Monumenta Germaniae Historica.

Vasta serie de fuentes históricas, promovida por la «Sociedad para el estudio de la his­toria más antigua de alemania» («Gesell­schaft für Deutschlands altere Geschichts­kunde»), iniciada en 1827, un tiempo bajo la dirección de Pertz, y todavía en curso de publicación, que acoge en edición crítica to­dos los textos latinos o en lengua vulgar an­tigua compuestos desde el 500 al 1500, y que constituyen las fuentes de la historia y de la cultura germánicas en la Edad Media.

La colección, dividida originariamente por Pertz en cinco grupos: «Scriptores», «Leges», «Diplomata», «Antiquitates» y «Epistolae», está ahora articulada en trece sec­ciones, cada una de las cuales comprende diversos volúmenes editados bajo la direc­ción de los más conocidos historiadores y filólogos alemanes (Mommsen, Halm, Leo, Peiper, Vollmer, Droysen, Vogel, Birt, Schwolm, Arndt y Krusch, etc.) que, a cada texto publicado, anteponen una intro­ducción fundamental, tanto desde el punto de vista filológico (número y estado de los códices, variantes, ediciones precedentes, etc.) como desde el histórico y literario. La primera sección, compuesta de quince vo­lúmenes, está dedicada a los «Auctores antiquissimi», esto es: Salviano de Marsella, Éutropio, Víctor Vítense, Venancio Fortu­nato, Jordanes, Avito, Símaco, Ennodio, Sidonio Apolinar, Claudiano, Casiodoro, Draconcio, San Eugenio de Toledo, las Crónicas menores y otros autores secundarios. La se­gunda sección reúne en seis volúmenes los «Scriptores rerum merovingicarum», es de­cir, los historiadores del período merovingio, como San Gregorio de Tours, Fredegario y otros autores anónimos de «Vidas de Santos». En la tercera, en un solo volumen, se hallan los «Scriptores rerum angobardarum et Italicarum», de los cua­les el principal es Paulo Diácono.

En la cuarta, en tres volúmenes, están reunidos los «Libelli de lite imperatorum et pontificum». Muy importante, como documenta­ción histórica, es la quinta sección que contiene, en ocho volúmenes, las «Leges nationum germanicarum» y, más precisa­mente, la legislación de los visigodos, de los borgoñones y de los alemanes, las Ca­pitulares francas, los Concilios, las Constituciones y las Actas públicas de los reyes y de los emperadores. La sección sexta, en curso’ de publicación, reúne los «Diplomata regum Germaniae ex stirpe Carolinorum»; la séptima, la serie de los «Diplomata» de reyes y emperadores germánicos, de Con­rado I y Enrique I hasta Conrado II. La sección octava, en dos volúmenes, está, en cambio, enteramente dedicada al precioso epistolario de San Gregorio Magno; la no­vena contiene, además, en tres volúmenes, varios epistolarios del período merovingio y carolingio, que reflejan situaciones y mo­mentos históricos; la décima, en ocho vo­lúmenes, ofrece las epístolas de los Pontí­fices romanos. La undécima sección, en formación todavía, reúne la vasta y caracte­rística producción poética de la Edad Me­dia germánica; mientras que en la duodé­cima, en seis volúmenes, se encuentran publicados los «Scriptores vernaculi»; se trata, por lo general, de crónicas en alemán medieval. La última sección, en cinco volúmenes, contiene los «Necrologi».

Esta obra monumental figura entre las más im­portantes instituciones filológicas alemanas, pues representa la fuente más completa y preciosa de la cultura germánica: dada la interdependencia entre la historia de Italia y la de la alemania de la Edad Media, tam­bién resulta fundamental como fuente para el estudio de la historia italiana. Hasta 1873, el director de la obra fue Pertz; en 1875 fue propuesto un Comité directivo central del que fueron presidentes sucesi­vamente G. Waitz (1875-1886), W. Wattenbach (1886-1888), E. Dümmler (1888-1902), O. Holder-Egger (1902-1906), R. Koser (1906- 1914), P. Kehr (1914-1938). El presidente actual es E. Stergel.

