Mujercitas, Louisa May Alcott

[Little W ornen]. Novela para muchachas, de la escritora norteameri­cana Louisa May Alcott (1832-1888), publi­cada en 1868.

Meg, Gio, Beth y Emily March, cuatro jóvenes hermanas, ansiosas de vida y alegría, viven serenamente con el gran afecto que las une entre sí y con su madre, aunque hayan de renunciar a mu­chas aspiraciones debido a la condición mo­desta de la familia, agravada aún desde que su padre ha marchado a la guerra. La amistad con un vecino suyo, el señor Laurence, un anciano riquísimo, algo mi­sántropo pero lleno de ternura por su nieto Laurie, que tiene aproximadamente la mis­ma edad que las hermanas March, aporta una nota alegre a sus días.

Laurie sabe divertir a sus amiguitas, y el abuelo las acoge afectuosamente y llega incluso a re­galar un piano a la dulce y delicada Beth. Dos acontecimientos casi simultáneos tur­ban esta dulce monotonía: una grave en­fermedad del padre, que obliga a la ma­dre a dirigirse a Washington, y una vio­lenta escarlatina que pone en peligro la vida de Beth. El padre se repone y vuelve a su casa; en cambio Beth queda delicada y enfermiza y al poco tiempo su joven vida se extingue. Las muchachas se hacen muje­res. Meg, la mayor, se casa con Brooke, el preceptor de Laurie; y Laurie se ena­mora locamente de Gio, que le quiere pero no lo bastante para casarse con él.

Laurie marcha al extranjero y se encuentra en Niza con Emily, la menor de las hermanas March, que está allí de paso con. una tía suya. Los recuerdos comunes los aproxi­man y lentamente nace el amor; se casan antes de volver a América. Gio, que estaba triste por haber hecho sufrir a Laurie, es feliz con la solución; se ha convertido en una buena escritora y une su vida a la de un profesor alemán que la comprende y ama.

El mérito de la novela, riquísima en episodios, está en la pintura de los carac­teres, estudiados y descritos con delicada precisión. Toda la novela, pensada y crea­da con un espíritu de sencillez y un respe­to a la libertad individual muy notables, especialmente en aquella época, es un cua­dro vivo de la vida americana en la se­gunda mitad del siglo XIX, que consigue dar cierta vaguedad poética a aquel ro­manticismo puritano. [Traducción castella­na, Barcelona, 1933].

M. T. Chiesa

La Mujer de Claudio, Alexandre Dumas, hijo

[La femme de Claude], Drama en tres actos de Alexandre Dumas, hijo (1824-1895), represen­tado en París en 1873.

Césarine es una mujer seductora, pero profundamente co­rrompida. Claude, su marido, tras de haber,, intentado inútilmente redimirla, la deja abandonada a sí misma, aunque sin llegar a una separación que deshonraría su nom­bre. Para llenar su soledad, se dedica a la investigación científica, que le lleva a inventar un tipo nuevo de cañón. Del descubrimiento ha tenido noticia una so­ciedad de espionaje extranjera, que trata de aprovecharse de la depravación de Césa­rine para apropiarse de la patente.

Un agente, cierto Cartagnac, encargado de ob­tener la complicidad de la mujer, llega a penetrar en el retiro del investigador, al que Césarine acaba de regresar tras una misteriosa estancia en París. Cartagnac, que posee las pruebas de la última relación ilícita de la mujer, la amenaza con revelárselo todo al marido, logrando de tal modo obtener la promesa de proporcionarle los documentos, que ella conseguirá aprove­chando la seducción que ejerce sobre el amigo y discípulo del marido, Antonin. Pero la camarera, que primero había favo­recido la malvada maquinación, advierte a Claude, el cual sorprende a la mujer cuan­do se halla a punto de realizar su promesa y la mata.

El drama, que marcha directa­mente hacia la catástrofe, suscitó vivas po­lémicas entre los contemporáneos. La fi­gura de Césarine, fatalmente corrompida enigmática, irresponsable, es una de las más originales del teatro de Dumas; los demás personajes parecen más bien rígi­das abstracciones declamatorias.

T. Momigliano

La Mujer Caprichosa, Carlo Goldoni

[La donna bizzarra]. Comedia en cinco actos, en ver­so, de Carlo Goldoni (1707-1793), representada en 1758. Como en la Viuda astuta (v.) y en la Mujer sola, se nos presenta una dama, la condesa Ermelinda, que se com­place en mantener en jaque a un buen número de pretendientes; pero lo que en la primera de las obras mencionadas era habilidad astuta y aprovechada, y en la segunda complacencia más o menos vela­da en el terreno sensual, aparece aquí co­mo vivacidad antojadiza y consciente, y co­mo personalidad inquieta y rebelde.

