Las Mujeres Sabihondas, Molière

[Les fem­mes savantes]. Comedia en cinco actos y en verso, de Molière (Jean Baptiste Poquelin, 1622-1673), estrenada en París el 11de marzo de 1672.

En casa del buen bur­gués Chrysale, su mujer Philaminte, su hermana Bélise y su hija Armande se ocu­pan de la poesía y la ciencia, despreciando las humildes faenas domésticas, y quieren despedir a la criada Martine, que no habla según la gramática. Bélise y Armande ha­cen incluso alarde de cierto desprecio hacia el matrimonio. Sólo Henriette, otra hija de Chrysale, es una muchacha sencilla y jui­ciosa y piensa en casarse con Clitandre.

Éste, al principio, amó a Armande, pero luego, no pudiendo aguantar sus aires de presumida, se dirigió sinceramente hacia la hermana menor, cosa que, desde luego, mo­lesta a la otra. La madre quiere casar a Henriette con un poeta fracasado, Trissotin (v.), que sabe lisonjear a las tres sabihondas entreteniéndolas con rimas de las peores y escuchando sus discursos de filo­sofía y ciencia. Con un colega, el sabio Vadius, se cambian recíprocamente las ala­banzas más empalagosas, aunque la verdad es que acaban siempre riñendo e insul­tándose.

La madre sigue decidida a querer lo por yerno; Henriette se opone a ello, apoyada por su padre, por el hermano de éste, Ariste, y por Martine. Armande, ene­miga del matrimonio, se conformaría, sin embargo, con casarse ahora con Clitandre, a quien no interesa lo más mínimo. Phila­minte apresura las bodas, puesto que Tris­sotin no renuncia siquiera cuando Henriette le declara que no le quiere. Están presen­tes, con el notario, los dos candidatos, sos­tenido uno por la madre y el otro por el padre, quien al final tiene que ceder ante la voluntad de su mujer. De repente llega Ariste con la noticia de que la familia ha perdido toda su fortuna, lo cual aleja en el acto a Trissotin. Era una simulación que asegura la felicidad de los dos enamorados.

El autor recoge el tema de las Preciosas ridículas (v.), adaptándolo a la nueva mo­da, a tenor de la cual las damas se dedica­ban también a la ciencia. Aquélla era una rápida y aguda farsa; ésta es una vasta comedia, en que la sátira literaria llega a ser sátira de las costumbres y apología de la mujer de su casa y de las sanas virtu­des domésticas. Es también la victoria de la naturaleza, que suscita los celos en la fría y orgullosa Armande, y de la razón, que se revela incluso a la obstinada Philaminte. La dulce gracia de Henriette, el pa­dre lleno de sentido común, pero débil frente a su mujer, y la chispeante Martine dan a la obra cierta ligereza y un sano hu­morismo. [Trad. española de Julio Gómez de la Serna en Obras completas (Madrid, 1950)].

V. Lugli

En esta obra, Molière reanuda la alianza de la verdad y del bien, de lo falso y del mal, alianza que le atraía, pero que su lu­cidez y su cansancio siempre rompían o amenazaban con romper. (Fernandez)

Mujeres Sin Pareja, George R. Gissing

[Odd Wornen]. Novela de George R. Gissing (1857-1903), publicada en Londres en 1893. El doctor Madden, un médico rural bonachón y con­servador, dio a sus hijas una educación tradicional, dejándolas, al morir inespera­damente, faltas de medios y totalmente de preparación para afrontar las dificultades de la vida. Las dos mayores, Alicia y Virginia, llevan una existencia penosa después de haber conocido todas las amarguras de su posición de subordinadas en los puestos que ocuparon, una como ama de llaves, y la otra como señorita de compañía.

Una necesi­dad de escapar de cualquier modo a su vida gris y humillante, lleva lentamente a Virginia hacia el alcoholismo. Mónica, la hermana menor, no tiene más que una aspiración: evitar el triste destino de sus hermanas por medio del matrimonio. Mary Barfoot, la fundadora de un curso comercial para señoritas, que es al mismo tiempo un cen­tro de las nuevas ideas feministas, la pone bajo su protección. Le presenta a Rhoda Nunn, una exponente de la emancipación femenina. Pero Mónica está imbuida de las ideas tradicionales que le dejó la edu­cación paterna y no puede hacer suyas las aspiraciones de Rhoda Nunn, ni tam­poco encontrar en el trabajo una satisfac­ción y un fin que no sea tan sólo material.

Por lo tanto acepta casarse con Widdowson, un hombre anciano y acomodado; pero su unión resulta un fracaso, pues sin querer­lo, dado que continúa en relación con Rho­da Nunn, Mónica está influida por el es­píritu nuevo y choca contra la mentalidad celosa y tiránica de su marido. Desilusión nada por una pasión romántica, Mónica fallece al dar a luz una niña, sobre la que velarán las dos hermanas Madden y Rhoda Nunn, y de la que tendría que brotar, bajo la influencia de estas opuestas tendencias, la mujer nueva. El escritor advierte la necesidad de un cambio en la posición so­cial de la mujer, pero no parece prever que la humanidad puede sacar de ello alguna ventaja, por lo menos en lo que se refiere a un próximo futuro.

