Nocturno, Gabriele D’Annunzio

[Notturno]. Obra de Gabriele D’Annunzio (1863-1938), escrita en 1916, en la inmovilidad y en la obscuridad a que el poeta se vio condenado por la herida en los ojos debida a un vuelo de guerra, y publicada en 1921.

Más que un diario es una rimada sucesión de ensueños, alu­cinaciones, sensaciones, movimientos líricos, sin preocuparse por el plan narrativo ex­cepto, alguna vez, en la parte interna de episodios particulares, pero encontrando el propio plan en el ritmo tendido y rápido del pasar de visión en visión, de ritmo en ritmo, de la angosta constricción de la rea­lidad a cuanto de ella se evade.

El funda­mental impresionismo lírico y visual, la sensoriedad y fragmentariedad siempre implícitas en el prosista, incluso cuando — desde Tierra virgen (v.) hasta el Fuego (v.) — procuró en cierto modo un relato y una construcción, constituyen aquí la esencia explícita; y si a ello cooperan los ejem­plos de las generaciones más jóvenes (el futurismo, el impresionismo de Voci, la prosa entre lírica y meditativa que se lla­mará «rondista») es una cuestión que no prejuzga el problema, siendo así que, por el contrario, dichos jóvenes (y más aún, pues, el mismo D’Annunzio) tomaron ejem­plo de la urgencia lírica e impresionista del antiguo D’Annunzio, revelada en su máxi­mo como tal en las Chispas del mallo (v.).

«Una rapidez de tránsitos (dice la «Anotación» al Nocturno) desconocida para mi lirismo más atrevido» es sugerida por las mismas condiciones de la enfermedad; así, pues, lo que era ocasión material de^ la composición se convierte en ocasión poéti­ca; del mismo modo aquella sombra de la muerte, sombra de las cosas invisibles, som­bra nocturna que ya dio nuevos ritmos y tonos a la musa solar de Alción (v.), se espesa en torno a la cruz del confinado a la obscuridad. «Bellezza della notte, quante volte t’ó perduta!», grita, con desesperada nostalgia, en uno de los movimientos líri­cos más conmovedores del libro.

Este tono dolido, incluso desesperado, incluso propia­mente nocturno, da una unidad fantástica a la obra; en él se insertan, para modularlo, los temas fúnebres, muertes envidiadas o la­mentadas, corrupciones de cadáveres, vuel­tas alucinadas de espectros y, ante la muer­te, una atónita fijeza sin liberación ni siquiera de lágrimas. Los funerales del compañero conjurado, Giuseppe Miraglia, es el episodio más sostenido en dicho orden de pensamientos; incluso demasiado largo y de un efecto que, aun resultando «ver­dadero», no quiere decir que sea artísti­camente logrado, precisamente por insistir demasiado en dicho orden de pensamientos.

Pero basta una nimiedad para elevar inme­diatamente el episodio a gran altura lírica; cuando, al navegar hacia el cementerio, hiere de repente al recuerdo del supervi­viente la evocación de antiguas veladas comunes : .«Sere d’estate, sere di luna; gondole piené di donne che non eran nostre; malinconia e disdegno» [«Noches de estío, noches de luna; góndolas llenas de mujeres que no eran nuestras; melancolía y des­dén»]. Ésa es precisamente la fascinación siempre rebrotante del diario nocturno: la continua inserción, en el tono fúnebre que constituye su trama, de otros temas con su infinita modulación, todos los temas de D’Annunzio, resumibles en uno solo, el ena­morado y sensual amor por la vida sensi­ble, como pausa, grito, suspiro, ilusión, recuerdo, resolviéndose en música.

Así, en dicha sombra que ofusca la voz, la misma justificación de la sensualidad como espí­ritu-sentido adquiere un sonido melancó­lico y sombrío, donde la autocelebración persiste, pero convertida casi en autolamen­to, indeciblemente en los límites de la es­pecífica profundización «humana» (ética) y, en cambio, trasciende encantada en música y sueño. Lo mismo ha de decirse del inse­parable tema, la autocelebración sobrehu­mana que aquí, en tiempo .de guerra, se une al tema heroico, incluso cuando (el incendio de la Landa) se convierte en pura fantasía y alabanza de la simbólica llama.

