Nehemías o Segundo Esdras

[Nehémeiah]. Libro del Antiguo Tes­tamento (v. Biblia), que debe incluirse cro­nológicamente en el libro de Esdras (v.) atribuido a Esdras o a Nehemías (siglo V a. de C.). Es el penúltimo de los libros históricos.

Lo mismo que en el libro de Esdras, se dan pocas noticias históricas y todas se refieren a la repatriación, a la re­construcción de los muros de Jerusalén y a los obstáculos puestos por los pueblos enemigos de esta reconstrucción. Al final aparece Esdras, el cual, con Nehemías, reorganiza política y religiosamente la nueva comunidad israelita.

Esdras lee al pueblo el libro de la Ley. Arrepentimiento del pueblo y confesión de los pecados. Renovación de la alianza. Consagración de los muros de Jerusalén. Reordenación de los diezmos. Esta parte (7-12) de Nehemías tal vez deba unirse con los últimos capítulos del libro de Esdras.

Históricamente es cierto que Ne­hemías, habiendo obtenido plenos poderes del rey Artajerjes I (465-424), reconstruyó entre 445 y 433 los muros de Jerusalén, des­pués de haber llevado a la ciudad una se­gunda expedición de exilados. Había apa­recido en Jerusalén en el año vigésimo de Artajerjes (445), para volver más tarde a Babilonia. Pero el autor sagrado dice: «El año treinta y dos de Artajerjes, rey de Ba­bilonia… volví a Jerusalén».

Esta fecha coincide con el año 433 de Artajerjes I. Nehemías fue dos veces gobernador de los judíos repatriados, fue el reconstructor de los muros de Jerusalén y el reorganizador de la comunidad judaica. Fue el defensor de los pobres contra los ricos acaparadores (5, 1-19). Esdras y Nehemías se nos apa­recen, por tanto, como dos figuras próxi­mas en el tiempo, y en la elevación y no­bleza de obras y de sentimientos.

G. Bonson

Nedda, Giovanni Verga

Narración de Giovanni Verga (1840-1922), publicada en 1874 y, en Pri­mavera y otras narraciones [Primavera e altri racconti], en 1876.

Después del blando sentimentalismo de sus obras precedentes, Giovanni Verga cambió su rumbo hacia una concepción de la vida como necesidad dolorosa, y del hombre como víctima de esa necesidad. Y una víctima es Nedda, la pobre campesina de este boceto rústico.

Después de ver morir a su madre, al que­dar sola en el mundo, Nedda se ve obliga­da a vagar en busca de trabajo de hacienda en hacienda. La única esperanza que la sostiene es su amor hacia Janu, un aldeano que trabaja con ella. Pero Janu, enfermo de fiebres y obligado a trabajar a pesar de ello, cae un día de un árbol y muere.

A la infeliz Nedda no le queda más que una niña, fruto de aquellos amores campe­sinos: Expulsada por todos, queda reducida a vivir con la mísera ayuda de un tío. Tam­bién la criaturita, hija de la vergüenza y de las penalidades, muere pronto. Y Nedda se queda sola en el mundo con su miseria y su dolor. La originalidad de esta narra­ción consiste sobre todo en aquella ligere­za, tal vez sólo en apariencia fríamente objetiva, con que su autor nos la va con­tando.

Y la viveza y la esencialidad del estilo de Verga nacen precisamente de esa aparente impersonalidad que, sin embargo, descubre una humana y profunda partici­pación en la realidad de las «lacrimae rerum». Con todo, le quedan todavía trazos frecuentes de sentimentalismo.

G. Fantuzzi

El motivo Urico que la informa [la narra­ción] es tan intenso que borra en su^ luz las pequeñas sombras de su construcción. (F. Flora)

Los Negocios son los Negocios, Giovanni Verga

[Les affaires sont les affaires]. Comedia en tres actos del escritor francés Octavo Mirbeau (1850-1917), estrenada y publicada en 1903.

Es una de las obras más notables del teatro naturalista, porque reproduce en toda su acritud psicológica la típica figura del hombre de negocios que olvida familia y amistades por sus intereses inmediatos. Isidore Lechat, incluso después de haber acu­mulado una gran fortuna, continúa con sus manejos de comerciante poco escrupuloso y, al ser nombrado director de un perió­dico, experimenta la ambición de ser ele­gido diputado.

Mientras, surge un puro idi­lio entre su hija Germaine y el joven quí­mico Lucien Garraud, empleado de Isidore; éste quisiera casar a la muchacha con él marqués de Porcellet, noble arruinado a quien desprecia, pero cuyo título envidia. Mas, en un diálogo dramático con el marqués, Germaine rechaza desdeñosamente un matrimonio que sólo satisfaría la ambición del padre; el negociante deshereda a su hija y la arroja de casa. Pronto una nueva desgracia cae sobre su vida: su hijo, vi­cioso y jugador, perece en un accidente de automóvil.

Apenas conocida la noticia, dos ingenieros dependientes suyos se presentan a Isidore para pedirle una firma en un documento. Pero el cauto financiero, inclu­so sumido en el dolor y el remordimiento, que empiezan a destrozarlo, no deja de examinar a fondo el documento y hace aña­dir un párrafo de garantía, mientras la esposa se desmaya a la llegada del cadáver del hijo. La caricatura amplia y cruda se extiende en constante ironía: el personaje, dominado por la fiebre de los intereses, ol­vida los asuntos del corazón.

La comedia muestra, con signo más artísticamente ro­busto y feliz que en sus demás obras, la acritud con que Mirbeau observa a la so­ciedad contemporánea, a la que condena con una mueca amarga de desprecio.

