Las Ilusiones Perdidas, Honoré de Balzac

[Les ilu­siones perdues]. Título general de una de las más importantes obras narrativas de Honoré de Balzac (1799-1850), que forma parte de la segunda sección del ciclo de La Co­media Humana (cfr. «Escenas de la vida de la provincia» II) y consta de tres relatos enlazados con los títulos respectivos de Los dos poetas [Les deux poètes, 1837], Un gran hombre de provincia en París [Un grand homme de province à Paris, 1839] y Los su­frimientos del inventor [Les suoffrances de l’inventeur, 1843].

En el primero la acción se desenvuelve en Angulema, en tiempos de la Restauración. David Séchard, hijo de Ni­colás, curiosa figura de impresor, muy as­tuto, analfabeto y borrachín, es un discípulo de Didot que ha estudiado en París y tiene el talento y la inclinación de un hombre de ciencia. Él y su amigo Luciano Chardon, joven distinguido, de inclinaciones litera­rias, apuesto, resuelto y audaz se consue­lan de la miseria presente soñando, cada cual a su manera, un gran porvenir. El pa­dre de David deja la imprenta a su hijo en condiciones tan onerosas que lo abocan infaliblemente a la ruina; pero afronta va­lientemente la situación, se casa con la be­llísima Eva Chardon, hermana de Luciano, y se sumerge en pacientes estudios dirigidos a la investigación de un nuevo procedi­miento para la fabricación del papel, que revolucionará la industria moderna. Lucia­no, por su parte, halla una protectora de sus precoces talentos de novelista y de poeta en una dama de la alta nobleza, Anais de Bargeton, la cual le abre su salón y se inte­resa por él con una pasioncilla que embria­ga al ambicioso joven. Poco después Anais de Bargeton logra liberarse de su viejo es­poso y huye con su pequeño poeta a París. Las primeras experiencias de Luciano en París constituyen el argumento de Un gran hombre de provincias en París. Mientras la aristócrata se inicia en la vida elegante de París y se desprende del joven, éste, loco de dolor y sin recursos, vive primero de los subsidios de su cuñado David, e intenta colocar en vano una novela suya; pero se hace fuerte contra la desventura con la amistad y los consejos del austero joven filósofo D’Arthe, y de un cenáculo de puros y ardientes doctrinarios reunido a su alre­dedor, pero pronto se cansa de aquella vida demasiado austera; la amistad de Étienne Lousteau (v. La Musa del Departamento) lo introduce en el ambiente de los perio­distas, donde sus brillantes cualidades le deparan inmediatos éxitos.

Luciano ama y es amado por una deliciosa actriz, Coralia; las fáciles ganancias y el ambiente le arras­tran a una vida excesivamente lujosa, las necesidades y las ambiciones lo impelen de la literatura a la política y lo inducen a pasar del campo de los liberales al partido realista, pero al llegar a este punto, atacado por sus antiguos amigos y mal sostenido por los nuevos, sufre una serie de reveses, y a su completa ruina pecuniaria se une la muerte de Coralia, de manera que, enfermo y desgraciado, debe refugiarse de nuevo en Angulema para pedir ayuda a su cuñado y a su hermana. Al llegar allí halla a David Séchard en angustiosa situación (Los pade­cimientos del inventor); el impresor está ya seguro de su invento pero, mientras tanto, dos de sus colegas, los hermanos Cointet, en una competencia ruinosa, han conseguido quitarle trabajo a su establecimiento y enredarlo en un peligroso círculo de deudas. De este modo acaba por ser detenido y procesado precisamente por una impruden­cia de su cuñado; Luciano no puede resistir a esta última desventura y huye, resuelto a suicidarse, pero es salvado del suicidio por una extraña figura de aventurero, Carlos Herrera, que se presenta con hábito de clé­rigo y diplomático español, y le promete conducirle a triunfar nuevamente de aquel mundo que lo ha traicionado y rechazado, por medio de sus consejos, ofreciéndole los diabólicos consuelos de una cruel y despreo­cupada filosofía, además de una cantidad de dinero, a cambio de un curioso y oscuro pacto de alianza… En el ínterin, David Séchard ha conseguido ponerse de acuerdo con sus acreedores y combinar un pacto con los hermanos Cointet, que se asocian con él para sacar provecho de su invención. El ingenuo hombre de ciencia ha conseguido de este modo la serenidad y un plácido bienestar. Luciano, en cambio, se dispone a volver a París para reanudar la lucha.

Esta novela es, sin duda, una de las más notables de Balzac; extraordinariamente viva e inte­resante, rica en brillantes paradojas, frases incisivas y sugestivas escenas en algunas partes (casi todo el ambiente parisiense en que se desarrollan las aventuras de Lucia­no), alcanza el máximo de fuerza en el re­trato del anciano padre de David, en las escenas de amor de David y Eva Chardon y, sobre todo, en la figura de Luciano Chardon (v.),una de las creaciones del gran no­velista mejor logradas. Únicamente el gusto por las intrigas tenebrosas y complicadas, con fondo judicial, dan pesadez a toda la última parte, en que, hasta el estilo de la obra, ágil, rápido y pintoresco, se carga de excesivas minucias y se empaña.