M. Corti

Monte Circello, Aleardo Aleardi

[Monte Circello]. Canto de Aleardo Aleardi (1812-1878), en endecasílabos libres, publicado en 1856 e incluido más tarde en sus Cantos (v.). El antiguo cabo de Circe es un lugar poblado de recuerdos, que el poeta revive en un breve poema, una de sus más inspiradas y felices composiciones. El primer recuerdo le es sugerido por el nombre de la he­chicera. Homero vuelve, con «rostro de vi­dente»; las palabras del poeta (que ya re­sonaron «en los silencios de la joven tierra») son canto: quiere disuadir a los hombres a que se acerquen a las orillas de Circe, ya que la voluptuosidad es un ho­rrible escollo fascinador. De la imagen antigua y mitológica, el poeta vuelve la mirada a los tiempos modernos. Le emo­ciona el pensamiento de los sufrimientos que, en aquel mismo lugar (la «palude pontina»), padecen los labradores, cuando las fiebres del «envenenado aire» acaban con sus cuerpos.

En la extremidad de la bahía, el castillo de Astura le atrae por sus re­cuerdos históricos: el de la traición contra Corradino de Suabia, «pálido y bello, y con cabellos de oro», traicionado en su sueño. Cada lugar de la tierra italiana, dice el poeta, suscita un recuerdo, y su­perando los límites de la mitología y la historia, llega a las lejanas edades prehis­tóricas, «la aurora del mundo». El endeca­sílabo, siempre musical; los episodios están tratados sobriamente y bien coordinados en­tre sí. El poema está dominado por una espiritualidad meditativa.

G. Falco

La Montaña Mágica, Thomas Mann

[Der Zaubeberg]. Novela de Thomas Mann (1875-1955), publicada en 1924. Hans Castorps, un joven burgués (Mann vuelve de esta ma­nera, si no a un ambiente, como en los Buddenbrook, v., por lo menos a un héroe hanseático), va a visitar a su primo tísico, Joaquín, que está curándose en un sanato­rio de Davos. Pero en aquella atmósfera embrujada, Castorps se siente o se recono­ce también él enfermo del pecho, y per­manece allí siete años, hasta que el esta­llido de la guerra de 1914 lo despierta de su sueño y lo conduce a los campos de batalla. Podemos ver en esta novela seis motivos distintos. Ante todo, en la masa de sus descripciones hay la técnica natura­lista, con su atención y su gusto por los ambientes patológicos: Thomas Mann se detiene morosamente a describir decaden­cias y especialmente agonías, como había hecho en los Buddenbrook, pero en un medio aún más específicamente morboso.

En segundo lugar, hay una sociedad euro­pea (ya que en esos sanatorios se en­cuentran gentes de todos los países), que, 2.000 metros por encima de las divisiones de. las llanuras, constituye una especie de núcleo de una sociedad futura o muy pri­mitiva. En tercer lugar, se trata especial­mente de un individuo, del héroe Castorps; es el alemán medio, pero en cuanto se es­tablece en la montaña, con sus ocios infi­nitos, se siente transportado de la vida febril y superficial de nuestro tiempo al siglo XVIII, y empieza a ocuparse de su cultura y de su formación, como Wilhelm Meister (v.). Por este lado la novela entra en la gran serie tradicional del «Bildungsroman» (novela de la formación del alma). Castorps pasa sus años de aprendizaje, lee, escucha, observa; hay aquí, por parte del autor, la intención de hacer la suma del saber moderno, que va de la meteorología al psicoanálisis. Mann no lo consigue; tie­ne indudablemente una curiosidad universal, pero la satisface no, como Goethe, con un verdadero saber en todos los campos, sino más bien tomando notas de carácter informativo genérico, soportables tan sólo por la elegancia de su presentación. Pero (cuarto motivo) la novela se levanta y co­bra aliento con la aparición de dos intelec­tuales puros, Settembrini, retórico de las ideas de la revolución de 1789 y del ra­cionalismo liberal e individualista del si­glo XIX, y Naphta, el abogado de la parte instintiva y primitiva del hombre, que tien­de hacia las formas de vida comunistas.  Castorps asiste a sus discusiones y escucha a los dos sin decidirse.

