Máximas y Reflexiones sobre la Comedia, Jacques-Bénigne Bossuet

[Maximes et réflexions sur la comédie]. Obra polémica de Jacques-Bénigne Bossuet (1627-1704), publicada en 1694. Habiendo sostenido un teatino, el P. Caffaro, que los ataques de los Padres de la Iglesia contra los espectáculos no se po­dían referir al teatro del siglo XVII, Bos­suet le indujo, con una severa carta, a retractarse de tales ideas que, según su pa­recer, minaban la ortodoxia católica. Des­arrollando sus argumentos moralistas en es­tas Máximas, el obispo de Meaux trata de poner de manifiesto las infamias que el teatro oculta bajo el disfraz de su vida mundana. Las obras teatrales no solamente son culpables porque ponen en ridículo las virtudes, y enseñan los vicios y las culpas de la vida, sino especialmente porque exci­tan las pasiones encendiendo en los cora­zones unos deseos y tormentos que quieren después encontrar una manifestación en la misma sociedad. Es interesante en este es­crito la referencia a las «infamias» y a las «iniquidades» de las comedias de Mo­lière. La obra entronca con la tradicional condena de los espectáculos por parte de la Iglesia, añadiendo a la polémica la con­vicción, que asume en su estilo una fuerza elocuente, de contribuir a reforzar la uni­dad de los dogmas y de las costumbres de su tiempo.

C. Cordié

Maud, Alfred Tennyson

Poemita de Alfred Tennyson (1809-1892), publicado en 1855. Es un mo­nólogo lírico, cuyo protagonista narra, en primera persona, su trágica historia.

Des­pués de una infancia particularmente in­feliz, halla finalmente en su amor por Maud un poco de alegría y de serenidad. Los dos jóvenes mantienen ocultos sus sen­timientos, porque el padre de la muchacha no le permitiría nunca casarse con el hijo pobre de una familia venida a menos. Pero un encuentro secreto entre los enamorados es descubierto por el hermano de Maud; se sigue un duelo en que éste es muerto por el protagonista, el cual huye entonces al extranjero y, vencido por el remordimiento y la desesperación, está a punto de vol­verse loco. Pero estalla la guerra de Cri­mea, y el joven halla fuerzas para respon­der a la llamada de su Patria. El poeta reanuda aquí y renueva el estado de áni­mo de Locksley Hall (v.). En ninguna otra obra suya la vena dramática de Tennyson es poderosa y viva como en este poemita, donde son particularmente de notar el in­teligente estudio psicológico del estado de ánimo del protagonista, los acentos, para Tennyson insólitamente vigorosos, que se hallan en la obra y, sobre todo, el alto li­rismo de algunos cantos de amor, entre los más bellos compuestos por el poeta. En Maud queda ejemplificado con particular eficacia el don de Tennyson para adaptar al asunto el movimiento del verso, y de subrayar los matices del tema con los más sutiles cambios de clave y de tono. Los contemporáneos del poeta concedieron a este poemita una acogida harto fría, pero la crítica moderna ha revalorado esta obra que, no exenta de defectos, figura entre las más ricas en momentos sinceros. En él está la famosa poesía «Baja al jardín, Maud» [«Come in to the garden, Maud»].

S. Rosati

Max Havelaar, Edward Douwes Dekker

Obra de fondo auto­biográfico del holandés Edward Douwes Dekker (1820-1887), publicada bajo el pseu­dónimo de Multatuli («mucho padecí») en 1860.

El autor, que había partido a los die­ciocho años para las Indias holandesas, ha­bía sido nombrado en 1856 asistente-resi­dente en Lebak. Al chocar con sus supe­riores, a causa de su gran benevolencia con los indígenas, explotados por sus jefes con la aquiescencia de las autoridades na­cionales holandesas, presentó su dimisión. El Max Havelaar está plasmado por estas experiencias; según la intención de su au­tor, había de ser una apología de su actua­ción y, al mismo tiempo, influir sobre la opinión pública en favor de los indígenas. Tuvo un gran éxito, y no sólo literario, por­que de él tomó origen la llamada «Corrien­te ética» de la política india. Droogstoppel («Estopa seca»), comerciante de café en Amsterdam, encuentra a Max Havelaar, amigo suyo y compañero de colegio, y con­versa con él hasta que advierte que, en vez de abrigo, no lleva sino una bufanda al cuello. Con todo, Max Havelaar, es­perando una ayuda pecuniaria, envía a Droogstoppel un paquete de manuscritos. Éstos caen en manos del hijo de Droogs­toppel y de un amigo suyo alemán, y con ellos forman el libro que van leyendo con mucho éxito en el círculo de amigos de casa Droogstoppel.

Aquellos manuscritos lla­man también la atención de éste, por cier­tas estadísticas y consideraciones acerca del comercio de café, hasta el punto de pensar en sacar de ellos un libro para uso de los comerciantes de café. Con este fin intercala en aquellas despreciadas páginas «sentimentales» unos capítulos suyos, en los cuales el egoísmo y la hipocresía se revis­ten de honestidad y devoción, y agradaron tanto que muchas frases suyas se han con­vertido en manera de decir. Además de estas partes irónicas y satíricas, y las otras apologéticas, el libro contiene páginas líri­cas, como el relato de Saidja y Adwida, en estilo bíblico oriental, y la poesía «No sé dónde morir». Son también notables la parábola del picapedrero japonés, el dis­curso dirigido por Max Havelaar a los jefes – de Lebak, las consideraciones de Droogstoppel acerca de la poesía. Estos di­versos elementos apologéticos, oratorios, sa­tíricos, caricaturescos y líricos, mientras dan variedad están además muy equilibra­dos entre sí. Max Havelaar queda como el libro más importante del siglo XIX ho­landés.

