Obra teatral de Eduardo Marquina (1879-1946), estrenada la noche del 5 de febrero de 1930 en el Teatro Reina Victoria de Madrid. El autor subtitula su obra como «Retablos de leyenda primitiva», y así son, en efecto, sus jornadas, que transcurren en tierras italianas teniendo como protagonistas al señor Hugo del Saso, violento conde ante cuya voluntad se someten propios y extraños, y que yendo de cacería con sus caballeros y su prometida Mina Amanda, princesa alemana, descubre a Gálata Orsina, muchacha de singular hermosura, cuyo padre es un aventurero escondido con ella en los bosques del conde.
Antes de que el conde Hugo llegara hasta la choza de Orsina, Mina Amanda mantuvo con ella una discusión acerca de joyas y de alivios, desafiando a la hermosa y selvática muchacha con la oferta de un collar de perlas que arroja al río para que ella, si lo desea tanto, pueda ir a buscarlo. Orsina desprecia el reto y ve hundirse el collar en el agua; Mina Amanda la acusa entonces de ladrona ante su prometido el señor feudal, y éste, sobrecogido por la belleza de Orsina, procura verla a solas y le ofrece joyas y vestidos si accede a darle su amor en el propio castillo. Accede Orsina y en brazos del conde Hugo pasa un mes, al final del cual él la despide orgullosamente porque si le amó fue por sus dádivas. Ya no es verdad esto, ella le ama por él mismo; y al abandonar el castillo riñe otra vez con Amanda, que la descubre y ofende nuevamente. Amanda pone como condición a su matrimonio que él arrase la choza de Orsina y mate a su padre y al hijo que sabe va a tener la muchacha. El conde lo promete, asegurando que después dará el corazón de Amanda a sus perros.
Los criados del conde se llevan a Orsina, él mata a su padre, y fray Can — pues el escenario de la obra es un convento —, que es el lego creyente y apasionado del milagro, le ayuda a enterrar al muerto y toma bajo su protección al niño. Mayolín, que tal es su nombre, crece en poder de una joven del pueblo, Anabela, calumniada al señalarle como hijo suyo al niño, por lo que es hasta despreciada por su novio, Piero, que acaba por sucumbir a la maledicencia. El hecho de tener que elegir nuevo abad en el convento, hace que el P. Provincial venga a él: entonces sabe que hay una imagen prodigiosamente esculpida por un extraño fraile, Paracleto, insumiso aunque se esfuerza en humildades, y que para fray Can tiene sonrisas y miradas celestiales. En la confesión de fray Paracleto se descubre que es aquel conde Hugo del Saso, atropellador de humanas leyes y vidas, que busca apasionadamente su arrepentimiento y paz espiritual en el convento. Pero entonces llega el Monje Blanco con deseos de ver la escultura de la Virgen, que es la representación de la Orsina pisoteada y arrojada del bosque por la maldad de Amanda y la brutalidad del conde. Es Orsina este monje blanco, y cuando Hugo la reconoce quiere huir de ella.
El P. Provincial pone a fray Paracleto la penitencia de vivir un año entero junto a Orsina y su hijo (en el reconocimiento de este hijo por su verdadera madre hay una emotiva escena), rehaciendo la estatua que acaba de romper para arrancarla de la devoción del infeliz y crédulo fray Can. Hugo se va con Orsina y su hijo, transcurre el año de penitencia y de castidad en convivencia, y cuando va a abandonar otra vez a los que ama a su pesar — presionado también por el remordimiento de haber matado al padre de Orsina-—, el propio P. Provincial le señala el verdadero camino: la unión con aquellos dos seres que le aman y a los que se siente unido por amor. La obra, candorosamente ofrecida, respira un tierno aire de milagro, de abandonada entrega a la fe y al amor santo.
C. Conde

