El Mayorazgo Noradell, Carlos Bosch de la Trinxeria

[L’hereu Noradell]. Novela del escritor rosellonés Carlos Bosch de la Trinxeria (1831-1897), publicada en 1889. El subtítulo, «estudi de familia catalana», ya indica la intención del novelista. En el pueblo ampurdanés de Masarach radica el antiguo linaje de los Noradell, en cuya casa solariega viven el anciano don Jaume Noradell, que muere a poco de empezar la narración, su hijo Mar- sal con su esposa Teresa y su hija Mercé. Un grupo de propietarios y campesinos de la comarca convence a Marsal para que presente su candidatura de diputado a Cor­tes para evitar el triunfo del candidato gubernamental. Naturalmente, Marsal gana las elecciones y tiene que afincarse en Madrid, donde da y asiste a numerosas fiestas de sociedad. Así va mermando su capital, has­ta que acaba arruinándose cuando la filoxe­ra arrasa sus ricos viñedos. Entonces tiene que vender o hipotecar sus propiedades, siendo su principal acreedor don Pau Maresch, cuyo hijo Lluís está enamorado de Mercé. Y finalmente puede celebrarse el matrimonio, y así continúa en su esplendor la casa de los Noradell. Novela típicamen­te costumbrista, en la que el interés se centra más en las descripciones del paisaje o de las faenas del campo que en los ca­racteres de los personajes.

A. Manent

Mariamne, Alexandre Hardy

Antes de Calderón, el argumento había ya inspirado la tragedia en cinco actos Mariamne de Alexandre Hardy (1560-1630), estrenada en 1610. Mariamne, esposa de Herodes, odia a su marido, con quien se ha casado por fuerza y que la oprime con sus celos y su desconfianza hacia las mu jeres en general. Cipris, madre de Hero- des y la hermana de éste, Salomé, odian a la reina por la influencia que ejerce sobre el ánimo de Herodes, e intentan perder­la. Herodes, obligado a alejarse por asun­tos del reino, destierra a Mariamne a su castillo de Alejandrino, confiándola a la custodia de su favorito Soeme. Al regreso de Herodes, su madre y hermana acusan a la reina de haber traicionado a su ma­rido con el favorito, y Mariamne, exaspe­rada por los ultrajantes celos de su marido, que le hacen la vida insoportable, no se digna defenderse. Herodes manda matar en­tre atroces tormentos a Soeme y se deja arrancar asimismo la orden de muerte de su mujer. Pero cuando le anuncian que la sentencia contra ésta ha sido ejecutada, enloquece de dolor y se mata.

Es la trage­dia del odio y de los celos que conducen a la destrucción; el teatro trágico de la época tenía predilección por los efectos truculentos, pero esta vez las situaciones están justificadas y sostenidas por el ca­rácter de Herodes, en quien el amor por su esposa, el desprecio por la mujer y los celos morbosos que de ello resultan forman un clima único de exasperación masculina que termina, no artificiosamente, en la lo­cura y el suicidio. Por esto Mariamne es una de las más importantes obras de su fecundísimo autor, y es notable además por su independencia respecto a las reglas aris­totélicas.

G. Alloisio

Mayo, Hermán Gorter

[Mei]. Poema del holandés Hermán Gorter (1864-1927), publicado en 1889. Mei (mayo), la más linda de las doce hijas de la Luna, es depositada una noche en la playa por una pequeña barca. Al amane­cer, Mei se despierta: sorprendidos y en­cantados, sus ojos beben todas las nuevas impresiones, y en las dunas, en el bosque de alisos, en los prados, nacen milagrosa­mente, bajo sus pasos, miríadas de flores, pequeñas llamas, que se extienden por toda Holanda, hasta que, cansada de jugar, llega una ninfa del río, que le cuenta su vida. Cuando reemprende sus correrías, se le presentan diversas imágenes de la vida hu­mana: el campesino que labra la tierra, el juego de los niños, la vida de la aldea, una ciudad a la última luz del sol. Encuentra luego al poeta; en la noche reposan juntos, hasta que Mei le pide que la deje mar­char y se duerme velada por doce peque­ños caballeros: las horas de la noche. En el segundo libro, Mei se encuentra en un montañoso país del Sur.

