Una de las obras más conocidas y significativas del gran obispo de Milán (330?-397), por la cual es llamado en Occidente el padre de la himnología popular eclesiástica. En realidad, San Ambrosio fue precedido en esto por San Hilario de Poitiers (v Himnos), quien, inspirándose probablemente en el canto eclesiástico griego que había conocido durante su destierro, había compuesto cánticos religiosos, pero esta tentativa no había obtenido éxito. Muy diversa fue la suerte destinada a la obra de San Ambrosio, el cual, con sus himnos, creó verdaderamente un elemento esencial de la liturgia occidental. Tienen también particular interés las circunstancias históricas que impulsan al obispo de Milán a introducir el canto en las funciones eclesiásticas; circunstancias que constituyen uno de los más singulares episodios de la lucha de la ortodoxia contra la tentativa imperial de imponer por la fuerza el arrianismo en Occidente. Estamos en la semana anterior a la Pascua del año 386; la emperatriz Justina, omnipotente en la corte de su hijo Valentiniano, había ordenado que la basílica Porcia, instalada extramuros de Milán, fuese entregada, para el ejercicio separado del culto, a los arríanos y, concretamente, a su obispo Ausencio. Ambrosio se había negado a ello resueltamente y, para impedir un acto de violencia, había mandado ocupar la basílica y sus inmediaciones por la muchedumbre de sus fieles, quedándose con ellos decidido a sostener un asedio en regla antes que entregar la basílica, y para mantener despierto el entusiasmo de sus fieles, instalados día y noche en la basílica, a San Ambrosio se le ocurrió la idea de componer himnos sagrados para hacerlos cantar a coro.
El hecho del canto colectivo constituía, para el cristianismo latino, una singular novedad litúrgica y daba al mismo tiempo a los fieles de Milán un fácil instrumento de lucha contra los arríanos, ya que en los himnos se expresaba en formas de gran eficacia poética la fe ortodoxa en la Trinidad. El propio San Ambrosio estaba muy seguro del valor de aquel singular instrumento de propaganda: «¿Hay algo más poderoso que esta confesión de la Trinidad, celebrada cada día por boca de todo el pueblo? Todos se esfuerzan a porfía por afirmar su fe; todos han aprendido a celebrar en los versos la divinidad del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo». Hasta los arríanos quedaron desconcertados y, no pudiendo hacer otra cosa, fueron diciendo que San Ambrosio, con sus poesías, engañaba al pueblo. Pero la costumbre quedó en adelante incorporada a la tradición litúrgica occidental. Dice el biógrafo de San Ambrosio, Paulino: «Desde aquel tiempo, en la iglesia de Milán comenzaron a celebrarse regularmente antífonas, himnos y vigilias: y desde entonces esta devoción quedó y se afirmó no sólo en la misma iglesia de Milán, sino que se difundió por casi todas las provincias de Occidente». De los numerosos himnos que han llegado hasta nosotros bajo el nombre de San Ambrosio sólo cuatro son, con seguridad, auténticos: «Dios creador de todas las cosas» [«Deum Creator omnium»], himno de gracias por el día transcurrido, para invocar la protección de Dios, y la preservación del pecado durante la noche que se aproxima; fue compuesto alrededor de 386 lo más tarde; es el mismo himno que entonó San Agustín la tarde de los funerales de su madre, Santa Mónica.
«Eterno fundador de las cosas» [«Aeterne rerum conditor»], admirable himno que saluda al día naciente e interpreta el augurio del canto del gallo; en «Ya surge la hora tercia» [«Iam surgit ora tertia»] cuenta la muerte del Señor, crucificado, según el Evangelio de San Marcos, a esta misma hora del día. «Escucha tú, que gobiernas Israel» [«Intende qui regis Israel»] es un canto natalicio, que conmemora la encarnación de Jesús, hijo de Dios; tiene contenido dogmático y está claramente inspirado en la polémica contra los arríanos. Otros ocho himnos son probablemente de San Ambrosio, pero la atribución no es del todo segura; «Esplendor de la gloria paterna» [«Splendor paternae gloriae»], un canto para la mañana; «¡Oh Altísimo que iluminas!» [«Illuminans altissimus»], para la Epifanía; «De nuevo gracias a ti, oh Jesús» [«Grates tibi, Jesu, novas»], himno por el descubrimiento de las reliquias de los Santos Gervasio y Protasio; «Apostolorum supparem», en honor de San Lorenzo; «Víctor, Nabor, Félix, píos» [«Víctor, Nabor, Félix pii»], en honor de los tres santos mártires Víctor, Nabor y Félix; «La pasión de los apóstoles» [«Apostolorum passio»], sobre el martirio de los Santos Pedro y Pablo; «Éste es el día verdadero de Dios» [«Hic est dies verus Dei»], para la Pascua; «De la beata virgen Inés» [«Agnes beatae virginis»], en honor de Santa Inés. Los himnos han de ser cantados en general por coros alternos. Sus versos son métricos, esto es, construidos según el principio de la cantidad de sílabas, y no rítmicos, según la medida del acento silábico, aunque a menudo y no por azar, el acento tónico y el «ictus» del verso coincidan. El metro preferido es un tipo de dímetro yámbico acataléctico, de entonación popular, el cual, precisamente por haber sido usado por San Ambrosio, se convirtió en el metro por excelencia de la lírica religiosa medieval y, con el hexámetro y el dístico elegiaco, fue uno de los metros más conocidos de la poesía latina de la Edad Media.
Recordemos también el más famoso himno eclesiástico latino, atribuido a menudo a San Ambrosio: el Te Deum (v.), que, según se dice, fue entonado por el santo obispo el día del ’bautismo de San Agustín en Milán (24 de abril de 387); se añade que a la primera estrofa entonada, improvisada por San Ambrosio, San Agustín, también improvisando, había respondido con la segunda; y así continuaron por estrofas alternadas. En realidad, el Te Deum no es am- brosiano, y con toda probabilidad, es obra de Nicetas, obispo de Remesiana (hoy Palanka, cerca de Nisch), en la Dacia inferior, que vivió en los primeros años del siglo V.
M. Niccoli
