Las Iglesias de Roma desde sus Orígenes Hasta el siglo XVI, Mariano Armellini

[Le chiese di Roma dalle origini fino al secolo XVI]. Obra del arqueólogo Mariano Armellini (1852- 1896), publicada en 1887. El autor advierte que con esta obra «sólo se ha propuesta proporcionar a quien quiera dedicarse a tan colosal tarea (la de exponer la historia de las iglesias de Roma), como un guía o catá­logo de las iglesias», de las cuales ha descu­bierto noticias que remontan al siglo XIV.

Más adelante dice que sólo se ha propuesto escribir un «tosco esbozo» para una verda­dera historia de las iglesias de Roma. En realidad se trata de un trabajo de conjunto en torno al vasto tema sobre cuyas partes aisladas existía ya una abundante biblio­grafía. El autor la reseña en la primera parte del volumen, que contiene «noticias prelimi­nares acerca de las iglesias de Roma» y añade también la transcripción de los «catálogos», especie de censos en que aquellas iglesias estaban registradas, con fines administrati­os: desde el de Cencío Carnerario (después Honorio III) hasta el redactado por Pío V. A continuación (parte II) las «noticias historicotopográficas de las iglesias intramuros de Roma» y (parte III) de las «extramuros», o sea la «zona propiamente dicha del suburbio y que está encerrada dentro del radio de la primera a la tercera milla». La obra se extiende particularmente sobre lo que se refiere a las épocas precedentes al «nefasto período del resurgimiento pagano del siglo XVI», e incluso ante las más soberbias manifestaciones del arte de ese siglo, no faltan las expresiones de pesar del puro cultivador de arqueología cristiana. Más que de un verdadero interés por el valor artístico, es evidente que la investigación está motivada casi exclusivamente por la sugestión de lo «antiguo».

Así se hace dis­tinción entre las noticias relativas a obras que todavía existen y detrás de las cuales no queda rastro. Es más; como el propio autor ya advierte, se tiende a dar la prefe­rencia a estas últimas. El libro es en este aspecto, una excelente recopilación de ma­terial erudito (no se escatiman en el libro, entre otras cosas, transcripciones de docu­mentos que contienen noticias inéditas) con­cernientes a la verdadera historia; no es, pues, una «guía y un catálogo», como seña­laba al principio Armellini. Pero el libro no responde homogéneamente a este criterio, pues el autor no puede menos de ceder en varias ocasiones a la tentación de registrar obras, no sólo del siglo XVI sino también de los siglos posteriores y no siempre de primera importancia. No podemos menos, por lo tanto, de observar en la obra ciertos desequilibrios. ¿Por qué, por ejemplo, men­cionar, en Santa María «sopra» Minerva, obras del XVI, XVII y XVIII, y no los fres­cos de Filippino Lippi y otras cosas prin­cipales y dar noticias, aunque sin una descripción de la obra, de «San Cario alle Quattro Fontane», sobre cuya área no preexistía ninguna iglesia paleocristiana o medieval, y no recordar para nada «Sant’Andrea al Quirinale»? ¿O describir Sta. Maria «degli Angioli», que fue adaptada en él siglo XVI, directamente de la construcción pagana, y limitarse para la actual basílica de San Pe­dro del Vaticano a una alusión a su magni­ficencia, a la cual inmediatamente se con­trapone la inevitable lamentación por haber sido demolida la basílica preexistente? Ésta se describe, naturalmente, fundándose en antiguas memorias, con la acostumbrada es­crupulosidad, dando particular realce a las cuestiones de la sepultura de San Pedro. (Es de notar a este respecto la transcripción de un documento vaticano inédito que contiene la «relación de cuanto ha ocurrido al cavar los fundamentos para las cuatro columnas de bronce erigidas por Urbano VIII en el altar de la basílica de San Pedro, etc.», rela­ción que da también útilísimas noticias acer­ca de la obra de Bernini). Más justa, sin embargo, en ciertos aspectos, es la califica­ción de «esbozo», quedando firme, se entien­de, la apreciación incondicionada de la im­portante contribución que esta obra aporta a la historiografía de la Roma cristiana.