Erme­linda, cortejada por el exuberante capitán Gismondo, el galante caballero Ascanio, el afable don Armidoro y el patético don Fabio, no desearía dar satisfacción a nin­guno, pero en su intimidad, casi inconscien­temente — y esta inconsciencia constituye su humanidad más real—, oscila entre el capitán y el caballero. La llegada del pin­toresco batón Federico, con su hija Ama­lia, la obliga a tomar una decisión, a pe­sar suyo: Ermelinda combina, sin más, el matrimonio del caballero y Amalia, como si deseara hallarse ante un hecho consuma­do y, al terminar un borrascoso diálogo, acaba prometiéndose como esposa del ca­pitán, que posee un carácter semejante al suyo.

El desenlace de la indecisión en el brusco matrimonio y en el noviazgo sú­bito, representa el verdadero motivo de esta comedia, fundada aparentemente en un juego caprichoso.

U. Déttore

La esposa mártir, Enrique Pérez Escrich

Es la segunda parte de La mujer adúltera, y algunos de sus mismos personajes figuran en ella, así como, en La mujer adúltera salen otros que antes figu­raron en La calumnia, del mismo autor.

El protagonista de La mujer adúltera, el sufri­do y caballeroso Ángel Gurrea, capitán de la marina mercante, tiene ahora un papel de máxima importancia: la de enamorado y defensor ardiente de Rosa, la maltratada esposa de Beltrán de la Roca, revoluciona­rio y político mexicano cuyas actividades están siempre manchadas con sangre. La desgracia se ensaña en la esposa martiriza­da y en el infeliz marino cuya vida ya co­nocimos como ejemplar ante el dolor que le causara la traición de Magdalena, la que fue más tarde esposa, arrepentida.

Después de múltiples episodios en los que toman parte millares de personajes — todos con su historia interesante y folletinesca—, Rosa, que por sufrirlo todo llega hasta ser en­terrada viva y rescatada de la tumba por su enamorado silencioso y protector, el ca­pitán Gurrea, se queda por fin viuda. Y al amparo de la familia del marino, reposa su pobre alma y llega al amor por Ángel, casándose con él. La novela, larga, dila­tada, rellena de incontables aventuras, no deja de tener su interés.

El autor, de es­píritu moralizador, presenta una sociedad corrompida que sólo puede redimirse por el amor cristiano y su moral. Hay predilec­ción por las tierras americanas, por la evan­gelizaron de los salvajes, y en suma cum­ple los fines de su tiempo y de su tipo: dis­traer a los lectores que necesitan fuertes emociones disueltas en pueriles aconteci­mientos, todos remediables si las gentes tu­vieran un sentido común del que les vemos carecer y que es la razón de sus desdichas.

C. Conde

La Mujer Belicosa, Nikolaj Semenovič Leskov

[Voitel’nica]. Narración del ruso Nikolaj Semenovič Leskov (1831-1895), publicada en 1868. Es una de las obras maestras del humor de este au­tor ingenuo y realista.

Leskov hace narrar a una mujer belicosa, Domna Platonovna, encajera y alcahueta a ratos perdidos, su propia vida. Con gran sencillez y con len­guaje original por su misma franqueza, Platonovna explica como divertidas aventuras una serie de infamias cometidas por ella con la convicción de actuar según el me­jor sentido común: «conoce el ambiente de San Petersburgo» y está convencida de que una mujer, para salvarse de la miseria, ha de sacrificar siempre su cuerpo. Algunas ve­ces Platonovna combina matrimonios de in­terés y otras procura «la mejor mercade­ría» para algún rico militar o para otras personas de alto rango.

Si sus víctimas se rebelan, se indigna considerándose enga­ñada. En general, está convencida de hacer generosamente felices a hombres y muje­res y de ser mal recompensada; en el fondo es una buena mujer que trata de vivir có­modamente y ahorrar algún dinero. No ca­rece de sentido moral; lo que pasa es que ha decidido que en la vida todo es men­tira e ilusión, incluso el amor. Y he aquí que a los cincuenta años se enamora de un joven ratero que la despoja de todo su haber; entonces comprende que el amor tiene una fuerza y un sentido y, confusa­mente, en su intimidad, se arrepiente de la vida que ha llevado.

Hay en la narración profundidad de análisis y un amplio sen­tido de humanidad que colocan a Leskov entre los mejores escritores europeos del siglo XIX. Por la riqueza y viveza del idio­ma y por la perfecta conducción del relato, La mujer belicosa es una pequeña obra maestra.

G. Kraisky