Niobe, Josep Pin i Soler

Novela del narrador y comedió­grafo catalán Josep Pin i Soler (1842-1927). Es la tercera parte de una trilogía (1889- 1890) que Niobe forma con otras dos no­velas: La familia deis Garrigas (v.) y Jaume (v.).

Estudian sucesiva y cronológica­mente tres generaciones de la estirpe de los Garriga, linaje afincado desde antiguo en el «Mas del Moll Vell», cerca de Tarra­gona. La novela empieza con la interven­ción del autor que, después de sus viajes por el extranjero, gustaba de hacer un re­cuento de tipos pintorescos y de rincones tradicionales de su ciudad natal. Luego con­tinúa la historia de las novelas anteriores.

El protagonista es Ramón, hijo de Jaume, que murió fuera de su patria. Ramón vive con su tía Pona y con su padrino mosén Narcís. A la muerte de éste, ambos dejan la abadía y se retiran a un modesto piso de Tarragona. Ramón crece y estudia. Su afición es el teatro, que cultiva con un grupo de modistillas, y de una de las cuales, Emilia, se enamora. Kildo, prometido con una amiga de Emilia, descubre en Suiza a una misteriosa dama que le da noticias de la madre de Ramón, de quien éste no tiene más referencias que las alusiones en las cartas de su padre, que siempre la «llama la «Reina daurada».

El propio Ramón de­cide investigar por sí mismo la suerte de su supuesta madre, y en Suiza, tras una serie de peripecias y coincidencias, logra hablar con Paulina, una antigua artista muy amiga de su padre, la cual le promete pre­pararle una entrevista con Guadalupe Salvat, su auténtica madre. Ésta vive con su hija Lupita y separada del millonario Ar- bona. Desgraciadamente, Ramón debe vol­ver ‘ a Tarragona a cuidar a su anciana tía y allí muere el joven de una rápida enfermedad. Pocos días después llega a Ta­rragona Guadalupe Salvat con su hija, y se entera de la muerte de su hijo Ramón por la vieja tía Pona, quien, ya medio loca, hace de vendedora ambulante.

Con esta trágica e irremediable nota final ter­mina la novela y se extingue el linaje de los Garriga. La obra es, posiblemente, la menos lograda de la trilogía. Pin i Soler, refinado y culto, desdibuja la trama de la acción con un exceso de referencias a te­mas musicales, pictóricos o de viajes. Lo mejor son las caracterizaciones de los am­bientes y de los personajes; en ellas el autor se muestra como uno de los más hábiles costumbristas de su época.

A. Manent

El Niño y los Sortilegios, Colette

[L’en­fant et les sortilèges]. Fantasía lírica en dos partes de Colette, música de Maurice Ravel (1875-1937), ejecutada en Montecarlo en 1925.

El argumento, en su ingenua simpli­cidad, recuerda el mundo fabuloso de An­dersen. En la primera parte un niño, can­sado de una muelle felicidad y de una vida demasiado tranquila, es presa de gran in­quietud y del frenesí de la destrucción, que desahoga contra los muebles y los ani­males que le rodean. La venganza de los ofendidos no se hace esperar: los muebles se animan y se ríen de él, la Princesa de las Hadas se le aparece, pero sólo para decirle adiós.

En la segunda parte, los animales vienen también a vituperarlo y amenazar­lo; pero como el niño ha cuidado a una ardilla herida, será perdonado y lo llevarán a su casa, donde lo espera su madre. Un argumento semejante, con sus característi­cas puramente fantásticas, era singular­mente a propósito para estimular la inven­ción del timbre y colorido de Ravel, que en un libreto como éste, mantenido con sabio equilibrio por la autora, dentro de los modestos límites de una trama de ballet, tenía amplia libertad para «moverse y con­moverse», como dice Roland-Manuel, y para crear «un teatro en el que la trama desarro­lla la escala de los valores sentimentales, y la escena las leyes de la perspectiva».

Los episodios se suceden sin que en ningún momento muestre el autor signos de can­sancio : a cada actitud, a cada expresión de los personajes de este drama singular, en el que las teteras son tan altas como los hombres, los gatos hablan de amor y las ardillas de redención, en tanto que la humanidad está personificada por un niño caprichoso y cruel, corresponde una pronta y sensible traducción sonora, ora lírica, ora irónica, descriptiva o fantástica. La emoción, siempre contenida y casi «en sor­dina», se manifiesta más intensamente en lo más denso del trabajo, cuando una ventana se ilumina y el muchacho invoca a su madre.

