El lamento, Anónimo

Todos los manuscritos de los Nibelungos van seguidos de un pequeño poema épico en medio alto alemán medieval, El lamento [Die Klager], de 4.322 versos de rima pa­reada, compuesto por un autor bávaro anó­nimo, como una continuación del poema, para narrar la lamentación de los supervi­vientes de la matanza en la corte de Etzel (Atila, v.).

Reemprendiendo el relato hecho en el Poema de los Nibelungos, se narra principalmente el duelo de los que han so­brevivido: Etzel, Dietrich (Teodorico) e Hildebrand lloran la muerte de Kriemhild y además, cada uno, la de sus propios hom­bres; los muertos son sepultados y sus ar­mas enviadas a Bechelaren. En la segunda parte del poema, el lugar de la acción cambia, ya que la noticia del desastre va circulando de ciudad en ciudad. El juglar Swemmelín recibe de Etzel el encargo de llevar la funesta noticia al país de los burgundos; los mensajeros llegan a Viena, lue­go a Bechelaren, donde ocurren escenas de dolor por la muerte de Ruedeger, luego a Passau, en donde son atendidos por el obis­po Pilgrim, y finalmente a Worms, donde Brunhild llora la pérdida de los burgundos.

De vuelta los mensajeros de Etzel, Dietrich se despide de ellos, que no quisieran dejar­le partir, y se desmaya de dolor, quedando luego en un estado de enajenación mental. El autor, muy preocupado en salvar el alma de sus héroes, demuestra mejor cora­zón que capacidad poética, pero conoce bien el material de la saga. El pasaje re­lativo al obispo Pilgrim de Passau y al es­cribano Konrad es uno de los pocos puntos de referencia que se poseen sobre la com­posición del Poema de los Nibelungos. La obra tiene escaso valor poético; retórica en la efusión sentimental, árida y descuidada en la narración.

Sin embargo, suscitó un gran interés por los problemas filológicos que plantea, ya sobre el autor del poe­ma, ya porque indica explícitamente como «fuente común» un texto latino «in latinschen buochstaben», que el obispo Pilgrim de Passau (917-991), tío del rey burgundo y de Crimilda, habría hecho componer a un «Meister Konrad dei Schreibe» (Maestro Conrado, el Escritor), no conocido de otro modo. Dado el carácter de indicios que tie­nen las investigaciones sobre los orígenes y los primeros desarrollos de la saga nibe­lùngica, tal indicación sugirió multitud de suposiciones. La existencia de una Nibelungias latina hacia el año 1000, basada en el ejemplo del Waltario (v.) no está todavía hoy descartada, a pesar de que hasta el presente no se haya descubierto ningún texto latino de la saga.

M. Pensa

Los Newcome, William Makepeace Thackeray

[The Newcomes]. No­vela de William Makepeace Thackeray (1811-1863), publicada por entregas entre octubre de 1853 y agosto de 1855 en el «Punch».

En esta novela el autor finge que el protagonista de otro libro suyo, Pendennis, narra algunos años de la vida de Clive Newcome, único hijo del coronel Thomas Newcome. Clive está enamorado de su pri­ma Ethel, hija de un rico y presuntuoso hermanastro del coronel, sir Brian New­come; pero es débil de carácter y, al no conseguir superar las dificultades interpues­tas por la familia a su matrimonio, se casa con Rosey Mackenzie, sobrina de un amigo de su padre.

El viejo coronel Thomas pier­de, entretanto, toda su fortuna, y, después de haber sido torturado durante largo tiem­po por la pérfida suegra de Clive, termina sus días en un asilo. La muerte de Rosey permitirá a Clive rehacer su vida, y todo hace pensar que finalmente se unirá con Ethel, la cual, pese al ambiente snob en que ha vivido, ha sabido conservar intactas las dotes de su corazón y de su mente. Con éste tema se enlaza la historia del hermano de Ethel, Barns, hombre vil y cruel que se casa por interés con lady Clara Pulleyn, amada en cambio desinteresadamente por Jack Belsize.

Barns hace a su mujer pro­fundamente desgraciada, hasta que Bel­size, convertido en lord Highgate, la arran­ca de su triste situación. Como la mayor parte de las obras de Thackeray, también ésta, más que una verdadera novela, es la narración biográfica de un período en la vida de una familia. Escrita poco después de publicada la Historia de Enrique Esmond (v.), no alcanza ciertamente la per­fección de esta novela ni la fuerza de la Feria de las vanidades (v.), aun siendo una obra en que la fuerte personalidad del no­velista se afirma plenamente.

