Neófitos, Taras Ševčenko

[Neofity]. Poema del escritor ucraniano Taras Ševčenko (1818-1861), es­crito en 1857. Inspirado en las persecucio­nes de los primeros cristianos bajo Nerón, el poema se desenvuelve en torno a la figura de una madre pagana, cuyo hijo, cris­tiano, es arrojado junto con otros a las fieras en el Coliseo y luego al Tíber para pasto de los peces.

La madre, contemplando las aguas que han engullido lo que le era más querido, se convierte también al cris­tianismo, y, después de haber llorado amar­gamente y adorado a su nuevo Dios, va a «llevar su palabra entre las gentes…». Es­crito con fuerza y «pathos» profético, el poema expresa, en la bellísima figura de la madre, la idea de un cristianismo mili­tante que no es resignación, sino misión. Motivo mesiánico que contrasta con la cau­ta tradición de la anterior poesía ucrania­na, reanimándola e incitándola hacia un nuevo ideal de amor.

E. Onatskyi

Nergal y Ereshkigal, Anónimo

El mito de Nergal y Ereshkigal, que ha sido hallado en caracteres cuneiformes babilonios y en lengua acadia, grabado sobre una tablilla de arcilla encontrada en Egipto, explicaba cómo el dios Nergal se había convertido en rey de los Infiernos, tomando por espo­sa a la diosa Ereshkigal, quien era a la sazón jefe de la ciudad infernal.

Es uno de los más movidos textos míticos paleomesopotámicos, y concibe a la divinidad como idéntica en todo a los hombres. Un día Ner­gal ofendió gravemente a la diosa del In­fierno, no levantándose de la mesa cuando un servidor de Ereshkigal fue a recoger unas hogazas que estaban destinadas a ella. Ereshkigal se encolerizó ante un compor­tamiento tan poco respetuoso por parte del dios y le ordenó que descendiese al Infierno ante su presencia. Namtáru hace bajar el dios a los Infiernos y lo conduce al apo­sento de la reina. Pero Nergal, cuando ve a la diosa, en vez de pedirle humildemente perdón, cree más conveniente hacer uso de la violencia y se arroja con furia sobre ella, la agarra por los cabellos y hace gesto de asesinarla.

La reina del Infierno pro­rrumpe en gritos desesperados y le su­plica que no la mate, haciéndole al mismo tiempo una proposición de matrimonio. El rey, ya aplacado, la besa, le seca las lá­grimas y se convierte en su esposo y, por lo tanto, en rey del Infierno. Así el dios Nergal, según los babilonios y los asirios, llegó a ser el señor del «arallü». No se sabe la época en que fue escrito este texto mitológico. Edición de Jensen en «Keilinschriftliche Bibliothek», VI, I, 74-79.

G. Furlani

Nerón

Varias obras llevan este título, sobre todo en la literatura musical. Entre las primeras obras literarias tituladas con el nombre del emperador que la leyenda supone incendiario, hay una tragedia in­glesa, Nero, en cinco actos, de autor des­conocido, impresa en Londres en 1624.

El drama se distingue de los contemporáneos y predecesores elisabetianos por la escasez de fantasía, la ausencia de horror y de voluptuosidad, y por la servil traducción de pasajes sacados de los clásicos latinos: Séneca, Tácito, Suetonio, etc. Nerón (v.) aparece ya como un tirano sediento de do­minio, ya como un vanidoso poeta, amado y odiado por el pueblo, centro de las in­trigas de los cortesanos.

La condena de Cornuto, que se había atrevido a criticar la idea de una historia de Roma en cuatrocientos volúmenes; la muerte de Popea, a causa de un puntapié de Nerón; el des­pido de Séneca de la vida; la muerte de Petronio (v.) y de su esclava Enarte, lle­van la tragedia a la conclusión, hasta que Nerón, fugitivo, amenazado por las milicias de Galba, no tiene otro remedio que morir. Por la misma frialdad producida por la imitación de los clásicos, esta obra tiene cierta solemnidad, y contribuye a la ela­boración escénica de la figura de Nerón.

La violencia dramática de los personajes y acontecimientos, ceñidos a la mentalidad y la moralidad anglicanas, la sitúan a dis­tancia de la concepción tradicional y dan a la obra un sentido anacrónico que puede tener cierto interés documental.

E. Allodoli

Nê Han, Lu Hsin

[Grito de guerra]. Título de una colección de novelas de Lu Hsin (Chou Shu-jên, 1881-1936), compilada por el mis­mo autor y publicada en 1922.

