Pere Belluga

Jurisconsulto catalán. Nació en Valencia en el último tercio del si­glo XIV, m. en 1468. Siguió con gran apro­vechamiento la carrera de leyes y luego ejerció la abogacía con tanto éxito que a los pocos años era el abogado más famoso de Valencia.

Fue nombrado abogado de Al­fonso el Magnánimo. Castigado en cierta ocasión con el destierro, Belluga aprovechó su aislamiento para componer su Espejo de príncipes (v.), verdadero tratado jurídico- político.

Hilaire Belloc

Nacido el 27 de julio de 1870 en La Celle (Saint-Cloud) y m. en In­glaterra el 16 de julio de 1953. Ensayista, novelista, humorista y poeta, hijo de madre inglesa y padre francés, católicos ambos, estudió en Oxford, sirvió durante algún tiempo en la artillería de Francia y más tarde, en 1902, tomó la ciudadanía británi­ca.

Fue miembro del Parlamento desde 1906 hasta 1910, año en que, no satisfecho por la política inglesa, retiróse a la vida pri­vada. Su nombre figura junto al de Chesterton, sobre el que ejerció una indudable influencia; con él llevó a cabo en perfecto acuerdo una intensa campaña de propa­ganda del catolicismo y contra la civiliza­ción industrial, labor en el fondo muy se­mejante a la emprendida cincuenta años antes por Carlyle y Ruskin.

Ambos lucha­ron por el sentido común de antaño, el con­suelo de la religión, el goce simple de los bienes de la existencia y la alegría hon­rada; y los dos también se valieron de un estilo paradójico, salpicado de sorpresas, ex­abruptos, extravagancias, ironías e impro­perios.

En torno a Belloc, Chesterton y Shaw formóse un grupo de intelectuales que aspi­raban no tanto a consolidar los valores de la fe como a establecer una jerarquía social más precisa y una sociedad menos utilita­rista, uniforme y gris.

Con su oposición a las corrientes materialistas y anárquicas de la segunda mitad del siglo XIX y su afian­zamiento en los viejos postulados del prag­matismo intentaban refutar el principio de la libertad de juicio y favorecer el recono­cimiento de la autoridad, del orden tradi­cional y del dogma.

Belloc dejó una enorme cantidad de textos: los versos, que, entre serios, satíricos y jocosos, llenan dos volú­menes (Sonnets and Verses y Cautionary Verses) en los cuales no quedan compren­didas las poesías para muchachos (The bad Child’s Book of Beasts, more Beasts for Worse Children, etc.); dieciséis novelas, la más célebre de ellas Emmanuel Burden, Merchant, aun cuando merecen también ser ci­tadas por su ruidosa ironía The green Overcoat y The Mercy of Allah; unos quince libros de viaje animados por una erudición sutil e ingeniosa, como The Path to Rome (v. Peregrinación a Roma), The oíd Road y The historie Thames; obras de crítica lite­raria, entre las cuales figura un excelente repertorio de composiciones líricas france­sas del Renacimiento comentadas, titulado Avril; las interesantes catorce colecciones de ensayos (On Nothing and Kindred subjeets, On Something, On Everything, etc.); unos veinte libros y monografías de carác­ter netamente histórico que llegan desde la interpretación de las Cruzadas y de las grandes herejías hasta Carlos 1, Cromwell, Luis XIV y Robespierre; y unos doce tex­tos de tema político-social como Servil State (v. La condición esclava, 1912), que pro­vocó alarmas y discusiones en toda Europa.

En esta última obra Belloc quiere demostrar que la moderna sociedad industrial, en con­traste con las instituciones libres medieva­les, tiende a restablecer la esclavitud de los trabajadores, y que incluso la forma esta­tal tendente a reemplazar la capitalista, o sea el estado socialista, da lugar, en esen­cia, a una nueva tiranía: la de los buró­cratas.

La enorme y variada producción de Belloc gira en torno a un gozne o punto central integrado por un cristianismo de formación humanística y docta que, sobre un equilibrio clásico y pagano, pretende instaurar la moral evangélica y la fe en la justicia divina.

M. L. Astaldi

Giovan Pietro Bellori

Nació en 1615 en Roma, donde m. en 1696. Desde niño mos­tró una gran afición a la literatura y al arte, y adquirió notables conocimientos de las letras griegas y la filosofía platónica. Ello, unido a la contemplación de las obras artís­ticas del clasicismo romano, le indujo a formular anticipadamente un ideal neoclá­sico.

La elaboración de esta ideología, que convierte a Bellori. en antecedente directo de Winckelmann (v.), aparece manifestada en la publicación de un «corpus» del arte an­tiguo (Admiranda Romanarum antiquitatrnn ac veteris sculpturae vestigia, 1693). Su cultura valióle ser nombrado bibliote­cario de la reina Cristina de Suecia y anti­cuario de Roma, cargo este último recibido del papa Clemente X.

El discurso pronun­ciado en 1664 en la Academia de San Lu­cas sobre L’idea del pittore, dello scultore e dell’architetto, scelta dalle bellezze naturali superiore alia natura fue el prólogo y la divisa de Las vidas de pintores, esculto­res y arquitectos modernos (v.). Profesó también una gran afición a Rafael, que ex­presó en la Descrizione delle immagini di­pinte de Raffaello d’Urbino nelle camere del Palazzo Apostolico Vaticano (1695).