M. Bonfantini

Balzac, grande, terrible y robusto, repre­senta el monstruo de una civilización con •todas sus ambiciones y furores. (Baudelaire)

La diferencia entre un libro como La ta­berna de Zola y Las ilusiones perdidas de Balzac, es la que media entre realismo sin imaginación y realidad imaginativa. (Wilde)

La Ilusión Heroica de Tito Bassi, Henri de Régnier

[L’illusion héroique de Tito Bassi]. Novela del escritor francés Henri de Régnier (1864- 1936), publicada en 1916. Lleno de admira­ción por Italia y en particular por Vicenza, el escritor imagina la existencia de un po­bre diablo, Tito Bassi, que cuenta su mísero destino en un manuscrito que finge haber sido compuesto en 1773.

Hijo de un modesto zapatero y de una vendedora de ropa blanca, el muchacho crece tímido y solitario: absorto en la extática admiración de las grandes cosas contempla la obra de Paladio, la Basílica y el Templo Olímpico, y fantasea poder cumplir un día sus solem­nes empresas. Muertos sus padres, Tito es socorrido por los condes de Vallarciero, y convertido en huésped de un rico y singu­lar señor, Alvise Alvenigo, desterrado de Venecia por un desafío. Éste manda vestirlo a la antigua, y en su villa le educa en la recitación y el texto teatral; después lo hace protagonista de uno de sus dramas sobre César. La primera representación en el Tea­tro Olímpico es interrumpida por la tur­bación de Tito y los silbidos del público; en cambio, un empresario teatral hace del muchacho un personaje ridículo, un Scarabellino (o Sganarello), un cualquiera que recibe los palos de Arlequín, Briguella y Pantalón. Así comienza a decaer la ilusión heroica de Tito Bassi. Recorre con la com­pañía toda Italia, bastante aplaudido por el contraste que muestra, entre los golpes y su amor propio, con muecas verdaderamente cómicas; en Verona una dama desconocida, llena de admiración le da citas secretas has­ta que le hace saber que, fuera de la es­cena, el amor de un bufón no ofrece nin­guna diversión particular. En Bolonia, la hija de un hostelero, Pierina, se enamora del desgraciado y huye con él.

Pronto la vida del teatro vuelve a apoderarse de Tito, con harto disgusto suyo, pues teniendo la posibilidad de heredar por parte del conde en cuanto dejase su incierto oficio, querría entregarse a una nueva vida. La frívola y procaz Pierina lo vuelve loco de celos, y un día, en Vicenza, exasperado por un bilete amoroso, apuñala a aquella mujer. Es encarcelado, y está a punto de ser ajusti­ciado; el podestá, que es el propio Alve­nigo, ahora su implacable enemigo, no con­cede al indulto. Llega así el momento de mostrar en el cadalso su propio heroísmo ante la muchedumbre muda de espanto. Pero no tarda en reconocer en el verdugo a Pie­rina en persona, burlona y sonriente, y en la gran risotada del podestá, como de cos­tumbre extravagante y caprichosa, com­prende el origen de la nueva farsa. Hasta frente a la muerte no ha podido ser más que un mísero bufón, sin dignidad ni con­ciencia de grandeza. La novela, escrita con viva comprensión de los ambientes teatra­les, es también un pretexto para hablar de las obras de arte vicentinas y de la vida del siglo XVIII italiano; y por esto nos ofrece una garbosa serie de cuadritos, en que el contraste humorístico del personaje y de sus ideales está velado por una melancolía digna de un romántico «Pierrot».

C. Cordié

Ilíada, Homero

Poema en veinticuatro cantos atribuidos a Homero (siglos IX-VIII a. de C.). Basta la palabra Ilíada para que acudan a la mente personajes y hazañas extraordinarias o, para decirlo con mejor precisión, «heroicas»; y todo el mundo está de acuerdo en que lo «heroico» es el acento fundamental de este poema. Sólo que, al decir «heroico» no podemos contentarnos con la acostumbrada acepción que define este concepto como algo superior, pero de una superioridad particular, ni ciertamente pensaría nadie en llamar heroico a quien comiera espaldas de buey o bebiera odres de vino. En Homero, incluso esto es heroi­co. En la Ilíada es heroico lo que es supe­rior al nivel común: superior en todo, en el bien y en el mal, en la gallardía del alma y en la del cuerpo, en las armas, los carros, los caballos, en el hablar, el gritar, el callar, en la ferocidad y en la generosidad, en la voluntad y en los caprichos, e incluso en aquello que se abate desde fuera sobre el héroe: la muerte, la naturaleza, el destino, como si estas fuerzas se heroicizaran a sí mismas, y rebasaran las normas para hacer aún más heroico al héroe. Piénsese también en la grandeza física, la monumentalidad, por así decirlo, de estos héroes homéricos: en Ayax, cuando defiende el campamento aqueo del ímpetu triunfante de Héctor (v.); en Aquiles (v.), cuando combate con las ondas vertiginosas del Escamandro y del Simois. Piénsese en las armas: en el escudo de Ayax (v.), hecho de siete pieles de buey, que parecía torre o escollo; en la lanza de Aquiles, en la famosa asta pelíaca que ni siquiera Patroclo (v.) sabía manejar y que fue la única cosa que no pudo llevar consigo cuando con las armas de Aquiles entró en la batalla. Hay más: estas gran­dezas descomunales, este heroísmo, no son mirados y descritos con aquellos ojos estu­pefactos y aquella sonrisa de asombro que son la manera habitual de narrar de los autores de poemas caballerescos. Aquí el poeta no sabe que cuenta cosas maravillo­sas, porque no tiene punto de referencia a qué compararlas; él mismo se halla dentro de aquel mundo de maravilla, que es su mundo natural, y no ve otra cosa, y lo que ve y describe y narra es su pura y simple realidad. No relata desde abajo cosas eleva­das; no mira hacia arriba, como si midiera la distancia; ni siquiera nosotros, al leerlo, miramos tampoco hacia arriba, porque tam­bién nosotros somos transportados por la poesía a este mundo en que precisamente lo desmesurado, lo extraordinario, lo mara­villoso, lo heroico, son sentidos como natu­raleza y como normalidad.

