Netočka Nezvanova, Fedor Dostoievski

Novela de Fedor Dostoievski (Fëdor Michajlovič Dostoevskij, 1821-1881), publicada en 1849. Debiera haber sido la primera gran novela de este escritor, pero quedó incompleta de­bido a su súbita detención.

El argumento se desarrolla en torno a la vida de una muchachita, sin que aparezcan aquellos profundos problemas filosóficos que luego formarán el sustrato de las novelas de Dos­toievski. La obra puede dividirse en tres partes: la primera, narra la vida del pa­drastro de Netocka, violinista mediocre y arruinado, constantemente borracho, que cree ser un gran artista y se considera ca­paz de alcanzar la celebridad en una sola actuación. La madre de Netocka está siem­pre enferma en el tugurio que constituye su vivienda.

En este ambiente, la niña se abandona con ardor a los sueños de la fan­tasía, perdiendo de esta manera el sentido de la realidad, hasta que una súbita des­gracia la sitúa ante ella. El padrastro, des­pués de haber presenciado la actuación de un célebre violinista, se da cuenta de su propia ineptitud y muere de desesperación al poco tiempo. En este punto comienza la segunda parte de la narración: Netocka es recogida en casa de unos príncipes, y siente gran cariño por la princesita, niña de su edad. En la tercera parte, Netočka vive en otra casa, en compañía de un ma­trimonio, y descubre un extraño secreto que existe entre marido y mujer.

Este se­creto había de ser el motivo del ulterior desarrollo de la novela, que ha quedado in­acabada. En Netočka Nezvanova se encuen­tran ya claramente delineadas algunas de las que serán las características fundamen­tales de toda la obra de Dostoievski: rea­lismo, profundidad psicológica y una ro­mántica predilección por las situaciones anormales. Sus personajes sólo destacan por sus pasiones, que les convierten en seres obsesionados y crueles, y la exposición de los hechos está conducida con ritmo persis­tente en un sutil y atormentador análisis. [Trad. española de César A, Comet (Madrid, 1921); de J. García Mercadal (Madrid, s. a.); de Juan G. de Luaces (Barcelona, 1949), y, la mejor, de Rafael Cansinos Assens, en Obras completas, tomo I (Madrid, 1935; 4.a ed., 1950)]. .

G. Kraisky

La Nevasca, León Tolstoi

[Metei’]. Uno de los pri­meros cuentos de León Tolstoi (Lev Nicolaevič Tolstoj, 1828-1910), publicado en 1856.

En forma de monólogo autobiográfico, el autor nos describe la azarosa noche vivida en trineo durante una tormenta de nieve. El cochero conoce poco la carretera y des­pués de una hora transcurrida en la busca inútil de la justa dirección, el viajero se ve obligado a proseguir en otro trineo con un grupo de mujics.  Hasta el alba no lle­gan a la estación.

En este cuento, que parece el primer núcleo de otro más cé­lebre, Amo y criado [Chozjain i rabotnik], publicado en 1895, Tolstoi revela ya los caracteres de su arte: la observación minu­ciosa y, con todo, siempre conmovida (así el caballo del centro de la «troika», con su modo especial de mover las patas, o el ale­gre rumor de los cascabeles en contraste con el viento helado y con la noche obs­cura); la poderosa evocación de ambientes y de climas, en los recuerdos de infancia que se presentan al viajero durante su tor­mentoso adormecimiento; la neta represen­tación de los caracteres y los tipos.

Se muestra además, en la descripción de los campesinos, aquella tendencia a idealizar al mujic, que más tarde formará la esen­cia del misticismo popular del gran escri­tor. Aun con su prolijidad y sus repeticio­nes, el relato, límpido e inmediato en su estilo, debe considerarse como una de las mejores obras juveniles de Tolstoi. [Trad. española de «La España Moderna» (Ma­drid, s. a.)].

G. Kraisky

Nerone, Pietro Cossa

Literariamente, el personaje de Nerón no encuentra verdadera consistencia hasta el siglo XIX; llegamos así al Nerone de Pietro Cossa (1830-1881), tragedia en cinco actos y un prólogo, representada en 1871.

Encontramos aquí a un Nerón sonriente e inconsciente, más loco que terrorífico, en torno al cual el Imperio empieza a resque­brajarse, mientras surge el ideal cristiano. Nerón esquilma a sus súbditos para satis­facer sus ideales estéticos, pero si se en­cuentra ante las propias víctimas, como Varonila, prefiere hacerles restituir sus bienes a soportar el espectáculo de su dolor; se deja amansar por sus propios enemigos, como Mucrón, con un vaso de vino; se ocu­pa más de mujeres que de política; por fin, abandonado por todos, sigue el ejemplo de su fiel amiga Atte y se suicida. En esta tentativa de vida artísticamente abstracta, despreocupada de la realidad que destruye, encontramos un motivo nuevo para el tea­tro italiano que, empero, no ha sido pro­fundizado ni expresado cumplidamente.

