­vió la Constitución que fue aprobada en 1876 y continuó gobernando casi sin inte­rrupción hasta 1881, año en que fue reem­plazado por Sagasta, jefe de los liberales.

A fines de 1883, y gracias a una hábil ma­niobra política, fue de nuevo llamado C. al poder, que ejerció hasta la muerte de Al­fonso XII (25 de noviembre de 1885). Du­rante la minoridad de Alfonso XIII estable­ció con Sagasta el llamado «turno pacífico» de liberales y conservadores. En la última etapa de su vida ardía ya la guerra separa­tista de Cuba, y C. empeñó en aquella lu­cha grandes recursos en hombres y dinero, y forzado por las muestras patrioteras de la mayoría, toleró la dura represión del gene­ral Weyíer contra los patriotas cubanos.

Fue entonces cuando en pleno Parlamento pro­nunció aquellas lamentables palabras: «De­fenderemos las Antillas hasta la última gota de sangre y hasta la última peseta». Tomó el poder por última vez en marzo de 1895, y era todavía presidente al caer asesinado por el anarquista italiano Miguel Angioli11o. C. fue un político hábil, con todas las cualidades y los defectos inherentes a los hombres públicos de su tiempo. Su oratoria era elocuente y fácil. Además de las obras citadas y de un tomo de poesías, se le deben Problemas contemporáneos, Estudios li­terarios, bosquejo histórico de la Casa de Austria en España (v.), Estudios del reinado de Felipe IV (v.), El Solitario y su tiempo (v.), etc.

Pertenecía a la Academia de la Lengua y a las de la Historia, Ciencias Morales y Políticas y Bellas Artes.