Intentad ahora proyectar en esta pantalla, esto es, en la luz de este aire, algunos de los más celebrados episodios de la Ilíada. En el primer canto, el capricho o despecho de Aquiles que no quiere combatir más porque le han arreba­tado a Briseida (v.) es la terrible cólera que ha de ser desastrosa para todo el ejército aqueo. En los cantos del XVII al XXIII, cuando Héctor ha dado muerte a Patroclo, la cólera vengadora de Aquiles tiene ímpetus de fiera: matanzas de enemigos, los ríos de Troya rutilantes de sangre, ruina y destrucción incluso de los mismos cadáveres, el cadáver de Héctor atado por los pies al carro del matador y arrastrado varias veces con la cabeza en el polvo alrededor de la tumba de Patroclo. Y después, de súbito, brota la compasión. Frente a Príamo (v.), que le recuerda a Pe­leo (v.), Aquiles llora y devuelve al padre el cadáver de su hijo. Canto sexto, despe­dida de Héctor y Andrómaca (v.): incluso la gentileza de la esposa y madre, y la son­risa del hijito Astianax (v.), se subliman y transfiguran en un cielo de melancolía dolorosa y amorosa a la que nadie pensaría que dan el tono y el canto las propias pala­bras precedentes de Glauco a Diomedes (v.) — «Somos como las hojas», etc.—.La Ilíada no relata, como parece desprenderse del título, la guerra de Ilion, sino sólo un epi­sodio de ella, la cólera de Aquiles. Y su acción se desarrolla en un tiempo brevísimo, exactamente en cincuenta y un días. En verdad las cóleras son dos y no una; y el paso de la una a la otra divide el poema en dos partes: en la primera Aqui­les decide no combatir más; en la segunda se arroja de nuevo al combate. Estamos en el último de los diez años que duró la gue­rra. Una terrible peste invade el campa­mento aqueo. Es el dios Apolo (v.) quien, bajando del Olimpo, parecido a la noche, con sus dardos invisibles y mortales hiere a hombres y brutos. El dios venga a su sacerdote Crises, a quien el jefe supremo del ejército aliado, Agamenón, (v.), no ha querido restituir su hija Criseida. Y enton­ces Agamenón la devuelve, pero quiere una compensación, y se apodera de Briseida, la esclava de Aquiles. De ahí nace la ira de éste, que se retira a orillas del mar, en su tienda, y se niega a seguir luchando. El ejército aqueo estaba constituido por nume­rosas mesnadas venidas cada una con su jefe de las distintas regiones de la Grecia continental y de las islas, en conjunto unos ciento veinte mil hombres. Naturalmente, como no combate Aquiles, no combaten tam­poco sus soldados, los mirmidones, tesaliotas tortísimos, venidos a Tesalia, con Peleo, desde la isla de Egina.

Las grandes batallas de la Ilíada son cuatro: la primera ocurre el día veintidós, y ocupa los cantos III-VII (el primero es el planteamiento del poema, mientras en el segundo se pasa revista a los dos ejércitos). Después de la promesa de Zeus a la madre de Aquiles, Tetis (v.), de que Aquiles será vengado con una grave derrota de los aqueos, sería natural que esperáramos esta derrota. Pero los aqueos no son derrotados, aunque tampoco resultan vencedores; de hecho, la preocupación de la derrota está en el aire de toda la batalla, a pesar del valor de Diomedes (canto quin­to); tanto es así que, terminada la batalla, y solicitada una tregua para enterrar a los muertos, los aqueos construyen un muro y un foso para protección de sus naves. ¿Por qué precisamente tienen que construir este muro y esta fosa en el último año de la guerra y no antes? Porque ahora no está Aquiles; mientras él estuvo presente y com­batió, nadie pensó jamás en la necesidad de murallas de defensa. La segunda batalla tiene efecto el día veinticinco (canto octa­vo). Tampoco en ésta los aqueos son derro­tados; pero tampoco resultan vencedores; y tanto persiste y se acentúa la preocupación de la derrota, que el mismo Agamenón pro­pone enviar una embajada a Aquiles, con presentes, excusas y promesas, para que desista de su ira y vuelva a la lucha. La embajada llena el bellísimo canto noveno. La verdadera y estrepitosa derrota tiene efecto en la tercera batalla, el día 26, que ocupa una tercera parte de la totalidad del poema, desde el canto XI al XVIII. Empe­zando por Agamenón, todos los mejores gue­rreros aqueos dan grandes pruebas de valor: pero Agamenón es herido, Ulises es herido, Diomedes es herido. Héctor ha hundido las puertas del muro defensivo; detrás de él se arrojan furiosos los troyanos, salvan el foso y llegan junto a las naves de los aqueos; en éstas, saltando de una a otra, enorme, férreo, detrás de la protección de su inven­cible escudo, Ayax intenta rechazar el asalto. Pero ni Ayax lo logra. La nave de Protesilao es incendiada. Desde un ángulo del campamento, Aquiles ve el resplandor del incendio. Pero Aquiles, en su tienda o junto a la orilla del mar, ya no es indife­rente a lo que sucede a su alrededor.

