Francesco Bello

Son escasas las noti­cias que poseemos acerca de este poeta. Vivió en la segunda mitad del siglo XV, y se le llamó el Ciego de Ferrara (Cieco da Ferrara). Según parece, en 1471 empezó a darse a conocer como cantor y cortesano en Ferrara.

Su Mambriano (v.) le presenta muy independiente; aun cuando no culto ni fino, aparece, en cambio, sincero y des­preocupado, y sus vulgarismos responden a una verdadera necesidad expresiva. Se cree que estuvo en las cortes de Mantua y Ferrara, donde posiblemente dejó que sus versos se movieran a impulsos de la ima­ginación antes que por el afán de solazar los ocios de los poderosos.

F. Giannessi

Andrés Bello

Caudillo intelectual de la independencia hispanoamericana, n. en Caracas (Venezuela) en 1781 y m. en San­tiago de Chile en 1865.

Educado por sacer­dotes, influido por los enciclopedistas y amigo de hombres ilustres como Humboldt, dio lecciones gratuitas de geografía a Bolí­var, dos años menor que él. Enviado con Bolívar y López Méndez) a gestionar el apo­yo inglés en 1810, se quedó en Londres, donde vivió dando lecciones de latín y cas­tellano hasta 1822, en que obtuvo el nom­bramiento de secretario interino de la lega­ción de Chile, y después, el de secretario de la de Colombia; en 1829 se trasladó a Santiago de Chile, donde fue rector de la Universidad Nacional e influyó decisiva­mente en el desarrollo cultural del país.

Este venezolano ilustre, madurado en Lon­dres y que tanto hizo por la educación pú­blica en Chile, fue excelente poeta, filólogo ilustre, erudito estimable, diplomático dis­creto, político ponderado y pensador sin­gular que personifica las orientaciones y aspiraciones de una cultura hispanoameri­cana independiente.

Sus dos poemas funda­mentales los publicó en las revistas que editó en Londres: en la Biblioteca Ameri­cana, su Alocución a la Poesía, parte de una ambiciosa composición que debía titularse América y que no llegó a la realidad; en su Repertorio Americano, la Silva a la agri­cultura de la Zona Tórrida (v.); ya en sus primeras poesías, de intimidad venezolana, se advierte la influencia de Virgilio y la orientación neoclásica que el poeta no po­drá abandonar, a pesar de sus coqueteos con el romanticismo; la misma inquietud campea en las que escribe fuera de su pa­tria de origen: pero sus dos soberbias silvas a la poesía y a la agricultura constitu­yen realmente el grito de la independencia literaria hispanoamericana.

Ya se ganó la guerra, hay que construir la paz en una dedicación constante al cultivo del espí­ritu y del campo de América: y las leccio­nes de Virgilio y los consejos de Humboldt se conjugan en el alma del poeta para una realización neoclásica, didáctica y descrip­tiva, de valores iniciales y aleccionadores (v. Poesías).

La inquietud del poeta neo­clásico ante el romanticismo lleva al poeta a intentos singulares, como el de la versión española de la Priére pour tous de Víctor Hugo con el título Oración para todos (1830), de la que algunos afirman hiperbó­licamente que no es una traducción, sino una adaptación superior al original.

La re­construcción del Poema del Cid nos pre­senta de cuerpo entero al erudito moderno que ha sabido captar y asimilar el tono europeo con sencillez y elegancia espiritual; la Filosofía del Entendimiento (v.) mereció los más elevados y sinceros elogios de Menéndez Pelayo; los Principios de Derecho de Gentes (1847) nos presentan al jurista preparado y capaz; el político e intemacio­nalista desempeña importantes cargos pú­blicos en Chile y sus servicios y su pres­tigio son solicitados por los Estados Unidos para un arbitraje en cuestión de límites, y también por Perú y Colombia.

Pero quizás el filólogo haya logrado el aspecto más per­durable de la personalidad de Bello; ya hemos aludido a su reconstrucción del Poema del Cid; citemos ahora como trabajos funda­mentales sus Principios de Ortología (v.) y, sobre todo, su Gramática Castellana (v.), obra renovadora, de sencillez revoluciona­ria, impregnada del buen sentido y de la in­tuición genial que caracterizó la vida y la obra de aquel hombre sencillo e ilustre: la Real Academia Española de la Lengua lo nombró miembro honorario en 1851; Hispa­noamérica lo considera caudillo intelectual de su independencia y lo venera como maes­tro de las modernas generaciones hispano­americanas.