También aquí Thackeray ha querido dar un cuadro rea­lista de la vida, retratando en Clive a un joven de su época, ambicioso y mezquino. La novela está transida de una sátira amar­ga y fuerte, que se suaviza y endulza para dar vida a la figura del coronel Newcome, hermoso retrato de gentilhombre sencillo y recto, revelando así cuánta pasión callada, cuánta emoción, cuánta secreta aspiración hacia la bondad se ocultan bajo el realismo aparentemente cínico de Thackeray.

S. Rosati

El Newtonismo para las Damas o Diálogos sobre la luz y los colores, Francesco Algarotti

[Il Newtonianismo per le Damet ovvero Dialoghi sopra la luce e i colorí]. Obra de divul­gación científica y de amena literatura de Francesco Algarotti (1712-1764), publicada en 1737.

Inspirándose en las famosas Con­versaciones sobre la pluralidad de los mun­dos (v.) de Fontenelle y en su propia na­turaleza de hombre de mundo, el ensayista veneciano se propuso presentar una ardua materia científica en forma tensa y bri­llante. La moderna prosa de Algarotti, ca­rente de preciosismos y de artificios, parece el medio más adecuado para difundir el conocimiento de aquel nuevo mundo de las ciencias, lo cual era la ambición del siglo.

Hostil a toda argumentación abstracta y alejada de la viva representación de la realidad, el autor combate incluso el car­tesianismo (representado en un nuevo Sim­plicio, v., tan vacuo en sus razonamientos como el interlocutor aristotélico del Diálo­go sobre los dos mayores sistemas, v., de Galileo), refutando particularmente toda argumentación sobre la naturaleza de la luz y de los colores.

La misma contraposi­ción de la experiencia al raciocinio abs­tracto (elogiando la «filosofía sensata» con­tra la «filosofía fantástica»), muestra en este ágil divulgador un entusiasta de las teorías newtonianas, empeñado en el cono­cimiento más íntimo del saber exacto, ad­mirado de la infinitud de la naturaleza que nos abre lentamente sus tesoros.

Nitidísima y briosa es la expresión de estos diálogos entre el autor y una marquesa que recuer­da a la de Fontenelle; paso a paso se ex­plica la naturaleza de las cosas, y las cues­tiones más arduas quedan allanadas con una sencillez sorprendente, que se sirve de leves movimientos narrativos y de un gar­bo muy dieciochesco para introducir un mundo de cálculos y experimentos. Es sa­bido que Voltaire, que había elogiado el trabajo del joven escritor habiéndolo leído en manuscrito, publicó en 1738 sus Elemen­tos de la filosofía de Newton [Éléments de la philosophie de Newton], que aun sin poseer la agilidad de Algarotti, alcanzan la misma finalidad en forma más ceñida y en ciertos aspectos menos superficial.

El New­tonismo para las Damas, muy pronto fa­moso por el título y la forma en que se dirigía a la buena sociedad, fue traducido a las principales lenguas europeas y con­tribuyó a divulgar los principios científicos, pasión y manía de aquel siglo.

C. Cordié

Los Nibelungos

Vamos a tratar so­bre la saga, el poema, la cuestión filológica y las principales interpretaciones poéticas modernas del ciclo épico centrado en tor­no a Sigfrido (v.), Brunilda (v.) y los Níbelungos, tal como se ha formado a tra­vés de un largo trabajo de creación en la conciencia poética de los pueblos ger­mánicos, y que puede considerarse, por su profundidad, complejidad y variedad de motivos de las figuras y de los episodios, ligados y fusionados en una unidad de sín­tesis, como el gran mito nacional, en el que se hace realidad y se exalta 1$ intui­ción de la vida y del mundo, propia del paganismo germánico: el sentimiento de un hado ineluctable, que gravita sobre el mundo desde el albor de los tiempos; el insu­perable conflicto de valores opuestos y de opuestas leyes, que crea la situación trá­gica; la ejemplar hazaña del héroe, culpa­ble e inocente a un mismo tiempo, que tras- humanizándose o deshumanizándose acep­ta, quiere y cumple su propio destino, no como ciego instrumento, sino celebrando, con el consciente sacrificio de sí mismo, las más altas virtudes de una; estirpe guerrera que no conoce límites ni medida en su aspi­ración a la conquista del mundo.