Un puro y dulce «andante» surge en aquel momento, desenvolviéndose sere­no, terminando sobre la palabra «mamá» que, en la más simple de las cadencias, se detiene sobre una «séptima» exquisitamente raveliana.

L. Córtese

Los Niños, Edith Wharton

[The Children}. Novela de la escritora norteamericana Edith Wharton (1868-1937), publicada en 1928. Las no­velas de esta autora han dado una de las más finas y penetrantes descripciones de la moderna sociedad internacional.

El prota­gonista de la novela, Martin Boyne, hombre de cuarenta y cinco años, cansado de una difícil vida de luchas, consigue, después de una larga ausencia, a la mujer que ama y que encontrará finalmente libre. En el vapor encuentra a los «niños», la variada prole de sus amigos, los Weather. Son siete niños, a los que hace de madre con juicio y abnegación la hermana mayor, de quin­ce años, Judith, animada ya por un cán­dido cinismo que le ha inspirado cuanto hasta entonces ha podido ver y compren­der.

Insensiblemente los pequeños Weather, hijos de millonarios a los que hasta ahora no les fue negado nada, excepto una casa y una familia, y a los que las continuas disputas de los padres obligan a trasla­darse sin tregua de una parte a otra del mundo, llegan a ocupar un gran puesto en el ánimo de Boyne; tan grande que, cuan­do halla en Cortina a la mujer amada, ésta, aunque dulce y comprensiva, no puede per­donarle que su amor quede en segunda lí­nea frente a una nueva y extraña preocu­pación. Aquellos «niños» han despertado en el hombre, no muy joven y ya cansado, un sentimiento que antes quedaba escon­dido a la sombra del antiguo amor; un confuso deseo de protección y de orden, que tiene ahora el aspecto de amor.

Martin siente por Judith una ternura que cada día se hace más viva y más cercana al amor. Comprenderá que es efectivamente amor cuando su amiga lo haya dejado, y comprenderá asimismo qué clase de locura es la suya, el día en que como cosa de juego, pida a la niña que se case con él y ella ría tontamente de su broma. Los niños vuelven con su madre, y Boyne parte para un largo viaje. Se encontrará de nuevo con ellos pasados tres años, y entonces no se atreverá a acercarse a Judith, que es ahora una hermosa señorita, admirada por los jóvenes. Ahora Boyne es un hombre viejo, solo y cansado, y se aleja de nuevo.

La novela está sostenida por un agudo análisis psicológico, y, si bien no llega a trans­figurar en poesía la materia, la representa con lúcida inteligencia y delicadeza de ma­tices, y es una de las más representativas del robusto y aventurero intimismo de Edith Wharton.

E. C. Croce

Niño Eyolf, Henrik Ibsen

[Lille Eyolf]. Drama del noruego Henrik Ibsen (1828-1906), es­crito en 1894, después de El Constructor Solness (v.). El escritor Alfredo Allmers ha decidido interrumpir su voluminosa obra sobre las Responsabilidades humanas, en la que trabaja desde hace tiempo, para dedi­carse por completo a la educación de su hijo único; el pequeño Eyolf, al que una caída dejó lisiado para siempre.

La esposa de Allmers, Rita, mujer de sensualidad sal­vaje, que querría al marido completamen­te para sí y que odia el trabajo que lo aparta de ella, ve ahora en el hijo un nuevo y más temible obstáculo a la satisfac­ción de su sed de amor. Pero precisamente mientras ella amenaza con traicionar al marido, y casi reniega de su maternidad, el pequeño Eyolf se ahoga en el fiord próximo. Marido y mujer se hallan ahora ante un continuo sucederse de acusaciones y con­fesiones despiadadas.

Su matrimonio fue una unión sin amor: he aquí la primera culpa, causa de las demás. En ella no hubo más que deseo sensual, como hasta hace un momento, y en él, ambición y deseo de bienestar material. Del hijo concebido por lujuria, Rita no se ocupó nunca, y Allmers se preocupó de él al perder la fe en su propio trabajo; el propósito de dedicarse a la educación del niño no era sino la tentativa de dar una nueva finalidad a su propia vida. El dolor y el remordimiento dominan sus almas. Allmers querría dejar a Rita y volver a vivir con Asta, la herma­nastra tiernamente amada que a sus ojos encarna el fervor y el candor de la adoles­cencia, pero no puede: Asta huye, porque, al descubrir que no lleva su misma sangre, tiene miedo de aquel amor que ha llenado toda su vida y al que no puede considerar fraterno.