U. Déttore

Nerto, Frédéric Mistral

Poema del autor provenzal Frédéric Mistral (1830-1914), aparecido con la tra­ducción francesa en 1884, año del cuarto centenario de la unión de la Provenza a Francia. La acción se desarrolla en el si­glo XV.

El barón Pons, señor de Chateaurenard, cuyas violencias y rapiñas tienen aterrorizado a todo el país, siente con pa­vor llegar su última hora. Le atormenta un terrible recuerdo. Una tarde que él había perdido en el juego toda su fortuna, armas y castillo, se le presentó el diablo y le ofreció una maravillosa noria cuyas gotas se transformaban en pepitas de oro. Pero Satanás puso una condición a este regalo: en el plazo de trece años, la hija del cas­tellano, la dulce y encantadora Nerto, de­bería pertenecer al Infierno.

El término fatal se aproximaba, y el caballero, a las puertas de la muerte, confía a su hija su pacto. Sólo veía para ella una posible sal­vación: que marchase a ver al Papa, Pedro de Luna, que reinaba en Avignon, bajo el nombre de Benedicto XIII. Chateaurenard está cerca de Avignon, sobre la orilla iz­quierda del Durance; el trayecto sería rá­pido y fácil si la ciudad papal no estuviese sitiada por Boucicaut, enviado de Car­los VI.

Pero bajo el río existe un pasadizo secreto, cuyas llaves entrega el señor de Chateaurenard a su hija. De este modo podrá ella, además de solicitar la ayuda de Benedicto XIII, ofrecer a éste un medio de evasión. Nerto ejecuta las órdenes pater­nas. El sobrino del Papa, Rodrigo de Luna, un joven pervertido, recibe a la muchacha y la conduce a su tío. Gracias al subterrá­neo secreto, Benedicto XIII sale de Avignon y llega a Chateaurenard. Pide hospi­talidad a Luis II, duque de Anjou que se dispone a hacer valer sus derechos sobre la corte de Nápoles, y le casa con Yolanda de Aragón.

Con motivo de ello hay suntuo­sas fiestas. Nerto ha seguido al Papa, y encuentra de nuevo a Rodrigo de Luna, que, en las arenas de Arlés, mata a un león en el instante en que iba a arrojarse sobre la muchacha. Pero ella sabe que le acecha un mayor mal, y pide al padre de todos los fieles que la proteja. Benedic­to XIII le indica que entre en religión y se retire a la vida monástica en el convento de San César: ella obedece con cierto pesar, al que no es por completo ajeno Rodrigo de Luna. Apenas ha pronunciado Nerto sus votos, cuando Rodrigo de Luna asalta el monasterio al mando de un grupo de ban­didos y rapta a la muchacha.

Se entabla un vivo combate entre los raptores y la vigi­lancia, atraída por el toque de rebato. Antes de prestar ayuda a los suyos, Ro­drigo deposita a la joven, medio desvane­cida, junto a las tumbas de Aliscamps, pero a su regreso no la encuentra. El joven ca­ballero, desesperado, invoca al Diablo. Se le aparece el Maligno y le promete satis­facer su deseo. Inmediatamente surge en Laurade un espléndido castillo, cuyas siete salas, presididas cada una de ellas por uno de los siete pecados capitales, nos son lar­gamente descritas.

Nerto, que, tras haber huido de Aliscamps, ha sido recogida por un ermitaño y ha conocido múltiples pe­ligros, se presenta ante la diabólica man­sión. Rodrigo la acoge con arrebato y le confiesa su amor. Pero Nerto le responde que no sabría corresponderle en este mun­do: sus almas tan sólo podrán unirse en otra vida, e inspira a su enamorado el arre­pentimiento de sus crímenes. Al punto apa­rece el Diablo, la hora fatídica está al so­nar.

Nerto debe serle entregada. Rodrigo se interpone y avanza hacia el Diablo y mostrándole la empuñadura de su espada en forma de cruz le rechaza en nombre de la Santísima Trinidad. Resuena un terrible trueno y la tempestad arrasa el palacio mal­dito. Nerto ha sido libertada, «realiza su entrada triunfal en el cielo, en compañía del brillante caballero que, llevando la cruz en su mano, ha sido rescatado por el bau­tismo del arrepentimiento y del heroísmo». Desde entonces y para siempre una abadía de piedra existe en el centro de las ruinas de aquel lugar.