A. Pallucchini

Dormont de Belloy

Seudónimo de Pierre- Laurent Buyrette, que n. en Saint-Flour el 17 de noviembre de 1727 y m. en París el 5 de marzo de 1775.

Huérfano a los seis años, un tío suyo, abogado del Parlamento parisiense, le hizo estudiar la carrera de Derecho. Sin embargo, el joven sentía voca­ción por la poesía y el teatro, y, así, aban­donó el puesto de «clerc» y, bajo el nombre de Dormont de Belloy, unióse a una com­pañía teatral e inició una vida errante de actor; en esta actividad fue muy apreciado y buscado por la nobleza, debido a su ca­rácter peculiar.

Llegado a Rusia, se le aco­gió favorablemente por doquier, y la em­peratriz Isabel le colmó de favores. En la creencia de que la gloria de su éxito dra­mático habría aplacado a su tío, volvió a París en 1758, para representar allí la tra­gedia Titus.

Sin embargo, el pariente, im­placable y lleno de odio, intentó al princi­pio hacer detener al sobrino, y luego pro­curó hundir la obra. Desesperado, Dormont de Belloy marchó nuevamente a Rusia, de donde re­gresó a la muerte del tío (1762) con la tra­gedia Zelmire, que alcanzó un gran éxito.

El sitio de Calais (v.), su obra maestra re­presentada en 1770, provocó un gran entu­siasmo y valió al autor la medalla del rey y la ciudadanía honoraria de Calais. Dormont de Belloy compuso luego Gastón et Bayard, pro­ducción que logró un éxito comparable al de Le siége de Calais y le abrió las puer­tas de la Academia Francesa; Gabrielle de Vergy, no puesta en escena por la retirada de la actriz Clairon, y Pierre le Cruel, que fue desfavorablemente acogida por el pú­blico.

Según se dice, este fracaso abrevió la vida del autor, sometida, por otra parte, a estrecheces económicas, como demuestra el hecho de que poco antes de su muerte Luis XVI hubiera de enviarle dinero.

Carl Michael Bellmann

Nació el 4 de fe­brero de 1740 en Estocolmo, donde m. el 21 del mismo mes de 1795. Poeta sueco formado en un ambiente culto y piadoso, tras una breve estancia en la Universidad de Upsala empezó a escribir por afición.

Des­empeñó varios empleos en la capital (en un banco, en la manufactura real, en la Dirección general de aduanas, en la lote­ría); pero, nada amante de la árida labor administrativa, buscó en la vida social de la alegre Estocolmo rococó, que veneraba cual divinidades a los padres del «vaudeville» Basselin y Le Houx, la realización de sus sueños de poeta.

Fue el primer gran autor lírico sueco. Prescindiendo de la lite­ratura didáctica y racionalista sacó de la vida real los temas de su poesía, centrada completamente en la celebración del amor, la mujer y el canto.

Él mismo definióla «musical», o sea fruto de una rítmica melo­día interna sólo posible de identificar y sentir si confiada a la onda vocal («canto y música resultan, así, tan íntimamente fun­didos — escribió Kellgren — que es difícil comprender cuál de los dos sea más indis­pensable a la mutua perfección»).

Aun cuan­do Bellmann no creó personalmente la música de sus composiciones líricas, puesto que adaptó a ellas melodías populares, arias de ópe­ra e incluso cantos litúrgicos, de Haendel, Gluck, Haydn, Grétry, Pergolesi, Uttini y muchos otros, puede afirmarse que tampoco escribió ningún verso que no sintiera en función de motivo musical o a un tiempo de danza.

Sus primeras obras empezaron a circular anónimas en ediciones’ populares, y eran parodias bíblicas (agudos cuadritos de género con personajes de la Sagrada Escri­tura: la casta Susana, José y Putifar, etc.), cantos convivales, odas, idilios, cartas rima­das y epístolas donde campea un rústico Baco que parece salido de los cuadros de Rubens y Jordaens.

Su rápida fama le pro­curó muy pronto la benévola protección y aun la liberalidad de Gustavo III. Ni aun al casarse en 1777 con la hija de un dro­guero, Lovisa Fredrika Grónlund, de la que tuvo tres hijos, interrumpió su actividad de poeta ocasional ni su vida alegre en ban­quetes y fiestas de familias amigas, en al­gún círculo como el «Par Bricole» o en el jolgorio de las tabernas, que fueron su ver­dadero reino.

Sin embargo, sus composicio­nes poéticas, las cuales, finalmente reunidas, aparecieron entre 1790 y 1791 en Epístolas a Fredman (v.) y Cantos a Fredman [Fredmans sánger] y le valieron un reconocimiento oficial de la Academia sueca en forma de un premio de cincuenta táleros de plata, no lograron frenar el curso impe­tuoso .de los acontecimientos.

La vida in­cauta y alegre y su poca salud iban empeo­rando, con el aumento de la celebridad, las precarias condiciones de su existencia; y así, a pesar del generoso concurso de los amigos, entre 1780 y 1791 las deudas le llevaron al borde de la ruina: en 1794, y a petición propia, un comisario judicial se encargó de su situación económica. Las úl­timas epístolas del escritor, probablemente de 1790 y aún vivas y llenas de color, pero matizadas con una otoñal melancolía, cons­tituyen su canto del cisne: al ronco son del cuerno de Caronte el poeta dice adiós a la vida.

M. Gabrieli