La Mujer Campesina, William Wycherley

[The Country Wife]. Comedia en cinco actos y en prosa del inglés William Wycherley (1640-1715), representada con gran éxito en 1674. Hace pensar en la Escuela de las mujeres (v.) de Molière, aunque el espíritu cáustico del autor la haga fuertemente personal e in­teligente aun en su crudeza. La sagacidad de Horner recuerda la del Eunuco (v.) de Terencio.

Un áspero crítico, el historiador Macaulay (1800-1859), la consideró obra «indigna de crítica». Sin embargo, el famo­so actor David Garrick, el rey de la escena del siglo XVIII, se entusiasmó con ella, y, aunque tomándose ciertas libertades con el texto, arregló la comedia al gusto de sus contemporáneos. Horner, un famoso liber­tino» londinense, tras una larga estancia en París, hace correr la especie de que su vida licenciosa ha terminado, y de que nada tienen que temer de él las bellas mujeres, y menos los maridos.

Pero esto no es más que una maniobra para ganarse las mu­jeres que más le gustan y dejar en ridículo a los confiados maridos. El primero entre todos fue sir Jaspar Fiddget, que le permite libre acceso a su mujer y que es digna­mente recompensado. Pero el impenitente Horner no se sacia nunca: ha puesto tam­bién los ojos en la esposa de Pinchwife, el cual se ha casado recientemente para descansar de una vida de vicios y diver­siones, y que cree poder estar tranquilo porque su mujer es una simplona que ig­nora hasta el nombre del vicio. Pero se equivoca, y sobre todo en los métodos empleados con ella, porque él mismo la en­seña, con buen fin, las malicias de la ciu­dad.

El resto de esta extraña educación corre a cargo de una criada, Lucy, astuta urdidora de engaños y mentiras. Entre es­cenas groseras y cómicas, se llega al epí­logo inevitable. Horner hace la corte a esa mujer provinciana, que cae en sus redes y se deja convencer de que abandone a su marido. Pero el amante no lo entiende así: le basta con haber alcanzado su fin in­mediato y llega, por fin, con artes sutiles a lograr que vuelva con su marido, el cual cree, o finge creer, que el delito no ha sido consumado.

Muchos personajes secun­darios dan vida a la obra, logrando un ambiente del siglo XVIII brillante, frívolo y despreocupado, en el que se denuncia alegremente la inmoralidad sin intentos sa­tíricos, lo que produce una intensa comi­cidad.

M. Navarra

La Mujer Abandonada, Honoré de Balzac

[La femme abandonnée]. Narración de Honoré de Balzac (1799-1850), publicada en 1832. En el pequeño y cerrado mundo de la aristocracia de Bayeux, pequeña ciudad de la baja Normandía, alrededor de 1822, el joven ba­rón Gastón de Nueil, que ha ido a pasar una temporada al campo en casa de un familiar, se enamora con todo el ímpetu de sus veinte años de la vizcondesa Clara de Beauséant, misteriosa figura de mujer todavía joven y ya entristecida por una trágica experiencia amorosa, que se ha re­tirado a sus tierras después de haberse se­parado de su marido.

Clara no resiste a la apasionada tenacidad del joven; tras dramáticas dudas ambos se refugian en Suiza y pasan juntos un largo período de absoluta felicidad. Doce años después vol­vemos a encontrarlos en Francia, donde Clara ha comprado un castillo cerca de las tierras de su amigo. Ya pasa de los cua­renta años; Neuil es todavía joven y el largo yugo parece pesarle; persuadido por sus parientes e irritado por la soberbia clarividencia de la mujer, se decide a rom­per la antigua relación para efectuar un matrimonio de conveniencias. Pero esta nueva experiencia sólo le procura decep­ciones; atormentado por la añoranza, trata de volver a Clara y, al ser rechazado con horror por ella, se suicida.

El largo relato se inicia con un tono de realismo minucio­so y frenético, y al mismo tiempo de poesía, según la manera del mejor Balzac, para derivar luego rápidamente hacia una ca­tástrofe de estilo romántico, precipitada y más bien arbitraria.

M. Bonfantini

La Mujer Adúltera, Enrique Pérez Escrich

Novela «por entregas» del español Enrique Pérez Escrich (1829-1897), publicada en 1864. Es un verdadero bosque de aventuras y de pe­queños relatos que se entremezclan al re­lato principal, y cuyo argumento, como su título indica, muestra la debilidad de una joven esposa que, asediada por un aris­tócrata joven y apuesto, se olvida de sus sagrados deberes para con su noble marido, abandonando la casa familiar mientras él, que es marino e hijo de marino, se en­cuentra en el mar.

Después de unos años de disipación en el lujo y los placeres que proporciona la riqueza, Magdalena se en­cuentra inesperadamente con su esposo, Án­gel Gurrea, bajo el nombre de Sandoval el marino. El amante, asustado del giro de los acontecimientos, y para huir del duelo con que le amenazan el burlado esposo y un viejo acreedor de su padre — el padre del amante fue negrero y se portó infame­mente con la familia de este acreedor, sir Guillermo Warton, salvador, a su vez, hace muchos años, de la vida de. Tula, madre de Magdalena, en tierras de California —, abandona miserablemente a la adúltera.

