Comedia en tres actos en verso, original de Leandro Fernández de Moratín (1760-1828), estrenada en el Teatro de la Cruz el año 1804.
Se había representado ya en casas particulares desde el año 1791, y cuando salió impresa, con una dedicatoria en verso al Príncipe de la Paz, se notaron algunos cambios en escenas que debieron parecer a su autor demasiado sinceras en su descripción de la gazmoñería femenina, tema moralizador y exclusivo al que se sacrifican la verosimilitud de las situaciones y la gravidez de los caracteres. El argumento, ahogado por su sujeción a las tres unidades, se reduce a lo siguiente: dos hermanos, don Luis y don Martín, padres de sendas hijas en edad de merecer, viven juntos en una casa de Toledo, en la que también habita don Claudio, joven heredero de un hidalgo de Ocaña, amigo de don Luis. Don Claudio, a quien su padre ha mandado a Toledo para que se case con Inés, la hija de su amigo, lleva una vida irregular, por lo que su presunta novia no se decide a aceptarlo, lo cual es aprobado por el padre de ella, pero no por su tío don Martín, orgulloso tan sólo de la discreción de su hija Clara, destinada a la vida religiosa. Pero Clara es, en realidad, una joven astuta que esconde su sensualidad con caricaturescos rubores y beaterías. Don Claudio, instruido por el entremetido criado Perico, declara su amor a doña Clara, heredera de un moribundo tío rico. Median una serie de domésticas y burdas intrigas hasta que el consternado padre don Martín descubre el concertado y ya preciso casamiento. Al tiempo se recibe la noticia de que el tío rico, ante la seguridad de la vocación de Clara, traslada su herencia a la otra sobrina.
En la escena final, padre y yerno ponen de manifiesto sus bajos móviles económicos, y doña Clara la escasa piedad de su corazón. Inés, la joven siempre calumniada, dona la mitad de la herencia al nuevo matrimonio, ante la idolátrica admiración de su rendido padre («No sabes cómo se halla mi corazón…»). El tema, así como su desarrollo y la misma escenografía, son esquemáticamente fríos; el lenguaje entre cotidiano y ridículo. (Clara: «Si mi padre trata de heredarme… valiente chasco se lleva». Don Luis: «Tales locuras hicieras / Fumar donde nadie fuma, / silbar, rascarse las piernas / y rebañar con el dedo / las jícaras y lamerlas»).
R. Jordana

