Pierre-Augustin Carón de Beaumarchais

Nació el 24 de febrero de 1732 en Pa­rís, donde m. el 18 de mayo de 1799. Su padre era relojero y su padrino fabricante de candelas.

Expulsado pronto de su casa porque descuidaba excesivamente la tienda y el oficio, tras una serie de aventuras diversas pasó a vivir, a los veintitrés años, en la intimidad de los cuatro hijos del rey; el Delfín, de austeridad probada, afirmó del astuto muchacho: «es el único hombre que me dice la verdad».

En cierta ocasión, el monarca, deseoso de sentirle tañer un ins­trumento musical, el arpa, puesto inespe­radamente de moda gracias a un juego de pedales perfeccionado por el pequeño relo­jero, cedióle su propio sillón y le invitó a sentarse.

Beaumarchais se convirtió en socio de Páris- Duverney, el financiero más rico de la épo­ca, y en 1762, a los treinta años, era escu­dero, consejero real y primer oficial del duque de la Valliére, con dos condes a sus órdenes, y cada semana, vestido con la toga, administraba justicia en el palacio del Louvre e imponía multas y penas de cár­cel.

En 1764 dirigióse a España para ven­gar el honor de una hermana (v. Memo­rias); dicha aventura le inspiró una de sus primeras comedias, Eugenia (v.), a la que habrían de seguir El barbero de Sevilla (v.), Las bodas de Fígaro (v.) y La madre culpable (v.). La composición de poesías, farsas y comedias no era precisamente un recurso para evitar misteriosos complejos ni tendía a la elaboración de una obra de arte con esforzado sacrificio {por más que sus textos presenten cinco o seis versiones): se trataba, esencialmente, de añadir una nueva diversión a todas las otras de su vida.

Sus éxitos comerciales y financieros le lle­varon pronto a recorrer el mundo. Provee a las tropas de España; trata de proporcio­nar negros a todas las colonias españolas; compra el bosque de Chinon, lo hace talar y construye carreteras, puentes y naves.

Para la impresión de las obras de Voltaire y Rousseau compra en Inglaterra tipos de imprenta, fabrica el papel en Holanda, orga­niza en Kehl, en territorio neutral, una vasta empresa tipográfica; idea una lotería para mejor colocar sus ediciones, y pierde un millón de francos en el negocio. Es en­viado por el rey a Londres para salvar a Mme.

Du Barry y vuelve una vez llevada a cabo la misión, que, por encargo del nue­vo monarca, repite en Viena con María Antonieta. Facilita personalmente ayuda eco­nómica a La Fayette, convence al soberano y a sus ministros de que Francia debe apo­yar la insurrección americana, arma una flota de transporte, posee naves de guerra que enarbolan su propia divisa en el mo­mento del combate, se interesa por el ca­nal de Panamá y la aerostática y apoya económicamente a una compañía destinada a suministrar agua a las casas de París.

Defraudado por los comediantes, inventa el derecho de autor, logra reunir en torno suyo, con un vaso de buen vino en la mano, a todos los escritores contemporáneos, quie­nes se miraban como los perros a los gatos, y les lleva a un acuerdo. En 1770 murió su socio, y al reclamar Beaumarchais sus créditos vióse injustamente perseguido por falsario.

Sólo por seis votos se libró de ser condenado a galeras y a la marca de infamia, y lo fue solamente a la pena de reprobación solem­ne, cuya sentencia debería haber recibido de rodillas ante la Cámara del Consejo. Sin embargo, el reo mostró un espíritu tan ele­vado que el Parlamento no dejó prosperar la condena.

Aun cuando ya en 1772 había logrado ver admitido su Barbier de Séville por la «Comédie Française», la obra, em­pero, fue prohibida, y sólo en 1775 pudo ser llevada a la escena, un año después de haber conseguido también, a copia de ma­nejos e intrigas, la representación del Ma­riage de Figaro, que alcanzó un clamoroso éxito.

En 1788 hizo construir ante la Bas­tilla el palacio más suntuoso de París. Rico, feliz y noble, sigue con disgusto e inquie­tud la Revolución. Arrestado, fue puesto en libertad a fines de agosto, la víspera de las matanzas de septiembre.

Enzarzado en la época del Terror en un burlesco juego al escondite, salvó inconscientemente su cabeza, que persistía en considerar fuera de peligro. Finalmente, procuró juntar los restos de su fortuna y murió en su propia casa, al día siguiente de haber escrito una pequeña poesía en honor de Napoleón y una última carta de recomendación al Congre­so de los Estados Unidos, que hasta 1835 ha­bría de negarse a pagar siquiera una parte de los 5 ó 6 millones debidos por los insu­rrectos a su proveedor de material bélico.

A. Salacrou

Francis Beaumont

Nació en Grâce-Dieu en 1584 ó 1585 y m. en Londres el 6 de mar­zo de 1616. A los doce años abandonó la casa de su padre, magistrado de sangre noble, y dirigióse a Oxford llevando consigo un par de fogosas tragedias.

