Alfred de Musset

Nació en París el 11 de diciembre de 1810 y murió en la misma ciu­dad el 1. ° de mayo de 1857. Oriundo del Vendómois, el país de Ronsard, pertenecía a una familia de nobles terratenientes que se vanagloriaba de vínculos, por lo demás infundados, con Juana de Arco y con Casandra Salviati, inmortalizada por Ronsard. Criado en un ambiente familiar culto, Al­fred había de heredar de su abuelo materno y de su padre la vocación poética y litera­ria; de su padre sobre todo, que fue autor de novelas, de trabajos de crítica y de historia y al que se debe una edición de las obras completas de Rousseau, que testimo­nia su ferviente admiración por el ginebrino. Con este viático, fue enviado Alfred a París, a realizar sus estudios en el Liceo Henri IV: recibió allí una sólida y rica en­señanza humanística y pronto se distin­guió, mereciendo al final del curso el se­gundo premio de composición en latín. En los bancos del Liceo traba amistad con el hijo del que será después el rey Luis Fe­lipe, sin extraer de ello otra consecuencia que una vaga adhesión a la casa de Orleáns, y con Paul Foucher, hermano de Adela, futura mujer de Víctor Hugo, por lo que podrá introducirse en casa del gran poeta en la calle de Notre-Dame-des-Champs.

Pero, terminados los estudios de enseñanza media, se presenta el problema de elegir una carrera: para ganar tiempo, Alfred se decide por los estudios jurídicos, que abandona por la Medicina, para pasar pronto, sin mejor resultado, a la Música y a la Pintura. Su secreta vocación reside en aquella misma inconstancia: Musset comien­za a vivir como poeta antes aun de haber hecho sus primeras pruebas como poeta. Hace su «aprendizaje» mundano y poético en el París de Carlos X; por lo que se re­fiere a su cultura, él mismo escribe en la Confesión de un hijo del siglo (v.): «Había leído mucho; había aprendido además a pintar. Sabía de memoria una gran canti­dad de cosas, pero ninguna ordenadamente, de modo que tenía la cabeza vacía y a la vez hinchada como una esponja. Me sentía atraído por todos los poetas, uno tras otro; pero como mi naturaleza era muy impre­sionable, el último venido tenía siempre el don de disgustarme con los demás. Me había formado un gran almacén de ruinas, hasta que, no teniendo ya sed a fuerza de beber lo que era nuevo y desconocido, en­contré que yo mismo era una ruina».

Sobre esta ruina se erige el corazón del poeta, permeable a todas las influencias, ora pre­sa del tedio terrenal y cósmico que cons­tituye «el mal del siglo», ora inflamado de entusiasmo y ambicioso de gloria mundana. Muy pronto se introduce en la alta socie­dad bajo la dirección de Alfred Tattet, que le ayudará a realizar su transformación en «dandy», y traba amistad con Ulric Guttinguer, que se convertirá en el símbolo del amante traicionado y desesperado, salvado por la gracia. Se exalta con los románticos alemanes: Jean Paul, Chamisso, Novalis y entra en la órbita de Víctor Hugo a partir de 1828. Decidido ahora a seguir su voca­ción, abandona sucesivamente los diversos empleos que su padre le había proporcio­nado, e inicia su actividad poética leyendo en los cenáculos sus primeras composiciones, que publicará a finales de 1829, pero’ con fecha de enero de 1830, con el título de Narraciones de España y de Italia (v.). En el breve prólogo, suprimido en las edicio­nes posteriores, se muestra todavía vaci­lante entre el respeto a una tradición ilus­tre y al gusto invasor de las novedades; pero la colección constituye un registro puntual de los temas románticos en boga, en un marco exótico — España e Italia — completamente postizo, y derivado directamente de las primeras composiciones ro­mánticas de Víctor Hugo, las Baladas y las Orientales (v.).

