Carl Michael Bellmann

Nació el 4 de fe­brero de 1740 en Estocolmo, donde m. el 21 del mismo mes de 1795. Poeta sueco formado en un ambiente culto y piadoso, tras una breve estancia en la Universidad de Upsala empezó a escribir por afición.

Des­empeñó varios empleos en la capital (en un banco, en la manufactura real, en la Dirección general de aduanas, en la lote­ría); pero, nada amante de la árida labor administrativa, buscó en la vida social de la alegre Estocolmo rococó, que veneraba cual divinidades a los padres del «vaudeville» Basselin y Le Houx, la realización de sus sueños de poeta.

Fue el primer gran autor lírico sueco. Prescindiendo de la lite­ratura didáctica y racionalista sacó de la vida real los temas de su poesía, centrada completamente en la celebración del amor, la mujer y el canto.

Él mismo definióla «musical», o sea fruto de una rítmica melo­día interna sólo posible de identificar y sentir si confiada a la onda vocal («canto y música resultan, así, tan íntimamente fun­didos — escribió Kellgren — que es difícil comprender cuál de los dos sea más indis­pensable a la mutua perfección»).

Aun cuan­do Bellmann no creó personalmente la música de sus composiciones líricas, puesto que adaptó a ellas melodías populares, arias de ópe­ra e incluso cantos litúrgicos, de Haendel, Gluck, Haydn, Grétry, Pergolesi, Uttini y muchos otros, puede afirmarse que tampoco escribió ningún verso que no sintiera en función de motivo musical o a un tiempo de danza.

Sus primeras obras empezaron a circular anónimas en ediciones’ populares, y eran parodias bíblicas (agudos cuadritos de género con personajes de la Sagrada Escri­tura: la casta Susana, José y Putifar, etc.), cantos convivales, odas, idilios, cartas rima­das y epístolas donde campea un rústico Baco que parece salido de los cuadros de Rubens y Jordaens.

Su rápida fama le pro­curó muy pronto la benévola protección y aun la liberalidad de Gustavo III. Ni aun al casarse en 1777 con la hija de un dro­guero, Lovisa Fredrika Grónlund, de la que tuvo tres hijos, interrumpió su actividad de poeta ocasional ni su vida alegre en ban­quetes y fiestas de familias amigas, en al­gún círculo como el «Par Bricole» o en el jolgorio de las tabernas, que fueron su ver­dadero reino.

Sin embargo, sus composicio­nes poéticas, las cuales, finalmente reunidas, aparecieron entre 1790 y 1791 en Epístolas a Fredman (v.) y Cantos a Fredman [Fredmans sánger] y le valieron un reconocimiento oficial de la Academia sueca en forma de un premio de cincuenta táleros de plata, no lograron frenar el curso impe­tuoso .de los acontecimientos.

La vida in­cauta y alegre y su poca salud iban empeo­rando, con el aumento de la celebridad, las precarias condiciones de su existencia; y así, a pesar del generoso concurso de los amigos, entre 1780 y 1791 las deudas le llevaron al borde de la ruina: en 1794, y a petición propia, un comisario judicial se encargó de su situación económica. Las úl­timas epístolas del escritor, probablemente de 1790 y aún vivas y llenas de color, pero matizadas con una otoñal melancolía, cons­tituyen su canto del cisne: al ronco son del cuerno de Caronte el poeta dice adiós a la vida.

M. Gabrieli