[Michelangelo]. Obra del historiador alemán Carl Justi (1832- 1912), publicada en Leipzig en 1900. Es fruto de una larga meditación sobre el arte de Miguel Ángel, iniciada con estudios en 1861 y continuada sobre todo durante la estancia del autor en Roma, de 1867 a 1869.
Hasta más tarde no tomó forma de trilogía biograficocrítica, cuyas tres partes — la bóveda de la Sixtina, la tragedia del sepulcro (de Julio II) y los modos figurativos — están entre sí, como declara el mismo autor, en la mutua relación de espíritu, destino y materia. O sea, en la bóveda de la Sixtina el autor ve la libre expresión del espíritu de Miguel Ángel, el «estilo heroico» conquistado recorriendo conscientemente el camino del arte clásico, único maestro del artista. En la «tragedia» del sepulcro sigue, en cambio, la evolución posterior de este espíritu, que para expresarse lucha no tanto contra las adversidades exteriores como contra su propia ineluctable ley de desarrollo, por la cual cada momento creador es a la vez superación y casi contradicción del anterior, haciendo imposible la realización de todo proyecto establecido desde mucho tiempo antes.
En los «modos figurativos», por fin, indaga los motivos esenciales de esta evolución, en la voluntad de una expresión plástica absoluta que los medios pictóricos no pueden satisfacer, sino que se debe conquistar y realizar dominando laboriosamente la materia, hasta la más rebelde, como el mármol. Titánica labor que absorbe toda la energía física y espiritual del artista, y para la que no basta la duración misma de la vida humana. Por esos motivos Miguel Ángel no pudo llevar a cabo precisamente lo que más deseaba: la tumba papal y. la fachada de San Lorenzo. Se nota que, en esa obra, el autor no se plantea sólo un problema históricoartístico, sino también, románticamente —como ya hiciera en sus obras sobre Winckelmann y Velázquez (v. Diego Velazquez y su siglo) —, todo el problema del genio, que siente como vínculo toda determinación humana y está por tanto condenado a un destino que tiene la trágica inexorabilidad de los grandes acontecimientos de la naturaleza. No hay ejemplo mejor que el de Miguel Ángel, cuya vida humana estuvo íntimamente fundida con su destino de artista, hasta anularse en él.
Un tema semejante podía fácilmente resbalar hacia la novela, si el autor no hubiera tenido presente el freno de su conciencia de historiador, que le hace pesar con excepcional lucidez y sentido de correlación los hechos, tanto psicológicos como culturales e históricos, orientándose seguramente en gran número de documentos, y tomando posición frente a los resultados de la crítica anterior. De acuerdo con las más recientes tendencias historicoartísticas, podríamos lamentar que en esta obra los hechos plásticos queden a menudo relegados a segundo plano, y que la misma creación parezca ser a veces tan sólo el documento de una experiencia espiritual que la trasciende. Sin embargo, la figura de Miguel Ángel está reconstruida de una manera poderosa, y ciertos hechos que se refieren a su labor de artista, como especialmente los relativos a la tumba de Julio II, reciben una explicación definitiva, lo cual hace de este estudio un hito fundamental en la historia de la crítica del genial artista.
L. Becherucci
