Nació en 1313, probablemente en Florencia o en Certaldo y murió el 21 de diciembre de 1375 en esta última localidad. Una falsa luz de leyenda alumbra los primeros episodios de la existencia de Boccaccio sobre unas apócrifas confesiones autobiográficas — vagas y misteriosas hasta los enigmas del anagrama — difundidas en las obras juveniles, y se pretendió reconstituir una romántica y seductora biografía novelada que presentó al gran autor nacido en París de los amores de un mercader con una dama o incluso una hija del rey, y luego, en Nápoles, objeto de los sentimientos amorosos de la bellísima Fiammetta, hija ilegítima de Roberto de Anjou.
Sin embargo, todo ello no es sino fantasía novelesca, y aun cuando el padre, Boccaccio de Chellino, fuera agente de la poderosa compañía mercantil de los Bardi y estuviera en París durante los años 1312-13, el futuro literato nació de una relación irregular en Certaldo o, más probablemente, en Florencia, y mediado ya el año 1313.
Pasó la infancia en el barrio florentino de S. Pier Maggiore, en la casa paterna, donde había entrado como esposa Margarita de’ Mardoli, parienta de los Portinari (la familia de la Beatriz dantesca); posiblemente a ella y a su primer maestro Giovanni Mazzuoli da Strada se deben las primeras sugestiones del culto al Dante que llenará toda la vida de Boccaccio.
Aún adolescente (hacia 1325 quizá), fue enviado a practicar el comercio en Nápoles, en el Banco de los Bardi, entidad que dominaba la economía de la corte de los Anjou; no obstante, luego de una desafortunada experiencia — a la cual siguió otra no menos infeliz en los estudios de derecho canónico—, el joven se dedicó por entero a las letras, bajo la guía y los consejos de los más autorizados eruditos de la corte napolitana, Paolo da Perugia y Andalo da Negro, y de amigos como Dionigi da S. Sepolcro, Barbato da Sulmona, etc., quienes ensalzábanle el ejemplo ya luminoso de Petrarca.
Sin embargo, también la vida animada y señorial de la corte y la ciudad de los Anjou, punto de contacto obligado entre la civilización italo-francesa y la bizantino-árabe, influyó profundamente en la formación del escritor.
Sobre esta base, dominada asimismo por ávidos entusiasmos culturales y fáciles y alegres experiencias de vida, quiso forjar Boccaccio su gran poema de amor, y fijó en la inquieta y atractiva figura de Fiammetta (v.) —pintada y adornada con los motivos literarios más espléndidos — las diversas y embriagadoras aventuras de su juventud. Presente ya en la feliz visión de La caza de Diana (1334?, v.), la joven aparece directa o indirectamente en toda la producción de Boccaccio hasta poco antes de su obra maestra: así, en El Filocolo (1336?, v.) El Filostrato (1338?, v.) Teseida (1340-41?, v.), Ameto (1341-42, v.), La amorosa visión (1342-43, luego reconstituida en la madurez, v.) y Elegía de madona Fiammetta (1343-44?, v. Fiammetta).
La crisis de la compañía de los Bardi obligóle en 1340 a regresar a Florencia entre penosas dificultades domésticas, reflejadas en los lamentos que aparecen en las obras literarias y las cartas de aquellos años. No obstante, este duro contacto con las necesidades vitales no le apartó en absoluto de la literatura, antes bien, diole pie a experiencias más reales y directas llevadas a cabo en la ciudad y en el ambiente Lleno de audacias y escollos de la sociedad mercantil a la cual pertenecía.
Luego de breves permanencias en Ravena, en la corte de Ostasio da Polenta (1345-46), y en Forli, junto a Francesco Ordelaffi (1347), se hallaba de nuevo en Florencia en 1348, y allí pudo presenciar la terrible peste descrita en la introducción de su obra maestra. Poco antes había cantado en octavas la historia de un amor lozano y delicado en El Ninfale fiesolano (1344 – 46?, v.); luego preparó y compuso el Decamerón (1348 – 51?, v.), espléndida coronación de sus experiencias juveniles y «surnma» grandiosa del cuento medieval que marca el punto álgido de sus ensayos narrativos y novelescos.
Fallecido su padre en 1349, Boccaccio hubo de preocuparse más aún de las difíciles condiciones de su familia; sin embargo, su fama literaria, entonces ya sólida, llevóle a ser designado por sus conciudadanos para el desempeño de varios cargos.
