Jacinto Benavente

Autor dramático español. N. en Madrid el 2 de agosto de 1866 y m. en la misma ciudad el 14 de julio de 1954.

Hijo de un acreditado pediatra con aficiones literarias y teatrales, estudió en el Instituto de San Isidro, de Madrid, de don­de pasó a la Universidad Central con inten­ción de cursar la carrera de Leyes, que dejó inacabada a la muerte de su padre en 1885. Aquel mismo año Benavente emprendió largas excursiones por Europa.

Francia, Inglaterra y Rusia le atrajeron de un modo especial; durante sus viajes fue empresario de circo e incluso actor. De regreso a Madrid en 1892, se entregó plenamente a la actividad literaria y al teatro, carrera que debía pro­longarse a lo largo de más de sesenta años, hasta el momento de su muerte. Sus pri­meros pasos como escritor fueron los de un literato «puro», y figuró en lugar destacado entre los jóvenes escritores que más tarde recibieron la denominación de «generación del 98» y cuyo propósito era luchar contra el estancamiento de la vida cultural y aun política y social de España, llevados por el movimiento que luego se llamó «moder­nista».

Sus primeras obras en verso y en prosa (Versos, Figulinas, Vilanos, Cartas de mujeres), aparecidos entre los años 1892-1893, aportan efectivamente una novedad de temas y de estilo y aires europeos que cho­can con las modas literarias entonces domi­nantes y representadas por los ochocentis­tas Valera, Pereda, Núñez de Arce, Campo- amor, etc.

En 1892, año en que Rubén Da­río, futuro jefe del modernismo poético, visitaba España por primera vez, apareció el Teatro fantástico de Benavente, más adecuado para la lectura que para la representación escénica.

El 6 de octubre de 1894, en el Teatro de la Comedia de Madrid, la com­pañía de Emilio Mario estrenaba con escaso éxito la primera obra dramática de Benavente: El nido ajeno (v.), comedia revolucionaria por cuanto significaba una reacción contra el desorbitado postromanticismo de Echegaray.

Su segundo estreno fue Gente conocida (1896, v.), que continúa y aun acentúa la misma tendencia. Pero la definitiva consa­gración de Benavente como nuevo valor dramático fue La comida de las fieras (1898, v.), obra de fuertes contrastes que anuncia los mejo­res aciertos de la madurez del dramaturgo.

La insinuación del crítico Gómez Carrillo, al dar a entender que la comedia de Benavente era un plagio de Le repas du lion de Curel, provocó cierto escándalo; a instancias del propio autor, las dos comedias fueron repre­sentadas en el Ateneo, lo que determinó un triunfo de Benavente sobre sus detractores.

A partir de 1898, con una fecundidad extra­ordinaria que daba un promedio de dos o tres obras por temporada, Benavente se fue afir­mando como el primer dramaturgo de su generación en España y uno de los valores positivos del teatro europeo. Al mismo tiem­po nuestro autor se revelaba como periodis­ta de altura en la dirección de La vida literaria y Blanco y Negro.

En 1922 le fue otorgado el premio Nobel de Literatura «por haber continuado dignamente las tradicio­nes del teatro español»; esta consagración internacional contribuyó a extender su tea­tro por todo el mundo. En 1925, el estreno de Nadie sabe lo que quiere señaló su centésimo estreno teatral.

La producción de Benavente mantiene su ritmo hasta Hijos, padres de sus padres, estrenada en 1954, última come­dia del casi nonagenario dramaturgo. En el terreno de la crítica conviene distinguir entre las obras de los primeros veinte años y las posteriores.

Estas últimas, en sustan­cia, nada dicen de nuevo, ni se elevan, en general, por encima de la mediocridad, siem­pre que partamos de una «mediocridad» benaventina, o sea del comediógrafo más ex­perto. y más digno entre todos los de su tiempo y escuela en España. Entre las del primer período hallamos sin duda las obras maestras de Benavente, definitivamente incorpora­das al patrimonio del teatro europeo.

