André-Paul-Guillaume Gide

Nació en Pa­rís el 22 de noviembre de 1869, murió en la misma capital el 19 de febrero de 1951. Su ascendencia aclara ya la compleja y escu­rridiza personalidad de G., oscilante entre contradictorias aspiraciones a la libertad total y al conformismo, sensual y puritana al mismo tiempo, predestinada a la duda, al arrepentimiento, a la inquietud. Hijo de un protestante originario del Languedoc y de una católica normanda, su infancia es­tuvo dominada por el rígido y triste moralismo paternal que dejó una impronta defi­nitiva en el joven alumno de la École Alsa­cienne, donde realizó irregulares estudios. Cuando cum

Conoce ya a Pierre Louys, ha trabado conocimiento en Montpellier con Paul Valéry y es intro­ducido en el círculo de Mallarmé. Publica en 1891 su primer libro, que titula «opera póstuma»: Los cuadernos de André Walter (v.). El libro no obtiene éxito; por otra parte, G. lo ha hecho imprimir a sus ex­pensas, como las Poesías de André Walter (v. Cuadernos), escritas en un lenguaje sim­bolista, rebuscado y amanerado. El ver­dadero G. no está en estas tentativas ju­veniles, sino en la crisis espiritual que comienza ahora a experimentar y que lo llevará a sacudir las trabas del pietismo fa­miliar. La ocasión se la proporcionará un viaje a Argelia, realizado en 1893-94; G. en­ferma y durante la convalecencia se aban­dona por vez primera a la exaltación de los sentidos. Todavía bajo la influencia simbo­lista, había escrito El tratado de Narciso (1891, v.), Tentativa amorosa (1893, v.) y El viaje de XJriano (1893, v.).

Dos años más tarde, Pantanos (v.), sátira de los ambien­tes parisienses, señal ya de una transición; pero puede decirse que G. empieza real­mente con Los alimentos terrestres (1897, v.), que exaltan la complicidad de una cria­tura joven con todos sus deseos, la bús­queda del fervor en una comunión con el goce del mundo carnal, la repulsa de todas las esclavitudes familiares, sociales, reli­giosas, incluso personales, puesto que la libertad sólo se vive en el momento y sólo por un ser que nace a cada momento. Este mensaje proporcionará a G. —bien a su pesar, en su opinión — gran número de dis­cípulos. ¿Pero era éste el auténtico G.? El hedonismo de Nourritures sólo es un im­prescindible impulso inicial, el comienzo de una búsqueda de sí mismo, especialmente del propio equilibrio, y el autor del Saül (v.), que no se publicó hasta 1903, aunque fue escrito en 1898, ya sabe que existen tam­bién esclavitudes para el hombre libre en apariencia, pero atenazado por sus deseos. Las alternativas entre la embriaguez sen­sual y un cierto puritanismo constituye el rasgo característico de la obra de G. hasta 1910; así se nos presenta en La puerta es­trecha (1909, v.), contrapuesta a El inmoralista (1902, v.); la austeridad de la pri­mera aparece en contradicción con el goce de la convalecencia y el mundo de los colo­res, de los perfumes, del cuerpo poco a poco recuperado que brilla en la segunda.

El autor de Isabel (1912, v.), de La sinfo­nía pastoral (1919, v.) y de La escuela de las mujeres (1930, v.) se encuentra ya más seguro de sí mismo y de su papel* de refor­mador, que mantendrá con tanto éxito en el período de la posguerra. Todavía solita­rio, casi completamente desconocido, ha par­ticipado ya, sin embargo, de un modo bri­llante en la vida literaria, bien colaborando en la revista L’Ermitage, donde se encuentra con Claudel, Henri Ghéon, Jammes, Paul Valéry, bien fundando en 1909, con Copeau y Jean Schlumberger, la Nouvelle Revue Française (v.). Ser uno mismo, «exigirse tal cual uno es», libre de la sociedad, del pro­pio pasado, infinitamente disponible: estos temas que figuraban ya en Nourritures, se reanudan en 1914 en Las cavas del Vaticano (1914, v.), novela (aunque el autor la llama «sotie» = antiguo drama satírico) de una irresistible comicidad, cuyo grandísimo éxito se debe al personaje de Lafcadio (v.), vi­viente y fascinadora ilustración de la teoría del «acto gratuito», es decir, del acto que no reconoce causa alguna, realizado por puro placer, en el que se puede ver el vértice de la «disponibilidad» gidiana.

