Pierre-Eugène-Marcelin Berthelot

Nació el 25 de octubre de 1827 en París, donde m. el 18 de marzo de 1907. Fue hijo de un médico, y en 1846 obtuvo el «prix d’hon­neur» de filosofía.

Inclinado luego a las ciencias, frecuentó los cursos de Regnault y Balard, y se graduó en 1854. A pesar de sus predilecciones republicanas y de su abierta hostilidad contra el imperio autoritario, hizo una rápida carrera. Nombrado en 1859 pro­fesor de química orgánica de la Escuela Superior de Farmacia, logró en 1861, y por sus estudios acerca de la síntesis orgánica, el premio Jecker de la Academia de Cien­cias. Sus publicaciones le dieron tal renom­bre que el año siguiente fue creada con­cretamente para él en el Collège de France una cátedra de química orgánica.

Ingresó en la Academia de Medicina de París, y en 1870, durante el asedio de la ciudad, se le confió la dirección del Comité científico. Miem­bro de la Academia de Ciencias en 1873, al cabo de tres años fue nombrado inspec­tor general de enseñanza superior.

Sus des­cubrimientos, su honradez, su clarividencia, la dignidad de una vida entera, todo le des­tinaba al desempeño de importantes cargos políticos. Elegido senador vitalicio en 1881, de 1886 a 1887 fue ministro de Instrucción Pública en el gabinete Goblet, y en 1895- 96 de Negocios Extranjeros. En 1901, final­mente, ingresó en la Academia Francesa.

A su muerte, ocurrida a causa de una crisis cardíaca unos pocos minutos después de la de su esposa, París le tributó imponentes honras fúnebres, y sus restos fueron llevados al Panteón. Berthelot ejerció una prodigiosa acti­vidad.

En 1850 publicó ya sus primeros tra­bajos científicos sobre cuestiones de física y química. Sus investigaciones acerca de las glicerinas son consideradas clásicas; las ex­periencias que realizó le permitieron actuar en tres series de alcoholes compuestos.

Ob­tuvo mediante síntesis el alcohol etílico tra­tando con ácido sulfúrico di acetileno. En 1856 logró obtener sintéticamente los hidro­carburos. De 1864 a 1897 llevó a cabo impor­tantes investigaciones sobre la termodiná­mica, y en particular acerca de las reaccio­nes exotérmicas y endotérmicas. Inventó la bomba calorimétrica, empleada todavía, con modificaciones de muy escasa importancia, tanto en los procesos industriales como en los trabajos científicos.

Entre sus obras cabe citar Chimie organique fondée sur la syn­thèse (1860), Leçons de synthèse en chimie organique (1861), Les méthodes générales de synthèse en chimie organique (1864), Leçon sur Visométrie (1866), La síntesis quí­mica (1876, v.) y Traité élémentaire de chi­mie organique (1898-1904).

La finalidad ha­cia la cual tendió Berthelot apasionadamente fue la realización del sueño de los primeros filó­sofos griegos mediante los métodos propios de la ciencia experimental; creía que todo proviene de algunos elementos, o quizá de uno solo, y juzgaba posible reconstituir por síntesis cualquier sustancia química partien­do de este elemento único.

Tal orientación puede percibirse en El futuro de la ciencia (v.), de Ernest Renan, obra inspirada por Berthelot en 1849. Éste indujo al amigo — caído en el escepticismo— a una fe ilimitada en el poder de la ciencia, la cual, a su juicio, debe mejorar al hombre, por cuanto le hace más feliz; a ella, por lo tanto, corresponde establecer la moral.

Tales conceptos habrían de ser desarrollados por Berthelot durante los últi­mos años de su vida en una serie de obras que constituyen su «credo científico»: Cien­cia y filosofía (1886, v.), Science et morale (1897), Science et éducation (1903) y Science et libre pensée (1906). En política Berthelot demos­tró una perspicacia superior a la de Renán, como atestigua su correspondencia (v. Co­rrespondencia entre Renán y Berthélot, 1898).

J. Chaix-Ruy

Giovanni Bertacchi

Nació en Chiavenna (Valtellina) el 9 de febrero de 1869 y m. en Milán el 25 de noviembre de 1942. Formado en un ambiente de labor tenaz y ejem­plar probidad, durante su primera juventud acarició el sueño de convertirse en poeta cantor del pensamiento rescatado de la igno­rancia y la barbarie, o bien, según el ejem­plo de Hugo, de la odisea de los «misera­bles» redimidos por la conciencia moral y la dignidad del trabajo.

Alejado de su país por razones de estudio y de profesión, su espíritu, aun sin renunciar a tales propósitos, inclinóse más bien a cantar la nostal­gia de las montañas nativas, expresada en Cancionero de los Alpes, Líricas humanas (v.) y otras colecciones.

Profesor de lite­ratura italiana en la Universidad de Padua de 1917 a 1938 y crítico literario mediocre, su mejor texto en este aspecto fue, posi­blemente, la edición de las Rime di Dante da Maiano (1896). Interesóse también por Dante, Ciño da Pistoya, Alfieri y, sobre todo, Leopardi.