Amores ardientes y fata­les, trágicos celos, atmósfera de voluptuo­sidad y de muerte, desde España, en Don Páez (v.), hasta Venecia en Portia: Musset ama­sa de un modo completamente nuevo un color local encontrado en los libros y enri­quecido por él con tonos excesivos, en los que resulta evidente la influencia de Byron. A pesar de ello nuestro autor revela en estas primeras poesías su vena original sobre un fondo de tierno lirismo — y algu­nas veces melancólico e irónico — que aflo­ra aquí y allí; y ya desde ahora se muestra dueño del verso que maneja con gran maes­tría, plegándolo a todas las audacias e in­novaciones introducidas por Hugo. Además, en esta misma colección, ofrece Musset un pri­mer ensayo dramático, Les marrons du feu, que ya permite vislumbrar lo que será des­pués su verdadero genio. Si la crítica, en general, no le fue favorable, adquirió, sin embargo, de golpe una cierta notoriedad, incluso fuera de los cenáculos. En aquel mismo año, el 1.° de diciembre de 1830, intenta la gran aventura del teatro, al estre­nar en el escenario del Odeón una obra en un acto, La noche veneciana (v.), a la que la incomprensión del público y una serie de circunstancias desafortunadas re­servaron un clamoroso fracaso.

Decidido a renunciar al teatro, pero no a escribir obras dramáticas, Musset inventa la fórmula del «teatro de sillón», es decir, de un teatro que todo el mundo puede leer en su casa y que no debe someterse a las tiránicas leyes del espectáculo. En su consecuencia, escribe entre julio y agosto de 1832 un «poe­ma dramático» en cinco actos, La coupe et les lèvres, e inmediatamente después la pri­mera en dos actos, A quoi rêvent les jeu­nes filles, que publica en un volumen en 1833, juntamente con Namouna «relato oriental», con el título de Un espectáculo en un sillon (v.). A pesar del juicio favo­rable de Sainte-Beuve, no puede decirse que con La coupe et les lèvres haya encon­trado Musset su camino: se mueve todavía en el ámbito de un romanticismo genérico, dentro de la órbita de Schiller y Byron; el primer auténtico Musset aparece en A quoi rêvent les jeunes filles, donde se encuentra un tema caro al poeta, desenvuelto con finura y con un exquisito sentido de la feminidad. De Un spectacle dans un fau­teuil es útil recordar la dedicatoria a Al­fred Tattet, la cual, disimulada tras un tono burlón, muestra el propósito de formular una poética personal, basada en la indepen­dencia absoluta del poeta y en la exigen­cia de un arte que sea la auténtica expre­sión del corazón humano y descubra el camino hacia el sueño.

Esta dedicatoria marca su ruptura con el Cenáculo, que se proclama socialista y político; Musset repudia el exotismo de Namouna y se repliega hacia la tradición clásica, aun defendiendo la individualidad del poeta y los derechos del sentimiento. Puede decirse que, a partir de este momento, se concreta su personalidad en el conflicto entre una aspiración mun­dana continuamente desilusionada y la nostalgia de una mítica felicidad que el hombre pierde con su infancia. De ahí el tono, al mismo tiempo férvido y desen­cantado, de su poesía, de Rolla (v.), que es de 1833 y que representa la primera expre­sión de esta nueva fase de su sensibilidad; aparece ahora el Musset de la madurez, en el que los aspectos exteriormente literarios son sustituidos por un tormento real y una real necesidad de encontrarse a sí mismo en la poesía. Nacen así obras dramáticas como Andrea del Sarto (v.), Lorenzaccio (v.), Los caprichos de Mariana (v.), Fantasio (v.), Con el amor no se juega (v.) que, junto con la Nuit vénitienne constituirán en 1834 el primer volumen (prosa) de Un spectacle dans un fauteuil. Su concepción de la obra teatral se ha ensanchado y perfeccionado; de las obras en un acto y de la comedia en dos actos, Musset pasa a la tragedia shakespeariana de dimensiones normales y a la comedia y al drama en tres actos.

