El Más Fuerte, Giuseppe Giacosa

[Il piü forte]. Come­dia en tres actos de Giuseppe Giacosa (1847- 1905), estrenada en 1906. El teatro de Gia­cosa, siempre en busca de nuevas realida­des, se vuelve aquí hacia un motivo social, observado en una perspectiva en la que se resumen el nietzscheanismo de D’Annunzio y el ibsenismo. César Nalli, firme hom­bre de negocios, honrado a su manera, pero sin sentimentalismos, en el día mismo en que festeja sus sesenta años, desatiende a Lamas, quien le vino a suplicar que no vendiera unas acciones para no llevarlo a la ruina. Su hijo Silvio, un artista, agredido por Fausto, el hijo de Lamas, desafía a éste, e inútilmente quiere César correr por sí mismo los riesgos de un duelo, pero, por otra parte, tampoco quiere renunciar a la proyectada operación de bolsa, que resol­vería así la situación. Interviene entonces Eduardo, sobrino de César y valiente espa­dachín, que, insultando a su vez a Fausto, consigue tomar sobre sí el duelo, esperando obtener con ello el reconocimiento de su opulento tío. Pero Silvio, disgustado de un mundo en el que sólo parece dominar la fuerza, abandona a su padre, decidido a vivir únicamente de su trabajo y de su arte. La comedia extrae precisamente su vitalidad de no querer y no saber llegar a una solución de la discordia, sinceramente patética, entre el padre y el hijo; pero es de notar que la atención del autor se vuel­ve con admiración precisamente hacia el mundo de los violentos, en tanto que los «valores espirituales» del artista Silvio (in­cluso los nombres son alusivos) se pierden en vaguedades.

U. Déttore

Las Máscaras, Ramón Pérez de Ayala

Obra crítica del gran narrador español Ramón Pérez de Ayala (1880-1962), en dos volúmenes, editados en 1918 y 1919. El volumen segundo es mucho más importante que el primero. En toda la obra se va de lo afirmativo a lo negativo.

La crítica sobre Benavente — tan en auge por aquellos años —, si bien inteligente y sagaz, resulta demasiado apasionada, para terminar en negativa. Por el contrario, la comprensión del sentido dramático de Pé­rez Galdós resulta una valiosa aportación a los juicios de valor coetáneos. Pérez de Ayala sintió hondamente lo original, lo esencial de la intensidad dramática del no­velista padre de la novela contemporánea. En todo momento Pérez Galdós alcanzó la admiración que merecía, por parte de Ra­món Pérez de Ayala. Los comentarios sobre Lope de Vega — en el volumen segundo — y el ensayo estético sobre el camino del teatro poético (del cual nos habló bastante en Troteras y danzaderas (v.) al ocuparse del estreno de Teófilo, el poeta) son magní­ficos. A veces su ironía o su repulsa resul­tan excesivas, como cuando se ocupa de Oscar Wilde; otras veces eleva la personal interpretación creadora sobre la mediana obra que comenta, como cuando se refiere al tipo de Don Juan, de los Quintero, La verdad es que las ideas estéticas de Pérez de Ayala se centran en la acción misma de sus novelas. Para Valbuena Prat, Pérez de Ayala es la cultura amplia, extensa e in­tensa. Hasta en detalles de erudición e his­toria, como en la significación — por ejem­plo— de Juan de la Cueva en nuestro tea­tro, con visión certera Pérez de Ayala va a lo esencial. Como buen descendiente del 98, analiza y ahonda en lo que ve con ojos de pintor y mente de pensador.

C. Conde

La Mascheroniana o A la Muerte de Lorenzo Mascheroni, Vincenzo Monti

[La Mascheroniana o In morte di Lorenzo Mascheroni]. Peque­ño poema en cinco cantos, en tercetos en­cadenados, de Vincenzo Monti (1754-1828), concebido en 1800, poco después de la muerte de Lorenzo Mascheroni, y continua­do y reformado más tarde. Monti lo define como una segunda Bassvilliana (v.) y tal cabe decir, en efecto, por la representación en forma de visiones y por lo escogido del metro; por otra parte, pertenece a la fase de inspiración e imitación dantesca. El ob­jeto de la obra es la exaltación de Lorenzo Mascheroni, insigne matemático y poeta ele­gante, gran ciudadano y pródigo benefactor de la humanidad.