G. Brunetti

De la Iglesia Galicana en Relación con el Soberano Pontífice, Joseph de Maistre

[De l’Église gallicane dans son rapport avec le Souverain Pontife]. Memoria de Joseph de Maistre (1753-1821), publicada en 1821. En ella el polemista católico declara que la pretendida autonomía de la Iglesia de Francia frente a la soberana autoridad pontificia es respon­sable de los males ocurridos a partir de entonces a la nación: ejemplo típico, la constitución civil del clero y la misma lucha de la Revolución contra la religión. La di­rección teórica propugnada por de Maistre está basada, pues, en la soberanía absoluta del magisterio de la iglesia y es también llamada ultramontanismo (por la referencia geográfica a los Alpes). El autor, al conde­nar abiertamente el galicanismo, hace una excepción para Bossuet, pese a los cuatro artículos de su Déclaration de Vassemblée du clergé du France (1862), aludiendo a una presunta conversión del obispo de Meaux y a sus principios políticos, demasiado abier­tamente favorables al rey de Francia. Las concepciones de De Maistre están en con­junto desarrolladas con mayor sistematismo en el libro Del Papa (v.).

C. Cordié

Igitur o La locura de Elbenhon, Stephane Mallarmé

Cuento en prosa, de Stephane Mallarmé (1842-1898), publicado en 1925 por el Dr. E. Bonniot, yerno de Mallarmé. Igitur parece haber sido compuesto en su mayor parte durante la estancia de Mallarmé en Avignon, entre los años 1867 y 1870; en tal caso sería contem­poráneo de Herodiada (v.) y muy anterior a La siesta de un fauno (v.), que data de 1876. Se trata, pues, de una obra de ju­ventud, pero con todo señala ya la evolu­ción del poeta y aparece como boceto de Un golpe de dados jamás abolirá el azar la última obra importante de Mallarmé. Por otra parte, no se sabría comprender una, sin tener conocimiento de la otra; los evidentes lazos que las unen prueban claramente que el autor tuvo un sólo propósito a lo largo de su vida: aquí, vencer la Nada; allí, su­primir el Azar, esa otra forma de la Nada. En una y otra tentativa aparece el mismo orgullo, la misma resolución, ora plena de aliento juvenil, ora señalada por el signo de la desesperación más cruel. «Este cuento va dirigido a la Inteligencia del lector, y ella misma cuidará de poner en escena las situaciones y las cosas», nos advierte Ma­llarmé: hasta tal punto Igitur es un ente abstracto.

La obra, sin embargo, no está absolutamente despojada de ornamentación; dividida en cuatro «partes», tituladas, res­pectivamente, «Le minuit», «L’escalier», «Le coup de dés» y «Le sommeil sur les cendres, après la bougie soufflée», es fácil reconocer en esta ornamentación retórica gran canti­dad de material característico del «fin de siglo» que, ante la imposibilidad de situar la obra con precisión en el tiempo, la clasi­fica dentro de una línea estética determi­nada: se ven en ella «los muebles retorcer sus quimeras en el vacío» y allí se descubre en la penumbra «entre los tapices saturados y entorpecidos» la «complejidad marina y estelar de una joyería», cosas todas que recuerdan vivamente el mobiliario que nos muestran las fotografías del poeta tomadas algunos años más tarde en su departamento de la «rue de Rome». Igitur no deja de ser por ello un ente abstracto, pero es también el que «desciende por la escala del espíritu humano y marcha hasta el fondo de las co­sas». Fruto de un replegarse del poeta sobre sí mismo, esta obra representa la primera gran tentativa de Mallarmé para escapar al monstruo de la Impotencia, que fue su com­pañero de toda la vida.