C. Falconi

Vittorio Bersezio

Nació en Peveragnc (Cuneo) en marzo de 1828 y m. en Turin el 30 de enero de 1900. Estudió en esta úl­tima ciudad y graduóse en leyes; participó en la campaña de 1848-49, y luego se de­dicó al periodismo, actividad que alternó con la composición de novelas y obras tea­trales según el estilo de los escritores fran­ceses con quienes se relacionara durante una estancia en París.

Su copiosa producción narrativa resulta con frecuencia descuidada y superficial, y se halla inspirada en los ideales típicos de la época: el amor pasión, la familia, el patriotismo, etc. Mediante es­tos principios el autor se proponía colabo­rar en la formación moral y cívica del pue­blo italiano, que acababa de conseguir la unidad política.

En cuanto al teatro, y en oposición a su criterio anterior acerca de ello, abandonó al cabo de algún tiempo a sus primeros modelos franceses (Sardou) y compuso unas veinte comedias en dialecto piamontés. Su obra maestra es Las miserias del señor Travet (v.), epopeya del emplea­do modesto.

A partir del año 1880 dejó el periodismo y se dedicó únicamente a la composición de obras literarias — entre ellas La prosperidad del señor Travet (v.) —, his­tóricas y eruditas. Su nombre queda singularmente vinculado a las comedias en dialecto, espejo de los hombres y las cos­tumbres del «viejo Piamonte que forjó a Italia».

G. Doglio

Petar Beron (Bérovich)

Nació en 1795 y m. en 1871. Es uno de los representantes más antiguos de la literatura búlgara moderna y el primer escritor laico de su na­cionalidad.

Estudió medicina en Munich y ejerció la profesión médica en Crajova, en Rumania. De aquí pasó a París con el fin de ampliar los horizontes de su propia cul­tura y poder luego difundirla entre sus compatriotas, que languidecían desde mu­chos siglos en el oscurantismo bajo el yugo otomano, pero que se hallaban ahora, no obstante, ya maduros para el resurgimiento espiritual y político.

Expresión concreta de este noble propósito fue una especie de mis­celánea informativa que, compuesta a par­tir de 1824, pasó a la Historia bajo la deno­minación Abecedario del pez (v.) y mostró a las escuelas búlgaras nuevos derroteros en la enseñanza, que hasta entonces se ha­bía dado exclusivamente a través de textos eclesiásticos.

E. Damiani

Henri-Léon-Gustave Bernstein

Nació el 20 de junio de 1876 en París, donde m. el 28 de noviembre de 1953. Fue hijo de un finan­ciero, y ya desde su primera juventud mos­tró disposición para el teatro.

Soldado en 1897, revelóse antimilitarista ardiente, y, tras algunos meses de servicio, abandonó su unidad y refugióse en Bruselas. Amnis­tiado, volvió a Francia y empezó a escribir para la escena. Fue descubierto por el céle­bre Antoine, fundador del «Théâtre Libre», e hizo representar primeramente Le marché (1900), y luego Le retour (1902) y Le Ber­cail (1904), que lograron cierto éxito.

Su verdadero temperamento revelóse en La rá­jenle (1905), obra a la cual siguieron Le voleur (1906), Samson (1907), Israel (1908) y L’assaut (1912); todas estas producciones pertenecen al repertorio frenético y resul­tan técnicamente hábiles, de acuerdo con una mecánica despiadada: el autor pone al desnudo en ellas toda la miseria que com­porta el apetito sensual complicado por las jugadas en la Bolsa o las actuaciones polí­ticas entre bastidores.

Le secret (1913) mar­ca un cambio de rumbo en la carrera de Bernstein, quien, sin templar su manera, la amplía con el estudio de los caracteres. En 1914 fue movilizado y pasó al ejército de Oriente, donde mereció el aprecio de sus jefes; de allí trajo el tema de Judith, obra repre­sentada en 1922.

La evolución iniciada con este drama había de proseguir a partir de entonces sin interrupción; aparecen, así, La galerie des glaces (1924), Le venin (1927), Mélo (1929), Espoir (1935) y Elvire (1939), cuyos argumentos ceden parte de la anti­gua intensidad en favor de la psicología.

Orgulloso, de carácter difícil, consciente de su propio valer y excesivamente suscepti­ble, no veía con buenos ojos ninguna crí­tica cíe sus obras; y, a causa de ello, sostuvo unos doce duelos, el último de los cuales fue el que le enfrentó con Édouard Bourdet, entonces administrador de la «Comédie Française»; hábil espadachín, logró con fre­cuencia el triunfo.

Huyó de la ocupación nazi de 1940, y refugióse, como israelita, en los Estados Unidos. Vuelto a París, presentó nuevas obras semejantes en todo a las ante­riores; cabe citar entre ellas La soif (1950). A lo largo de su carrera Bernstein no conoció un solo fracaso: propietario de un teatro, po­día, en consecuencia, escoger los intérpretes más expertos y mantener sus propias com­posiciones en el programa contra la crítica más reacia.

Hábil siempre en la elección de temas palpitantes, subordina al intérprete la estructura dramática, de suerte que fre­cuentemente sus personajes no sobreviven a la representación de la obra; en ello resi­den los límites de su teatro. Cuando niño Claude Monet pintó su retrato, del cual decía en su vejez: «Este bello retrato es, posiblemente, cuánto va a quedar de mí».

R. Purnal