Es ésta ciertamente la ley suprema del héroe ger­mánico: apoderarse del «Hort», del tesoro, símbolo de poder y de dominio, tenerlo bien asido con las propias manos, no ceder­lo bajo ninguna condición al enemigo, ni siquiera en la hora suprema. Así muere Gunther (v.) en el Canto de Atli (v. Edda), así muere Hagen (v.) en el Poema de los Nibelungos. Gunther, seguro de ser ya para siempre, después de la muerte de Hagen, el único guardián del tesoro, lanza el último reto al enemigo: « ¡Que el Rin, el caudaloso río patrimonio de los Nibelungos, custodie el oro que dividió a los guerre­ros; / luzcan los fatales brazaletes en el agua que los arrastra / antes que el oro brille en las manos de los hijos de los hunos!» Arrojado al fondo de una torre, entre un nido de serpientes, Gunther en­tona al compás de un arpa, con «espíritu invencible», su último canto.

Y a estos acentos hacen eco, cinco siglos después, las últimas palabras de Hagen a Crimilda (v.) en el Poema de los Nibelungos: «Ha muerto el noble rey de los burgundos y también el joven Giselher y el venerable Gernot. Nadie más sabe, pues, excepto Dios y yo, dónde se encuentra el tesoro. Para ti, esto permanecerá oculto por siempre». Hi­jos de la Naturaleza, los héroes germanos antes de morir restituyen a su inmensa madre lo que de ella proviene, si no pue­den transmitirlo a los de su propia estirpe, y, moribundos, gozan con la vista del oro que resplandece en el fondo de las aguas, que lo llevan hacia el mar. En este fluir de las aguas, en este emigrar del oro hacia el mar infinito, ellos adoran además el sím­bolo del eterno «devenir», del «Werden», al que están sometidos no sólo los hom­bres, sino también los dioses, de modo que toda su actuación culmina en el «Ragnarók» («Ocaso de los Dioses»; de «rók», fin, ruina, y «ragna», genitivo plural de «regin», los regidores, los dioses).

También sobre el mundo de los dioses pesa una culpa fatal, que sólo puede extinguirse con el aniquilamiento de la vida; se desencade­nan las fuerzas destructoras del mundo del fuego y del mundo del hielo, personifica­das en monstruos y gigantes, y todos los dioses deben sucumbir en la lucha. Éste es el trágico fondo de la gesta de los Ni­belungos. Ya en los cantos más antiguos, aparecidos quizás al final de 1^ época de las invasiones, entre los siglos VII y VIII, en el pueblo franco, basados en antiquísi­mas tradiciones míticas adaptadas al espí­ritu de la nueva aristocracia guerrera por los juglares de la corte, los «skopós», Sig­frido, el muchacho ignorante, nacido y crecido en la selva milenaria, como surgido del propio seno de la Gran Madre, al igual que Tuisto, el divino progenitor del pue­blo germano, «Terra editus», encarna el tipo ideal del héroe que, rotos los puentes con el pasado, se debe todo a sí mismo y a su propio espíritu invencible, y no teme a la maldición del oro, pues sabe que «a cada uno le es dado gozar de sus bienes hasta el día fatal que gravita sobre todos y que para todos ha de llegar: pues todos deben descender de una vez al reino de Hel».

El mañana es siempre incierto, y nadie en el mundo puede llamarse el más fuerte. La virtud del guerrero y del po­derío de los reinos se prueban y comprue­ban en el certamen de las armas, donde ora domina uno, ora otro. Así lo quiere el Destino. Y a la voz del héroe hace eco la voz acorde de la multitud; porque a los Nibelungos que parten hacia la tierra de Atila (v.), donde saben que les espera la muerte, puede aplicárseles las palabras que los dos héroes hermanos Hamdhir y Sorli, en el «Hamdhirmál» de los Edda dirigen a su madre al partir: «Consagrados a la muerte, montamos ahora en nuestro corcel. Moriremos en tierra lejana». En esta franca voluntad de afrontar cara a cara el des­tino, el espíritu de la edad de hierro ha dejado en el canto su huella más profunda. Igual que la poesía épica germánica en general, en los siglos que van desde las invasiones a la época suaba, pasa de la forma concisa y discontinua del «canto heroico» a la relativa amplitud del «poema breve», y de ahí a la «magnitud épica» del gran poema heroico, también en la evolu­ción del ciclo nibelùngico se distinguen tres fases sucesivas:

I) Los cantos épicos relativos a Sigfrido y Brunilda por una parte, y el canto del fin de los Nibelungos por otra (que constituyen en principio dos sagas por completo independientes, rela­cionadas sólo por los nombres del rey bur­gundo y su hermana Crimilda, comunes a ambas gestas).

II) El «breve poema» del Fin de los Nibelungos [Der Nibelungen Not], compuesto entre 1160 y 1170 por un juglar austríaco desconocido, el cual amplió el canto épico preexistente tal como había sido tratado en la tradición bávara, muy distinta del canto originario.

