Motetes, Tomás Luis de Victoria

El número de composiciones del gran músico español Tomás Luis de Victoria (15409-1611) que lle­van este nombre, no es importante respecto al conjunto de su obra: hay 22 a cuatro voces, 8 a cinco, 12 a seis y 2 a ocho.

Du­rante la vida de Victoria fueron publica­dos separadamente en varias recopilaciones, que contenían otras composiciones suyas, en los años 1572, 1583, 1585, 1589, 1600 y 1603. En la edición moderna de las Opera omnia en ocho volúmenes, preparada por Pedrell (Leipzig, 1902-1913), los motetes es­tán ordenados según el número de voces y recopilados en el primer volumen, con ex­cepción de uno a cuatro voces que se en­cuentra en el suplemento musical al final de la recopilación. Pero también otras com­posiciones de Victoria, que llevan distinto nombre, son en realidad de tipo afín a los motetes. De hecho, aparte de la futilidad de toda clasificación de las obras de arte en géneros, esta forma musical ni siquiera obedece a un plan estable, como, por ejem­plo, el de la misa. Cuanto puede decirse del motete (refiriéndonos, por supuesto, al del siglo XVI) es que se trata de una com­posición del más puro estilo polifónico vo­cal, generalmente a cuatro o más voces sobre texto sagrado latino sacado de los Salmos o de otros fragmentos bíblicos, o del oficio litúrgico.

El carácter expresivo de la música está en general basado en una austera y profunda religiosidad, pero al revés de la misa, donde domina de un ex­tremo al otro una armonía de elevación que diluye los contrastes dramáticos, alguna vez el motete permite una expresión más libre, según la inspiración dictada al mú­sico por el contenido del texto; incluso puede admitir elementos idílicos y hasta patéticos (v., por ejemplo, los Motetes de Palestrina sobre el Cantar de los Cantares). El motete puede arrancar de un canto dado, escogido entre las melodías gregorianas, pero el caso no es tan frecuente como en la misa. En Victoria, dicho procedimiento es más frecuente en los Himnos que en los Motetes. Se indica en general como típica del motete la forma de imitación o de ca­non (es decir, que todas las voces repiten sucesivamente y con intervalos musicales dados, los diversos motivos del fragmento), pero hay muchas excepciones, especialmente en Victoria. Como ejemplo de dicha forma entre sus motetes, puede citarse el esplén­dido «O magnum Mysterium»; los demás, en general más célebres, no la tienen. En cuanto a los caracteres expresivos de los motetes de Victoria, se ha advertido espe­cialmente en ellos una intensidad de senti­miento dramático, un calor emotivo y pa­sional en la expresión religiosa, como manifestación de aquel ardor místico sombrío y terrible que fue característico de España en tiempos de la Inquisición; y aquello im­presionó hasta tal punto a ciertos músicos y musicólogos modernos, que les hizo pre­ferir Victoria a Palestrina (mientras en otras épocas había sido injustamente lla­mado «mico de Palestrina»).

En realidad, dichas comparaciones son superficiales y ociosas. No es que no se encuentre alguna vez en el arte de Victoria un sentido de in­tenso dramatismo: bastaría citar el motete «O vos omnes», justamente celebrado por su emocionante y profunda expresión (otra composición sobre el mismo texto y con música bastante parecida, sólo para voces masculinas, está incluida en los responsos). Aún más impresionante y en ocasiones quizás algo enfático es el responso «Tenebrae factae sunt». Pero no hay que dete­nerse, al considerar la obra de Victoria, en este colorido sombrío y alguna vez rea­lista, que en el fondo es sólo uno de los muchos de su rica personalidad. Otros mo­tetes tienen, en efecto, una expresión dis­tinta y más mesurada; véase, por ejemplo, el «Domine non sum dignus», de compun­gida y cuidada humildad; el «Dúo seraphim», de una alegría de hosanna; «O regem caeli» y «O sacrum convivium», de efusiva y cálida dulzura. La polifonía es siempre rica, aunque quizá menos compleja que en las misas; el sentido armónico a menudo bastante próximo al moderno, que por otra parte ya había madurado, en los últimos años en que vivió Victoria, dentro de una forma de arte muy distinta de la suya: la del drama musical. Junto a Palestrina y Orlando di Lasso, Victoria está generalmente considerado como la mayor figura musical del siglo XVI.

F. Fano