Al morir Mascheroni se congregaron en torno a su lecho las virtu­des, las artes y las ciencias, mientras en el cielo de Venus esperaban su alma las som­bras eminentes de Dante, Petrarca y otros. Acompañado de uno de sus amigos más queridos, el matemático Bartolomé Borda, llega a la constelación de la Lira, donde encuentra a Parini, el cual llora los males que afligen a Italia. Monti narra al atónito poeta milanés la gesta de Napoleón, merced a cuya obra ha podido salvarse la patria. Entretanto, aparecen dos querubines para examinar el destino del mundo, así como la Justicia y la Piedad, una de las cuales exige a Dios venganza por los pecados de Europa, en tanto la otra implora su perdón. Una voz señala a Napoleón como árbitro de los destinos del mundo, y los dos que­rubines descienden a la tierra para llevar la rama de olivo y la espada. En esta cir­cunstancia llegan a la Lira las almas de Beccaria y de Pietro Verri; cuenta éste el estado en que se hallan algunas ciudades italianas y aprovecha la coyuntura para recordar al iracundo Parini, al íntegro Ariosto y a la refinada Lesbia Cidonia, nombre con que era conocida en la Aca­demia de Arcadia la eminente Paolina-Secco-Suardo, a la que Mascheroni había de­dicado su poema didáctico Invitación a Lesbia Cidonia (v.). Por fin, una voz poten­te invoca la Paz y todas las almas se vuel­ven hacia el sereno horizonte, en el que aparece Napoleón.

La imitación dantesca es indudable, al principio del canto V, cuando el alma de Ariosto se desata en una fiera invectiva centra los males de la vida pú­blica italiana, que está calcada de la de Dante en el canto VI del Purgatorio. Pero los recuerdos dantescos quedan amortigua­dos por su escaso interés y por la manía encomiástica en favor del conquistador cor­so. Igualmente perjudican a la obra sus referencias a los enemigos personales del poeta y, sobre todo, a Gianni y a Lattanzi; tanto, que aquél sintió la necesidad de re­batir la acusación con una obra, El Proteo del espejo, y el segundo con una Antimascheroniana, compuesta con el mismo núme­ro dé versos e iguales rimas que el origi­nal. Los puntos verdaderamente inspirados de la obra son la ardiente evocación de Pa­rini y las conversaciones de las almas lom­bardas.

M. Maggi

Máscaras del Destino, Fiorbella Espanca

[Mascaras do destino]. Cuentos de la poetisa portuguesa Fiorbella Espanca (1894-1930), publicados póstumos al igual que su Brezo en flor (v.). Las máscaras del destino son los hombres, fatalmente llevados por sus pasiones hacia el dolor y la muerte. Una sensación muy viva de tristeza y de melancolía anima las páginas de su narración: la prosa, límpida y matizada, y una aguda penetración psico­lógica hacen de este volumen una de las mejores producciones de la prosa portugue­sa contemporánea.

G. Batelli

Mascaradas, Wolfgang Goethe

[Maskenzüge]. Aporta­ción poética de Wolfgang Goethe (1749- 1832) al Teatro de Weimar, y por él publi­cada en la edición de sus obras de 1806 y en las posteriores de 1816 y 1828, expli­cando en estas últimas su origen y su significado: «Los bailes organizados por la Corte de Weimar fueron particularmente animados después de 1776, y su gracia con­sistía, sobre todo, en las invenciones de los cortejos de máscaras. Coincidiendo el cumpleaños de nuestra Venerada y Amada Duquesa, el 30 de enero, con el período cul­minante de las diversiones invernales, se reunía la aristocracia en comparsas, y entre éstas se formaban algunas originales e in­geniosas, cuyas ocurrencias proporcionarían materia amena que contar, si pudiésemos recordar todavía este sueño juvenil hoy desvanecido…

Símbolos y alegorías, fábu­las y poemas, historia y chanza, proporcio­naron a las máscaras los más variados ele­mentos y las formas más diversas». Estas Mascaradas nos trasladan de lleno a la vida frívola de la aristocracia del siglo XVIII. Datan de 1781 a 1818 y están escritas en verso, a excepción de «El espíritu de la juventud». Las primeras estaban constitui­das por simples cortejos que el poeta cor­tesano ilustra con pocos versos. A partir de 1784, con la «Danza de los planetas», al­canza mayor relieve el significado simbóli­co, hasta que en 1810 el poeta introduce alegorías de juglares, poetas y de todos los principales elementos de la «poesía román­tica» o de la ciencia moderna, que desfilan en graciosa e intencionada parodia. Por fin, en 1818, las Mascaradas pretenden re­presentar simplemente todos los géneros li­terarios y sus principales exponentes, así como las obras más famosas de los autores contemporáneos de Goethe, como Wieland, Herder y Schiller, que son evocados e in­terpretados con espíritu caricaturesco.

És­tas son las Mascaradas más poéticas y no­tables. Si en 1781 escribía Goethe a Lava- ter que «había dedicado la mayor parte de la semana al servicio de la vanidad», en 1798 manifestaba a Schiller, siempre a pro­pósito de las Mascaradas, que pretendía «obligar a una especie de meditación a los hombres distraídos por la vaciedad de su pensamiento». Por ello, en sus últimas Mas­caradas vemos como el tema se hace más importante, a pesar de que la forma se mantiene ligera; van perdiendo el barniz dieciochesco para brillar sutilmente en una serie de alusiones críticas y culturales. [Tra­ducción española de Rafael Cansinos Assens en Obras completas, tomo III (Madrid, 1950)].

G. F. Ajroldi