El defecto de esta parte de la obra es que los dos interlocu­tores no pasan de ser unos abstractos por­tavoces del autor, sin llegar a ser nunca unos seres vivientes. No es que carezcan de contornos exteriores; tanto Settembrini como Naphta están perfectamente indivi­dualizados, mientras no discuten. Pero en la disputa su personalidad queda absorbida por el proceso lógico de las ideas, y desaparece. La belleza de esta parte consiste en reflejar, con una libertad superior, ju­gando con la dialéctica del «sic et non», exactamente la alemania de aquel momen­to, vacilante a la sazón entre las dos ideo­logías contrarias. Diríase que nos encon­tramos ante una nueva forma de novela: la novela de aventuras ideológicas. Pero, naturalmente, una gran nación no puede permanecer largo rato en esta situación de escepticismo y dudosa ironía, que al final se transformaría en un peligro. El quinto^ motivo viene dado por un episodio de amor, entre Castorps y Madame Chauchat, una huésped del sanatorio, descrita con la li­gereza de tonos velados y delicados propia de Thomas Mann, que no es capaz nunca de grandes pasiones, pero que sabe hacer de este defecto una cualidad. Finalmente hay una novela del tiempo, en cierta mane­ra relacionada con En busca del tiempo perdido (v.) de Proust. Para Castorps y los que le rodean, el tiempo posee un ritmo distinto del que tiene para la gente de las llanuras.

Hay por lo tanto una relatividad, una singular elasticidad del tiempo; y si tantas otras obras juegan ingenuamente con su esencia, acortándolo o alargándolo según sus necesidades, aquí se convierte en el rector y, en cierto modo, el prota­gonista, del que todas las aventuras de la novela no son más que narraciones. Así esta montaña encantada y encantadora es el receptáculo de una infinidad de cosas. Seguramente conservará valor como docu­mento de una Europa suspendida entre la decadencia de fines del siglo XIX y los comienzos del XX. Artísticamente, hay es­cenas de gran humorista en el continuo vaivén entre la vida y la muerte, y una figura muy bien lograda, de una grandeza grotesca y magnífica, la del holandés Mynherr Pepperkorn; así, mientras el delicado Castorps resucita lentamente a una vida fina y tenaz, nos pone frente a él otra, ar­diente y dionisíaca, que se devora a sí misma en su exuberancia. Madame Chau­chat huye de los brazos de Pepperkorn a los de Castorps, cuya vida uniforme es in­dudablemente la que Thomas Mann ha que­rido exaltar y proponer como la más se­gura. [Trad. de Mario Verdaguer (Barce­lona, 1934), varias veces reimpresa].

F. Lion

El Monje Blanco, Eduardo Marquina

Obra teatral de Eduardo Marquina (1879-1946), estrenada la noche del 5 de febrero de 1930 en el Tea­tro Reina Victoria de Madrid. El autor sub­titula su obra como «Retablos de leyenda primitiva», y así son, en efecto, sus jorna­das, que transcurren en tierras italianas teniendo como protagonistas al señor Hugo del Saso, violento conde ante cuya volun­tad se someten propios y extraños, y que yendo de cacería con sus caballeros y su prometida Mina Amanda, princesa alema­na, descubre a Gálata Orsina, muchacha de singular hermosura, cuyo padre es un aventurero escondido con ella en los bos­ques del conde.

Antes de que el conde Hugo llegara hasta la choza de Orsina, Mina Amanda mantuvo con ella una discusión acerca de joyas y de alivios, desafiando a la hermosa y selvática muchacha con la oferta de un collar de perlas que arroja al río para que ella, si lo desea tanto, pue­da ir a buscarlo. Orsina desprecia el reto y ve hundirse el collar en el agua; Mina Amanda la acusa entonces de ladrona ante su prometido el señor feudal, y éste, so­brecogido por la belleza de Orsina, pro­cura verla a solas y le ofrece joyas y ves­tidos si accede a darle su amor en el propio castillo. Accede Orsina y en brazos del conde Hugo pasa un mes, al final del cual él la despide orgullosamente porque si le amó fue por sus dádivas. Ya no es verdad esto, ella le ama por él mismo; y al abandonar el castillo riñe otra vez con Amanda, que la descubre y ofende nueva­mente. Amanda pone como condición a su matrimonio que él arrase la choza de Orsina y mate a su padre y al hijo que sabe va a tener la muchacha. El conde lo pro­mete, asegurando que después dará el co­razón de Amanda a sus perros.