Las cavas del Vaticano marcaron la ruptura entre G. y los católicos: Ghéon, Jammes y sobre todo Claudel, que había esperado convertir a Gide después de la publicación de La puerta estrecha. Durante la primera Guerra Mun­dial, cuando se dedica a la asistencia de refugiados, se enfrenta G. con su propio puritanismo; por un momento, parece que va a ceder, y da su adhesión a la «Action Française» y atraviesa una nueva crisis religiosa. La posguerra inmediata lo llevará a la cele­bridad : fervientes y numerosos — quizá ex­cesivos —discípulos, hermanos y primos del héroe de Radiguet (v. El diablo en el cuer­po) se muestran impacientes por reaccionar contra la grandilocuencia patriótica que los atronó durante el conflicto, de la cual sien­ten ya náuseas, y se dirigen a él como a un liberador. Sin embargo, no se han ven­cido todas las resistencias: el Dostoievski suscita, en 1923, la apasionada reacción de Henri Massis; Henri Béraud dirige la «croisade des longues figures» contra G.; la pu­blicación de Corydon (v.) y de Si la si­miente no muere (v.) escandaliza a los mo­derados.

Pero Los monederos falsos (1925, v.) vale a G. un éxito entre la generación nueva. Hacia 1930 se completa la revolu­ción, y el gran público, que está descu­briendo a Proust, a Freud y a D. H. Lawrence, se pone de parte de G. No obstante, podría preguntarse si no hubo un equí­voco. La obra de G. justificaba todas las libertades, en el mismo momento en que el escritor, que había sido desde el prin­cipio el mentor de los dadaístas, se reti­raba del movimiento (v. Dadaísmo) irritado por su actitud completamente negativa, y aseguraba que su modernismo envejecería pronto. La preocupación por sus semejan­tes, el sentido social, que se habían mani­festado fugazmente en G. durante la guerra, vuelven a adquirir vigor: en 1926, G. parte hacia el África Negra y trae de este viaje dos libros que constituyen una requisitoria contra el colonialismo y que provocan una comisión de encuesta: Viaje al Congo (v.) y Le retour du Tchad.

El instigador de la libertad empieza a meditar sobrcomisiónn­diciones de la libertad, su reforma indivi­dual lo encamina naturalmente hacia la re­forma social y a partir de 1930 se le ve denunciar el capitalismo, proclamar su sim­patía por el Estado sin religión, sin clases, sin familia, y anunciar, en las páginas de su Diario (v.), que está dispuesto a dar la vida por el triunfo de la U.R.S.S. Pero un viaje a Moscú produce el efecto de una ducha fría sobre su entusiasmo: G., para quien la libertad significaba ante todo la libertad burguesa del escritor, desahoga su animosidad en Retour de l’U.R.S.S. y en Retouches a mon retour de l’U.R.S.S. de 1937. Los tres actos, del Oedipe, escrito en 1930 y representado en 1932 por los Pitoeff, habían llevado ya a escena la quiebra de la libertad. A partir de 1930 quedaba ter­minada la obra, por decirlo así: G. conti­nuaba siendo el más grande escritor de su tiempo; pero comenzaba a abandonarle el entusiasmo de los jóvenes para volverse ha­cia escritores más «engagés», como André Malraux, ante la crisis que había de desem­bocar en la última guerra.

Por el contrario, G. adoptaba, no sin afectación, una postura goethiana: comenta a Racine durante la campaña de 1940 y, al sobrevenir la ocu­pación alemana, vacila en adoptar una posi­ción. En 1942 marcha a Túnez; después de su regreso a París en 1945 sólo publicará Thésée, una traducción de Hamlet largo tiempo preparada y una adaptación escénica del Proceso (v.) de Kafka. En noviembre de 1947 recibía el Premio Nobel de Lite­ratura; en diciembre de 1950 la Comédie Française ponía en escena una comedia ex­traída de Las cavas del Vaticano; G. moría poco después de una afección cardíaca, con­traída en un viaje en avión. La influencia de G. ha sido enorme: se le puede llamar, con la frase de Malraux, «le contemporain capital» de todos los hombres nacidos a la vida intelectual entre 1930 y 1935. Es ver­dad que no queda de él un gran libro, una obra que llene por sí misma, fuera del com­plejo de la personalidad del autor y de su devenir. Pero no hay duda de que se con­tinuará leyendo su Diario y que nadie se cansará de seguir a través de sus páginas a G., «con su rostro inquieto, sus dudas y el conjunto oscilante de sus pensamientos». Cualquiera que sea el destino final de sus obras, el personaje no se olvidará jamás.

M. Mourre