Como tales se consideran La noche del sábado (1903, v.), Rosas de otoño (1905, v.), Se­ñora ama (1908, v.), Los intereses creados (1909, v.), tal vez la más ambiciosa y carac­terística de todas; La malquerida (1913, v.); obras muy diversas tanto en su concepción como en su técnica, pero todas ellas valio­sas y de fuerte originalidad.

La noche del sábado, drama simbólico y fantástico, de am­biente de circo y de cortes reales, se basa en la contraposición entre la mujer-ambi­ción (Imperia) y la mujer-pasión (Donina); Rosas de otoño es una comedia psicológica y sentimental, del mejor corte francés, en la que destaca, sobre un fondo de áspera sátira social, la figura de una es­posa ejemplar, ultrajada y, al fin, victo­riosa; Los intereses creados funde feliz­mente el espíritu de la «comedia del arte» con el amargo estoicismo de la picaresca española; un diálogo magistral, pleno, de gran relieve y una consumada maestría en la escenificación, convierten en plausible una tesis algo sofística; Señora ama y La malquerida presentan fuertes episodios pa­sionales perfectamente ambientados en el campo castellano, lo que no deja de ser bastante insólito en el caso de Benavente, madri­leño y europeo si los hay.

En torno a estos cuatro prototipos podríamos agrupar toda la vasta producción benaventina, que opera efectivamente, con arte inimitable, sobre motivos simbólicos, sentimentales, satíricos y dramáticos. Añadamos a esto algunos li­bretos de opereta y de zarzuela, comedias para niños (El príncipe que todo lo apren­dió en los libros), traducciones y adapta­ciones de teatro extranjero, francés e in­glés sobre todo, y se tendrá una idea de la vastedad de una producción que al lado de fervientes admiradores y discípulos ha te­nido críticos acerbos, especialmente al en­juiciar las comedias de los últimos años.

Como ha dicho un crítico: «Muchas de sus producciones llevan únicamente el sello de la moda; otras apuntan fallas y caídas1, pero en los mejores aciertos de una ponderada selección queda un comediógrafo lleno de ingenio, que caracteriza y supera una so­ciedad.»

Julien Benda

Nacido el 20 de diciembre de 1867 en París, donde m. el 7 de jimio de 1956. Fue hijo de una familia hebrea no ortodoxa establecida en Francia dos o tres generaciones antes, y tampoco él estuvo vinculado a la religión de su pueblo.

Du­rante sus años de estudiante dedicóse con igual interés a las letras y a las ciencias; finalmente, después de haber ingresado en la Escuela Central de Artes y Oficios, cam­bió de idea, pasó a la Facultad de Letras y, en adelante, se entregó por completo a los estudios literarios. Diose a conocer como escritor en la época del «affaire Dreyfus» con los Dialogues à Byzance, publicados en la Revue Blamche (1900).

Su primer éxito fue la novela L’ordination (1912), a la que siguieron en breves intervalos Le bergsonisme, ou une philosophie de la mobilité (1912), Une philosophie pathétique (1913), texto publicado en los Cuadernos de la quincena (v.), de Ch. Péguy, y Sur le suc­cès du bergsonisme (1914).

Con tales obras, Benda, en nombre del racionalismo clásico, adoptaba una actitud concreta en la reacción antirromántica de la época y denun­ciaba el bergsonismo y el daño ocasionado a la inteligencia moderna por el sentimien­to.

Periodista durante la guerra (v. Los sen­timientos de Critias), publicó en 1919 Belphégor, en el que traza un cuadro clásico de la sensibilidad estética contemporánea y critica asimismo el predominio del senti­miento irracional sobre la contemplación pura.

Este mismo tema sigue tratando aún, en 1927, en su libro más conocido, La trai­ción de los intelectuales (v.), que culpa a los «clérigos», o sea los intelectuales, de haber traicionado la causa del espíritu ce­diendo a las lisonjas de los intereses polí­ticos.