La obra, que constituyó el mayor éxito de la lite­ratura china moderna, es el documento más interesante de la revolución literaria pro­pugnada por el crítico Hu Shih (cfr. Hu Shih Wén Ts’un) en numerosos artículos y estudios, los más notables de los cuales apa­recieron en 1915 y 1918. El autor sostenía en ellos la necesidad de sustituir la lite­ratura clásica tradicional, encerrada en la estrecha esfera de los doctos, por una li­teratura de alcance social más vasto, es­crita en la «lengua hablada»; y, estudian­do la novela y las composiciones europeas, preconizaba al mismo tiempo un arte narra­tivo profundamente realista y «popular», dirigido a analizar y representar las ver­daderas condiciones sociales y políticas del pueblo chino.

Siguiendo tales principios, Chou Shu-jên estudia «clínicamente» la na­ción china, a la que considera como un in­dividuo gravemente enfermo; y cada una de sus narraciones, en su mayor parte de ambiente popular e inspiradas en signifi­cativos temas de la vida cotidiana, trata de dar un ejemplo típico de las diversas «enfermedades» que afligen a la China. Co­mo ejemplo característico podemos recor­dar la conocidísima «Vida de Q» (1922), en la que, a través de una serie de escenas descritas con límpido realismo, se traza un retrato completo del protagonista: un pobre campesino sin trabajo, maltratado de mil modos por la sociedad, que ante cada in­juria o cada abuso se refugia en una ob­tusa resignación nutrida de máximas confucionistas, y se consuela meditando grave­mente sobre los problemas de la vida moral.

Personaje que claramente tiende a conver­tirse en un símbolo de la vergonzosa in­sensibilidad política del pueblo chino, tan­to en la cuestión social como en los pro­blemas internacionales.

S. Lokwang

La Nencia de Barberino, Lorenzo de Médicis

[La Nen­cía da Barberino]. Este breve poema de Lorenzo de Médicis (1449-1492) es el canto de un amor rústico; pero ya no se trata de pastores arcádicos, como en su anterior Corinto (v.), sino de un aldeano real, Val­lera, que expresa su amor a una campesi­na, Nencia.

Entre los olivos, los cipreses y los rubios trigales, en lugar de las eté­reas beldades y de las ninfas paganas, Lo­renzo encuentra a Nencia, hija de la tierra, y buenamente le habla como un villano. En esta nativa sencillez las imágenes realistas se funden con las gentiles delicadezas, las notas sensuales con el juvenil candor; Nen­cia ha absorbido los humores del estiércol junto con la dulzura del aire y del sol. En la tradición aldeana, en la copla popular, el señor de Florencia encuentra la forma ade­cuada a su deseo de sinceridad.

Refundi­ción y no caricatura, aunque algunas fra­ses irónicas indiquen que en tales momen­tos Lorenzo se da cuenta que representa un papel, que lo recita y no lo vive. La difun­dida opinión de que la Nencia es una paro­dia, es debida principalmente al hecho de que, durante mucho tiempo, esta obra fue sólo conocida en un texto corrompido, am­pliado y deformado. Pese a ello, la ver­dadera esencia del poema no había esca­pado a Carducci ni a Leopardi, quien es­cribió: «La Nencia es el verdadero idilio, parecidísimo a Teócrito, en su hermosa ru­deza y en su admirable verdad».

La musi­calidad del verso aligera el realismo, y las frases literarias, como sucede precisa­mente en la poesía popular, cobran nueva vida gracias a la cómica ingenuidad que consigue dar valor poético hasta a las exa­geraciones. Nencia es una imagen de flore­ciente salud, pintada con tonos ya finos y ligeros, ya rudos y fuertes, con un brillo de frescos colores; blanca y roja, con un ho­yuelo en la barbilla redonda, labios de co­ral, blanca y fuerte dentadura, ojos negros y rizos rubios. El amor que Vallera siente por ella, sus declaraciones y sus dones, son los apropiados a semejante Dulcinea. E. Rho

Nuestros verdaderos idilios al estilo de Teócrito no son ni las églogas de Sannazaro, ni etc., sino las poesías rústicas como Nencia, Cecca da Varlungo, etc., hermosí­simas y similares a las de Teócrito en su hermosa rudeza y admirable verdad. (Leopardi)

El poeta de la Nencia está aquí en su ver­dadero terreno, se ha convertido en la voz de una sociedad licenciosa y burlesca. (De Sanctis)