María Grubbe, Jens Peter Jacobsen

[Marie Grubbe]. Novela del escritor y poeta danés Jens Peter Jacobsen (1847-1885), iniciada en 1873 e im­presa tres años más tarde. María Grubbe, «interieur» del siglo XVII, es una obra de viva poesía. En el personaje central, una María Grubbe muy distinta de la María Grubbe histórica (hija de un noble del campo, casada con Ulrik Frederik Gyldenlóve, hijo espurio del rey Federico III, separada de él en 1670 después de diez años de matrimonio, vuelta a casar por segunda vez con un noblecillo, Palle Dyre, y por tercera vez en 1690, con un simple aldeano; y muerta en 1718, a los 75 años), Jacobsen vio un tema apasionante: el de la fuerza del instinto y de los impulsos vitales. Hija del propietario Erik, en su juventud María brilla en la Corte, se casa con el hermanastro del rey, huye con el marido de su her­mana y se enamora brutalmente, como una primitiva, del caballerizo Sóren, se casa con él y acaba ahogada en el transbordo de Falster. Aunque el fondo sea histórico, la novela no es propiamente una novela histórica. Jacobsen se muestra del todo ne­gligente con respecto a las condiciones efec­tivas de la vida danesa en el siglo XVII; la historia queda reducida a la función de un escenario espléndido. El interés de la novela es psicológico y estilístico; con toda su seriedad es una obra de arte puro. En sus orígenes está el sentido de que la vida es bella y fugitiva y ello explica su mag­nificencia colorista, no decorativa y extrín­seca, sino verdaderamente sustancial.

G. Puccini

El autor ha querido que se le pudiese reconocer perfectamente en cada capítulo, en cada página, en cualquier fragmento es­cogido por casualidad. Pero el libro carece de verdadera unidad y su coherencia es la que resulta de la relación de los diversos personajes con la heroína. La vida de Ma­ría Grubbe es el hilo del que penden los cuadros.      (Brandes)

María Donadieu, Charles-Louis Philippe

[Marie Donadieu]. Novela francesa de Charles-Louis Philippe (1874-1909), publicada en 1904. Relata la mísera existencia de una joven, María Do­nadieu, que desde niña estuvo recogida en casa de su abuelo, Basilio Bourdon, robusto aldeano del Lyonés. Descuidada por su pa­dre, siempre borracho y pronto llevado a la muerte por su intemperancia, y abando­nada por su misma madre, que ha ido a vivir con un amante, la niña crece en un ambiente extraño y con tristeza sabe que habrá de seguir su vida en continua lu­cha con los demás. Conoce más tarde en Lyon a un estudiante en servicio militar, Rafael Crouzat, y se deja seducir por él. Pronto le sigue a París y cada vez más siente la voluptuosidad de conocer la exis­tencia y el amor de los hombres. Un amigo de Rafael, Juan Bousset, soñador y delicado, siente gran simpatía por ella y le hace comprender que una luz mayor brilla en los corazones cuando se elevan por encima de la vulgaridad cotidiana a la plenitud de los sentimientos. Pero María, ardiente de deseo, busca otros amores.

Un explorador, Mauricio, que la paga magníficamente, le hace conocer la embriaguez de tener dinero, de valorar la propia vida y de comprar cuanto se desea; le parece que ha salido ahora del cerco de soledad y desconfianza en que la encerraba la triste vida provin­ciana, cuando le decían que su madre ha­bía muerto porque no se atrevían a decirle que tenía amantes. Pero en su espíritu las palabras de Juan reviven a veces con nue­va luz, hasta el punto de que va a vivir con él durante algún tiempo, pero Rafael vuelve a buscarla y la lleva a Lyon. Allí María encuentra a su madre, que continúa su vida de amores fáciles con cuidadosa prudencia y enseña a su hija a dominar a los hombres y a no esperar del mundo de­masiada felicidad. Y de ese modo María vuelve a París junto a Juan, pero la tris­teza domina todavía su intimidad, en un contraste que quizá nada pueda resolver entre tantos sentimientos en lucha y una muda sumisión a las fuerzas mayores de la existencia y de la sociedad. La novela es algunas veces prolija en sus aventuras y no existe coordinación entre el personaje evidentemente autobiográfico de Juan, que quiere vencer la carne con la paz del es­píritu, y la individualista María; pero tiene páginas límpidas y moduladas que son de las más finas del escritor.

