Abū Muhammad ‘ali Ibn Hazm

Nació en Córdoba en 994, y m. en Manta Lisham el 15 de agosto de 1064. Teólogo, jurista y po­lemista de la España musulmana, fue cono­cido en Europa por su gran obra histórico- crítica sobre las religiones (al-Fisal fi l-milal wa n-nihál), y todavía más por su tratado amoroso juvenil El collar de la paloma (v. Tawq al-ḥamãmax), que nos ha revelado numerosos detalles de la vida social y es­piritual de la época. Hijo de un dignatario de la corte califal de los Omeya, vivió en su juventud la agitación de las guerras civi­les que en los primeros decenios del s. XI derribaron la dinastía de los califas cordo­beses. En el curso de aquellos años de per­turbaciones, y en medio de las alternancias de la fortuna y la desventura (fue durante pocos meses visir de uno de los últimos efímeros Omeya, y antes y después prisio­nero y fugitivo), se formó su carácter ás­pero y batallador sobre un fondo de aguda pasión sentimental e intelectual distintivo de su obra científica y literaria.

A los vein­tiocho años compuso El collar de la paloma, en la fortaleza de Játiva y en un intervalo de la lucha política. Todo el resto de su vasta producción teológica, jurídica, histó­rica y polémica, en cambio, pertenece a los años de su errante destierro, período en el cual, proscrito de su ciudad natal por moti­vos políticos y religiosos (era ferviente par­tidario de una escuela jurídico-teológica heterodoxa, la zahirita, adversaria de la que predominaba en España, la malikita), vagó por las cortes de los príncipes musulmanes de la Península; conocemos su estancia en Almería, Talavera y Mallorca, y su retiro, en los últimos años, a un territorio de sus antepasados, Manta Lisham, cerca de la actual Casa Montija, donde murió. Un jui­cio sobre la imponente personalidad humana y científica de I. H. no puede basarse ex­clusivamente en su librito juvenil acerca del amor, por más que ya en éste puedan vis­lumbrarse algunos aspectos de su carácter nada fácil. Elemento dominante es la pasión, ya en las relaciones afectivas de amistad y amor o en las ideas políticas, teológicas y jurídicas en cuyo favor libró sus más duras batallas.

Poseedor de un agudo espíritu crí­tico, manifestado en su exposición polé­mica del cristianismo y del judaísmo, así como en la de las sectas heterodoxas musul­manas, mantuvo con tenacidad fanática las bases dogmáticas y metódicas de su escuela, con lo cual se atrajo profundos odios dentro del mismo Islam andaluz y condenó su obra de científico y escritor a una escasa fortuna. Hasta los tiempos modernos, desaparecidos ya los motivos de aversión e impopularidad que perjudicaron su fama, este rudo temperamento de atleta medieval no se ha reve­lado en toda su grandeza.

El valor de su importante tratado crítico sobre las religio­nes, primero en su género de la Edad Me­dia, ha sido justamente apreciado; además, se han publicado, y siguen apareciendo poco a poco, otras obras de nuestro autor sobre ética, historia y erudición, y se ha procurado hacer resaltar de una manera total, e incluso desproporcionada quizá, el bello y pequeño tratado erotológico al cual se debe en gran parte la actual celebridad de I. H., o sea lo que bajo ciertos aspectos podríamos de­nominar la Vita Nuova de este gran pensa­dor del Occidente musulmán, quien por al­gunos rasgos de su carácter y de su biografía, aun cuando no por su genio poético, nos recuerda la figura de Dante.

F. Gabrieli