En un determinado momento ve a Néstor que pasa junto a él en su carro para salvar a un herido. Y le asalta la curiosidad de saber quién es. Y envía a Patroclo a enterarse. La ira de Aquiles está a punto de ceder. Esta­mos en la mitad del canto undécimo, en la mitad-del poema. Patroclo va y regresa. Pide a Aquiles que por lo menos le permita ves­tir sus armas y participar en la batalla. Aquiles consiente. Ésta de Patroclo es la se­gunda gran invención de la Ilíada. Si no combate todavía Aquiles, combate Patroclo, su fraternal amigo; y combaten con Patro­clo los mirmidones, los soldados de Aquiles. Patroclo entra en batalla y se encuentra con Héctor, que le da muerte. Héctor, en el ímpetu glorioso de la victoria, despoja a Patroclo de sus armas y se reviste él de las armas de Aquiles. En seguida prevemos el nuevo y más fiero dolor de Aquiles: la nueva y más terrible cólera, que ahora borra y sustituye la primera. Aquiles vuelve a la batalla. Vuelve, primero, a pesar de ir sin armas, mientras que Hefesto (v.), rápida­mente, le fabrica otras nuevas. Se yergue en un ribazo y profiere un triple grito, e in­cluso a los caballos enemigos se les erizan de terror las largas crines, y huyen hacia Troya, arrastrando consigo en desorden ca­rros y hombres armados. Y llegamos a la cuarta y última batalla, en el día 27. Una vez en posesión de las nuevas armas y reuni­dos los mirmidones, Aquiles se arroja co­rriendo por entre las filas enemigas, buscando únicamente a Héctor, y derribando y matando a todo aquel que le sale al paso. Los cantos veinte y veintiuno rebosan de este furor de Aquiles. Los troyanos han huido a refugiarse detrás de las murallas. Sólo Héctor queda fuera. Y frente a él, por fin, Aquiles. Miran los troyanos desde los muros; miran los aqueos desde el campa­mento, alineados e inmóviles como una mu­ralla de bronce. Aquiles mata a Héctor.

El canto XXIII celebra los funerales de Patroclo; el último, los funerales de Héctor. El poema termina con este acto de misericordia, en un sentimiento de universal piedad e infelicidad. Creo que bastan estos breves rasgos para disipar toda duda sobre la autenticidad completa de este gran bloque de poesía. La atribución a un poeta llamado Homero (siglos IX-VIII a. de C.) tiene ahora una antigüedad de casi tres milenios, pues se remonta por lo menos al siglo VII a. de C., y todos los motivos que se han buscado para rechazarla más saben a artificioso re­gateo que a razonadas conclusiones. Incluso la división en veinticuatro cantos, que indu­dablemente data, tal como ha llegado hasta hoy, de la época dé los gramáticos alejan­drinos, probablemente no fue más que una restauración de divisiones rapsódicas mucho más antiguas, si no todas, por lo menos las de los cantos más caracterizados y de tono más destacado, debidas al poeta mismo. Y cuando Aristóteles, en la Poética (v.), alabó a Homero por haber sabido elegir en­tre el numeroso material mítico o mítico- histórico de la guerra de Troya un episodio particular y de haber hecho de él el centro vital de su poema, no sólo enunció, como corolario de su afirmación de que la poesía no es historia, una fecundísima verdad teó­rica, sino también una verdad de hecho, iluminando y declarando la primera y más noble revelación poética del mundo occi­dental, que fue una poesía grandiosa pre­cisamente por el sentido instintivo que el poeta tuvo del límite, de la mesura y de la perfección definitiva, que son los cánones más evidentes de lo que desde hace siglos solemos reconocer en la poesía llamada clá­sica.

M. Valgimigli

Homero es el mayor de los poetas y el primero de los compositores de tragedias. (Platón)

Nadie le podrá superar por sublimidad en las cosas grandes, ni por propiedad en las pequeñas. Es vasto y, al mismo tiempo, condensado, gracioso y grave, admirable lo mismo por su abundancia que por su bre­vedad, y además de las que convienen al poeta, posee las dotes más eminentes de un orador. (Quintiliano)

Si una inteligencia superior quisiera in­formar a los habitantes del cielo sobre los acontecimientos de los hombres y darles una imagen exacta, usaría el lenguaje de Homero. (Joubert)

Todo se ha perfeccionado desde Homero acá, menos la poesía. (Leopardi)

En la Ilíada, Homero ha conferido a la ordenación de la vida terrestre y espiritual del mundo antiguo una estructura tan ro­busta como la dio Cristo al mundo moderno. (Dostoievski)

La influencia de Homero no está de nin­gún modo limitada, por lo menos en lo que a la poesía se refiere, al «epos» heroico. (G. Pasquali)