De­muestra poseer plenamente el sentido del teatro en la habilidad con que conduce la acción y en la agilidad del diálogo; sus personajes han adquirido humanidad y vi­gor, y son a menudo el reflejo de aquel con­flicto interior que tortura al poeta. Éste se ha unido hace poco en relaciones amorosas con la escritora George Sand (v.): un amor tempestuoso y violento, hecho de alegrías y de desesperación, totalmente digno de un corazón romántico. A fines de 1833 parten los dos amantes hacia Italia, pero en vez de la soñada felicidad, el viaje proporcionará al poeta un nuevo motivo de sufrimiento. En Venecia ocurre una primera ruptura, y Musset se vuelve solo a París, dejando a Sand con su idilio con el doctor Pagello. Se reanudarán tibiamente dichas relaciones en París hasta la ruptura definitiva ocurrida en marzo de 1835. De esta aventura nace la Confession d’un enfant du siècle, editada en dos volúmenes en febrero de 1836: espe­cie de autobiografía, en parte real, en parte imaginaria, en la que el autor define el mal del siglo como aquella desorientación de la juventud postnapoleónica, que después de haberse embriagado de espíritu volteriano, se lanza a la «débaucha» para llenar el vacío de su propia alma.

El protagonista de la Confesión es un libertino que ha bus­cado salvación en un gran amor y que, desilusionado, vuelve a caer en el vicio y se resigna a la infelicidad. Introducido en el terreno autobiográfico, Musset se vierte en la obra, realizando su lirismo más personal: entre 1835 y 1837 compone las Noches (v.), vasto poema en cuatro partes, en el que el poeta, bajo la forma de coloquio con la Musa (Nuit de mai, Nuit d’août, Nuit d’oc­tobre) o con un personaje «.que se le parece como un hermano» (Nuit de décembre) des­pliega los grandes temas de su poesía: la aspiración poética y el dolor, la soledad, la falaz embriaguez del placer, el rescate del dolor en el sentido de la inmortalidad en­contrado de nuevo. No es solamente una ficción poética: Musset se ha vivificado por el sufrimiento, y sus mejores cosas están vinculadas a las profundas crisis que ha atra­vesado. La última fase de su producción se acompaña de una serie de aventuras y des­venturas sentimentales, que le sirven, en cierto sentido, de estimulante: compone versos y prosas, en los que se alternan in­venciones caprichosas y meditaciones típi­camente románticas, de una cierta intensi­dad: los versos que constituirán con Rolla y Les Nuits la recopilación de las Poésies noiivelles (v. Poesías), y las prosas del Poète déchu, de Mimi Pinson, de la Histoire dun merle blanc, así como otras numerosas, narrativas y críticas, de las que no pocas serán editadas después de su muerte.

Pero fue en el teatro donde dio lo mejor de sí mismo: continuando la serie de comedias y «proverbios» — género dramático este úl­timo de mucha boga en el siglo XVIII, que Musset ampliará hasta las dimensiones norma­les de la comedia — el poeta dará todavía Barberina (v.), El candelero (v.), Nunca se debe jurar nada (v.)-, Un capricho (v.), Es preciso que una puerta esté abierta o ce­rrada (v.), Louison, On ne saurait penser à tout, Carmosina (v.), Bettine, obras todas que serán reunidas en 1853 en los dos volú­menes de Comédies et proverbes y que re­presentan poco más de un decenio de acti­vidad febril y de largas pausas de depre­sión. Pero en todas estas obras, en las que resuenan ecos literarios fácilmente identificables, desde Marivaux hasta Beaumarchais, pasando por Carmontelle, Musset ha llevado a cabo una inconfundible manera propia: su teatro posee gracia y espontaneidad, genti­leza y sutil malicia, con alguna veta amarga y cruel. Es indudablemente más feliz en la comedia dramática que en el verdadero y auténtico drama, que requiere caracteres y pasiones bien definidos; es el suyo un arte de «badinage» y de matiz, de la ternura que mata, como en On ne badine pas avec l’amour.

También su poesía refleja estos mismos caracteres y se comprende que en la perspectiva histórica del romanticismo francés su figura haya quedado confinada en una zona inferior, a la sombra de aque­llos grandes divos que fueron Lamartine, Vigny y Víctor Hugo. Los últimos años de su vida fueron melancólicos y desengaña­dos: su precoz vejez terminará a los cua­renta y seis años. En 1852 había sido elegido miembro de la Academia de Francia. Su primer biógrafo fue su hermano Paúl (v.), cuyo testimonio, si parece poco atendible, es ciertamente una bella prueba de amor fraternal.

G. Natoli