III) El Poema de los Nibelungos o Cantar de los Nibelungos [Nibelungenlied], obra de un poeta caballero austríaco, el cual, entre 1200 y 1210, com­binando las dos sagas hasta entonces dis­tintas, coordinándolas con inteligentes adap­taciones y retoques, y reelaborando ti poe­ma más antiguo con objeto de adaptarlo a los gustos de la sociedad cortesana de su tiempo, llevó a cabo una obra orgánica de magnitud clásica.

La fase más antigua está representada por los versos heroicos de los Edda (v.), aparecidos en época vikinga (siglos VIII-XI) en un ambiente histórico muy semejante al del período de las invasiones, transmitidos oralmente hasta los si­glos XII y XIII, y transcritos y recopilados hacia 1230 en un solo cuerpo. La redacción definitiva tuvo lugar en Islandia, y tal vez una pequeña parte en Noruega y en Groen­landia, mientras los cantos primitivos («Urlieder»), perdidos para nosotros y que la investigación de los filólogos modernos ha tratado de reconstruir con un paciente y minucioso trabajo de indagaciones y cotejos entre las diferentes versiones de la misma leyenda, son en realidad de origen conti­nental y proceden, por lo que respecta a la leyenda de Sigfrido y a la gesta de los Nibelungos, del territorio burgundofraneo.

Se sostiene generalmente que los «edda» son bastante próximos, en espíritu y forma, a los cantos primitivos, a diferencia de los poemas alemanes, en los que por la influen­cia de los diferentes ciclos, y por obra del Cristianismo y la cultura cortesana, la sa­ga experimenta una rápida transformación. Pertenecen al ciclo de Sigfrido (en nórdico Sigurd) los siguientes cantos de los Edda (v.): el Poema de Regin [Reginsmál] y el Poema de Fafnir [Fafnismdl]; el Poema de Sigrdrifa [Sigrdrifomál]; el Poema frag­mentario [Brot of Sigurdharkivdhu], y el Canto breve de Sigfrido [Sigurdharkividha in skamma]; el Vaticinio de Gripir [Gripisspá]; el Viaje de Brunilda al Ade [Herlreidh Brynhildar].

Dos son, en cambio, los poe­mas que narran, con notables diferencias, el fin de los reyes burgundos en la corte de Atila, redactados ambos, según se infiere de su título, en Groenlandia: el Atlakvidha in Groenlenzka y el Atlamál in groenlenzko. Suplen las lagunas de estos poemas éddicos dos leyendas en prosa: la Saga de los Vólsúngos (v.), escrita en Islandia a fines del siglo XIII, la cual creó la historia de todo el linaje de Sigfrido desde sus orí­genes míticos (el primero de la estirpe, Sigi, es considerado como hijo de Odín), y la Saga de Teodorico (v.), redactada alrededor de 1250, y que recoge en torno a la figura central del rey ostrogodo Teodo­rico de Verona (v.) las más variadas le­yendas heroicas germánicas, entre ellas la de los Nibelungos, según la versión que de estas leyendas daban los mercaderes hanseáticos, establecidos en la ciudad de Bergen.

Basándose en un minucioso cotejo del Nibelungenlied con la Thiedrekssaga y las posteriores baladas nórdicas que narran la venganza de Crimilda, se ha podido reconstruir, a grandes rasgos, el perdido «poema breve» Der Nibelunge Not. Concebido en el espíritu de una época más ruda, que se re­conocía a sí misma en la figura de un Hagen y de su inseparable compañero de armas, el guerrero poeta Volker, el Not estaba ya compuesto en el mismo metro que el Nibelungenlied, que parece medido sobre el paso de las tropas que se dirigen a la batalla, metro que aparece ya a mediados del siglo XII en los cantos del más antiguo «minnesánger», Sire de Kürenberg, también austríaco: la estrofa tetrástica for­mada por .dos pareados (A A, B B), com­puesto cada verso de dos hemistiquios, el primero de los cuales consta siempre de cuatro tiempos, mientras el segundo tiene tres en los tres primeros versos, y cuatro en el último.