*   No menor fortuna que la Odisea (v.) tuvo entre los romanos la Ilíada, que fue a menu­do traducida al latín. Las primeras versiones de que se tienen noticias son las de dos poetas anteriores al movimiento «neotérico»: Gneo Mazio, el autor de Mimiambos (v.) y Ninio Craso, compuestas en los primeros de­cenios del siglo I, cuando ya la técnica de la versificación en hexámetros estaba a punto de abandonar las durezas ennianas y orientarse hacia las exquisiteces de la métrica romana madura. Accio Labeón, en la primera mitad del siglo I d. de C., quiso seguir un método más filológico y tradujo el poema palabra por palabra, siguiendo más el orden de los vocablos que su sentido. El desprecio con que su tentativa fue acogida es atesti­guado por Persio en la primera de sus Sáti­ras. En cambio fue mucho mejor recibida la traducción de Polibio, un liberto de Clau­dio, que, parafraseando libremente, tradujo Homero al latín y Virgilio al griego, dando pruebas de su dominio de ambas lenguas y de un sentido de la épica clásica tan vivo que mereció los elogios de su amigo Séneca. Pero aun así, el problema de verter al latín la llíada, por lo menos como había hecho Andrónico con la Odisea, quedaba todavía por resolver. Y aunque esta horrible y ar­caica traducción se enseñaba todavía a pal­metazos en las escuelas, seguía sin haber ninguna que didácticamente se prestase a iniciar a los jóvenes romanos en el conoci­miento del mundo de la llíada, indudable­mente más solemne y grandioso que el de Ulises. En la segunda mitad del siglo I d. de C., la escuela romana tuvo lo que espe­raba: la llíada latina [Ilias latina].

El autor de la versión, atribuida por algunos a Silio Itálico, es todavía desconocido, y todos los intentos que se han hecho por descubrir su identidad han sido vanos. En realidad, no es un gran mal el ignorar el nombre de ese hombre, que fue casi con seguridad un maestro de escuela, versificador modesto, que no se planteó problemas de filología ni de forma, sino que, una vez iniciado su tra­bajo con un criterio de epítome, al cabo de 500 hexámetros sintió que le faltaba aliento y decidió terminar la obra aunque fuera a despecho de su estructura. Había ya com­pendiado los cinco primeros libros, cuando la- prisa le impuso condensar los restantes diecinueve en un número casi igual de ver­sos. Con todo, a pesar de su ansia de ser breve, no resistió a la tentación de introdu­cir interpolaciones que tal vez leyó en alguna edición hecha por los griegos para uso de los romanos, como por ejemplo una digresión sobre la descendencia de Eneas, evidente homenaje no tanto a la familia Julia como a la nobleza del pueblo albano- romano. A pesar de sus defectos, la obra fue del gusto de los profesores de gramá­tica, así como de los profesores de literatura poética, los cuales, encontrando aquí y allá hemistiquios, vocablos, expresiones o cons­trucciones ora virgilianas ora ovidianas, es­tuvieron encantados de proponer a los jóve­nes el estudio de este breve resumen poético de la Ilíada, que, en las dimensiones de unos dos cantos homéricos, compilaba todo el poema. Estos méritos eminentemente esco­lares hicieron que esta obra fuera todavía más apreciada en la Edad Media.

F. Della Corte

*   El Renacimiento humanístico favoreció las primeras grandes traducciones de los poemas de Homero, En el siglo XV, en Italia, tradujeron, entre otros, algunos cantos aislados de la Ilíada, de Leonardo Bruni, Carlo Marsuppini, Niccolo della Valle, Lorenzo Valla, Francesco Aretino y Agnolo Poliziano (1454-1494), que dio una admirable versión en hexámetros de tres cantos. En el siglo siguiente, Andrea Divo di Capodistria tradujo el poema al latín. Una traducción íntegra al italiano fue llevada a cabo en el siglo siguiente por Anton Maria Salvini (1653-1729), y una parcial por Scipione Maffei (1675-1755)-

*   En Inglaterra tenemos que citar, en el Renacimiento, la traducción de George Chapman (1559-1634): la primera parte, Siete libros de la Ilíada de Homero, príncipe de los poetas [Seven books of the Iliades of Homer, Prince of Poets], fue publicada en 1598, y la obra completa en 1609. El poeta traduce en versos de catorce sílabas, logrando así conservar los más posible la cadencia de los hexámetros griegos. La traducción de Chapman, aunque quedó olvidada después de la de Pope y no volvió a ser tenida en consideración hasta muchos años más tarde, figura entre las obras maestras de la literatura inglesa: la extraordinaria riqueza verbal del docto poeta, que en la generosa abundancia y en la audacia propia de la época halla con facilidad la feliz traducción de los ricos adjetivos homéricos, compensa de sobra los no escasos errores de interpre­tación que contiene. A la popularidad de esta traducción contribuyó un famoso soneto de Keats «Al ver por vez primera el Homero de Chapman» [«On first looking into Chapman’s Homer»]. Mientras Dryden (1631-1700) no llevó a cabo la obra felizmente iniciada con la traducción de los primeros cantos de la Ilíada, hacia 1674 apareció la cuidada ver­sión de Thomas Hobbes (1588- 1679).

