Ángel Ganivet

Escritor español, una de las figuras más importantes de su tiempo. Nació en Granada el 13 de diciembre de 1865 y murió en Riga el 19 de noviembre de 1898. Perteneció G. a una familia humildísima de aquella ciudad y sus comienzos fueron difíciles. No obstante, su talento y su vo­luntad se sobrepusieron a todo; hizo sus primeros estudios en la misma Granada; terminado el bachillerato se trasladó a Madrid con la intención de seguir estudian­do en la capital.

Se matriculó en la Facultad de Derecho, donde cursó con gran brillantez la carrera de Filosofía y Letras, que terminó en 1888, pese a las dificultades que tuvo que vencer y a las privaciones que se impuso. Desde muy joven, y aparte de la carrera, le habían atraído las letras; le apasionaban asimismo las cuestiones sociales y políticas de su época, y había dedicado una atención preferente al estudio de aquellas cuestiones y de los problemas de España relacionados con ellas. Antes de pasar a Madrid, G. había empezado a colaborar en algunos periódicos y revistas, sobre todo en El defensor de Gra­nada. En este periódico publicaría más adelante sus Cartas finlandesas (v.), sus cróni­cas sobre Granada (que reuniría después en un volumen: Granada la bella) y «Hombres del Norte», estudios sobre algunos escritores nórdicos de su tiempo, que quedaron sin terminar.

En Madrid tuvo G. la fortuna de encontrarse con Unamuno, que estudiaba en la misma Facultad. Tenían las mismas afi ciones y una afinidad grande en las ideas coincidían asimismo en la misma preocupa­ción por España y por el porvenir de la nación. Una buena amistad les unió desde el primer momento, amistad’que duró toda la vida, y a la que debemos una de las correspondencias epistolares más interesan­tes de aquel tiempo. La inquietud que le agitaba, su deseo de horizontes nuevos, llevó a G. a la carrera consular; para ello, a base de nuevos sacrificios, pero también con la misma inflexible voluntad hizo los estu­dios correspondientes. Se examinó con éxito en 1892, y dos años después se instalaba en Amberes como representante de España; pasó en Amberes dos años, y se trasladó desde allí a Helsingfors (Helsinki), y por último a Riga en 1898, año de la famosa generación y que habría de ser el de su trá­gica muerte cuando contaba sólo 33 años. La obra más importante de G. es su Idea- rium español (v.), que se publicó en 1897; es la que le ha dado sobre todo la fama.

En su Idearium, G., con prosa clara y tersa, sobre un fondo de pesimismo que se deri­vaba del tema pero que era también el tono de su alma, pasa revista a los problemas de la España de su tiempo, en relación a los problemas de Europa; lo hace con una visión clarísima, con una gran lucidez, exaltando las virtudes de la raza, a través de los clá­sicos y de las lecciones del pasado; denota G. en su estudio una profunda cultura y un conocimiento poco común de la historia; y señala caminos, soluciones, que todavía hoy tienen validez. Los problemas de España eran verdaderamente su preocupación prin­cipal, y de aquí también que sobre ella elaborara su obra más importante. Aparte del Idearium, G. escribió otras obras, obras que podrían llamarse de creación.

La con­quista del reino Maya por el último conquis­tador Pío Cid (v.), y la que le siguió Los trabajos del infatigable creador Pío Cid (v.). Ninguna de las dos puede compararse con aquélla. Siempre en sus obras de creación, el teorizante ahogó al creador, haciéndole casi fracasar o poco menos, en el empeño. Sus novelas, si pueden llamarse así, son una mezcla extraña de fantasía, de críticas so­ciales y políticas, de reminiscencias histó­ricas, y audaces y raras anticipaciones; son una cosa aparte en el panorama literario de su tiempo, en que se nota sobre todo aquel deseo del autor señalado por Ortega, de «ser original a cualquier precio». Fuera de la originalidad, no consiguió mucho. No alcanza aquí el nivel a que llegó como ensayista y teorizador de la historia, y lo mejor de estas obras son lo que tienen precisamente de estudio político y sociológico.

No sería extraño que su casi fracaso como creador — lo cual le emparenta también con Una­muno, y más aún con Larra — hubiese en­trado en algo en las causas de su pesimismo, y que le llevaron al suicidio. También G., como Unamuno, se probó en el verso, en la novela y, por último, en el teatro, con su drama El escultor de su alma (v.). G. ha sido admirado y exaltado después, sobre todo por su Idearium, leído y estudiado por la generación del 98, de la que puede con­siderársele como el antecedente más inme­diato. En 1919, ya muerto su autor, se pu­blicó su Epistolario (v.), colección de cartas dirigidas a Navarro Ledesma, que han de situarse asimismo entre lo más interesante que escribió, con las que se cruzaron entre él y Unamuno, publicadas también. En 1928 los restos de G. fueron trasladados a España; fue la ocasión de un homenaje postumo en que estaba representado lo más brillante de la intelectualidad española, especialmente los jóvenes.

Puede decirse que aquél fue el primer acto del movimiento de renovación nacional que se iba a producir entre los jóvenes escritores; más significativo, más concreto, sería otro con que, algún tiempo después, un grupo de jóvenes capitaneados por Azorín celebrarían el centenario de la muerte de Larra. En ellos unían a los dos grandes escritores en una veneración igual, como lo habían estado en la vida, por una igual preocupación por España, en un igual pesimismo, y un mismo trágico final, en plena juventud, y sobre todo, en una espe­ranza parecida o en un común anhelo, ante los males de su pueblo.

S. J. Arbó