Composiciones musicales del célebre músico flamenco Adriano Willaert (1480/85-1562), para voces solas, sobre texto sagrado latino. En ediciones antiguas aparecieron varias recopilaciones con un número de voces que varía de 4 a 7. Particularmente notables y conocidos son los dos primeros libros publicados en Venecia en 1539, con los títulos: Del ‘primo libro de i mottetti a quattro voci, de lo eccellentissimo Adriano Willaert, Maestro de Música de la Cappella de San Marco de L’Eccellentissima Signoria de Venetia. Nuovamente posti in luce (26 composiciones) y Mottetti de Adrián .Williart. Libro secondo a quattro voci nuovamente impresso (21 composiciones). Estas mismas colecciones fueron reeditadas en 1545, con algunos motetes de menos y otros de más, siempre a cuatro voces.
Nuevas recopilaciones aparecieron más tarde en diversos períodos con los siguientes títulos: Musicorum sex vocum, quae vulgo Motecta dicuntur Lib. I (1542); Música nueva (v.), recopilación de motetes y madrigales a 5-7 voces (1559); Moteta quatuor, 5 et 6 vocum, nunc primum in lucem edita, Lib. I (1561); Moteta cum 6 et 7 vocibus, Lib. II (1561), además de algunas ediciones póstumas. En ediciones modernas se han editado hasta ahora por completo sólo las recopilaciones de 1539 y de 1545, en un volumen que promete inaugurar la serie de las obras completas de Willaert (1937). Estos motetes, aparecidos cuando Willaert era desde hacía varios años maestro de capilla en San Marcos de Venecia (había sido nombrado en 1527), ya revelan en alto grado su genialidad artística. Tanto si se consideran un fruto avanzado de la polifonía vocal flamenca, como si los juzgamos aurora del arte musical veneciano, es cierto que constituyen insignes obras de arte. Concebidos en el más puro estilo contrapuntístico de la época, revelan el origen flamenco del autor en la compleja y armónica conducción de las partes y en el espíritu de íntima y meditativa religiosidad que los anima; pero, al mismo tiempo, tienen una morbidez y suavidad de formas y una luminosidad de tintas que hacen ya sentir netamente el espíritu artístico del nuevo siglo. El estilo de un Josquin, poderosamente dramático en su cerrado ardor de recogimiento, cede el paso aquí a algo más dulce y casi rafaelesco.
El sentido tonal es más claro, quizá con prevalencia de las armonías que llamamos mayores. Los motetes están regularmente compuestos sobre cantos presupuestos, o sea sobre melodías gregorianas, que circulan libremente por todas las voces en lugar de verse confinadas al tenor, como en la edad primitiva del contrapunto vocal y todavía en parte en el siglo XV. Algunas veces, incluso, Willaert coloca el canto en la voz más aguda, como en el «Ave María», que se encuentra al principio de la edición moderna. En general, los motetes, como era de rigor, se basan en textos sagrados: hay que destacar como rara excepción el «Dulces exuviae», sobre versos del canto de Dido en la Eneida (v.). Entre los motetes más hermosos recordamos «Qua- si unus ex paradisi fluminibus», «In patientia tua», «Inviolata», «Ave regina caelorum», «O gemma clarissima» y el «Pater noster», ya publicado en edición moderna por Ambros en el V volumen de la Historia de la música (v.). Un análisis más minucioso podría establecer cuáles de los motetes de Willaert se resienten más de la influencia de sus antecedentes flamencos; probablemente se advertiría sobre todo en los más juveniles y si, como dice su discípulo Zar- lino en la última página de las Instituciones armónicas (v.), el motete «Verbum bonum et suave» era cantado en Roma bajo el nombre de Josquin, el equívoco tendría probablemente alguna razón.
Willaert empleó con particular amplitud la escritura llamada de «coros separados», consistente en la división del coro en dos partes que se respondían a distancia y de tarde en tarde se unían, creando poderosos efectos sonoros; sistema particularmente adaptado al ambiente de la basílica de San Marcos, con dos coros y dos órganos contrapuestos. Son característicos a este propósito sus Salmos (Venecia, 1550), que aunque lleven nombre distinto de los motetes, pertenecen, sin embargo, a un género afín.
F. Fano