 L. Krasnick

*   Justamente célebre es también la versión de Alexander Pope (1688-1744), Iliad, publi­cada desde 1715 a 1720. Esta versión, escrita en dísticos heroicos, tiene gran cuidado en atenuar o ennoblecer los aspectos rústicos de Homero, subrayando los heroicos y ex­tendiendo a todo el poema un colorido uni­forme de heroica grandiosidad. Esta versión tuvo inmensa fortuna, puso a Pope a la cabeza de los literatos de la época y le procuró notables ventajas materiales; que una versión de Homero pudiera tener tanto éxito se comprenderá mejor si se piensa que Homero ocupaba una posición decisiva en el conflicto entre los «antiguos» y «modernos», la famosa «querella» que de Francia había pasado a Inglaterra. Homero era considerado como el tipo de la grandeza simple y severa de la edad primitiva; en Francia, Madame Dacier, traductora en prosa de Homero, encontraba paralelos entre él y la Biblia, y proclamaba sacrosantos todos los pasajes homéricos; otros, en cambio, no vacilaban en adaptar Homero a los gustos de la época, como hizo sobre todo el traductor Houdart de la Motte. Pope, aunque se declaró par­tidario de Madame Dacier, siguió un camino intermedio. Muchos de los que a nosotros nos parecen anacronismos de colorido y de entonación en la versión de Pope se encuen­tran también en la de Monti. También éste, que, como Pope, tuvo principalmente pre­sente la obra de los traductores precedentes, recrea Homero a imagen de una «homericidad» ideal de gusto dieciochesco; la simplicidad de Homero se pierde bajo la retó­rica heroica, y lo que en Homero es com­plejidad primitiva es simplificado según la imagen de la «bella naturaleza» de impronta también dieciochesca. En Pope la narración tiende a desmenuzarse en argucias epigra­máticas en parte provocadas por el carácter del verso — el dístico heroico —, mientras en Monti encontramos no ya artificiosas rotu­ras de la armonía, sino movimientos me­lodramáticos que, en los mejores casos, ha­cen pensar en el solemne gesto teatral de los antiguos héroes pintados por Louis David (1748-1825). Ambas versiones pueden definirse como elegantes reducciones de Homero al gusto de la época respectiva.

 M. Praz

*   En el siglo XVIII florecieron en alemania, juntamente con los estudios homéricos, las traducciones de los poemas; tradujeron la Ilíada al alemán Leopold Stolberg (1750- 1814), Johannes Bodmer (1698-1783) y Heinrich Voss (1751-1826); esta última versión, fiel y escolástica, tuvo gran éxito.

*   Merece también mención, entre las mu­chas traducciones que se hicieron en toda Europa, la de Leconte de Lisie (1818-1894), publicada en 1850, bella por la pura elegancia de sus versos, aunque su frialdad perju­dica el épico vigor de la poesía homérica.

*   En Italia, después de la libre versión de Melchiorre Cesarotti (1730-1808), publicada en 1786, apareció la de Vincenzo Monti (1754-1828), la más importante y celebrada de todas las Ilíadas traducidas. Terminada en el curso de un año, después de experi­mentos parciales que remontan al período romano, fue publicada por primera vez en 1810 y luego, con sucesivos retoques y per­feccionamientos, en 1812, 1820 y 1825, si­guiendo las indicaciones de eminentes hele­nistas como Mustoxidi y E. Q. Visconti. Consta de 20.283 endecasílabos, frente a los 15.693 hexámetros del original, y todavía hoy sigue siendo la versión príncipe y la más bella en sí, en su género, de todas las tra­ducciones italianas de una obra clásica. El poeta mismo tenía conciencia de haber lo­grado una obra maestra, como lo confirman sus cartas y la dedicatoria al virrey de Ita­lia. El éxito fue en seguida muy grande, y grandes también las alabanzas, incluso de su rival Fóscolo; el airado epigrama que éste lanzó luego contra Monti — el «gran traductor de los traductores de Homero» — se estrelló ante las alabanzas y cayó en el vacío. La razón de aquel éxito no procedía de la filología, ni de la erudición, ni del mayor o menor conocimiento del griego an­tiguo — y por esto son vanas las críticas de los detractores —, sino del feliz encuentro por parte de un poeta o artista de la calidad de Monti con la poesía de Homero. En el clima del neoclasicismo y de la época en que vivió, la Ilíada se le ofreció espontánea­mente, como un pretexto al ejercicio de su arte dúctil y vario, suntuoso y rico en co­lores, sonidos y armonías. También esta tra­ducción debe reducirse a la fórmula leopardiana del poeta de oído e imaginación, o sea a la de Croce, del poeta de la literatura y de poesía sobre la poesía, o aun, como decía el propio Monti, al «vestir», no traducir: «Del cantor che di belle itale note, /Vestí l’ira dAchille». Atraído por el encanto de la belleza y perenne humanidad de aquel mun­do, supo reavivarlo en sus colores, hacer sobresalir en relieve su dibujo y elevando el tono en una nota, liberar su escondido liris­mo. Como un Homero que escribiera en italiano, aunque conservando, con auxilio de su lenguaje poético, noble y literario, una especie de pátina antigua. Si a veces se añade suntuosidad y elocuencia, otras se simplifica y reduce. Los pocos defectos que hay quedan anulados por la armonía del todo; el elevado espíritu heroico dramático, propio del poema, no es nunca traicionado, y la impresión que produce en el lector mo­derno probablemente equivale a la que en su día causara al hombre de las civilizacio­nes griega y romana.

 T. Momigliano

*   Hay que recordar también entre las ver­siones más valiosas de la Ilíada los dos frag­mentos magistralmente traducidos entre 1807 y 1821, por Ugo Foscolo (1778-1827).

