Aleksandr Nicolaevich Scriabin

Nació el 6 de enero de 1872 en Moscú, donde murió el 27 de abril de 1915. Ingresó al principio en un cuerpo musical militar, y luego frecuen­tó el Conservatorio de Moscú, donde estu­dió composición con Taneev y piano con Stafonov. Muy pronto célebre y aclamado pianista, de 1893 a 1897 realizó numerosas «toumées» de conciertos, incluso fuera de Rusia. Vuelto a la patria y a la ciudad natal, enseñó piano en el Conservatorio. En 1903 abandonó toda actividad; hasta 1910, de nuevo en su país tras largas permanen­cias en varias naciones, no volvió a dedi­carse al piano. Para este instrumento, y bajo la influencia de Chopin y Liszt, com­puso casi todas sus obras iniciales, entre las que destacan los Estudios, op. 8 y 42, los Preludios, op. 11, 33, 44 y 48, los Poemas, op. 32, las Piezas op: 51, 52, 56, 57 y 59 (v. Preludios), el Poema trágico, op. 34 y el Poema satánico, op. 36.

Las composiciones numeradas con cifras superiores al treinta revelan una originalidad cada vez más acu­sada, tanto en la estructura armónica como en el lenguaje, que tiende a cierta visión alucinada, y alcanza los umbrales de una esotérica magia evocadora con las Sonatas, op. 53 (1908), op. 62 (1911-12), op. 64, titu­lada Misa blanca (1911), op. 66 (1913), op. 68, denominada Misa negra (1913) y op. 70 (1913). En el ámbito orquestal, en cambio, el compositor tendió a vincular la expre­sión musical a la de los colores, e ideó un instrumento especial, provisto de un tecla­do, a cada una de cuyas teclas correspon­día un color distinto, que utilizó en Pro­meteo: el poema del fuego, op. 60 (1909-10). Representaba ello un aspecto de una obra de arte universal que había de reunir en sí todos los instrumentos, modos y posibi­lidades de expresión, y, como una especie de elevado misterio divino, redimir y trans­formar el mundo.

Parecen haber constituido una progresiva aproximación a este ideal las tres Sinfonías (1895, 1901, 1903, esta úl­tima titulada El poema divino), el Poema del éxtasis (1908, v.) y la composición, ya mencionada, Prometeo. Se trata de obras desiguales y en las que una ornamentación accesoria impide con frecuencia el desarro­llo de las cualidades puramente musicales.

C. Marinelli