Sigue importando, sobre todo, el tono som­brío que persiste en los episodios heroicos (como el del campesino que, para no reve­lar el vado a los enemigos, caminando por él se encoge lentamente hasta ahogarse), si no por otra cosa, por su añoranza desde el fondo amargo del lecho, y adquiere las tonalidades más imperiosas de la excitación sobrehumana y, por el contrario, la super­vivencia del tono sobrehumano (como en Alción) en los temas «humanos», cuando menos como admiración de la propia huma­nidad, pero a su vez, también eso, como el tema sensual, llevado a una suavidad de tacto que casi es lamento y piedad por sí mismo : «L’alterezza è sempre pronta a in­sorgere, ahimè.

Una mano dolce e severa la raumilia» [«El orgullo está siempre pres­to a surgir, ¡ay de mí! Una mano dulce y severa, vuelve a humillarlo»!. Que el pe­ligro de dicha actitud sea la languidez empalagosa que encuentra el sentimiento humano en el Poema paradisíaco (v.) y el misticismo en la Contemplación de la muer­te (v.) se advierte sobre todo en las pá­ginas dedicadas a la madre y a la hija con la antigua cadencia voluptuosa de amo­res muy diversos; pero es un peligro de pasajes determinados, que no compromete la coherencia fantástica de las páginas en conjunto. Es el «spiritualizzamento» del que habla la Licencia (v.); por lo que el senti­miento como tal se diluye en la música, más sutil y sensualmente sensible, del sen­timiento.

No se nos ocurre decir más como guía a la lectura de esta obra altamente poética; toda ella llena de gritos líricos, a menudo explícitos, más frecuentemente contenidos, y de un ritmo musical que, como algunas veces se recoge en ritmos propiamente dichos en el final de los ver­sos (entre los cuales muy pronto fue céle­bre «Essere un bel pino itálico / sopra un colle romano», etc.), así conduce las evo­caciones particulares a apagarse en caden­cias casi susurradas, que prolongan su eco en las pausas; y es además la justificación musical de su composición en fragmentos.

E. De Michelis

El Nocturno, que había de ser el libro de la guerra, la verdadera contemplación de la muerte, es el diario de un sensitivo condenado a la obscuridad. (F. Flora)

El Noble Arte de Crearse Enemigos, James Abbot M’Neill Whistler

[The Gentle Art of Making Enemies]. Colección de cartas polémicas y de comen­tarios a las mismas, publicada en 1890 por el norteamericano James Abbot M’Neill Whistler (1824-1903), famoso pintor, litó­grafo y aguafortista.

Las primeras, y las más importantes, son las que siguen la po­lémica con Ruskin, quien en su Fors Clavigera (v.) había criticado ásperamente los nocturnos de Whistler, expuestos en 1877. Whistler acusó al crítico de difamación y la cosa paró en el tribunal, que le dio la razón, si bien no le concedió las mil libras esterlinas que pedía a Ruskin por daños y perjuicios, sino sólo un «farthing». La polémica rebosa de vivacidad espiritual, y conserva el interés por las ideas generales vertidas en ella por su autor y por su manera vigorosa y punzante.

Su prosa, lle­na de recursos y golpes agudos y excéntri­cos, es muy jugosa y logra su objeto; hasta el punto de que se dijo de ella (Beerbohm) que, mientras dure el interés por las más sutiles manifestaciones de la prosa inglesa, habrá lectores para esta curiosa y variada miscelánea, punzante, franca y amena.

A. Camerino

De la Nobleza, Poggio Bracciolini

[De nobilitate liber]. Diálogo en lengua latina de Poggio Bracciolini (1380-1459), publicado en 1440.

El De nobilitate, bastante alabado por la pruden­cia de la doctrina y por el estilo, y que acrecentó notablemente la fama del autor, tiene como principales interlocutores al hu­manista Niccoló Niccoli y Lorenzo de Medici, hermano de Cosimo y amigo y pro­tector de Bracciolini. Versa, según dice el título, sobre el problema de la nobleza, poniendo en contraste la teoría de Aristó­teles con la platónica; esta última, en boca de Niccoli, es la que acaba por triunfar: la única y verdadera fuente de nobleza es la virtud.