*    El publicista y poeta americano William Cullen Bryant (1794-1878) publicó, en 1870, la traducción íntegra de la Ilíada, a la que siguió, en 1872, la de la Odisea.• Dignas y bellas a veces (es notable el hecho de que el poeta no se había dedicado nunca parti­cularmente al estudio del griego antiguo hasta que en 1866 inició su versión), estas dos traducciones no alcanzaron jamás, ni siquiera en los Estados Unidos, la populari­dad de las de Chapman o Pope, a pesar de’ ser las únicas traducciones íntegras de los poemas homéricos publicadas hasta ahora en América. Ello se debe a que Bryant, por temperamento, era muy poco apto a identificarse con la vigorosa y rica fantasía del gran poeta griego.

 L. Krasnick

*   Numerosas son también las traducciones modernas italianas; entre las mejores hay que citar las en prosa de N. Festa, Palermo, 1917-1920, y E. Romagnoli, Bolonia, 1924. [La primera traducción al castellano de la Ilíada es la versión indirecta y fragmentaria del gran poeta cordobés Juan de Mena (1411-1456) que lleva por título La Ylíada en romance (Valladolid, 1519) y que no es más que una artificiosa versión en prosa de la Illas latina, resumen de la epopeya homé­rica en 1070 hexámetros latinos, muy difun­dido en la Edad Media. Hay referencias poco concretas de otra traducción del poema ho­mérico por Cristóbal de Mesa (1561-1633). Posteriormente no aparece ninguna tra­ducción castellana de la Ilíada hasta el si­glo XVIII, en que ve la luz la mediocre tra­ducción en verso endecasílabo de Ignacio García Malo (Madrid, 1788), que quedó definitivamente eclipsada en la primera mi­tad del siglo XIX por la magnífica traduc­ción en verso de José Gómez de Hermosilla (Madrid, 1831), elogiada por Valera y Menéndez Pelayo como superior a la traduc­ción inglesa de Pope y comparable a la alemana de Voss, a la italiana de Monti y a la francesa de Leconte de Lisie. Reim­presa ininterrumpidamente desde 1874 a 1924, a lo largo de medio siglo ha sido des­plazada modernamente por la fidelísima y aplicada versión en prosa del docto hele­nista don Luis Segalá Estalella (Barcelona, 1908), incluida posteriormente en el volu­men de Obras completas de Homero tra­ducidas por él (Barcelona, 1927). La versión más reciente es la publicada en verso por el poeta Fernando Gutiérrez en Barcelona en el año 1953)].

Las Iluminaciones, Arthur Rimbaud

[Les Illuminations]. Colección de poemas en prosa de Arthur Rimbaud (1854-1891), publicados por primera vez en el número correspondiente a los meses de mayo-junio de 1886 de «La Vogue» y en folleto, el mismo año (noticia de Paul Verlaine), bajo el título Las ilumi­naciones, edición hecha a cuidado del autor, que se encontraba entonces en Abisinia. Esta primera edición no estaba completamente de acuerdo con el manuscrito origi­nal; las omisiones, errores tipográficos y faltas de lectura, reproducidas en ediciones sucesivas (en particular en la de 1892, Vanier), alteran incluso el sentido de la obra. Contrariamente a la afirmación de Verlaine en su noticia: «El libro que ofrecemos al público fue escrito entre 1873 y 1875…» (y, por consiguiente, sería posterior a Una temporada en el Infierno (v.), fechada en 1873), Las Iluminaciones fueron probable­mente compuestas en 1872 y los primeros meses de 1873. Siempre según Verlaine, el título debe ser de Rimbaud y procede de la misma palabra inglesa que significa «gra­bados coloreados» («Painted plátes»).

El manuscrito autógrafo, incompleto en su ori­gen, comprende un total de cuarenta y cua­tro «iluminaciones»; el músico Charles de Sivry, cuñado de Verlaine, lo conservó has­ta 1886, lo confió después a Louis le Cardonnel, quien a su vez lo remitió a Gustave Kahn, director entonces de «La Vogue». Desde principios de 1871 Rimbaud ensayaba el poema en prosa (animado según parece por la lectura de Baudelaire), escribiendo los primeros de una serie titulada Los de­siertos del amor. Fue probablemente en el primer semestre de 1872 cuando compuso La caza espiritual, manuscrito que sólo conoce­mos por la referencia que de él da Verlaine en una carta a Charles de Sivry, en agosto de 1878 y que se ha querido confundir con Las Iluminaciones. Síntesis de la obra rimbaudiana, Las Iluminaciones han abierto nuevos horizontes a la literatura, pareciendo incluso facilitar el camino por adelantado e impulsar las tendencias que ellas impli­can. El fervor de este poeta de dieciocho años es semejante al de un buscador de oro en el instante de descubrir la vena del pre­ciado metal a la que ha consagrado su vida y que es la justificación de su existencia; y lo que más sorprende en esta obra, para mayor triunfo de la adolescencia, es su ful­gor e intensidad. No faltan en Las Ilumina­ciones las referencias a hechos personales; llegan incluso a constituir la materia esen­cial, integrada a las emociones «vividas» de la lectura y la ficción: relación en cierto modo de una poesía en acto en la que se encuentran los recuerdos de la infancia, las vicisitudes de su vida en París (él llegó a la capital un año antes de la llamada de Verlaine, llevando El Barco ebrio, v.), sus via­jes, sus rodeos solitarios, sus aspiraciones y sus tormentos anteriores, su reciente es­tancia en Inglaterra en compañía de Ver­laine; pero todo ello importa poco de hecho y no cabe duda que no fue la intención del poeta el hacer una confesión pública al estilo romántico, transportando simbólica­mente los lugares, los comparsas y el héroe; menos aún puede decirse que se trate de teatralizar.

