Igitur o La locura de Elbenhon, Stephane Mallarmé

Cuento en prosa, de Stephane Mallarmé (1842-1898), publicado en 1925 por el Dr. E. Bonniot, yerno de Mallarmé. Igitur parece haber sido compuesto en su mayor parte durante la estancia de Mallarmé en Avignon, entre los años 1867 y 1870; en tal caso sería contem­poráneo de Herodiada (v.) y muy anterior a La siesta de un fauno (v.), que data de 1876. Se trata, pues, de una obra de ju­ventud, pero con todo señala ya la evolu­ción del poeta y aparece como boceto de Un golpe de dados jamás abolirá el azar la última obra importante de Mallarmé. Por otra parte, no se sabría comprender una, sin tener conocimiento de la otra; los evidentes lazos que las unen prueban claramente que el autor tuvo un sólo propósito a lo largo de su vida: aquí, vencer la Nada; allí, su­primir el Azar, esa otra forma de la Nada. En una y otra tentativa aparece el mismo orgullo, la misma resolución, ora plena de aliento juvenil, ora señalada por el signo de la desesperación más cruel. «Este cuento va dirigido a la Inteligencia del lector, y ella misma cuidará de poner en escena las situaciones y las cosas», nos advierte Ma­llarmé: hasta tal punto Igitur es un ente abstracto.

La obra, sin embargo, no está absolutamente despojada de ornamentación; dividida en cuatro «partes», tituladas, res­pectivamente, «Le minuit», «L’escalier», «Le coup de dés» y «Le sommeil sur les cendres, après la bougie soufflée», es fácil reconocer en esta ornamentación retórica gran canti­dad de material característico del «fin de siglo» que, ante la imposibilidad de situar la obra con precisión en el tiempo, la clasi­fica dentro de una línea estética determi­nada: se ven en ella «los muebles retorcer sus quimeras en el vacío» y allí se descubre en la penumbra «entre los tapices saturados y entorpecidos» la «complejidad marina y estelar de una joyería», cosas todas que recuerdan vivamente el mobiliario que nos muestran las fotografías del poeta tomadas algunos años más tarde en su departamento de la «rue de Rome». Igitur no deja de ser por ello un ente abstracto, pero es también el que «desciende por la escala del espíritu humano y marcha hasta el fondo de las co­sas». Fruto de un replegarse del poeta sobre sí mismo, esta obra representa la primera gran tentativa de Mallarmé para escapar al monstruo de la Impotencia, que fue su com­pañero de toda la vida.

Héroe de lo temporal, prisionero de la contingencia, Igitur, antes de su retorno a la Nada, intenta dar a los suyos, al dilatado linaje de aquellos que le engendraron, la prueba de que tuvieron ra­zón en desafiar al destino. Es verdad que era una locura por su parte, pero esta locura, «suprema encarnación de su raza», es recogi­da por el poeta, quien la lleva hasta aquel acto último, la jugada de dados, en el que el Azar es como absorbido y devuelto repen­tinamente al Infinito, que debe forzosamente existir en algún lugar. Bajo el punto de vista literario, Igitur es una de las obras más interesantes de Mallarmé. Escrito en una prosa densa y apretada, este cuento — que no llegó a conocer su forma defini­tiva— prueba la preocupación estilística del poeta. Se asiste aquí a la elaboración de esa particular manera de escribir, que pretende crear en el lector un efecto de «música in­terior». Por la voluntaria repetición de pa­labras, o el empleo deliberado de sílabas que se corresponden de una frase a otra como un eco sordo y prolongado, Mallarmé se esfuerza en crear un lenguaje en el que cuenta menos el sentimiento y la música que el acorde misteriosamente buscado. A pesar de las diferencias existentes en las conclu­siones entre Igitur y Golpe de dados, escrito veintiocho años más tarde, es notable, como hizo ver Claudel («N. R. F.», número del 1. ° de noviembre de 1926), que la carrera de este moderno príncipe de Elsinor no llegara a su término hasta que hubo repetido el gesto fatal de Igitur, ese golpe de dados lanzados a la noche.