Allmers quedará con Rita. La asistirá en la evolución que se realiza en ella, semejante al nacimiento de una exis­tencia más elevada; seguramente vendrán todavía días de alegría, y los espíritus de los seres que han perdido — Eyolf muerto y Asta lejana — estarán con ellos. Este drama, igual que La dama del mar (v.), es una tentativa para representar el proceso de purificación como iniciación de una nue­va vida. Pero también aquí, lo menos ade­cuado es precisamente la repentina «muta­ción» de Rita.

El drama, sin embargo, es más elevado que La dama del mar y tiene momentos magníficos.. Las escenas en las que Allmers y Rita se escrutan mutuamen­te, se acusan y se confiesan, pueden contar­se entre las más intensamente severas que Ibsen haya escrito nunca. [Trad. española de José Farrán y Mayoral (Barcelona, 1905); de Pedro Pellicena Camacho en Teatro com­pleto, tomo XII (Madrid, 1922) y de E. Wasteson y M. C. Wirth en Teatro completo (Madrid) ].

G. Lanza

Las criaturas de Ibsen dicen en alta voz lo que apenas nos atrevemos a decir, y ra­ramente, dentro de nosotros mismos, y que muy a menudo susurra en nosotros sin que nos dignemos escuchar. (B. Croce)

Los Niños del Agua, Charles Kingsley

[The Water Babies]. Cuento para niños del escritor in­glés Charles Kingsley (1819-1875), publica­do en 1863, traducido a todos los idiomas y adaptado al cine (dibujos en color) por Walt Disney.

Sería error creer que el pe­queño deshollinador Tom, que nunca ha conocido a su madre y siempre ha sido mal­tratado por su cruel dueño Grimes, ha muerto ahogado en el río aquel día en que, seguido por perros y criados, huyó del cas­tillo donde vivía la bella y dulce niña Ellie. Tom había ido al río para beber y para lavarse y se había dormido en la dulce frescura del agua. Al despertar, se había dado cuenta que podía quedarse en el agua y que comprendía el lenguaje de las innumerables, criaturas que le rodea­ban.

Hubiera podido ser feliz, si no hu­biese atormentado a los animales más pe­queños que él, buscándose su enemistad. Pero tras llevar a cabo una buena acción con una langosta, encuentra un grupo de niños como él, los «niños del mar», que le enseñan a limpiar las ensenadas de la costa y le conducen hacia la isla de San Brandán, donde es recibido por la señora Hagancontigocomohiciste («Bedonebyasyoudid») y por la señora Hazcomoquisierastehicieranati («Doasyouwouldbydoneby»), muy fea y du­ra la primera, bellísima y dulce la segunda. Después de otras fechorías cometidas por el incorregible Tom, las dos hadas deciden proporcionarle una maestra que le enseñe a ser bueno.

Ésta no es otra que la pequeña Ellie, la cual todos los domingos se marcha al paraíso, haciendo surgir en el corazón de Tom un fuerte deseo de seguirla. Mas para ello es necesario que antes «vaya donde no le gusta, haga lo que no le guste, ayude a alguien que no quiera». Tom irá, pues, a El-otro-Lado-de-Ningún-Sitio («The-Other- End-of-Nowhere») y ayudará a Grimes. El viaje a la profundidad del mar es largo y lleno de terribles dificultades, pero llegado al término, Tom encuentra a Grimes me­tido hasta los hombros en una chimenea de donde no puede salir. Solamente la pie­dad que el hombre ve en los ojos del niño y advierte en sus palabras, le conmueven y se disuelve en llanto la dureza de su corazón.

Las lágrimas bajan por su rostro sucio de hollín y rompen la argamasa que lo tiene preso. Al lado de Tom ha surgido, mientras tanto, un hada; se parece primero a Hagancontigocomohiciste, luego se trans­forma en Hazcomoquisierastehicieranati, fi­nalmente toma el aspecto de una «mujer irlandesa» encontrada ya por Grimes y Tom en la tierra, que da a Grimes la tarea de limpiar el cráter del Vesubio, mientras Tom volverá por milagro a la isla de San Brandán. Aquí Ellie le ha esperado durante «centenares de años» y se ha hecho una mujer; y también Tom, al realizar «lo que no le gustaba hacer», se ha vuelto un hom­bre y ha conquistado el derecho de que- darse para siempre con Ellie, domingos incluidos.

Desgraciadamente, la intención didáctica de esta bella fábula está dema­siado clara en todo momento, haciendo pe­sada la narración. Sin embargo, y aunque falte, como en toda la obra de este escri­tor, aquel «sentido del humor» que es equi­librio y ligereza de toque, el cuento no tiene igual, en las fábulas de esta clase, por la riqueza de su fantasía.

L. Krasnick