Ello, empero, no significa, en el pen­samiento de Benda, que el intelectual deba re­nunciar completamente a los afanes tempo­rales; sin embargo, el autor considera que aquél, en cuanto «clérigo», o custodio de los valores superiores, ha de contemplar las cosas «sub specie aetemitatis».

Dichas teo­rías quedaron consolidadas en las obras si­guientes; La fin de l’Étemel (1929) y Essai d’un discours cohérent sur le rapport de Dieu et du monde (1931), su libro más orgá­nico; y, hasta cierto punto, aplicadas en Esquisse d’une histoire des Français dans leur volonté d’être une nation (1932), Dis­curso a la nación europea (1933, v.) [Dis­cours à la nation européenne, 1933] y La grande épreuve des démocraties (1942).

Con este último texto, el autor, militante, en 1936 y durante la segunda guerra mundial, en las filas de los intelectuales «antifascis­tas», reafirmaba en la Francia dominada por los alemanes el principio democrático.

Benda no cesó jamás de apoyar al racionalismo contra las alusiones a lo elemental y a la «Vida», ni de atacar a la literatura actual en nombre de un clasicismo un tanto árido (cfr. La France byzantine). En las obras autobiográficas La jeunesse d’un clerc (1936) y Un régulier dans le siècle (1938) ofreció una completa imagen de sí mismo y la his­toria de su vida de «monje» y de «clérigo» al servicio de la religión de la Inteligencia.

M. Mourre

Elia Benamozegh

Nació en 1822 en Lior­na, donde m. en 1900. Sus progenitores eran de origen marroquí. En 1826, huérfano de padre, fue protegido por un tío, que le orientó en los estudios hebraicos.

A los die­cinueve años ingresó en el comercio, ocu­pación que abandonó en 1846 para dedi­carse a la ciencia rabínica en uno de los florecientes centros culturales hebreos de Liorna. Poco después fue nombrado predi­cador de la Comunidad en perjuicio de su suegro, por cuanto la nueva generación tendía al empleo del italiano en vez del espa­ñol, hasta entonces utilizado en los discur­sos de la sinagoga.

A 1855 se remontan los primeros frutos de su actividad científica, entre los que destaca En la-migra (1865), comentario hebraico al Pentateuco escrito a la luz de las investigaciones más modernas, que fue muy criticado por los rabinos de Palestina.

Las obras más famosas de Benamozegh son, no obstante, Morale juive et morale chrétienne (1867) e Israel et L’humanité (1914), escritas ambas en francés. Esta última es un estudio sobre el problema de la religión universal y la forma de resolverlo, y la pri­mera demuestra que la moral del judaísmo nada ha de envidiar a la cristiana.

La aspi­ración máxima de Benamozeg consiste en la repre­sentación, bajo una nueva luz, del gran problema del mundo, el misterio del uni­verso y el destino de los hombres según las consideraciones de la mentalidad hebrea y las aportaciones de las conquistas filosó­ficas y del pensamiento humano.

E. Lattes

Ben

(hija de Fugiwara-no-Nobuzane). Se ignoran las fechas del nacimiento y la muerte de esta autora, y aun su verdadero nombre. Era hija del pintor y poeta Fujiwara-no-Nobuzane (1177-1265), descendiente del literato Fuyutsugu (775-826), ministro de los emperadores Kwammu (781 – 806), Heijó (806-09) y Saga (809-23).

Fue dama de corte del emperador Go Fukakusa (1246- 60) después de su abdicación (1260), y una de las poetisas más notables de la época de Kamakura (1186-1332). Había heredado, en efecto, de su padre y de su antepasado un notable talento poético, y, todavía muy joven, hacia los diecisiete o dieciocho años, contaba ya con un gran aprecio en la corte. Se le atribuye el célebre diario titulado Ben no naishi nikki (v.), que contiene mu­chas poesías de Ben.

Sea como fuere, la obra en cuestión parece haber sido escrita por una autora joven, puesto que revela senti­mientos sencillos, de lozanía juvenil, a la vez que carece de cualquier sombra de do­lor o tristeza propias de un espíritu feme­nino maduro. Muchas de sus poesías figuran en las antologías oficiales.