C. Cordié

El Negro del «Narcissus», Joseph Conrad

[The Nigger of the «Narcissus»]. Novela del es­critor inglés de origen polaco Joseph Conrad (Teodor Jozef Konrad Korzeniowski, 1857-1924), aparecida por entregas en la «New Review» de Henley en 1897, y en volumen al año siguiente; la edición in­glesa lleva por título The Nigger of the «Narcissus», a Tale of the Forecastle, y la americana el título Hijos del mar [Children of the Sea].

Es una de las mejores novelas de Conrad, quizás aquella en que se fun­den de modo más equilibrado sus cualidades románticas con una sencillez épica. La no­vela desarrolla una experiencia autobio­gráfica del Conrad marinero. El velero «Nar­cissus» zarpa de Bombay hacia Inglaterra. Al reunirse la nueva tripulación sobre el puente, se presenta en último lugar un ne­gro alto, que tose continuamente, James Wait, recién enrolado.

Empieza la larga tra­vesía. La presencia de aquel negro enfermi­zo extiende una sensación de inquietud so­bre el ánimo de todos. Entre la tripulación destacan el decano de los marineros, Single- ton, de prudencia bíblica; el rebelde e inútil Donkin, que atiza las discordias, y el cocinero, lleno de manías religiosas. Sobre todos ellos destaca el segundo, Baker, ofi­cial diligente, enamorado de la nave, pero sin cualidades brillantes y sin apoyos, con­vencido de que nunca llegará a capitán; y el comandante, Allistoun, tranquilo, ponde­rado, capaz al mismo tiempo de reflexión y de energía, quizá la figura ideal de ca­pitán de navío.

Pero la presencia del ne­gro se cierne como un halo funesto y enig­mático en torno a la nave. Es maestro en el arte de hacerse compadecer y emplea su enfermedad para abusar de los demás ma­rineros y humillarlos. Todos le sirven, le miman, aun odiándolo en su corazón. Qui­sieran desembarazarse de él, pero al mismo tiempo se sienten fascinados por la ame­naza de muerte que parece pesar sobre el hombre. Estalla una tempestad; varios ma­rineros exponen sus vidas por sacar al en­fermo de la cabina donde se hubiera aho­gado.

Pero ni una palabra de gratitud surge de sus labios. Cuando por fin el negro se decide a morir, el fúnebre hechizo queda roto, y la tripulación — que poco antes, al tomar su defensa contra las reprimendas del capitán, ha rozado el motín — parece despertarse aliviada y aturdida; la vida de a bordo vuelve a ser normal y el navío, pasados unos días, llega felizmente a Lon­dres. El arte de Conrad se supera al crear una especie de espejismo en torno a sus creaciones, que parecen, de ese modo, tener doble vida y doble significado, y participar al mismo tiempo de la existencia terrena y de un mundo en el que reinan fuerzas os­curas.

El encanto y el hallazgo de El negro del «Narcissus» está precisamente en la at­mósfera que la presencia de aquel badu­laque con su tos crea en la nave. Todos experimentan el peso y la condena de in­esperadas responsabilidades y, aunque la enfermedad del negro sea real y le con­duzca a la muerte, se experimentan a bordo la sensación de ser víctimas de un hechizo siniestro. Pudiera decirse que el navío está hechizado; es la novela de la mala suerte, elevada a clima poético y sobrenatural. Aparte de ello, el libro contiene algunas de las mejores escenas de vida marinera de Conrad. [Trad. de Ricardo Baeza (Bar­celona, 1932)].

P. G. Conti

El arte de Conrad es lo contrario del arte descriptivo, sobre todo del de Balzac; no coloca la realidad ante el hombre, sino al hombre ante la realidad. (Fernandez)

Necesidad de Grandeza, Charles-Ferdinand Ramuz

[Besoin de Grandeur]. Obra del escritor suizo Charles-Ferdinand Ramuz (1878-1947), publicada en 1935. Partiendo de algunas consideraciones sociales, que se refieren a un grupito étni­co de la Suiza romanche, el autor asciende a los problemas eternos del corazón huma­no.

Cuando afirma que las tradiciones pa­san y vuelven, mientras la naturaleza dura y permanece; cuando observa que las tra­diciones dividen a los hombres mientras lo elemental los hermana; cuando, en la bús­queda de dichos valores primordiales, hace el elogio del campesino, que vive en los orígenes de la vida, para oponerlo al ciu­dadano, que se aleja de la gran enseñanza de la naturaleza, explica los postulados de su naturalismo integral que es quizá la clave de su potencia artística.

Pero en la naturaleza descubre muy pronto el alter­narse de un despiadado juego de luces y de sombras, de vida y de muerte, sobre el que se basa el problema del bien y del mal y que no justificaría por sí solo la creencia en un Dios, en una fuerza benigna que supera al hombre. Por eso lo que define no es un naturalismo panteísta, que en­cuentra a Dios en la naturaleza, sino un naturalismo trágico que en la naturaleza descubre la fuente del gran enigma del ser. Y, llegado a dicha fuente, Ramuz da en el núcleo de la gran pregunta, afirmando su respeto por este misterio del ser, su fe en el ser y en su permanencia.

La continua necesidad de grandeza que lo impulsa no puede satisfacerse sin la participación en un absoluto. Y así el libro desemboca en una fe espiritualista que, aunque no quede encuadrada en un dogma religioso, afirma sin embargo la gran verdad cristiana de la comunión del ser con todos los demás seres vivientes.

En esta comunión el hombre pue­de encontrar la medida de sí mismo y cap­tar el sentido de esa grandeza cualitativa que puede hacer superior incluso a un pueblo pequeño. Así, del examen de los problemas sociales llega, como en el libro que lo precede, Estatura del hombre, a un orden superior, metafísico y espiritual.

V. Lupo