C. Cordié

Maria Estuardo, Pierre Antoine Lebrun

Pierre Antoine Lebrun (1785-1873) dio a la escena en 1820 una tragedia en verso, Marie Stuart, que fue acogida con gran favor particularmente por los primeros ro­mánticos, que gustaban de ver llevar al teatro temas históricos; sin embargo, la tra­gedia dista de ser una obra de gran interés. Aquel mismo año se publicó en Inglaterra la novela El abad (v.) de Walter Scott (1771-1832), en la que aparece la figura de María Estuardo, románticamente inter­pretada en su más alta y regia dignidad.

María Estuardo, Friedrich Schiller

[Maria Stuart] Tragedia Friedrich Schiller (1759-1805) es la primera de la serie de obras que, confieren a la figura de la reina de Escocia un carácter netamente romántico. El plan de la tragedia, esbozado por Schiller por primera vez en el idilio de Báuerbach (1783), no fue realizado hasta el año 1799. Un primer esquema fue discutido con Goe­the en Jena, en mayo de aquel añor pocos días antes de dar comienzo a la compo­sición (4 de junio); después de varias in­terrupciones y refundiciones, la tragedia fue terminada en junio de 1801 (primera edición, Cotta. 1801; estreno, Weimar, junio del mismo año). La amistad con Goethe tuvo gran influencia en el desarrollo del arte del poeta, que en sus dramas no re­presenta ya el choque violento de volunta­des individuales, sino el contraste interior de sentimientos, principios y concepciones adversas, el conflicto entre el mundo ideal con el mundo real. En esta lucha gigan­tesca, que no es otra cosa que la vida mis­ma de los hombres, éstos están expuestos a pecar, y el ideal puede a veces ofuscarse a sus ojos, pero deben y pueden, comba­tiendo la culpa, restablecer el orden moral violado y hallar de nuevo la inocencia per­dida.

Ésta es la ley ideal a que convergen todas las lineas de la representación dra­mática de Schiller y especialmente las de Maria Stuart, la tragedia en que legitimis- mo y derecho, catolicismo y protestantis­mo chocan, formando el fondo sombrío de toda la acción. El camino interior que Ma­ría debe seguir es el opuesto al de Wal- lenstein (v.). María alcanzará la purifica­ción espiritual plegándose voluntariamente a la injusta condena, por una culpa come­tida y expiada largo tiempo antes. Schiller eligió como inicio de la tragedia el período del encarcelamiento de María en Fothering- hay. Su alma, inocente de la acusación de haber conspirado con Babington y Barry contra Isabel, está oprimida por la antigua culpa de haber consentido a Bothwell el asesinato de Darnley, su segundo marido. La conciencia de su inocencia la impulsa a confiar a Paulet, que la vigila por en­cargo de la reina Isabel, una carta solici­tando a esta última una cita. Mortimer, so­brino de Paulet, irresistiblemente fascinado por la belleza de María, le revela su amis­tad y le promete libertarla. Un rayo de luz parece brillar en la atmósfera sombría de la tragedia, tanto más cuanto que María tiene confianza en la influencia que su se­creto admirador el conde de Leicester pue­de tener sobre Isabel; pero toda esperanza queda truncada por el barón Burleigh, que trae la noticia de la condena.

