[Idiot], Novela del gran escritor ruso Fĕdor Dostoievski [Fedor Mikhailovich Dostoyeswsky (1821-1881)], publicada entre los años 1868 y 1869. El príncipe Myshkin (v.), último retoño de una gran familia arruinada, vuelve a su patria después de haber pasado una temporada en Suiza por razones de salud, ya que está enfermo de los» nervios. En realidad, a través de este hombre aparentemente «idiota», cuya idiotez consiste en la absoluta impotencia de su voluntad y en una fe absoluta en los demás, fundada en una todavía más absoluta inexperiencia de la vida, Dostoievski quería dar un símbolo de la sabiduría cristiana en su esencia más pura. Compañero de viaje de Myshkin en Rusia es Rogozhin, que le brindará ocasión de demostrar lo que le puede ocurrir a un hombre «positivamente bueno» en contacto con la realidad.
Empujado por una secreta simpatía y por la necesidad de hacer confidencias, Rogozhin, joven exuberante y apasionado, durante el viaje cuenta a Myshkin, que es espiritualmente su polo opuesto, la pasión violenta en él suscitada por Nastasia Filipovna (v.), belleza de fama equívoca que, huérfana desde la infancia, educada por caridad y convertida en amante del hombre que la había protegido, casi por un sentido de obligatoria pero repugnante restitución de los beneficios recibidos, esconde en su alma, naturalmente generosa, una aversión por el mundo masculino y en general por todos aquellos que parecen valerse, para humillarla, de una suerte más afortunada que la suya. Llegados a San Petersburgo, Myshkin y Rogozhin se separan, y el primero se dirige a casa del general Epanchin, pariente suyo, del cual espera ayuda para la vida de trabajo que se propone emprender. La novela, plagada de intrincados acontecimientos que se desarrollan en un breve período de tiempo, se mueve a partir de entonces en una atmósfera de nerviosa inquietud. Junto al general, Myshkin vuelve a oír hablar de Nastasia: en efecto, el secretario del general, Gania, se dispone a casarse con ella en vista de la importante cantidad con que la dota su antiguo protector. Y una especie de vínculo subterráneo atrae al joven príncipe hacia esta desconocida, en la que intuye un carácter noble, víctima de las circunstancias. Al ir a casa de Gania, que se ofrece a darle hospedaje, encuentra a Nastasia y confusamente vislumbra la situación: Gania no es un mal hombre, sino un ambicioso que desea aquel matrimonio por las ventajas que pueda reportar a su carrera; Nastasia, por otra parte, estaría quizás dispuesta a aceptarlo si por lo menos advirtiera en él un sentimiento más humano, pero le desagrada su mezquino arribismo, que fustiga con violenta ironía como para obligarle a superarlo.
Así Myshkin, apenas salido de una enfermedad que le ha oscurecido la mente, íntimamente convencido de que todo acto humano debe tener por objeto el bien del prójimo y que todo hombre está ansioso de su propia bondad, se lanza indefenso en la peligrosa aventura. Por la noche se presenta, sin haber sido invitado, en casa de Nastasia, que está rodeada de gente que espera saber si acepta o no al pretendiente Gania, y cuando llega Rogozhin, en compañía de otros borrachos y borracho él también, y arroja encima de la mesa una fuerte suma con la que pretende compensar a Nastasia de la dote prometida por su protector y a cambio de ello llevarla consigo como amante, Myshkin sale en defensa de la joven y se declara dispuesto a casarse con ella para salvarla de la ruina. Nastasia ve en él al hombre que puede salvarla verdaderamente, pero no acepta esta solución dictada por la piedad y demasiado peligrosa para el joven, y huye con Rogozhin. La posición de Myshkin se complica todavía más al perfilarse el amor que por él siente Aglae, hija menor del general Epanchin, amor disimulado por el orgullo pero alimentado por una afectuosa admiración. El príncipe parece corresponder, pero en él la llamada del sexo no llega a separarse del sentido de universal afecto que le une a todos los hombres, y esto, si bien por un lado aumenta la admiración de Aglae por él, por otro exaspera su feminidad y la lleva a veces a despreciar al hombre en la criatura superior que venera. Finalmente, entre Myshkin y Rogozhin nace una relación de simpatía casi fraternal, por el elemento superior que tienen en común en su actitud hacia Nastasia; pero, al mismo tiempo se despierta en Rogozhin una furiosa rivalidad, que le lleva casi hasta intentar dar muerte a su amigo. Detrás de estos acontecimientos principales aparecen varias figuras menores, amigos de Myshkin y Rogozhin, estudiantes sin porvenir, hombres fracasados de todas clases, en los que arde igualmente la triste lucha entre sus secretas tendencias hacia el bien y una efectiva maldad.