Al despertarse se acuerda de una misteriosa voz que ha oído la noche anterior: es la voz de Balder, el joven dios, y Mei lo busca por los bos­ques y los senderos de la montaña y, a través de los cielos, en el palacio de Wodan. Por fin lo encuentra en un valle; pero su felicidad es de breve duración, pues Balder no podrá pertenecer nunca a la pequeña Mei. En el tercer libro se describen los últimos días de Mei en la tierra y su muerte. Una vez más encuentra ella al poeta, y van vagando juntos hasta que al tercer día ella se aleja y, al llegar a un prado, reclina su pequeña cabeza como una amapola en el sol de verano y fallece. El poeta lleva su cuerpo a la orilla del mar y lo entierra en la arena. La obra es con­siderada como la más notable de Gorter, que ha sido una de las figuras más impor­tantes del círculo de los «Nieuwe Gids», y, al mismo tiempo, característica del gusto simbolista que llegaba de Francia.

H. Henny

Maximo y Mauricio, Una Historia de Muchachos en Siete Travesuras, Wilhelm Busch

[Max und Moritz, eine Bubengeschiclite in sieben Streichen], Novela de Wilhelm Busch (1832-1908), publicada en 1865. Jun­to a, Pedrito Puercoespín (v.), es éste el libro para muchachos más popular en Ale­mania y pertenece al mismo tipo, aunque sea distinto el espíritu de los autores. Tam­bién aquí el texto es un comentario en verso a una serie de ilustraciones. Pero si Hoffmann era un alegre médico de Frankfurt, Busch fue, en cambio, uno de los espíritus más cáusticos de la segunda mitad del siglo XIX alemán. El esencial nihilismo de su espíritu, Busch lo puso de manifiesto especialmente en su activa participación en las polémicas contra la Iglesia romana du­rante el «Kulturkampf», y también este li­bro sufre sus consecuencias en algunos que otros detalles. Máximo y Mauricio ponen pólvora en la pipa de su maestro, cortan un puente por donde ha de pasar un pobre desgraciado, y así por el estilo. Pero no son por esto peores o más crueles que su mun­do, ya que cuando, después de la última chanza, triturados juntamente con el maíz, acaban en la panza de los patos, toda la aldea les dedica una oración fúnebre que es una obra maestra de hipocresía y de mal corazón. Hasta el maestro (el de la pipa, descrito con tanta ironía en el «cuarto can­to») desde lo alto de su moralidad no sabe encontrar una frase de sentimiento mejor que la siguiente: «¡He aquí un nuevo ejem­plo!» Sin embargo, todo esto en el libro apenas se vislumbra, y la aparente bon­dad que domina y los recursos de la gran fantasía de Busch hicieron de él una obra maestra reproducida y traducida a todos los idiomas un sinfín de veces.

F. Federici

Máximas de La Rochefoucauld, François de La Rochefoucauld

[Maxi­mes]. Colección de sentencias morales de François de La Rochefoucauld (1613-1680), publicada en 1665.

De la tumultuosa y poco feliz experiencia que culmina, en el pe­ríodo de la «Fronda», en medio de las lu­chas e intrigas narradas en las Memorias (v.), el duque de La Rochefoucauld aporta la amarga sabiduría recogida en más de 500 sentencias breves y sutiles. Tiene a su favor la pasión de la investigación psico­lógica, difundida entre la sociedad selecta, estimulada y guiada por el cartesianismo y, así también, la predilección mundana de que gozaban las «máximas», especialmente en el círculo de su amiga, la señora de Sablé, donde el estudio en torno a los misterios del corazón y la verdadera esen­cia de la virtud humana gustaba de ser resumido en aquella forma espiritual que se nos muestra con tal maestría en el ma­nual de La Rochefoucauld. Sucediéndose en un orden aparente, las Máximas despliegan la más fuerte unidad del pensamiento do­minante y sin cesar repetido: el amor propio, el interés que se dibuja en el fondo de todas nuestras acciones, los sentimientos y la denominada virtud. «Nuestras virtudes no son, generalmente, más que vicios en­mascarados».

