Poeta japonés. Nació en 1644 en Oueno, en la provincia de Iga; m. en Osaka en 1694. Basho pertenecía a una familia de samurais, vasallos hereditarios de los señores feudales de Tsou.
La muerte del hijo de su señor, con quien había pasado su infancia en cordial amistad, lo llevó a renunciar al mundo y al cultivo de las letras por las que siempre había sentido vocación. Fue alumno en la escuela Teimon, fundada por Kigin Kitamura, uno de los iniciadores del renacimiento del hai-kai.
El joven estudió también con Zengin y formó su filosofía propia en contacto con el budismo Zen. A la muerte de Zengin (1667), Basho se trasladó a Kioto, donde trabajó algún tiempo como funcionario del departamento de canalizaciones, y luego, en 1672, a Yedo (hoy Tokio). Allí se perfeccionó en el conocimiento de las reglas poéticas junto a un grupo de distinguidos maestros.
Nuestro autor creó muy pronto su propia escuela, llamada Shofu, cuya originalidad se resumía en tres términos: sobriedad, resultante de la serenidad meditativa del poeta ante la naturaleza; armonía, regla áurea del poema, y quietud atenta, determinada por el estado de contemplación.
Si hasta entonces el hai-kai había sido un juego de ingenio, con Basho alcanzaba la más alta esencia de la poesía. La publicación de su primer libro, Kaiooi (v. Hai-kai), valió al poeta una amplia fama. Poco a poco reunió a su alrededor un grupo de fervientes admiradores.
Basho iba de ciudad en ciudad, no tenía domicilio fijo y en todas partes era bien acogido. Finalmente se estableció en el distrito de Fukagawa, a orillas del Sumida-Gawa, cerca de Yedo, en una cabaña rodeada de bananos (Basho significa banano o plátano) y de ahí el nombre con el que este poeta ha pasado a la historia.
En 1682 el incendio que devastó Yedo, destruyó la pobre cabaña donde Basho tenía su yacija, su taza para el arroz y una estatuilla de Buda. Dos de sus discípulos ayudaron al maestro a reedificar su refugio, pero cada vez más impresionado por el carácter aleatorio de cualquier posesión y de nuevo atraído por la magnificencia de los paisajes y las maravillas de la naturaleza, el poeta abandonó su morada en 1684 y tomó el bastón de peregrino.
De aquella larga excursión dejó un notable diario, el Nozarashi-kiko, en el que describe su vida consagrada al éxtasis poético, ocupada en contemplar un universo maravilloso y siempre distinto y a cantarlo no por dinero ni honores, sino para sí mismo y para exprimir el jugo de las bellezas descubiertas una a una.
En 1685, un nuevo discípulo se le juntó y siguióle en su peregrinaje, Mukai Kiorai (1651-1704), el cual debía ser uno de sus herederos e íntimos designados con el nombre de los «seis sabios» (Jittetson). De vez en cuando regresaba a su cabaña en busca de reposo, pero en 1689 abandona definitivamente aquella morada y parte en compañía de Sora para una larga excursión por el norte. Durante el viaje terminó su segunda colección poética, Okunohosomitchi.
Al azar de los días de parada, se fueron formando los nuevos y numerosos repertorios que constituyen la gloria del poeta: el Genjuan – ki} el Fukagawa – shu, el Saga- nikki y otros. En 1649 Basho debió interrumpir su viaje por enfermedad. Se detuvo en Osaka, donde sus discípulos le cuidaron con devoción y ternura. El poeta tuvo una dulce agonía; ya en trance de muerte compuso su último hai-kai. Fue enterrado en el jardín del templo de Yoshinakadera, en Osaka, y sobre su tumba plantaron un banano.
Basho ocupa un lugar muy destacado en la literatura japonesa, no solamente por su misma obra, sino también por su personalidad ejemplar que sirvió de modelo a generaciones enteras de poetas, y también por haber convertido el hai-kai, género hasta entonces artificioso y convencional, en una efusión directa llena de sutileza entre el mundo natural y el alma del poeta, efusión que es revivida y sentida de nuevo por el lector.
J. Brosse