En­gaños, sufrimientos, atentados…, y, por fin, el esposo que se apiada de Magdalena y la envía al solar familiar, en donde muere, fervorosamente arrepentida de su culpa y enamorada de su marido, el inconsolable Ángel Gurrea. Moralizadora, amena, es qui­zá de las pocas novelas folletinescas que aún es posible leer — muy rápidamente — sin rechazarla totalmente, entre otras cosas por su «bizantinismo».

C. Conde

Al-Mugrib

Vasta compilación his­tórica realizada por varios miembros de la familia de los Ibn Sacíd, cuyo título completo es Al-mugrib fī huía al-Magrib [El que habla bien acerca de las bellezas del Occidente]. Viene a ser una refundición, reelaborada, del Mushib (v.) de al-Hiŷārī, completando los datos desde que éste los había interrumpido (1135) hasta el año 1243.

Empezada por cAbd al-Malik ibn Sacīd (muerto en 1164), trabajaron en la obra sus dos hijos Ahmad (muerto en 1163) y Muhammad (1125-1193); la prosiguió el hijo de este último, Mūsa ibn Muhammad (muer­to en 1243) y la acabó en 1248 el hijo de éste, cAlí ibn Mūsa (1213-1274), muy cono­cido como autor del Libro de las banderas de los campeones (v.), que es — según pa­labras de su autor — un extracto del Murib.

La obra comprendía quince volúmenes, de los que sólo conocemos parte, conser­vada en un manuscrito autógrafo — recien­temente se ha publicado un fragmento, aunque la edición deja bastante que desear, por Šawqī Dayf (Cairo, 1953) —. Al igual que la obra que los Ibn Sacíd querían con­tinuar, debía ser una historia completa de al-Andalus, o, mejor dicho, una descrip­ción geográfica con referencias a hechos y personajes históricos. La parte geográfica sigue a Idrīsī (v. Libro de Roger), aunque completa los datos que éste no recogió y añade noticias, poniendo los datos al día; pero esos datos a menudo son erróneos.

En cambio, es mucho más apreciada, y siempre lo ha sido, la parte histórica, a pe­sar de que aceptan y dan cabida a leyen­das sin fundamento; esa parte ha sido muy utilizada por numerosísimos autores, entre los que debemos destacar a al-Maqqarī (v. Analectas) y también a Ibn al- Jatīb (v. Ihāta).

D. Romano

Los Muertos Mandan, Vicente Blasco Ibáñez

Novela del escritor español Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928), que, como todas aquellas en que el mar adquiere su hermosa e impre­sionante importancia, es un canto al Me­diterráneo, a sus héroes, a su civilización, usos y costumbres.

Escrita en 1908, con todo el vigor colorista del autor, relata las des­venturas económicas de un mozo mallorquín, botifarra (el linaje aristocrático por excelencia de la isla), llamado Jaime Febrer, sobre el cual pesa una tradición de ca­balleros que fueron guerreros, marinos, comerciantes, y que colmados de riquezas y de bienes gravitan ahora sobre su último descendiente con todo el peso de la tradi­ción presente en la propia sangre y en la memoria de los que le rodean. Y el autor, con su maestría singular, despliega un lujo de conocimientos isleños que abarcan des­de lo histórico a lo folklórico.

Jaime Febrer, solo en su hermosísimo y casi des­mantelado palacio heredado, piensa que debe hacer algo que lo redima de su te­rrible pobreza. Piensa en casarse con una riquísima heredera, la joven xueta Valls (los xuetes son los judíos de Mallorca, se­cularmente enemistados o separados de los botifarras), a cuya casa de Valldemosa se dirige forzado por su determinación, que le repugna en el fondo. Y es un tío de la joven, otro xueta confeso y nada mártir, Pablo Valls, el que disuade al arruinado pretendiente de semejante boda. Se ve, pues, obligado a tomar otro rumbo; y de­cide irse a Ibiza, en donde le queda un peñasco y sobre él una torre de piratas conservada al amparo respetuoso de unos antiguos colonos suyos, ahora redimidos en parte por su generosidad.

Con el trans­curso de los meses, la hija de esos colonos, la bellísima Margalida, capta su corazón y su voluntad. Como la chica tiene numero­sísimos galanes que la cortejan para que ella se decida por uno, Jaime ha de habér­selas con uno de ellos, el peor de todos: un ex presidiario al que, por temor y has­ta con cierto orgullo, acatan los jóvenes ibicencos. En un asalto nocturno a la torre, el Ferrer hiere al señor y éste Ie mata en defensa propia. Lucha entre la vida y la muerte, asistido por Margalida y sus pa­dres, e incluso por su viejo amigo Pablo Valls, que logró desenredar el lío de sus embrolladas y maltrechas finanzas en Ma­llorca y acude a él cuando se entera de que fue herido por cuestión de amores.

Para Jaime, que ha batallado despierto y entre el delirio de sus fiebres de herido, con los muertos que mandan en los vivos, amanece una aurora de alegría. Manda el amor. Y la novela termina con este canto de vida, después de habernos llevado a tra­vés de las costumbres de Ibiza, de sus tradiciones, y de las evocaciones que el autor nos ofrece de aquellas dos islas, Ibiza y Mallorca, que tanto juego dieron en tiem­pos pasados. Hay un personaje simpático, símbolo de cierta arraigada tradición hu­mana isleña, el contrabandista, que com­parte su amistad con el señor en la misma proporción que la comparte el xueta.

C. Conde