Rimbaud sabe que es poeta (car­ta a Izambard, mayo de 1871), porque ha reconocido algo parecido a él, o acaso infe­rior, en los poetas consagrados, y por la revelación que tiene del valor y de la esen­cia misma de los límites de la poesía; con el fervor de los pioneros, quiere esforzarse en conseguir el fuego que hay en ella y no limitarse a alcanzar tan sólo los reflejos, quiere esforzarse en descubrirse y no en explotarse (cfr. Carta de un viajero). ¿Qué son Las Iluminaciones sino los ejercicios interiores prolongando los ejercicios sobre el natural de las Poesías (v.) y preludiando los ejercicios espirituales de Una temporada en el Infierno? Una sola intención anima el conjunto de estos poemas: pintar el universo entero. Rimbaud va a transformar la con­cepción todavía superficial de la introspec­ción, a intentar darse en la inmediatez y totalidad de una imagen del mundo y de sí mismo, encontrar lo esencial. De aquí la forma particular de su lenguaje, cuyos tér­minos se articulan sobre la coloración afec­tiva de que están cargados, sin perder, sin embargo, por ello su propia realidad, la cualidad concreta que ha suscitado esta coloración. Así nacen y se desarrollan estas aproximaciones inusitadas (de las que se hará un simple sistema formal) y este ritmo que no toma casi nada de la lógica de la descripción realista. Pues no se trata de transformar en «real» una visión, sino de acceder a la «visión» de la realidad, de ex­plorar hasta el principio (llegó incluso a hacer uso del alcohol y el haschich) los meandros de la imaginación más allá del espacio y del tiempo familiares.

Movido y pensado por sus sensaciones; sus sensaciones y sus imágenes («On me pense»), intenta orquestarlas, liberándose y tomando así po­sesión de sí mismo. Poesía ascética, si se quiere, pensamiento que quiere hacerse a través de los datos de las sensaciones des­organizadas para captarlas mejor en su pureza original y su verdad primera, con el fin quizá de volver a encontrar y probar el éxtasis de las fiestas de la infancia negadas por el presente. Iconoclasta, rechazando o rehusando los símbolos aprendidos y la ima­ginación sentimental heredada, reventando los ídolos para encontrar su dios, rehace sus propios símbolos y su propia mitología, desarraigándose paulatinamente del pathos y de los motivos sentimentales del Occidente con acento e intuición nietzschiana: ya algunos poemas pierden el carácter visionario e ini­cian el cambio hacia el pensamiento ético de Una temporada en el Infierno. Pero de momento (y Las Iluminaciones están escritas casi por completo en presente), es todavía la revolución en acto, las delicias del grito y los deslumbramientos: los aforismos se­veros, los arranques líricos contenidos y truncados, visiones místicas y de profético acento, golfos de ternura a menudo exten­didos sobre el alborozo de una aurora de infancia, antigua plenitud y pureza que él no puede ya más que atravesar o rodear, rabia. Sería inútil querer explicar estos poemas (los más citados de los cuales son «Cuento», «Parada», «Vidas», «Madrugada de borrachera», «Bárbara», «Democracia», «Guerra» y «Sueldo») o el pretender comentarlos por sí mismos.

Notemos que en ellas hallamos aún la concepción del Poeta ins­pirado, del Elegido, del Héroe vaticinador e irresponsable, el arrebato hacia una pu­reza ideal y su contrapartida no menos ideal de impureza; pero en Rimbaud, la sed de verdad y de lo esencial, la vigilancia de sí mismo, afirman y denuncian a la vez los juegos más seductores de la imaginación que se consume en la soledad de su esplen­dor. Parece atraer, aquí, una experiencia sobre la naturaleza misma de su inspiración, y por conocerla demasiado bien hará que muy pronto se pierda el gusto en cultivarla. Llevado por este movimiento, irreversible sin la aceptación de compromisos, no hará sino desenterrarse a sí mismo y manifestarse a la luz, cambiando de espíritu y desmenu­zando poco a poco hasta el silencio su ne­cesidad de escribir (v. Una temporada en el Infierno). Un año más tarde ya no vol­verá a escribir más. Es de este silencio mismo de donde Las Iluminaciones y la obra entera de Arthur Rimbaud, que ha transformado por completo el panorama de la poesía contemporánea, extraen un su­plemento de riqueza, de resonancia y de profundidad.

I-Li, Liu Hsiang

[Costumbres y usanzas]. Libro sobre los ritos chinos, de Liu Hsiang (80-9 a. de C.), pero generalmente atribuido a Chou- Kung (XII a. de C). Se trata en él de los antiquísimos preceptos chinos para regular la conducta individual en diversas circuns­tancias: en el matrimonio, en los funera­les, etc. La edición más antigua que Kao T’ang dio a conocer a comienzos del siglo II a. de C. se titulaba Shih-li [Ritos de los estudiosos]. Al alba de la era vulgar, junto con otros textos antiguos, fue descubierta en una pared de la residencia de Confucio una copia de los ritos, intitulada Li-ku-ching (Clásico antiguo de los ritos). Después de la revisión de Liu Hsiang el texto fue titu­lado I-li según se le denomina todavía. Está incluido entre los Trece clásicos [v. Shih- San Ching Chu-Su] de la dinastía de los T’ang (618-907). (C. de Harlez, I-li, Cérémonial de la Chine antique, París, 1890; J. Steele, The I-li, Londres, 1917).

P. Siao-sci-yi