J. Sapiña

Lorenzo Bellini

Nació el 3 de septiembre de 1643 en Florencia, donde m. el 8 de ene­ro de 1704. Estudió medicina en la Univer­sidad de Pisa, y a los diecinueve años des­cubrió los conductos uriníferos que recibie­ron su nombre.

En 1663 se le encargaron lecciones públicas de medicina teórica en la citada entidad universitaria, y poco des­pués obtuvo la cátedra de anatomía. Ene­mistado con el gran duque Fernando II, pasó a Florencia, donde fue médico de Cosme III.

También el papa Clemente XI reclamó sus servicios profesionales. Bellini leyó en la Aca­demia de la Crusca» de la cual era miem­bro, sus Discursos de anatomía, publicados luego con carácter póstumo.

Fue también elegante poeta, amigo de Magalotti (v.) e interesado asimismo en la refinada química de los olores; en ello hay que buscar el origen de su poema burlesco La bucareida (v.), escrito en honor de los búcaros, vasos olorosos entonces de moda, y publicado pos­tumo en Florencia en 1729.

Giovanni Bellini

Nacido en 1891 en Poggio a Caiano y m. el 7 de julio de 1915 en la batalla de Plava. Desconocedor de la orto­grafía, la gramática y la puntuación, la lec­tura y el contacto con los futuristas de Toscana le revelaron una tendencia propia que él mismo ignoraba.

Los textos en prosa y verso correspondientes a los primeros pasos de una vida que hubiera podido ofrecer mucho en el aspecto literario, revelan cla­ramente la imitación de los escritores flo­rentinos.

A pesar de ello, Bellini procuró obte­ner en sus creaciones la mayor autonomía posible y dar con un lenguaje poético abso­lutamente personal y original. Su obra fue amorosamente recogida por Agnoletti y Meloni y publicada bajo el título Archiviaje (véase).

C. Falconi

Vincenzo Bellini

Nació en Catania el 3 de noviembre de 1801 y m. en Puteaux, cerca de París, el 23 de octubre de 1835. Dedicóse muy pronto al estudio de la mú­sica, y pasados apenas los siete años ini­ció sus primeros ensayos de composición.

Ingresó luego en el Conservatorio de San Sebastián, en Nápoles, donde tuvo por maes­tro a Nicolás Zingarelli. Ello no interrum­pió su actividad de compositor. Su primer melodrama, Adelson y Salvini (1825), fue representado en el pequeño teatro del pro­pio conservatorio.

En esta obra quiso in­fundir el sentido más dulce y misterioso de su juventud poética. Bellini poseía una belleza triste y algo femenina, y en la música de la primera época reflejó su melancolía, pro­vocada por las contrariedades amorosas y el temor de no ver satisfecho largo tiempo su afán de vivir. Los temas de este período pasaron a veces a algunas de sus obras sucesivas (Los Capuletos y los Montescos, v.; La extranjera, v.); ello suponía en Bellini un recurso para saborear de nuevo el pa­sado.

La representación, en 1826, de la ópe­ra Cario, duca di Agrigento — reconstituida más tarde con el nombre Bianca e Feman­do — en el teatro napolitano de San Carlos, señaló el principio de su fortuna en la es­cena.

Entre 1827 y 1831 compone, entre otras obras, El pirata (v.), La sonnambula (v.) y Norma (v.); esta última, a pesar del fra­caso de su estreno, se impuso muy pronto en los teatros más importantes de Italia y de toda Europa.

El dudoso éxito de Beatrice di Tenda enfrió la amistad del compositor con Romani, hasta entonces su libretista habitual. En mayo de 1833 Bellini marchó a Londres, donde conoció posiblemente la fase más feliz de su existencia.

Un año después, en la capital francesa, Cario Pepoli le ofrece el libreto de Los puritanos (v.); en 1834, y en la villa del judío inglés Lewys, de quien el músico era huésped, forjóse la úl­tima obra maestra de Bellini, representada en 1835 con gran éxito. Aquel mismo año falle­ció el autor en la citada residencia, en Pu­teaux.

V. Terenzio