El Nibelungenlied está divi­dido en treinta y nueve cantos o «aventu­ras» («aventiuren»). Los primeros diecinue­ve constituyen la primera parte del poema, que termina con la muerte de Sigfrido y con la sumersión del tesoro en el Rin por obra de Hagen. La segunda parte, que com­prende los restantes veinte cantos, se inicia con la decisión de Atila, que ha perdido a su primera mujer Helche, de solicitar la mano de Crimilda. El distinto origen de las dos partes se transparenta todavía en la redacción definitiva, y, además de varias incongruencias, en el hecho de que la se­gunda parte comienza «ex-abrupto», como si fuera un nuevo poema. La acción de los primeros diecinueve cantos se desarrolla en su mayor parte en Worms, a orillas del Rin, antigua capital del reino burgundo, en la corte del rey Gunther (en nórdico Gunnar), el Gundahar o Gundikar de la His­toria, caído con toda su familia y gran parte de su pueblo en la batalla del año 436, con la que los hunos pusieron fin a su reinado, viéndose obligados los supervivien­tes a emigrar al valle del Ródano.

En el Nibelungenlied, Gunther comparte el trono con sus dos hermanos menores, Gernot y Giselher. En la corte crece junto a los tres hermanos la más bella y gentil de las vírge­nes, Crimilda (Kriemhild), educada por su anciana madre Ute, que está dotada del don de profecía. [En los textos nórdicos, a la figura de Crimilda corresponde la de Gudhrun, mientras que el nombre de la hija ha pasado al de la madre, que en los Edda se llama Grimhildr]. En la heroína revive, como en Gunther Gundahar, la prin­cesa germánica Hildiko, la cual, según una tradición nacida poco después de la muerte de Atila (453), mató al rey de los hunos en su noche nupcial, vengando en él la muer­te de sus parientes y el exterminio de su pueblo. Una noche, Crimilda tiene un sue­ño espantoso: un halcón criado por ella con afecto y ternura — el motivo deriva del Minnesáng (v.) —, echa a volar de­jando su regazo y es al punto apresado y destrozado por dos águilas.

La sombra de este sueño, que le predice amor y desven­tura a un mismo tiempo, se proyectará siniestra sobre toda su vida; su propósito de esquivar el dolor renunciando al matrimo­nio, es frustrado por el Destino, que con­duce a la corte de Worms al más brillante de todos los héroes, el joven Sigfrido, que pronto la cautiva con su amor. Antes de llegar a Worms, donde le atrae la fama de Crimilda, Sigfrido había ya conquistado el tesoro de los Nibelungos, los cuales en la primera parte del poema son dos herma­nos enemigos a quienes el guerrero vence y da muerte, mientras que, en la segunda parte, se da este nombre a los burgundos, que después de la muerte de Sigfrido toman posesión del tesoro. El héroe, pues, había vencido al enano Alberico, vasallo de los dos hermanos, y había matado a un terrible dragón en cuya sangre se había bañado después,* para hacerse invulnerable.

Sólo en un sitio puede ser herido, entre los dos hombros, donde había caído durante el baño una hoja de tilo. Gunther concede al héroe la mano de su hermana, a cambio de que él le ayude a conquistar la mano de Brunilda (Brünhild), la fiera reina de Islandia que sometía a sus pretendientes a una serie de pruebas de fuerza. Y Sigfrido vence con la ayuda de la «Tarnkappe» (del verbo «tarnen», ocultar, y «kappe», capa), una capa que le hace invisible, de tal manera que Gunther, auxiliado en la lucha por el invisible Sigfrido, sale vencedor y Brunilda no puede rehuir ser su esposa. Am­bas bodas se celebran al mismo tiempo en la corte de Worms. Pero poco duran la felicidad y la concordia.

Pues como la rei­na de los burgundos en una discusión que tiene con Crimilda sobre el valor de Gun­ther, considerado por ella más fuerte y resistente que Sigfrido, se entera por su cuñada del engaño de que ha sido víctima, clama venganza para su honor ofendido. [En la saga nórdica, Sigfrido conquista pri­mero el amor de Brunilda, después de haber atravesado el cerco de llamas que la rodea, y luego, en la corte de los Nibelun­gos, en virtud de un filtro que le han dado a beber, olvida por completo que debía ca­sarse con ella, de tal manera, que para obtener la mano de Gudhrun, ayuda a Gun­ther a conquistar a Brunilda, arrojándose a las llamas por segunda vez]. El que se encarga de lavar con sangre la vergüenza de Brunilda, su reina, es el cruel («der grimme») Hagen, el más fuerte de los gue­rreros burgundos, quien habiendo arranca­do a Crimilda, mediante engaños, el secre­to de la vulnerabilidad de Sigfrido, mata al héroe a traición, durante una cacería, mientras éste se inclina a beber en una fuente.