En 1350 fue enviado como embajador ante los señores de Romagna, y — misión más grata — a entregar diez florines de oro a sor Beatriz, hija de Dante, como compensación de los daños sufridos por su familia; en 1351 viose elegido camarlengo de la Municipalidad, y luego representante de la República en la adquisición de Prato y cerca de Ludovico de Baviera; en 1354 y 1365 fue embajador en Aviñón, junto a Inocencio VI y Urbano V, y en 1367 portador del homenaje de los florentinos a este último pontífice, vuelto a Roma.
Con todo, tales misiones honoríficas no lograron sacarle de la precaria situación en que le dejara la ruina de los Bardi. Y así, incitado, además, por los gratos recuerdos de sus años juveniles y la amistad de Niccoló Acciaiuoli, convertido en el verdadero árbitro de la corte de los Anjou, dirigióse a Nápoles en 1362 y 1370, siempre con la esperanza de lograr una mejora decorosa.
No obstante, sólo obtuvo dolorosos desengaños que le hicieron regresar a su casa paterna de Certaldo, a la cual habíase retirado a partir de 1362. Sin embargo, más que estos episodios externos propios de su «vida pública» nos interesa, del período en cuestión, el desarrollo en sentido humanístico de su pasión cultural y la evolución, desde el punto de vista religioso, de sus ideas morales.
Se trata de actitudes que pueden ser vislumbradas ya en El Corbaccio (1354?, v.), e invaden luego la Lettera consolatoria a Pino de’ Rossi (1363); se manifestaron resueltamente gracias a la amistad con Petrarca, la relación más feliz y decisiva para la cultura italiana y europea del siglo XIV.
Habíale conocido personalmente ya en 1350, cuando, impaciente, fue a encontrarle varias millas lejos de Florencia y le hospedó en su hogar; en la primavera de 1351 había pasado semanas enteras de inolvidables conversaciones espirituales en la casa de Petrarca, en Padua; y, además, en 1359 y 1363, en Milán y Venecia respectivamente, había sido huésped suyo.
No obstante, además de las demasiado escasas y siempre nostálgicas entrevistas, la abundante correspondencia, el continuo intercambio de libros y de informaciones literarias y la relación mantenida a través de fieles amigos comunes les hicieron, desde 1350 hasta la muerte, «seiuncti licet corporibus uni animo», como escribía Petrarca.
Singularmente a partir de 1360, la casa de Boccaccio convirtióse en uno de los principales centros del prehumanismo italiano, y fue el cenáculo donde se formaron Salutati, Villani, Marsili y tantos otros humanistas de la primera generación, y el estudio desde el cual difundiéronse por Italia y Europa admirables descubrimientos literarios (de Varrón y Marcial a Tácito, Apuleyo, etc.) y los nuevos conocimientos acerca del griego que el gran escritor, el primero de los literatos contemporáneos, recibiera de su obstinada y activa familiaridad con Leonzio Pilato (1360-62).
Esta postura prehumanista caracteriza las obras de la madurez, corregidas una y otra veces hasta su muerte, y aparecidas en varias versiones: De Genologia deorum gentilium (1350?-1375, v. Genealogías de los dioses de los gentiles), Buccolicum carmen (1351-1366?, v. El Carmen bucólico), De Claris mulieribus (1360-1374?, v. De las mujeres ilustres), De casibus vivorum illustrium (1355-1374?, v. Las desventuras de los hombres ilustres) y De montibus silvis fontibus, etc. (1355- 1374?, v. Libro de los montes, selvas, fuentes, lagos, etc.).
Auxiliado discretamente por el plácido y profundo cristianismo de Pe- traca, Boccaccio, a lo largo de estos años, transformó en sólida conciencia religiosa la ardiente agitación sentimental de su juventud. Como consagración de tal conquista recibió las «órdenes menores», y luego, en 1360, la autorización para dedicarse a la cura de almas; además, se aficionó con mayor entusiasmo a Dante, del que escribió — en varias versiones— una vida (1358-63, v. Tratado en alabanza de Dante), y cuyo «poema sacro» comentó en la iglesia de San Esteban de Badía (1373-74).
Sin embargo, mientras ensalzaba públicamente el genio dantesco, la muerte de Petrarca (19 de julio de 1374) dejó en su espíritu un frío intenso y un vacío imposible de llenar; en adelante, sus textos no fueron sino un eco de sus lamentaciones por la pérdida del gran amigo y su triste soledad espiritual. Y así, cuando el 21 de diciembre de 1375 cerró los ojos, Boccaccio apareció ante sus contemporáneos como hierática figura del último superviviente de las «tres coronas» y postrer adalid de las letras italianas, como le cantara Sacchetti al llorar, en su muerte, la de la misma poesía.
V. Branca