Al primer acto, dominado por María, se contrapone el segundo, en que destaca la figura de Isabel, que quiere deshacerse a toda costa de su rival, en quien ve a la legítima pre­tendiente al trono de Inglaterra y la cam­peona del catolicismo. Leicester y Morti- mer intentan aprovechar la indecisión de la reina sobre si dar o no curso a la sen­tencia de los Lores, el primero proponiendo una entrevista personal de conciliación en­tre las dos reinas, y el segundo procurando organizar una conspiración para facilitar a su amada la huida de la cárcel. Con sa­tánica hipocresía, Isabel concede al fin la entrevista solicitada por María. El punto culminante de la tragedia se alcanza en el tercer acto. A la prisionera se le otorga una libertad limitada, sólo aparente, que ella aprovecha para abandonarse a la contem­plación de la naturaleza y al recuerdo nos­tálgico de su patria. En esta atmósfera de optimismo y esperanza, el súbito encuen­tro con Isabel la coge desprevenida y en su ánimo surge de pronto el recuerdo del dolor injustamente sufrido. Con todo, Ma­ría intenta, én el primer momento, vencer­se a sí misma y se humilla ante su rival, pidiéndole gracia; pero la fría actitud, el insulto y el escarnio de Isabel acaban por despertar nuevamente en María el deseo de venganza y entonces insulta con vehe­mencia a su prima, echándole en cara la mancha de su nacimiento. Esto hiere a Isa­bel, pero la suerte de María, aunque moral­mente haya salido victoriosa de la entre­vista, está trazada. Mientras algunos conse­jeros procuran mitigar las iras de la reina, y otros intentan apresurar la condena, se descubre (acto IV) la conjuración que Mortimer había maquinado con la apro­bación tácita de Leicester. Éste, asustado por los acontecimientos, reniega de sus sen­timientos e intenta salvarse echando toda la culpa sobre Mortimer, quien se da muerte, revelando toda su pasión irresis­tible por María.

Mientras tanto, el pueblo rumorea y pide venganza por un nuevo atentado tramado contra la reina a raíz de su entrevista con María. Isabel tiene que decidirse y, sorda a los consejos humanita­rios de Shrewesbury, firma la condena que el astuto Burleigh manda ejecutar inmedia­tamente. En el último acto, María, con áni­mo resignado, confortada con los auxilios de la fe católica, se dirige tranquila al su­plicio, que es para ella la liberación de una condición indigna de su realeza y al mismo tiempo la expiación de su antiguo delito. Isabel, que cree haberse librado de su ri­val, se siente al final sola, abandonada por todos y con el alma angustiada por el fan­tasma de su víctima, que aun más allá de la vida le quita para siempre la paz del corazón. Madame Staél definió la tragedia María Estuardo de Schiller como la más conmovedora y estructurada de las trage­dias alemanas. Y no se equivoca: desde las primeras escenas la sombra de la catástro­fe se cierne sobre todo el drama y los mo­tivos que a veces parecen alejar su trágica conclusión no hacen en realidad otra cosa que precipitarla y determinarla con insis­tencia cada vez mayor. Dentro de esta ten­sión continua, amenazadora, que culmina en el holocausto supremo, se enlazan los distintos cuadros de la acción, cuyos colores van gradualmente pasando desde las tintas más ardientes a los matices más pá­lidos y esfumados. Separándose de todos los modelos precedentes, Schiller dio a su heroína un carácter romántico.

El poeta ve en la protagonista sobre todo su irre­sistible belleza, de la que ella misma es víctima y que arrastra al abismo, junta­mente con ella, a todos cuantos la aman. Su destino es encender violentas pasiones y sucumbir a su vez a la pasión. La preocu­pación moral del poeta no ofusca para nada la humanidad de su criatura, antes al contrario, le da profundidad y sublimi­dad, aumentando el hechizo que resulta del contraste entre la culpa y la expiación, la fragilidad y el sacrificio, la pasión y la renuncia. Además, la figura de María re­sulta todavía más viva por el contraste psicológico con su rival, toda cálculo, afán de dominio e hipocresía, que en el hechizo de María siente su inferioridad de mujer a pesar de que, aparentemente, es ella la dominadora. Entre la multitud de las de­más figuras destaca la de Mortimer (v.), libre creación de la fantasía de Schiller, con su ardiente entusiasmo religioso y su impetuoso apasionamiento, que lo arrastra hacia la muerte. La tragedia, centrada por los dos caracteres verdaderamente huma­nos de las dos figuras principales, recuer­da, por su sobriedad, fineza y armonía, las obras maestras de la tragedia griega, que Schiller admiraba. Un amplio sentido de humanidad confiere a María Estuardo po­deroso aliento: la lucha de las dos reinas se eleva por encima de sus personas, y detrás de ella se percibe a lo lejos el cho­que inexorable de dos grandes poderes, y, más aún, de dos grandes confesiones religiosas. [Trad. española de Eduardo Mier y Barbery en Teatro completo, tomo I (Ma­drid, 1883), y de José Yxart en Dramas de Schiller. vol. I (Barcelona, 1909)].