Compuesta en pleno impulso del movimiento felibre, y cuando ya Mis­tral conocía la popularidad, este poema se esfuerza en resucitar algunos fastos de la antigua Provenza, al modo de los trovadores y los poetas épicos de los cantares de gesta. Y así, los fragmentos extraídos del acervo folklórico y de la leyenda, o sim­plemente inventados, se sitúan en lugares reales y particularmente famosos: el Aviñón de los Papas, el Durance y sus ori­llas, Aliscamps, las arenas de Arlés, las rui­nas de la Laurade…, todos ellos rodeados de una poética atmósfera.

Los efectos es­tán perfectamente logrados; el retrato de Nerto, el instante en que pronuncia sus votos, la descripción del castillo diabólico, etc. Como música de fondo se deja escu­char la vieja filosofía cátara, de la que la poesía de «oc» había tomado sus mejores acentos, y según la cual el verdadero amor no podía cumplirse carnalmente, ni hallar aquí abajo su total desarrollo y felicidad. Sin alcanzar la calidad de Mireya (v.) ni incluso la de Calendal (v.), esta obra ocu­pa un lugar importante en el florilegio de la poesía provenzal.

Nerone, Arrigo Boito

Más importante que todos es sin duda el Nerone de Arrigo Boito (1842-1918). La primera concepción de esta ópera remonta a 1862; en 1901 el autor publica el poema dramático en cinco actos, el último de los cuales no fue puesto en música.

La compo­sición de la música fue larguísima y sufrió muchas refundiciones y cambios. Cuando en 1918 murió Boito, la ópera estaba todavía sobre su mesa de trabajo. Hasta 1924 no fue representado el Nerone en la Scala de Milán. Nerón y Simón Mago se encuen­tran de noche en la Via Appia para enterrar las cenizas de Agripina. El empe­rador llega aterrorizado por la aparición de una Erinnia con el cuello rodeado de serpientes que ha visto surgir en el campo. Es Asteria, encantadora de serpientes ena­morada de Nerón, de la que se sirve Simón Mago para dominar el ánimo del empe­rador.

Mientras ambos están cumpliendo los ritos, ocultos entre las sombras, llega la cristiana Rubria que se recoge para re­zar; se acerca a ella el cristiano Fanuel; entonces Simón Mago aparece y la mu­jer huye asustada dejando a Fanuel, a quien Simón Mago ofrece todo el poderío de Roma a cambio de su alianza en las artes mágicas. Pero Fanuel se niega. En el se­gundo acto, Nerón, en el templo de Si­món Mago, está en adoración ante la imagen de Asteria reflejada en un espejo, pues la cree una diosa; pero cuando la mu­jer le besa, advierte el engaño y ordena a los pretorianos que arresten a la mujer y al histrión.

En el tercer acto, Asteria, que ha conseguido huir, corre a advertir a los cristianos que Simón Mago ha revelado su refugio a Nerón. Pero Fanuel no quiere huir y es detenido. En el cuarto acto corre la voz de que Simón Mago piensa incen­diar Roma, con el consentimiento de Nerón, que se complace con la idea de tan gran­dioso espectáculo. Entretanto son lanzados a la arena los cristianos, a cuya cabeza va Fanuel; pero he aquí que aparece una vestal velada y hace valer su derecho a salvar la vida de un condenado.

Señala a Fanuel, pero Simón Mago, arrancándole el velo, la descubre: es Rubria, que es in­mediatamente arrojada entre los cristianos. Estalla entonces el incendio; el circo arde y se hunde, Rubria es arrollada; Asteria y Fanuel la encuentran por fin moribunda en el «spolarium», donde confiesa que fue ver­daderamente vestal y adoró al mismo tiem­po al Dios de los cristianos y a la diosa pagana. Mientras se hunde la bóveda del «spolarium», Asteria y Fanuel se alejan.

La música de Nerone tiende más que la de Mefistofele (v.) al drama wagneriano, aun­que contenga oberturas de canto de carác­ter típicamente italiano. Pero incluso aquí la fantasía del músico se despliega en sen­tido más bien intelectualista. En los me­jores fragmentos, como el comienzo del primer acto, el segundo y el tercero, la música no va mucho más allá de los va­lores externos y decorativos, mientras son rarísimos los momentos de verdadero em­peño y de auténtica profundización dramá­tica.

«El lenguaje armónico — escribe Ferdinando Bailo — es siempre pobre, y el ins­trumental, aun evitando las viejas fórmu­las, se limita siempre a la función de acom­pañamiento, sin alcanzar la autonomía ex­presiva de la orquesta de Berlioz ni de Wagner; hay en cambio en esta música una sensibilidad arquitectónica original, que se extiende a todo el cuadro dramático, y el valor emotivo reside entonces en la eco­nomía constructiva del acto, en la progre­sión de ritmos y movimientos, más que en la línea melódica, a menudo corta de aliento».

A. Mantelli