F. Bramanti

Máximas Capitales, Epicuro

Obra de Epicuro (342-270 a. de C.), en la cual el filósofo griego compendia en breves máximas los puntos principales de su sis­tema. Nos ha sido transmitida por Diógenes Laercio, que la situó como coronación de su biografía de Epicuro. Las cinco prime­ras máximas señalan los remedios que hay que tener presentes para vivir felices: la ausencia del dolor en el Ser bienaventura­do e indestructible, la inanidad de la muer­te insensible, en cuanto disolución, la au­sencia del dolor como límite supremo del placer, la breve duración del dolor físico y la necesidad de una vida sabia y justa. Una segunda serie de aforismos (6-21) desarro­lla las normas prescritas para asegurarse la «ataraxia» o imperturbabilidad. Es pre­ciso abstenerse del poder y los honores, de buscar los placeres, que traen más turba­ciones que alegrías; de la riqueza, cadena interminable de apetitos. El hombre pru­dente hallará el verdadero placer en una vida moderada y tranquila, lejos de toda turbación, procurando únicamente la au­sencia del dolor, allende el cual no existen sino variaciones (cualitativas) del placer, limitadas y no necesarias.

En las máximas siguientes (22-24) se estudian los criterios de la verdad y el juicio moral («aponía» y «ataraxia») al juzgar el bien moral. El au­tor clasifica después los deseos en dos ca­tegorías: necesarios, que tienen como ob­jeto la «aponía», y no necesarios, que pue­den ser suprimidos sin que se provoque dolor. Entre los primeros está el deseo de la amistad, sumo bien, inmutable consagración de la imperturbabilidad del sabio frente al dolor y la muerte. Sigue una se­rie de máximas de carácter jurídico (31-38), en las cuales se expone el derecho natural, símbolo de la utilidad recíproca de no cau­sar daño ni recibirlo, y el concepto políti­co de lo justo y lo injusto. La justicia no es una entidad metafísica por sí misma, sino sólo un concepto relativo a las relaciones recíprocas, sustrayéndose a las cuales cesa la tranquilidad y la seguridad espiritual. El derecho específico cambia según la diver­sidad de lugares y circunstancias; de donde las normas legislativas pueden ser diversas, en los distintos lugares, pero mantienen su validez en cuanto conservan un carácter de utilidad. Las Máximas capitales fueron el libro áureo de los epicúreos: Luciano lo llama «el más bello de los libros», y por él sabemos que Alejandro de Abonotico lo hizo quemar en la plaza pública.

Tuvo gran influencia en la Antigüedad clásica, espe­cialmente sobre las obras de Lucrecio, Sé­neca, Epicteto y Marco Aurelio, quien in­cluso fundó en Atenas una cátedra de fi­losofía epicúrea. A la vez que en estas Máximas se advierte todo cuanto la ética ascética de Epicuro — que persigue sólo la ausencia del dolor — difiere de la cirenaica de los placeres momentáneos, se reconoce por otra parte en qué medida este fin de la «felicidad personal» mortifica toda su concepción de la vida, haciendo de la vir­tud una «medicina preventiva» contra los dolores, y del egoísmo en todos los aspec­tos, -la norma fundamental del sabio.

G. Pioli

El Matrimonio de Olimpia, Émile Augier

[Le mariage d’Olympe]. Comedia en tres actos de Émile Augier (1820-1889), representada en 1855. Se desarrolla en ella Una tesis ne­tamente contraria a la desarrollada por Víctor Hugo en Marión Delorme (v.) y más recientemente por Alexandre Dumas, hijo, en la Dama de las Camelias (v.).

Olimpia Taverny es una de las entretenidas más cotizadas de París; cansada de orgías y locuras, piensa en retirarse y disfrutar de las alegrías tranquilas de la familia; un joven ingenuo, el conde Enrique de Puygiron, le ofrece la ocasión. Convertida en condesa de Puygirón, después de algunos meses de tranquilidad y honradez, Olim­pia está ya cansada de su nueva situación; busca un amante, lo encuentra y se deja sorprender por su marido. Cuando éste desafía al amante de su mujer, Olimpia urde el plan diabólico: sabiendo que una primita del conde, Genoveva, había sido considerada anteriormente como su prome­tida y sigue amándole, advierte a la mu­chacha que sólo ella puede salvar a Enri­que revelándole en un billete su amor y rogándole que viva para ella. Este billete será el arma de Olimpia; lo emplea para amenazar a la familia Puygiron de pedir el divorcio contra su marido, acusándolo de adulterio con la jovencita: es su ven­ganza la venganza de toda su clase contra el honor y la respetabilidad. Revelándose impúdicamente en un dramático diálogo con el cabeza de familia, marqués de Puy­giron, Olimpia es muerta de un tiro de re­vólver.

A los idealismos románticos han sustituido las verdades brutales del segundo Imperio; a la cortesana que anhela el amor verdadero, la cortesana corrompida y co­rruptora. En defensa de la familia, de la sociedad y de la segura moral burguesa contra la rehabilitación de la mujer perdi­da, Augier muestra el peligro de la «nostal­gia del fango» en la criatura que ha cono­cido el mal.

G. Alloisio