El héroe cae entre las flores, maldi­ciendo a los asesinos. Al morir piensa en su esposa y en su hijito, que un día se la­mentará de tener por ascendientes a unos traidores, en su viejo padre y en sus fieles guerreros, y después de haber encomenda­do su esposa al amparo de Gunther, expira con el corazón desgarrado ante la desespe­ración de aquélla. [En la saga nórdica, el héroe es asesinado en su lecho, mientras duerme al lado de Gudhrun]. Después de la muerte de su esposo, Crimilda no vive más que para la venganza, y cuando Atila envía a la corte de Worms al margrave Rüdeger para solicitarla por esposa, ella accede, después de haber hecho jurar al mensajero que tanto él como su señor sa­tisfarán siempre todos sus deseos. Durante doce años, la reina vive en la corte de Atila. Finalmente se le presenta la ocasión de cumplir su designio, cuando Gunther, desoyendo las advertencias de Hagen, llega con su ejército al país de los hunos para participar en la gran fiesta del solsticio de verano.

El primero que le hospeda durante su viaje es, en la Marca oriental, que for­ma el confín del reino de Atila, Rüdeger, cuya hija se casa con Giselher. En la corte de los hunos vive también, en exilio, Teodorico de Verona, con su viejo maestro de armas, Hildebrando, y un numeroso séquito de guerreros. Y en la sala del banquete se desarrolla, en fin, la última escena de la tragedia. Luego que los hunos, instigados por Crimilda y al mando del hermano de Atila, Bloedelin, han dado muerte, en sus respectivos alojamientos, a todos los es­cuderos de los burgundos y Hagen ha decapitado como represalia al único hijo de Atila, Ortlieb, el rey huno se ve obligado a lanzar la señal de guerra. En el Not, donde faltaba además el episodio de la matanza de los escuderos, Crimilda, sacri­ficando su propio hijo a su insaciable sed de venganza, instiga al pequeño para que dé una bofetada a su tío (Hagen era en el poema más antiguo el hermano de Gun­ther, igual que en la tradición nórdica), quien se venga haciendo caer la cabeza del niño en el regazo de la madre.

En el combate sucumben todos -los guerreros hu­nos, y con ellos la mayor parte de los bur­gundos. Cuando llega la vez a Rüdeger, suplica a la reina que no le obligue a es­grimir la espada contra sus huéspedes y futuros parientes. Mas en vano: deberá mantener el juramento que lo liga a sus soberanos, deberá combatir y caer como un valiente, muerto por Gerhot, a quien él, a su vez, ha causado una herida mortal. En la noche, iluminada por los siniestros resplandores del incendio provocado en la sala por orden de Crimilda, el drama se dirige desde ahora hacia su trágico fin.

Cuando Teodorico tiene noticia por Hildebrando de que han muerto todos sus gue­rreros, los cuales, a despecho de su prohi­bición, se habían lanzado a aumentar la confusión de la batalla, el rey godo ataca a Gunther y a Hagen, los únicos burgundos supervivientes, y los conduce como prisio­neros ante Crimilda, haciéndose prometer que serán respetadas sus vidas. Pero la reina, ciega de ira por el obstinado silen­cio de Hagen, que no quiere revelar dónde está escondido el tesoro, hace matar a Gun­ther y presenta a Hagen por última vez la cabeza de su hermano cogida por los cabe­llos. Y no obteniendo de él más que una negativa concisa y humillante, la reina le corta la cabeza con la espada de Sigfrido, de la que se había apoderado.

Entonces el viejo Hildebrando la traspasa también a ella, y el poema concluye con el lamento de los dos reyes, Atila y Teodorico, sobre el montón de sus guerreros muertos. Carac­terística esencial de la leyenda en la forma que asumió en la alemania meridional, y en el poema que se inspira en ella, es ante todo la subordinación de los motivos y de los personajes de la gesta de los Nibelun­gos, al espíritu del ciclo gótico, que había encontrado en Baviera una segunda patria. Atila no es precisamente el «flagellum Dei», sino el soberano benigno y pacífico que hospeda en su corte al rey Teodorico, al cual le ha sido arrebatado el trono, según la tradición gótica, por su enemigo Odoacro (los sucesos históricos están invertidos en la leyenda), y con él, el más excelente de los héroes germánicos.

Esto aporta una in­novación de capital importancia para la historia poética de la leyenda. En el canto primitivo, inspirado en el hecho histórico de la destrucción del primer reino burgúndico por obra de los hunos, era Atila el que tendía una celada a los burgundos, in­vitándolos a su corte para matarlos y apo­derarse de su tesoro, y Crimilda vengaba en su marido y en el pueblo de los hunos la muerte de sus hermanos, tal como había hecho Hildiko. [Y así sucede también en los dos cantos éddicos: obedeciendo a la voz de la raza, Gudhrun mata a sus dos ino­centes hijos y sirve sus restos para comida de Atila; después, antes de matar al tirano, le destroza el alma revelándole el mísero fin de los niños, y solamente ahora, después de haber sorbido gota a gota su venganza, blande el arma homicida y prende fuego al palacio, expiando entre las llamas, con su muerte voluntaria, su trágica «hybris»].