De ahí que la amistad, la pie­dad, la honestidad, el pudor femenino, el heroísmo, etc., se descompongan bajo aque­lla mirada despiadadamente escrutadora, re­velando el egoísmo, la debilidad o el cálcu­lo más sutil. «Retrato del corazón humano» llama el autor a su libro; y bien sabe que no osarán condenarlo los creyentes más austeros, que ven en el orgullo el prin­cipal signo de la miseria y de la caída del hombre. Pero si La Rochefoucauld coinci­de con Pascal cuando denuncia el infinito orgullo humano, la fe no le ilumina; su sabiduría es absolutamente mundana y al­canza tan sólo al ideal del «honnête hom­me» de la más consumada y sutil vida de sociedad (para la cual escribió aparte las Reflexiones diversas, publicadas en 1731). La experiencia y la desilusión del gran se­ñor ponen de manifiesto cuanto tenía de desdeñoso, de resentido y de apasionado, que bien logró dulcificarse en las ediciones sucesivas, por influencia de madame de La Fayette, sin que se alterase, no obstante, el principio esencial. Ligado de esta forma a las pasiones del autor, al espíritu de su tiempo, así como a su mundo propio, el libro muestra el osado conocimiento psico­lógico que caracteriza a la literatura fran­cesa del gran siglo, y se empareja con los Pensamientos (v.) de Pascal, el teatro de Racine, precediéndoles, y a las obras maes­tras de su contemporáneo Molière.

A la visión severa e implacable del corazón le da la forma más absoluta la aptitud fran­cesa para reducir el pensamiento a la ex­presión rápida y clara, como una fórmula, que aquí encuentra el ejemplo más rico y feliz. Las Máximas, además de exactas, son penetrantes, luminosas, sin que dejen tras­lucir un atisbo efe preciosismo, que acentúa el carácter altamente mundano y señorial del libro. Al mismo tiempo que brillan por la potencia del estilo, aquel pensamiento pesimista ha fecundado la teoría optimista de Helvetius, que acepta el egoísmo, el amor propio, motor de toda buena activi­dad social siempre que aparece bien dis­ciplinado, de donde surge el utilitarismo in­glés ochocentista. Más cercanos a La Ro­chefoucauld, se sintieron seducidos Scho­penhauer y Nietzsche por aquella amarga y desdeñosa visión del hombre; y también contemporiza con tal aspecto el propio Leo­pardi, como puede apreciarse en algunos de sus Ciento once pensamientos (v ).

V. Lugli

Una de las obras que más contribuyeron a formar el gusto de la nación y a darle un espíritu de exactitud y de precisión. Ha­bituó a pensar y a establecer el pensamien­to en una forma viva, precisa y delicada. (Voltaire)

Como Maquiavelo, La Rochefoucauld con­siguió marcar sobradamente sus observa­ciones, tan penetrantes y duraderas, con la impronta particular de su tiempo. (Sainte-Beuve)

Cada una de sus máximas es como un alfilerazo que desinfla el ideal enfático o la aspiración sobrehumana de la edad que fenece… Las Máximas son como el testa­mento moral de la edad preciosa. (Lanson) La Rochefoucauld es un preciosista poco amable y poco sincero. (Veuillot)

¿Quién era el autor de las Máximas? Un agitador político que reposaba tras las in­trigas fracasadas, junto a algunas damas espirituales. (De Gourmont)

La Rochefoucauld es maravilloso; sabe unir, en su estilo, al valor de la sentencia incontrovertible, la delicia de la libre con­versación. (E. d’Ors)

¿Un moralista? En absoluto. Es un no­velista, cronológicamente el primero de nuestros novelistas. Todo le proviene de su imaginación, de la brusca percepción que él tiene de un sentimiento humano captan­do una visión o una frase. Cada una de sus máximas es un argumento descubierto. En lugar de desarrollar la narración, la re­duce, le da una articulación, la transforma según su carácter. (J. de Lacretelle)