En 1600 salió de esta ciudad sin haberse graduado e ingresó en el Inner Temple de Londres; su verdadera pasión, empero, era el teatro. Admi­rador del gran Ben Jonson, parece ser que este último le presentó, hacia 1608, el joven John Fletcher; según los testimonios con­temporáneos, ambos iniciaron una vida co­mún bajo el mismo techo y compartieron el alimento, el vestido, el lecho, la amante y, en particular, el trabajo.

De esta cola­boración, que acabó en 1613 con el matri­monio de Beaumont y la hija de Henry Isley of Sundridge, Úrsula, y fue la más famosa de cuantas se dieron en la época isabelina, na­cieron siete dramas en los que el realismo y el vigor representativo de la tragedia con­temporánea aparecen disminuidos y disuel­tos en maravillosas características musicales y en un ambiente casi de arabesco y fá­bula; en el difuso clima ideal de dramas como Philaster (v.) y La tragedia de la doncella (v.), resulta muy difícil distinguir la parte de Beaumont de la de Fletcher, poeta indudablemente más fácil y de inspiración lírica menos intensa y constante.

La cola­boración llenó casi por completo la breve carrera del mayor de ambos «dióscuros», y la vida brillante y agitada y el esfuerzo intelectual quebrantaron el temple robusto de Beaumont Un retrato nos ha legado su rostro leo­nino, matizado por la viril serenidad y la esencia juvenil que constituyeron el alma de su visión poética.

N. D’Agostino

Philippe de Rémy, señor de Beaumanoir

Jurista y poeta francés. N. hacia 1250 en el Beauvaisis o en Lorris (Gátinais); m. en la residencia de Moncel, cerca de Pont- Saint-Maxence (Oise), el 7 de junio de 1296.

Descendiente de una familia de militares y hombres de leyes; hijo de un baile, pasó su adolescencia en Inglaterra; entró en 1279 al servicio de Robert de Clermont, uno de los hijos de San Luis, en calidad de baile de Clermont y ejerció este cargo hasta 1282.

Durante este período redactó sus Coutumes de Beauvoisis, obra en la que expone no solamente el derecho particular de la región, sino también los principios fundamentales del derecho privado de su tiempo. Nom­brado en 1283 oficial del rey, ejerció suce­sivamente los cargos de senescal de Poitou, de Saintonge y de Vermandois, baile de Touraine y finalmente, hasta su muerte, baile de Senlis.

Aparte su tratado de dere­cho, ha dejado una importante (más de 20.000 versos) obra poética (v. Poemas), que comprende en particular las dos nove­las Manekine y Jehan et Blonde.

René Bazin

Nacido en Angers el 20 de di­ciembre de 1853 y m. en París el 20 de julio de 1932. Profesor de derecho en la Universidad católica de su ciudad natal, abandonó pronto la enseñanza para dedi­carse a la literatura.

Colaboró al principio en Journal des Débats, y en 1891, gracias a Brunetière, pasó a la Revue des Deux Mondes, en la que, empezando por su pri­mera narración, La sarcelle bleue, publicó todas sus obras, hasta la última de ellas, Magnificat.

Hijo de una vieja familia de la burguesía provinciana, heredó su religio­sidad, su patriotismo y su amor a la tierra, sentimientos que aparecen en todas sus no­velas, llenas de ideas y aspiraciones huma­nitarias más bien demasiado fuertes para la época.

Su interés hacia los problemas socia­les se manifiesta de una manera completa­mente distinta a la propia de sus contem­poráneos: preocupado por la vida moral del individuo y las exigencias de la colectivi­dad, se convierte, en los mismos años de la escuela naturalista, aun cuando en con­traste con ella, en pintor y cantor del cam­po, del mundo rural y de la poesía del hogar, de un modo con frecuencia arcádico, pero sincero y ajeno a toda retórica.

Sus novelas más famosas, que en la actualidad parecen tímidas y han quedado excesiva­mente relegadas al olvido, son: Une tâche d’encre (1888), De toute son âme (1897), La tierra que muere (v.), Los Oberlé (v.), Donatienne (1903), Le blé qui lève (1907) y Davidée Birot (1912). En 1903 ingresó en la Academia Francesa.

M. Pasquali

Giovan Battista Bazzoni

Nacido en No­vara el 12 de febrero de 1803 y m. el 9 de octubre de 1850 en Milán, donde habitual­mente residía.

Desempeñó cargos jurídicos bajo la administración austríaca; pero en 1848 se puso al lado de los patriotas. El Gobierno provisional le confió algunas mi­siones relacionadas con su profesión. En 1827 publicó en Nuovo ricoglitore y su no­vela El castillo de Trezzo (v.), que figura entre las primeras imitaciones de la narra­tiva histórica de Scott.

Animado por el fa­vor de la crítica y del público, presentó en 1828-29 Falco della rupe o la guerra di Musso, que marcó un evidente progreso en la descripción de los caracteres y en el mecanismo del relato.

Sin embargo, sus dos obras siguientes, La bella Celeste degli Spadari (1830) y Zagranella (1845), desvane­cieron las ilusiones de quienes habían con­siderado a Bazzoni adalid de la nueva novela histórica italiana.