G. Gabetti

 

María del Carmen, José Feliu y Codina

Drama en tres actos del escritor José Feliu y Codina (1845- 1897), estrenado en Madrid en 1896. El autor sitúa la intriga de su drama en el corazón de la provincia de Murcia, ese te­rritorio en el que subsisten tantos vestigios de la ocupación árabe. Su intriga es de las más simples, conducida con todo rigor y caracterizada por un realismo que puede calificarse de corneliano.

María del Carmen es una muchacha que acaba de ser la cau­sa de una desgracia: amada a la vez por Pencho, un intrépido muchacho al que ella corresponde, y por Javier Maticas, no ha podido evitar que ambos se batieran. Pencho, habiendo herido gravemente a su adversario, se ha visto obligado a refugiar­se en Orán. Después de esto, María del Carmen se ha consagrado al servicio de Ja­vier, y le dedica todos sus cuidados con la esperanza de desarmar su cólera. Mucha­cha leal, se lo declara sin rodeos. Pero su­cede entretanto que, por pura malicia, un tercero informa a Pencho de la situación. Pencho decide inmediatamente regresar al país, y al hacerlo, él mismo se precipita en la boca del lobo, tanto más cuanto que el padre de Javier es el cacique de la re­gión.

Loca de inquietud, María suplica a este último el perdón de Pencho. El padre Maticas acepta, con la condición de que ella se decida a casarse con su hijo. A fin de salvar a Pencho ella se deja arrancar esta promesa de matrimonio. Pencho vigila siempre; tan pronto como se entera por boca de su amada de la situación se irrita extraordinariamente. ¿Los Maticas defien­den su presa? Muy bien; él se la arran­cará. Hay un solo medio: presentarse a la justicia. Pencho lo hace espontáneamente. Como es preciso aportar alguna prueba de convicción, declara que el puñal de que se sirvió para herir a su adversario se halla en la misma casa de este último. Ahora que todo se ha comprobado, Pencho triunfa, pues ha librado a María de su promesa. Cuando Javier ve perdidas para siempre sus esperanzas, su ofuscación le lleva hasta el punto de acusar a Pencho de cobardía: si ha escogido la prisión ha sido para sus­traerse al arreglo de cuentas que la situa­ción presente supone. Teniendo la misma edad que su rival se engaña creyendo que tiene las mismas fuerzas de siempre y que le puede disputar a María: arde en deseos de vengarse.

Pero esta bravura se extin­guirá al día siguiente. Habiendo descubier­to, en efecto, que es poco más que un moribundo, Javier perdona a su rival, le empuja a los brazos de María y le abraza: que ambos huyan más rápidamente en uno de sus propios caballos; él protegerá su re­tirada. Este drama no nos presenta más que héroes frustrados y plenos de grande­za. Tanto más cuanto que esta grandeza parece siempre inconsciente. No se sabe qué admirar más: si la elevación de los sentimientos o el patetismo de las situa­ciones. Los personajes más insignificantes están tratados con tal precisión de trazos, que es imposible olvidarlos después de co­nocidos. Célebre en el mundo entero, María del Carmen fue representada en París, en 1911, bajo el título Aux jardins de Murcie.