En cambio, según la tragedia bávara recogida en el Not y en el Nibelungenlied, Crimilda venga en sus propios hermanos la muerte de su esposo, Sigfrido. En el país que dio a alemania los primeros y más frescos can­tos de amor, la libre unión de dos corazo­nes para la vida y para la muerte, es más fuerte que los vínculos de la sangre. Cul­pable e inocente al* mismo tiempo, la Cri­milda del Nibelungenlied es arrastrada ha­cia sus horribles actos por el odio que sien­te hacia Hagen, el asesino de Sigfrido, odio que se hace más feroz y sombrío a cada hora que pasa, por razón de las ofensas a cual más grave que le son inferidas. El poeta no hace de este Hagen un hermano del rey, sino su vasallo, presentándolo como abierto antagonista y como la fatalidad de Crimilda. Y de completo acuerdo con la concepción gradualista medieval, se asiste en el poema al fatal «descensus» de un alma, en la que se va extinguiendo poco a poco la llama divina de la «pietas» y de la «humanitas». La dulcísima virgen, la tierna esposa de la primera parte, se trans­forma, en la segunda, en la implacable furia infernal, en el torvo demonio, la «valandinne», que conduce a la ruina y a la muer­te a una estirpe entera de héroes.

Y todo esto tiene, además, otra consecuencia. Mien­tras en los cantos nórdicos el protagonista del gran drama es Gunther y la figura de Hagen permanece en la sombra, en el poe­ma germano Hagen pasa a primer plano, como encarnación perfecta de un germanis­mo puro, quintaesenciado, que parece re­vivir, en oposición a los dictámenes de la ley evangélica, en la conciencia del tiem­po, durante los trágicos cincuenta años que vieron la destrucción y reconstrucción de Milán, la derrota de Legnano, la desastrosa tercera cruzada, el efímero reinado de En­rique VI, y, en fin, la lucha de diez años por el trono de alemania, con la anarquía, las devastaciones, y los estragos que la acompañaron, la subversión de todos los órdenes divinos y humanos, deplorada por Walther von der Vogelweide en sus pri­meras poesías políticas. Es un mundo en el que, inútiles todas las llamadas de la Iglesia para una restauración de la socie­dad humana en Cristo, los únicos valores que aún perduraban como idealidad moral eran los vínculos de amor y de fe que unen al vasallo a su señor y la invencible entereza, con la que el héroe afronta su destino.

Es como si en la nueva situación histórica hubiera renacido una vez más el espíritu sombrío y trágico de la época de las invasiones. A las palabras que Gunnar pronuncia en la Atlakvidha, antes de partir hacia el país de los hunos, donde sabe que le espera la muerte: «Los lobos tengan la herencia de los Nibelungos, las viejas fieras de fuerte pelo, si Gunnar sucumbe; y los negros osos desgarren con sus afilados col­millos la estirpe de los príncipes si Gun­nar no vuelve», responden en el Nibelungenlied, en el acto con el que Hagen des­hace de un solo golpe la barca que había transportado a los burgundos más allá del Danubio, para que todos sepan que su re­torno está cortado para siempre, y más aún, en el momento en que con la muerte del pe­queño Ortlieb él da la señal de la matanza, las atroces palabras con las que acompaña el rito pagano del «Minnetrinken» (de «mi­ne», recuerdo amoroso, y «trinken», beber), libación en memoria de los muertos: «Bien sabéis desde hace largo tiempo que Crimilda no podía olvidar su dolor, Ahora be­bamos a la memoria de los muertos, libando el vino del rey.

Y sea recordado antes que nadie, el joven príncipe de los hunos». En el poema, Hagen aparece (a pesar del tiem­po que los separa) como verdadero herma­no espiritual de la Brunilda de los antiguos cantos nórdicos, la cual no sólo está encastillada en su arrogante orgullo, como en el NibelungenliecL, en el que desaparece por completo después de la muerte de Sigfrido, sino que impone siempre a todos su voluntad, llevada hasta las consecuencias extremas, y después de haber saciado su sed de venganza, revelando a Gunther y a sus cuñados la inocencia de Sigfrido, se atraviesa con la espada del héroe y se hace colocar sobre la misma hoguera en la que arderá el cuerpo de él, costado por costa­do, y en medio de ambos la reluciente es­pada, como en la noche en que se cumplió su destino. Sin embargo, precisamente esta analogía entre las figuras de Hagen y Bru­nilda hace resaltar lo que hay de sustancial y nuevo en el Nibelungenlied.