Como una especie de comentario del conjunto, figura de adolescencia sana y de buena fe entre tantos motivos tortuosos, está Kolia, el hermano menor de Gania, a quien está confiado el mismo papel que Alesha en los Hermanos Karamazov (v.). La novela acaba trágicamente con la muerte de Nastasia a manos de Rogozhin y la definitiva locura de Myshkin. «La piedad es la cosa que más obliga, quizás la única ley de la existencia humana», se dice en una pasaje de la novela; y en estas palabras está quizás la clave no sólo de esta obra, sino también de la disposición de espíritu de Dostoievski frente al problema de la responsabilidad humana insinuado en la redención prevista por Raskolnikov (v.) en Crimen y castigo (v.) y desarrollado ampliamente en los Endemoniados (v.); en realidad, el Idiota es la novela en que Dostoievski intentó más que en ninguna otra, dar vida a una figura que expresara esta piedad de un modo más completo, hasta acercarse a la santidad. Y sin embargo, el centro de la obra no debía ser el triunfo de la «piedad», por cuanto que su drama es su derrota final: contra ella se eleva, , más vigorosa y verdadera, aquella simultánea presencia de los efectos opuestos y de los opuestos sentimientos morales que domina en toda la obra dostoievskiana hasta sugerir verdaderas fórmulas narrativas, y dentro de la cual se agitan con Igual vigor el bien y el mal, el odio y el amor.
Todas las situaciones desesperadas de la novela nacen de una búsqueda ética incapaz de afirmarse: Gania está convencido de mostrarse un «espíritu fuerte» casándose con Nastasia y resolviendo con ventaja para ambos una posición equívoca, pero está manchado por la ambición que la mujer desprecia; Rogozhin se alza sinceramente contra aquel compromiso ofreciendo a Nastasia la desenfrenada lealtad de sus sentidos, pero aquella misma sensualidad le arrastrará y le empujará al delito cuando se dé cuenta de que la muchacha, aunque atraída por la violenta pureza de su pasión, no lo exceptúa de su general rencor contra todas las formas de deseo masculino; Nastasia, por fin, reconoce la superioridad del príncipe, pero no puede seguirle porque duda sobre todo de sí misma y sabe que no sería capaz, al lado de su infinita benevolencia, de superar su punzante resentimiento. A todo esto Myshkin debería oponer la fuerza iluminada de su bondad, pero incluso en él esta bondad — que en los demás, aun sofocada y desviada, logra expresarse de algún modo, conduciendo, si no a otra cosa, a conclusiones opuestas a las deseadas y esperadas — permanece fatalmente inactiva. Juzgándola severamente, la bondad de Myshkin es completamente física: esto es, parece derivar de una absoluta incapacidad de amor de sí mismo y de una continua conmoción por las miserias de los demás, que no sabemos si atribuir a una verdadera superioridad del espíritu o, sencillamente, a una consecuencia de su enfermedad. En realidad, el desdichado príncipe, siempre dispuesto a sacrificarse por los otros, no se sacrifica nunca: le falta el gesto decisivo capaz de desatar los nudos en que se debaten los otros, y su «idiotez», sin lograr aureolarse de santidad, amenaza con no ser nunca nada más que una tara.
En esta actitud están sus límites, y, al mismo tiempo, los de su creador, que no logró jamás dar vida a aquella criatura mesiánica por tanto tiempo anhelada: el Idiota, como las demás obras mayores de Dostoievski, llega a plantear vigorosamente, pero no a resolver, un problema ético y confirma en su autor aquel sentido dramático del problema en sí, tan profundamente vivido que ofuscaba el mismo deseo de la palabra que lo había de resolver. Creador de un mundo febril, Dostoievski confiere a sus criaturas una fuerza de realidad alucinante. [Trad. española de Rafael Cansinos Assens, en Obras completas, tomo I (Madrid, 1935)].
U. Déttore
Las novelas de Dostoievski, aun siendo las novelas — iba a decir los libros — más cargados de pensamiento, no son nunca abstractos, sino que siguen siendo novelas, los libros más palpitantes de la vida que conozco. (A. Gide)