Los criados del conde se llevan a Orsina, él mata a su padre, y fray Can — pues el escenario de la obra es un convento —, que es el lego creyente y apasionado del milagro, le ayu­da a enterrar al muerto y toma bajo su protección al niño. Mayolín, que tal es su nombre, crece en poder de una joven del pueblo, Anabela, calumniada al señalarle como hijo suyo al niño, por lo que es hasta despreciada por su novio, Piero, que acaba por sucumbir a la maledicencia. El hecho de tener que elegir nuevo abad en el convento, hace que el P. Provincial ven­ga a él: entonces sabe que hay una imagen prodigiosamente esculpida por un extraño fraile, Paracleto, insumiso aunque se es­fuerza en humildades, y que para fray Can tiene sonrisas y miradas celestiales. En la confesión de fray Paracleto se descubre que es aquel conde Hugo del Saso, atropellador de humanas leyes y vidas, que busca apasionadamente su arrepentimiento y paz espiritual en el convento. Pero en­tonces llega el Monje Blanco con deseos de ver la escultura de la Virgen, que es la representación de la Orsina pisoteada y arrojada del bosque por la maldad de Amanda y la brutalidad del conde. Es Orsina este monje blanco, y cuando Hugo la reconoce quiere huir de ella.

El P. Provin­cial pone a fray Paracleto la penitencia de vivir un año entero junto a Orsina y su hijo (en el reconocimiento de este hijo por su verdadera madre hay una emotiva escena), rehaciendo la estatua que acaba de romper para arrancarla de la devoción del infeliz y crédulo fray Can. Hugo se va con Orsina y su hijo, transcurre el año de penitencia y de castidad en convivencia, y cuando va a abandonar otra vez a los que ama a su pesar — presionado también por el remordimiento de haber matado al padre de Orsina-—, el propio P. Provincial le señala el verdadero camino: la unión con aquellos dos seres que le aman y a los que se siente unido por amor. La obra, candorosamente ofrecida, respira un tierno aire de milagro, de abandonada entrega a la fe y al amor santo.

C. Conde

Monólogos, regalo de Año Nuevo, Friedrich Ernst Schleiermacher

[Monologen, Neujahrsgabe]. Obra de Friedrich Ernst Schleiermacher (1768-1834), apareci­da el 1.° de enero de 1800. Representa una especie de examen de conciencia del autor y la justificación ética de los discursos so­bre la Religión (v.), el «extracto lírico de un diario íntimo», la meditación introspec­tiva por los meandros de la vida interior, donde el hombre, sintiendo la libertad de su ser y de su actuar, se forma en la hu­manidad y forma la humanidad en sí. El núcleo del volumen puede resumirse en la proposición: «Devenir cada vez más lo que soy»; devenir, empero, un Yo individual y no absoluto, o sea desarrollar fuertemen­te la propia personalidad con el atento examen de las propias tendencias, tratando de centrarlas y sublimarlas integrándolas en la armonía universal.

Pero la ética de Schleiermacher no está separada de la es­tética, parte esencial de su interioridad; por eso pasa a formular el arte como libre manifestación del íntimo Yo y, más par­ticularmente, como la novela, en la que se puede compendiar el infinito vivido. Esta fusión de arte y vida en un único «cen­tro» fue de gran importancia para toda la concepción romántica, donde la poesía nace de la misma vida para comunicarse viva al lector que la revive en sí. Los Monólogos quieren ser en ética una superación del imperativo categórico de Kant, al que nie­gan validez universal, reconociendo en cam­bio una ley moral inmanente, pero indivi­dual, a la que cada cual ha de conformarse, y preparan la moral llamada «orgánica» de la individualidad fuerte, que encontrará amplio eco en la ética romántica, ilustrada entre otros por Friedrich von Schlegel en su ensayo Acerca de Diotima (v.).

G. F. Ajroldi