Las corrientes pesi­mistas de Europa, la insatisfacción intelec­tual de fin de siglo y el profundo malestar social de Inglaterra provocaron en Gissing, al igual que en los demás novelistas de la reacción antivictoriana, la exigencia más o menos clara de cambios profundos. Pero el mundo en que el escritor se había for­mado y al que íntimamente pertenecía, se­guía, a pesar de todo, siendo el Victoriano; por lo tanto, su exigencia la percibía sólo el intelecto y se agotó en la crítica y en el pesimismo, sin llegar a una concepción ra­dicalmente diferente a la combatida.

La novela adolece de esta posición del escritor y resulta, en conjunto, poco persuasiva. Los méritos de la obra tenemos que buscar­los en el estudio de ciertos personajes (es­pecialmente Rhoda Nunn) y en algunas descripciones, como, por ejemplo, las dis­tintas fases del alcoholismo de Virginia, en que el arte realista de Gissing recurre a todos sus recursos.

R. Barocas

Las Mujeres Puntillosas, Carlo Goldoni

[Le femmine puntigliose]. Comedia en tres actos de Carlo Goldoni (1707-1793), estrenada en 1750. Con esta comedia se descorre un velo sobre la sociedad mundana del siglo XVIII, gesto incauto de Goldoni, quien presentaba con ésta la segunda de sus dieciséis co­medias nuevas.

La intriga casi no existe: Rosaura (v.), pretendiendo ser recibida por la alta sociedad de Palermo, procura cau­tivar con regalos al conde Lelio (v.) ya la condesa Beatrice. Pero las aristocráticas damas Eleonora y Clarice se burlan de la pro­vinciana y de su marido Florindo (v.); ello da lugar a una serie de resentimientos más o menos ridículos, que terminan con la marcha de Rosaura y Florindo, disgustados de aquella sociedad.

Los personajes viven realmente: Rosaura, la rica comerciante dispuesta a humillarse con tal de ser acogida por una clase que no es la suya; la nobleza media, ávida y presuntuosa; el coro de damas, cada una de ellas lisonjea­da por la ambición de Rosaura, y amable con ella en privado, pero incapaces de re­cibirla oficialmente en su sociedad.

En cam­bio no vive la sátira del pequeño mundo ambicioso, tal vez porque la sátira brota­ba solamente del reconocimiento de unos valores abstractos, es decir, de lo que menos interesaba a Goldoni, siempre arrastrado a considerar hombres y gestos, más que pro­blemas e ideas.

U. Déttore

De las Mujeres Ilustres, Giovanni Boccaccio

[De Cla­ris mulieribus]. Compilación biográfica en lengua latina, de Giovanni Boccaccio (1313- 1375). La obra, escrita entre 1360 y 1362, ampliada y refundida en los años poste­riores, contiene la biografía de 104 ilus­tres mujeres de todos los tiempos, desde Eva hasta la reina Juana de Nápoles, y está de­dicada a la bellísima Andrea Acciaiuoli, hermana del gran senescal Nicolò Acciaiuoli, casada en segundas nupcias con un conde de Altavilla.

El De Claris mulieribus se puede considerar como un complemento de las Desventuras de los hombres ilustres (v.). Influyó no poco en impulsar a Boc­caccio a la composición de esta obra, según confesión del mismo autor, el ejemplo dado por Petrarca con su tratado sobre los Hombres Ilustres (v.)* Varias y no fáciles de determinar con toda certeza, por falta de citas, son las fuentes utilizadas por Boc­caccio: Higinio, San Isidoro de Sevilla, Va­lerio Máximo, Virgilio, Ovidio y, cosa muy notable, Tácito, que parece era ignorado por Petrarca.

Pero la erudición está escon­dida, mientras la vena narrativa, aunque algo contenida por la rigidez áulica del latín, fluye con cierta facilidad. Así las páginas dedicadas a la vida de la papisa Juana, a la voluptuosa morosidad sobre las ansias amorosas de Tisbe, a la historia de la inocente Paulina romana, amada por el dios Anubis, que recuerda de cerca la no­vela decameroniana de Lisetta y el ángel Gabriel. Aparte de la «moraleja» que el autor extrae aun de las historias que menos se prestan (como, por ejemplo, Píramo y Tisbe, v.) no aparece claramente qué tipo de ideal femenino imagina Boccaccio para proponérselo como modelo a sus lectores.