Y. Kawamura

Pietro Bembo

Nació en Venecia el 20 de mayo de 1470 y m. en Roma el 18 de enero de 1547. Siguió a su padre, Bernardo, patri­cio y embajador veneciano, primeramente a Florencia (1478-80) y luego a Ferrara (1498); de esta suerte pudo conocer las cor­tes de Lorenzo el Magnífico y de los Este, donde los literatos eran muy apreciados.

Con sus primeras experiencias cortesanas se mezclaron períodos de severos estudios clásicos realizados en la escuela mesinesa de Constantino Lascaris (1492), y en Padua bajo la guía de Nicoló Leonico Torneo.

El gene­roso acogimiento de Guidobaldo de Montefeltro y de su esposa Isabel Gonzaga, ob­jeto de un meritorio elogio del autor, le disuadieron de su intento de retirarse a la abadía de la Croce dell’Avellana, cerca de Urbino.

Por lo demás, Bembo, que ha sido com­parado frecuentemente a Petrarca, no sólo por su petrarquismo formal, sino también debido a los matices de su carácter y a las vicisitudes de su existencia, no resultaba una persona adecuada a la humildad mo­nástica.

En Urbino (1506-12) conoció al cardenal Juan de Médicis, el futuro León X, que le llamo a Roma para redactar en latín perfecto de Cicerón las bulas pontificias. Este período romano (1512-19) es denominado, en efecto, «ciceroniano»; fue tam­bién, empero, la época de Los asolemos (v.), obra dedicada a Lucrecia Borgia, a la cual conoció y amó en Ferrara, y de los prime­ros esbozos de las Prosas sobre la lengua vulgar (v.): el momento en que el erudito clasicista, no sordo a las llamadas de la poesía en romance, llevó a cabo la admira­ble aproximación de las diversas teorías sobre el lenguaje y afirmó la necesidad de dignificar el idioma vulgar igualándolo en regularidad al latín.

Al mismo tiempo que completaba las Prosas, entre 1521 y 1525. enriquecía con glosas la nueva edición al- dina del Canzoniere de Petrarca. En Roma conoció a Faustina della Morosina, que le dio tres hijos, pero con la cual no se casó para no perder los beneficios eclesiásticos.

El Carteggio (1500-1501), recientemente edi­tado en Padua por Dionisotti, nos ofrece un valioso testimonio de otro amor suyo, largo tiempo envuelto en el misterio: el que profesó a María Savorgnan. Establecido en Padua, Bembo fue historiador de la república de Venecia (1530) y dirigió la biblioteca Nicena (actualmente Marciana).

Dentro de la primera de ambas actividades, y reanu­dando la obra ya iniciada por Sabellico, es­cribió en latín los Rerum Venetarum historiae Libri XII, historia de Venecia de 1487 a 1513, que luego tradujo al idioma vulgar (v. Historia de Venecia).

Acerca de las Pro­sas dijo Varchi que los italianos deben es­tar reconocidos a Bembo por haber quitado de su lengua la herrumbre de los siglos pre­téritos. En 1529 aparecieron las Rimas (v.), y en 1539 Paulo III confería al humanista la púrpura cardenalicia (Morosina había muerto el 13 de agosto de 1535, y Bembo con­taba entonces casi sesenta años).

En el últi­mo período de su vida aumentaron los honores, y recibió los episcopados de Gubbio (1541) y Bérgamo (1544) sin obligación de residencia; luego volvió a Roma, donde se le juzgó uno de los candidatos al ponti­ficado con mayores probabilidades.

La pos­teridad nególe muchas de las alabanzas que le prodigaron los contemporáneos, y Leopardi le definió «un Cesari del siglo XV»; sin embargo, la crítica más reciente se in­clina a revalidar a Bembo tanto en su aspecto de prosista como en el de poeta, y subraya, por encima de todo, la enorme importancia histórica del autor, a quien se debe la sis­tematización del «humanismo vulgar» que representaba la conclusión natural y nece­saria del Renacimiento.

C. Musumarra