Héroe de lo temporal, prisionero de la contingencia, Igitur, antes de su retorno a la Nada, intenta dar a los suyos, al dilatado linaje de aquellos que le engendraron, la prueba de que tuvieron ra­zón en desafiar al destino. Es verdad que era una locura por su parte, pero esta locura, «suprema encarnación de su raza», es recogi­da por el poeta, quien la lleva hasta aquel acto último, la jugada de dados, en el que el Azar es como absorbido y devuelto repen­tinamente al Infinito, que debe forzosamente existir en algún lugar. Bajo el punto de vista literario, Igitur es una de las obras más interesantes de Mallarmé. Escrito en una prosa densa y apretada, este cuento — que no llegó a conocer su forma defini­tiva— prueba la preocupación estilística del poeta. Se asiste aquí a la elaboración de esa particular manera de escribir, que pretende crear en el lector un efecto de «música in­terior». Por la voluntaria repetición de pa­labras, o el empleo deliberado de sílabas que se corresponden de una frase a otra como un eco sordo y prolongado, Mallarmé se esfuerza en crear un lenguaje en el que cuenta menos el sentimiento y la música que el acorde misteriosamente buscado. A pesar de las diferencias existentes en las conclu­siones entre Igitur y Golpe de dados, escrito veintiocho años más tarde, es notable, como hizo ver Claudel («N. R. F.», número del 1. ° de noviembre de 1926), que la carrera de este moderno príncipe de Elsinor no llegara a su término hasta que hubo repetido el gesto fatal de Igitur, ese golpe de dados lanzados a la noche.

Ifigenia Cruel, Alfonso Reyes

Poema del escritor Alfonso Reyes (1889-1959). En esta obra vuelve el autor mexicano sobre el tema clásico tra­tado ya por diversas literaturas de la his­toria de la princesa Ifigenia, hija de Aga­menón; al ir a ser sacrificada en Aullido para asegurar la feliz navegación de los bar­cos aqueos rumbo a Troya, fue sustituida por la diosa Artemisa, que puso en lugar de ella un ciervo y la transportó mágicamente hasta la tierra de Tarde, al norte del Mar Negro o Ponto Auxina, donde el pueblo sal­vaje de los tacuros adoraba a dicha diosa Artemisa con sacrificios humanos. Todos los que han tratado este tema presentan a Ifigenia llena de nostalgia por su vida an­terior. Cuando su hermano Orestes se pre­senta a redimirla, ella huye gustosa para volver a su tierra de Micenas, llevándose consigo la imagen de la diosa Artemisa, para redimirla, a su vez, del culto sangriento de sus adoradores bárbaros.

Reyes introduce una novedad: supone que Ifigenia ha per­dido la memoria de su vida anterior, y aun­que vive siempre suspirando por tener un pasado como todos los demás seres huma­nos, cuando, con la aparición de su hermano Orestes, descubre que pertenece a la raza maldita de Tántalo y que está vinculada en la cadena de «vendettas» de Micenas, prefiere quedarse para siempre en la lejana tierra de Tarde a prolongar la maldición que siente latir en sus entrañas. El poema está hecho en un verso libre donde se aprecia una cons­tante investigación sobre los valores rítmicos y algo como un vaivén en torno a los metros regulares y tradicionales, que los desdibuja y los redibuja alternativamente. Del color arqueológico solo conserva Reyes lo indis­pensable, y prefiere que su poema adquiera simbólicamente^ un valor universal y no puramente helénico. La crítica ha creído traslucir en este poema, singularmente por el comentario con que Reyes lo acompaña, algo como lo transposición poética de la conducta personal del autor, que prefirió alejarse de su tierra y desvincularse de ciertos rencores políticos que él no provocó, pero que los antecedentes históricos de su país hubieran querido imponerle.

A. Millares Carlo

Ifigenia en Tauride, Pier Jacopo Martello

Las vicisitudes de Ifigenia en Tauride y el cumplimiento de su destino inspiraron también a muchos dramaturgos y poefas. Las primeras tragedias sobre este asunto aparecieron en Italia. En cinco actos está escrita la Ifigenia in Tauride, de Pier Jacopo Martello (1665-1727), el primero que usó en Italia el alejandrino (por él llama­do «martelliano»): esta obra fue publicada en Roma en 1709. El argumento está direc­tamente tomado de Eurípides; pero la sim­plicidad lineal de la tragedia griega ha desaparecido bajo la ornamentación de su nueva vestidura. Al lado de alguna escena bien traída y de algunas situaciones felices, hay detalles que sólo un público acostum­brado a la galantería del teatro francés de la época y a las evanescencias sentimentales en que degeneraba la gracia de la Arcadia podía tolerar e incluso aplaudir, pues ésta fue, en sus tiempos, la más celebrada de las tragedias de Martello.

E. C. Valla