En cambio, es más claro el espíritu misó­gino que circula por el tratado, a causa del cual ciertas heroínas son alabadas co­mo excepciones que confirman la regla: la mujer es débil, tortuosa, sujeta a todos los vicios y especialmente a la lujuria. A pro­pósito de la Dido (v.) virgiliana, Boccaccio se muestra poco menos que escandalizado por la facilidad con que se enamoró del héroe troyano y llega incluso a poner en duda la verdad del relato virgiliano, acep­tando en su lugar la versión del historiador Justino, según la cual Dido se habría qui­tado la vida para mantenerse fiel a su di­funto esposo Siqueo.

En su conjunto, el De Claris mulieribus es un compromiso entre la erudición histórica y la novela, un agra­dable libro de erudición con episódicas in­fusiones de moralidad, dirigido no sólo a los hombres, sino también a las mujeres, las cuales, lo declara Boccaccio casi para excusarse, «como en general tienen poca práctica en las historias, tienen mayor ne­cesidad y se deleitan más con el copioso hablar».

D. Mattalía

Mujeres que de Amor Tenéis Entendimiento, Dante Alighieri

[Donne ch’avete intelletto d’amore]. Canción de Dante Alighieri (1265- 1321), de la cual declara en su Vida Nueva (XVIII-XIX) la causa ocasional de la com­posición y el imprevisto prorrumpir del mo­tivo poético del que brotó.

Es la exaltación, en Beatriz, de aquella belleza espiritual en la que resplandece el efecto de la primera causa, Dios, que es la bondad, la belleza y el Amor. Tres atributos divinos que analógicamente brillan en Beatriz (v.) y can­tan su mérito y su gloria; perfección supre­ma, a la que no se puede menos que amar, pues toda alma propende hacia ella por virtud de su misma naturaleza (v. Divina Comedia).

Dante se dirige a las mujeres que saben qué es el amor y les habla de Beatriz, no para agotar sus alabanzas, sino para desahogar su alma. Sólo de pensar en lo que ella es en sí misma («su valor»), experimenta su corazón una dulzura tal que si pudiera expresarla haría enamorar a todo el mundo. No intentará tan ambicioso empeño, por temor a tener que abandonarlo, sino que, de un modo sencillo y fácil, como es conveniente a su auditorio, hablará del amor tal como lo siente y lo conoce en relación a su amada. Los ángeles se asom­bran ante Dios del misterio de un alma, cuya belleza resplandece hasta allá arriba; y los bienaventurados que la echan en falta en el cielo piden a Dios, por gracia, su presencia entre ellos.

Dios misericordioso se pone de parte de quien se halla en la tierra y, aludiendo a Beatriz, se com­place en dejarla aquí abajo, donde Dante («alguien») teme perderla, y dirá, a los que viven desesperados y sin la luz de la gra­cia («en el infierno»), que ha visto al ser perfecto, esperanza de los bienaventurados. Y de tal perfección Dante habla en seguida, poniendo de manifiesto los efectos de la belleza de Beatriz. Cuando ella pasa por la calle, los que viven con los sentidos («almas villanas») se estremecen; sus turbios pensamientos desaparecen y, si pudieran detenerse a mirarla, se perfeccionaría o mo­riría en ellos el ser carnal; quienes se go­zan en la belleza y reconocen la fuerza omnímoda en Beatriz, se sienten humildes y buenos. Cuantos le hablan, aman en ella la bondad, quieren el bien, y se salvan.

El amor que habla en Dante se pregunta có­mo es posible que tanta pureza y tantas virtudes puedan albergarse en un ser mor­tal; y, contemplándola, reconoce en ella un efecto admirable de Dios creador. Su fi­gura femenina es lo mejor que podía ha­cer la naturaleza; ella sirve de ejemplo para medir la belleza de las cosas. En sus ojos resplandece la luz de un alma que goza por su misma perfección, y que es amor para quien la mira, infundiendo la alegría en los corazones. En sus labios, que se abren al saludo, florece tal amor. El poeta despide su canción, hija de su alma enamorada, adornada con las alaban­zas de Beatriz. Ella hablará tan sólo a personas «gentiles» que puedan conducirla a la presencia de aquel amor, que en Bea­triz habla y por ella se revela. Por su con­tenido, esta composición lírica está empa­rentada con la experiencia amorosa de Guinizelli, que teoriza sobre la misma en la canción Al cor gentil ripara sempre amore.

En Dante marca el inicio de las «rimas nuevas», su «dolce stil novo» (Purg., XXIV, 48-62), expresión de aquel recto amor que, tendiendo hacia la belleza de las cosas co­mo belleza divina participada, busca lo que deleita la inteligencia y regocija el corazón; un regocijo que hierve en el interior y se derrama por amor de la cosa contemplada. Líricamente, y con íntima emoción, la can­ción se desarrolla sobre una línea de mo­vimiento sencillo y discursivo, sabiamente graduado en el tono y en el acento, acompa­ñándose del sentimiento cristiano de que la belleza del ser humano es providencial; una divina llamada a salir de nosotros mismos, por una vida espiritual de bondad, de be­lleza y de amor.

M. Casella