A la orgullosa arrogancia, a la «übermüete», se opone en efecto en el poeta del Nibelungenlied la «fe», la «triuwe», que en los grandes poe­tas de la época cortés comprende en sí la «pietas» antigua y la «charitas» cristiana, fundidas en una sola virtud, humana y di­vina, con la fidelidad germánica. No haber encontrado en nadie, después de la muerte de Sigfrido, esta fe tan verdadera, excepto únicamente en el joven Giselher, flor de la estirpe burgúndica, lanzada también a la destrucción y a la muerte, y hallarse sola frente a la demoníaca «fe» de Hagen: tal es el trágico destino de Crimilda, así como a su «descensus» se contrapone, en los poemas caballerescos de Hartmann von Aue y de Wolfram von Eschenbach, la gradual ascensión del héroe y de la heroína, de grado en grado, hasta la última perfección humana.

Si el poeta éddico de la Atlalcvidha llama a su Gudhrun la «feroz reina» («afkár dís») y hace sentir la terrible ley a que ella, «obligada» («naudhug»), obede­ce, el poeta del Nibelungenlied propone a su pueblo, al iniciarse el siglo que verá el prodigioso renacimiento del alma germánica operado por el espíritu de San Francisco de Asís y de Santa Isabel de Turingia, la visión de un trágico mundo en el que la luz del amor y de todo sentimiento humano se consumen lenta y fatalmente. Trad. del poema al alemán por Karl Simrock. [Trad. española en prosa de A, Fernández Merino (Barcelona, 1883)].

C. Grünanger

Para mí el poema de los Nibelungos es tan clásico como Homero; ambos son fuer­tes y vigorosos. (Goethe)

El cantar de los Nibelungos no es una poesía épica, sino una narración. Lo que sucede, se oye, no se ve. (Grillparzer)

No es verdaderamente ni poética ni épi­ca, y es bastante material en su factura, carente de «ethos», y su mismo «pathos» no es tanto tragedia como acumulación de ho­rrores. (Croce)

Las Neurosis, Maurice Rollinat

[Les névroses]. Colec­ción de poesías del poeta francés Maurice Rollinat (1846-1903), aparecida en 1883 y dividida en cinco partes: «Las almas» [«Les âmes»], «Las lujurias» [«Les luxures»], «Los refugios» [«Les refuges»], «Los espec­tros» [«Les spectres»], «Las tinieblas» [«Les ténèbres»].

La inspiración dominante es la predilección por lo macabro y horrendo. Así, mientras en «La amante macabra» [«L’amante macabre»] evoca la visión de un esqueleto sentado al piano, «La bebe­dora de ajenjo» [«La buveuse d’absynthe»] parece expresar un sentimiento de piedad humana, aunque limitado al juego de dos versos repetidos: «estaba siempre encinta / pobre bebedora de ajenjo». En «El ente­rrado vivo» [«L’enterré vif»] se evoca la angustiosa atmósfera de la agonía de un hombre al que han creído muerto y que recobra la conciencia dentro ya del ataúd, mientras en la «Señorita Esqueleto» [«Ma­demoiselle Squelette»], en un ritmo de poe­sía jocosa que contrasta siniestramente con el asunto, se narra la historia de una en­ferma del pecho que se mata ahorcándose.

Pese a la fácil retórica de los temas, no falta, alguna muestra de buena poesía, par­ticularmente en «Las lujurias», o como en «La hermosa vendedora de quesos» [«La belle fromagère»]: cuadrito de vida visto y sentido a través de un sensualismo directo y encendido. Otro apunte original se encuentra en «La vaca al toro» [«La vache au taureau»], donde la habilidad y la sen­sibilidad del poeta coinciden en la des­cripción realista y plástica de una cópula animal. En conjunto, por la morbosidad casi física que el poeta no sabe superar, la obra está artísticamente fallida.

Rollinati que colaboró en la tercera recopilación del Parnaso contemporáneo (v., 1876), se inspi­ró visiblemente en Baudelaire y en Poe (a quien dedica un soneto), pero no supo captar de ellos sino lo macabro y satánico en su aspecto externo, mientras el esfuerzo de la originalidad no sentida, de la extra­vagancia premeditada y querida es dema­siado evidente para que pueda suscitar la ilusión y el encanto de una poesía cálida y espontánea.

D. Zerboni