El argumento del diálogo se basa en las innumerables y encarnizadas disputas que florecían durante aquellos años entre platónicos y aristotélicos; pero más que la tesis, desarrollada con hermosa y rotunda elocuencia de argumentos dialogales, pero con escasa dialéctica, son interesantes las observaciones sobre las costumbres de la nobleza en determinadas regiones de Italia y Europa y, sobre todo, por el espíritu que transparenta: el de la burguesía italiana elevada a clase y fuerza social a través del monopolio y el ejercicio de la inteligencia, de las artes y las letras, así como de la cultura.

Son particularmente cáusticas las observaciones sobre las costumbres de la nobleza veneciana, que provocaron por par­te de algunos doctos venecianos, vivísimas réplicas: humor antiveneciano habitual en casi todos los escritores toscanos.

A. Mattalia

El Noble Arte, Thomas Deloney

[The Gentle Craft]. Obra del escritor inglés Thomas Deloney (15439-1600?), publicada en 1598. Es una serie de cuentos, dedicados al arte de za­patero, que pasa revista a los zapateros más famosos de la leyenda y de la historia.

Se trata de una corporación, popular por aquel entonces en Inglaterra, cuyos miem­bros eran conocidos por las baladas que componían, donde narraban los hechos de sus colegas contemporáneos y antiguos, así como los viajes que emprendían para vender sus mercancías. Desde San Hugo, mártir bajo Diocleciano, hasta el patrón de los zapateros, San Crispín, de ascendencia real, perseguido por el emperador Maximino, y Simón Eyre, zapatero que en tiem­pos de Enrique IV llegó a ser alcalde de Londres y fundó el mercado de cueros de Leadenhall, e instituyó, adquiriendo popu­laridad, un día de feria para sus colegas, a quienes ofrecía, con dicha ocasión festi­va, un refresco; o Ricardo Castelar, que en tiempos de Enrique VIII murió rico y dejó su patrimonio a los pobres y a los hospi­tales, Deloney recuerda hechos y figuras brillantes en distintos aspectos y dignos de atención.

Otras historias son las de maese Peachey y sus hombres, donde se narra vivamente una solemne paliza que el zapatero infligió a unos insolentes corte­sanos, y se explica cómo Tom Drim, uno de los trabajadores de Peachey, fue re­chazado por una viuda, la de Tom Now- Now, zapatero y menestral. En todas estas historias se combinan y desarrollan inci­dentes y escenas, dibujos a lo vivo de figu­ras, amores populares con criadas de hos­tería; y el autor narra las relaciones entre patrones y trabajadores, la vida de los obreros en el trabajo y en el recreo. Es­pecialmente en las primeras historias, el autor tiende al Eufuísmo (v.) y se esmera en narrar con estilo rico, lleno de metá­foras de pesada elegancia.

Pero en las es­cenas más populares, que se advierten ob­servadas por un genial escritor, se vuelve ágil, alegre, preciso. Entre los narradores isabelinos es el que tiene mayor soltura y quien sin duda ofrece hoy mayor interés. Su diálogo es el más natural, el más rea­lista. Distintos de los de Nashe, sus héroes no son tipos de novela picaresca, sino obre­ros de su época, observados con un realis­mo del que Deloney es el iniciador. En esta obra se inspiró Dekker para su Fiesta de los zapateros.

A. Camerino

Nîsh Qâti, Anónimo

Es una recopilación de ple­garias conjuradoras en lengua asiría, en­contrada en la biblioteca del rey Assurbanipal de Asiría (669-626 a. de C.). Están dirigidas a las divinidades más importantes del panteón asirio y son llamadas « Nîsh Qâti » — en sumerio «shu-illa» —, o sea, «ac­ción de levantar la mano», porque para los antiguos mesopotamios quienes rezaban a los dioses habían de levantar la mano de­recha en señal de homenaje y adoración.

Las plegarias « Nîsh Qâti » invitan a la di­vinidad indicada a hacer cesar el mal y las desgracias del orante, que indica su nombre y el de su padre, la causa de su desgracia, su intención de servir fielmente a su dios y da además las indicaciones ne­cesarias para efectuar actos mágicos que fuesen indispensables para conseguir su in­tención. Edición de King, Babylonian magic and sorcery (Londres, 1896). Véase además, Mullo Weir, A lexicon of Accadian prayers in the rituals of expiation (Oxford, 1934).

G. Furlani